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Los tres tipos de sufrimiento

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Los Yoga Sūtras (II.15) dicen:

duḥkham eva sarvaṃ vivekinaḥ

Es decir:

“Para el sabio, todo es ciertamente sufrimiento”.

Perdonen que empiece tan crudamente, pero cuando tus visitas llegan antes que el demorado sofá-cama que encargaste hace dos meses, y además se resfrían tus hijas, el horno deja de funcionar y llueve mientras vas en bicicleta, uno tiende a ponerse fatalista. Y claro, si uno está familiarizado con las filosofías indias acepta con toda naturalidad que “desde la perspectiva del hombre sabio, la esencia de la vida es sufrimiento pues sabe que la suma final de las experiencias es siempre dolorosa porque el placer es efímero y la vida termina sucumbiendo a la vejez, la enfermedad y la muerte”.

La buena noticia es que, después de este drástico diagnóstico, las filosofías indias ofrecen diferentes métodos para liberarnos de dicho sufrimiento (duḥkha). De todos modos, mi plan para hoy no es hablar de eso, sino más bien ahondar en el sufrimiento. Aunque no en vano. Ténganme fe.

Las primeras palabras de las Sāṃkhyakārikā, el texto fundacional de la filosofía sāṃkhya, considerada por la tradición hindú como la escuela filosófica más antigua y, por tanto, de gran influencia para las escuelas posteriores, habla de duḥkha traya, es decir los “tres tipos de sufrimiento” que experimenta todo ser. La versión más difundida de esta ominosa tríada que es la siguiente:

ādhyātmika: sufrimiento “interno” u originado en el propio cuerpo o mente de cada ser según sus acciones previas (karma) o sus impresiones mentales latentes (saṃskāras). Se explica que este sufrimiento es, de una u otra forma, causado por uno mismo o autoinfligido. Se genera internamente a través de enfermedades físicas o por deseos insatisfechos de la mente.

ādhibhautika: “externo”, que viene de fuera, infligido por el resto de seres y objetos.

ādhidaivika:  el sufrimiento que causan los “dioses”, entendido por algunos como la influencia de lo sobrenatural (fantasmas, magia, espíritus…), por otros como los decretos del Destino (B.K.S. Iyengar agrega aquí “los factores hereditarios”) y por otros como los fenómenos climáticos y las catástrofes naturales (ya que en origen estos fenómenos estaban considerados jurisdicción de los devas).

Según quien hable, a estos tres tipos de sufrimiento se les puede denominar, además de duḥkha, como kleśa (“aflicción”) o karma.

De los tres tipos, el que más me interesa es el ādhibhautika kleśa, pues su reconocimiento ha cambiado la visión que tengo del mundo y mi actitud ante él. ¿Cuántas veces uno hace todo bien y, sin embargo, el resultado sale mal por “culpa” de alguien/algo más?

Por ejemplo, uno encarga un sofá con mucho tiempo de antelación, le dan una fecha de entrega, no la cumplen y los invitados duermen en el suelo. Uno va en bicicleta y un peatón distraído cruza inesperadamente en rojo, sin mirar, con los auriculares puestos y nos obliga a hacer una maniobra riesgosa. El Gobierno, que ni siquiera he votado, adopta una nueva medida que perjudica mi economía individual. El horno deja de funcionar justo cuando iba a poner a cocinar la masa de las magdalenas caseras. Mi vecino decide escuchar música pop a buen volumen en el momento en que, al fin, me había sentado a meditar…

Evidentemente, estos sufrimientos también se denominan karmas porque se entiende que todo lo que me sucede en la vida fue, de una u otra forma, promovido (aunque yo no encuentre la conexión) por mis acciones previas (quizás en otras vidas) y, por tanto, en última instancia no se le puede echar la culpa a nadie más. Uno puede aceptar que “todo es karma” y así dormir tranquilo. Al mismo tiempo, y a fines prácticos, la división en tres clases de duḥkha me parece muy instructiva porque nos da a entender que hay un tercio del padecer que está en nuestras manos (ādhyātmika), pero hay otros dos tercios que no.

Y esto nos lleva a aceptar que el mundo fenoménico es dual, y que en el conviven el placer y el dolor y que, por tanto, nunca podremos modificar esa naturaleza esencial y cambiante de la materia. Personas que llevan una dieta vegetariana se sorprenden (y ofenden) por tener algún tipo de enfermedad; personas que hacen yoga cada día no entienden cómo puede ser que les duela el cuerpo; personas que pagan un buen dinero por un sofá se indignan porque el producto no sea servido en tiempo…

Incluso los grandes maestros y santos, impecables en su pensar-hablar-accionar, pasan por situaciones llenas de dolor a causa de otros seres (ādhibhautika). ¿Cómo entonces puedo yo pretender que la balanza esté siempre de mi lado y que este cuerpo hecho de materia no se desgaste y cambie? Obviamente, como tantas veces oímos, puedo aprender a mantener mi paz interior en toda situación, pero no puedo esperar que por ser un yogui el mundo cambie su naturaleza de constante movimiento.

Volviendo a los Yoga Sūtras, y en relación al aforismo con el que empezamos el post, es interesante saber que en él se enumeran tres formas de duḥkha, diferentes a las que hemos visto. Ellas son:

saṁskāra: el dolor de las impresiones latentes, causado por nuestras insatisfacciones mentales. Se correspondería con ādhyātmika karma.

tāpa: el sufrimiento causado por los tormentos físicos, como golpes o quemaduras. Se podría corresponder con ādhibhautika karma en el sentido que viene de afuera y lo ocasionan otros seres/objetos.

pariṇāma: el dolor causado por los cambios no deseados, cuyos agentes principales son la enfermedad, la vejez y la muerte. Es lo que el filósofo Juan Arnau, hablando de ādhidaivika karma, define como “el dolor del devenir”.

Más allá del nombre que le demos a cada tipo de sufrimiento, lo primero a entender es que nada que llegue del exterior, “a través del mundo, la naturaleza o las cosas materiales”, puede dar felicidad eterna. Por supuesto, pueden dar placer temporal pero siempre acaban en dolor, ¿o acaso alguien disfruta cuando se le acaba ese helado tan sabroso?

Sobre esto, Swami Satchidananda dice: “incluso el disfrute de nuestros placeres actuales es generalmente doloroso porque tenemos miedo de perderlos”. Por eso no sorprende que los domingos al atardecer ya todos vivamos en un estado de congoja…

Swami Satchidananda continúa para darnos un novedoso punto de vista:

“El placer real nace de desapegarnos completamente del mundo… No estoy diciendo que porque todo es sufrimiento tengamos que dejarlo todo y huir. Eso no funciona. Donde sea que vayas, el mundo te sigue… El mundo es un campo de entrenamiento donde aprendemos a usar el mundo sin apegarnos. En lugar de decir ‘para el sabio, todo es dolor’, la actitud se convierte en ‘para el sabio, todo es placentero’.

Y continúa:

“Cuando uno se acerca al mundo sin motivos egoístas, empieza a usarlo con un fin diferente y entonces experimenta felicidad. Cuando uno no sabe nadar, el agua nos aterra – ¿Y si me ahogo? – pero una vez que aprendemos a nadar, el agua nos encanta”.

Y para ser un gran nadador, agrego de mi cosecha, me parece muy útil saber que en el mar del mundo siempre habrá olas causadas por otros seres/objetos y es infructuoso luchar contra ellas. Más vale nadar con la corriente aunque teniendo muy claro a que orilla queremos llegar.

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