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El sūtra para la paz emocional (y mental)

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Hay muchos motivos para practicar yoga o meditación: desde tener glúteos firmes, pasando por mejorar el sueño o tener más productividad en el trabajo, hasta la iluminación espiritual. Más allá de las grandes diferencias aparentes de todos estos objetivos, todas las personas que hacemos Yoga en sentido amplio estamos buscando lo mismo: paz mental. En realidad, todas las personas, hagamos yoga o no, seamos religiosas o ateas, pecadoras o virtuosas, estamos buscando paz mental. Por eso los bancos y las compañías de seguro tienen tanto éxito, porque nos venden “tranquilidad”, “un futuro asegurado”, “dormir tranquilos”…

Incluso quienes hacen “yoga glúteos” (no pongo un enlace de esta curiosa disciplina porque se rumorea que trae mal karma), lo que buscan es la paz mental que te da el saber que tienes unos glúteos bien firmes.

Es cierto que muchas veces oímos que lo que todos buscamos es la felicidad, y sin negar esto, la filosofía del Yoga dice que poniendo la mente en calma se produce de forma natural una sensación de bienestar y de balance que ya es una manifestación de gozo interior.

Los famosos Yoga sūtras de Patañjali es el texto yóguico por excelencia que habla de cómo y porqué aquietar la mente, y entre toda esa enseñanza destaca un sūtra (o aforismo) por su aplicación práctica inmediata. Para aplicar y beneficiarse de este consejo, no hace falta – necesariamente – ser practicante de yoga, creer en Dios, ser buena persona ni tener los glúteos firmes.

Conozcámoslo:

maitrīkaruṇāmuditopekṣāṇāṃ sukhaduḥkhapuṇyāpuṇya viṣayāṇāṃ bhāvanātaś cittaprasādanam (I.33)

Es decir (en traducción de Òscar Pujol):

“La paz mental se obtiene cultivando la amistad con los que son felices, la compasión por los que sufren, la alegría con los virtuosos y la indiferencia hacia los malvados”.

Como explican Tola y Dragonetti, la estabilidad mental que tanto buscan los yoguis tiene dos partes: el plano emocional y el plano intelectual. Este sūtra se ocupa del primer plano y postula que fomentando sentimientos positivos se encuentra serenidad mental. Para encontrar la estabilidad en el plano intelectual, lo cual es fundamental para la meditación, se debe practicar, además, “la concentración intensa y prolongada de la mente en un punto”.

La actividad mental está compuesta de pensamientos y también de sentimientos y emociones, por los que es importante usarlos a nuestro favor. En cierta forma, el consejo de cultivar sentimientos positivos o elevados no tiene ningún tinte moralista sino que al principio se propone, podríamos decir, por puro utilitarismo, o sea para beneficio personal, pues todos sabemos que estar colmados de sentimientos positivos genera más bienestar que estarlo de sentimientos negativos.

El comentario clásico del erudito rey Bhoja (siglo XI) sobre este sūtra dice (en traducción de José Antonio Offroy Arranz):

“Tal como sumar es útil en la aritmética para el cálculo, así también, estos sentimientos de felicidad, etc., al producir un estado de beatitud, preparan a la mente para lograr el samādhi, en tanto que contrarrestan la envidia y la pasión”.

También es verdad que estar llenos de sentimientos positivos es una forma – más pura que otras – de actividad mental y que alguien en un estado de euforia, por ejemplo, puede tener bienestar emocional pero no necesariamente quietud mental.

En cualquier caso, el cultivo de las cuatro actitudes citadas en el sūtra, también llamadas en sánscrito brahmavihāra, es un pre-requisito purificatorio para la meditación y, lo que nos interesa hoy, un método infalible para serenar la mente en la vida diaria, especialmente en lo que se refiere a los sentimientos que nos genera la interacción con otras personas.

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Veamos en detalle esas actitudes sublimes:

  1. Amistad (y no envidia) con aquellos que son felices

Como bien dice Óscar Pujol en su comentario:

“Cuando vemos que una persona tiene éxito y es feliz (sukha), sentimos una tendencia natural a la envidia y los celos… si, por el contrario, adoptamos una actitud amistosa (maitrī), podremos ser partícipes de su éxito y sentirlo como propio”.

Me gusta el ejemplo que da el yogui Sri Dharma Mittra cuando dice que si él ve a una persona conduciendo un coche descapotable (símbolo de estatus y de disfrute), en lugar de envidia (que es lo que sentiríamos algunos), él siente que es él mismo quien va al volante, con la brisa acariciando sus cabellos, con el sol en el rostro, etc. De eso se trata sentir simpatía o tener buena disposición hacia la felicidad ajena.

  1. Compasión (y no desprecio) por aquellos que sufren

Dice Pujol:

“Si vemos una persona infeliz (duḥkha) podemos sentir la tendencia a despreciarla, a sentirnos superiores a ella, a hacerla responsable de su desgracia”.

Pensemos en el caso de un adicto, al que muchas veces culparíamos por no haber sabido gestionar sus hábitos de vida. O el caso de un mendigo, que más que compasión nos genera el pensamiento, “¿por qué no busca trabajo como todo el mundo?”. Puede que esa persona esté en esa situación por su propia culpa pero eso no nos exime de intentar ser misericordiosos. Como dice Bhoja en su comentario:

“Hacia las personas en desgracia se debe mostrar compasión y deseo de liberarlos de su pesar, sin quedar indiferente ante su sufrimiento”.

Y agrega Swami Satchidananda:

“Más allá de si ese sentimiento de compasión va ayudar o no a la persona sufriente, por solo generar el sentimiento, al menos nosotros nos ayudamos manteniendo nuestra calma mental”.

  1. Alegría (y no burla o irritación) con los virtuosos

Dice Pujol:

“La virtud (puṇya) de los demás a veces nos molesta porque nos recuerda nuestras propias carencias, y entonces adoptamos fácilmente una actitud burlesca o satírica ante los méritos ajenos”.

Especialmente si uno no está satisfecho con su propia vida y logros, ver los logros o capacidades ajenas nos suele irritar. Es frecuente que al ver a alguien que tiene reconocimiento o éxito, en lugar de generarnos alegría (mudita) o satisfacción, nos venga la tendencia a menospreciar sus méritos. Esto pasa con los jugadores de fútbol – “a los que solo pagan por patear una pelota” -; con artistas – “esto lo puede hacer mi hijo de tres años” -; con compañeros de trabajo – “éste porque es un servil adulador del jefe” –; en la educación formal – “ésta porque es una nerd” -; y en la vida misma – “a éste le vino todo dado por los padres…”.

Es interesante que los comentaristas digan que, ante los virtuosos, “hay que estimular su virtud”, ya que “el sentido común nos dice que el hombre virtuoso no puede ser nunca peligroso, sino al contrario, su proximidad es siempre beneficiosa”. ¿Qué mejor para nosotros entonces que todos nuestros amigos, colegas, parientes y vecinos sean virtuosos?

  1. Indiferencia (y no enfado) con los no virtuosos

El mundo está lleno de personas (nosotros incluidos) que actúan, al menos en ocasiones, de forma incorrecta. A veces se habla de personas “malvadas” o “viciosas” aunque podría ser cualquier persona que actúa con demérito (apuṇya) de forma puntual. Ante esos errores o agravios los yoguis propugnan la indiferencia (upekṣā), que como es una palabra que suele ser mal entendida se puede traducir también como “ecuanimidad” o “neutralidad”. Dice Pujol:

“Se trata de una indiferencia benévola y activa, que nos protege del odio, al tiempo que deseamos el bien para el agresor”.

Es una combinación de la imperturbabilidad yóguica con la compasión y empatía de quien entiende que uno también ha estado (o estará) en ese rol y, como dice Dharma Mittra, actúa así “por condicionamiento previo”. Por ende, hay que dejar ir el agravio, soltar la necesidad de que las cosas se hagan “como es correcto”, y seguir en paz.

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Swami Satchidananda compara estas cuatro actitudes con “cuatro llaves” que sirven para abrir los “candados” de los diferentes tipos de personas: felices, infelices, virtuosas y carentes de virtud. Obviamente una misma persona puede aplicarse todas estas etiquetas en diferentes momentos de su vida o ¡de su día! El Swami agrega: “si usas la llave adecuada con la persona adecuada mantendrás tu paz”.

En conclusión, cada vez que generamos un sentimiento negativo se desencadena una serie de ideas y emociones que perturban nuestra calma mental. Por tanto, aunque al principio sea de forma artificial, uno debe cultivar los sentimientos positivos opuestos, si lo que quiere es paz emocional y mental (cittaprasādanam). Y, como ya dijimos, eso sin duda es lo uno quiere. Además de glúteos firmes, claro.

Aśvattha, el árbol con las raíces arriba

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La figura del árbol está presente en todas las culturas, con diversos simbolismos como estabilidad, firmeza, generosidad, antigüedad y, ampliando más el abanico y dándole un giro algo inesperado, en la tradición hindú se habla de un árbol muy particular que tiene las raíces arriba y las ramas abajo. Su nombre sánscrito es aśvattha (ashvattha) y la primera referencia textual de este árbol invertido aparece en la Kaṭha Upaniṣad (6.1):

“Con las raíces arriba (ūrdhva-mūlaḥ), con las ramas hacia abajo (avāk-śākha), así es el eterno aśvattha. Eso en verdad es lo puro. Eso es el brahman, al cual llaman el inmortal. En él descansan todos los mundos. No hay nada que lo trascienda. Esto es eso, en verdad”.

De esta forma, el aśvattha designa metafóricamente el saṃsāra, “el devenir empírico”, “la totalidad de la manifestación”, que posee múltiples ramificaciones pero que está enraizado en el ser supremo (brahman), que se considera situado “arriba”, es decir en un plano superior.

Al respecto, dice la Śvetāśvatara Upaniṣad (III.9):

“No hay absolutamente nada más alto que el puruṣa, nada más grande o más pequeño que él. Él está presente como árbol (vṛkṣa) afincado en el cielo. El puruṣa llena el mundo entero”.

La descripción de la manifestación cósmica como un árbol invertido, que a la vez sería idéntico a brahman, ha dado lugar a numerosas interpretaciones, no siempre coincidentes, aunque está claro que la idea principal es que la existencia empírica nace de un principio superior.

Uno de los simbolismos que ofrece el árbol es su rol de conector entre la tierra y el cielo, “la unión de dos planos”, y de hecho en muchas culturas un árbol representa el axis mundis, un punto de conexión entre reinos superiores e inferiores. Por ello el erudito filósofo y político indio S. Radhakrishnan compara el aśvattha con el Yggdrasil de la mitología escandinava, que es “el árbol de la vida”, del cual este mundo es solo una rama, aunque en este caso las raíces siempre están abajo.

Siguiendo con terminología latina, también se dice que el aśvattha sería un imago mundi, es decir una posible “representación del universo”, en este caso un árbol que representa el mundo cuya particularidad es que se nutre de una consciencia superior que figuradamente tiene las raíces arriba.

En la Bhagavad Gītā (XV.1), cuya composición es posterior a las upaniṣad citadas, Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) da más detalles de este árbol:

“Dicen que existe un aśvattha imperecedero,
con sus raíces arriba,
con sus ramas abajo,
y cuyas hojas son los himnos védicos:
quien lo conoce, conoce el Veda”.

Así como las hojas protegen a un árbol, el conocimiento vertido en los textos védicos protege al hombre (que lo pone en práctica). Si el árbol es toda la manifestación, incluyendo al brahman en su raíz, conocerlo implica que ya no queda nada por conocer y, por tanto, uno sería omnisciente.

El problema es que uno, en general, se va por las ramas que “se alimentan de la savia de los guṇa” y que “tienen como brotes a los placeres de los sentidos”. En la Gītā se explica que, como consecuencia, de las ramas del árbol también nacen raíces que, en este caso, sí van hacia abajo y atan al hombre mediante sus acciones (que en general son egoístas, en el sentido de que se espera un fruto de ellas). Estas raíces secundarias son las que crean los patrones de acción egoísta que hacen que nuestra vida sea cada vez menos libre internamente.

ashvattha

Es muy evocador que de este árbol con las raíces arriba surjan nuevas y secundarias raíces hacia abajo, pues nos remite inevitablemente a una especie de árbol indio del cual crecen lianas hacia la tierra. En realidad nos remite a dos árboles, pues los traductores y comentaristas discrepan al respecto.

La versión más difundida diría que es la que homologa el aśvattha al ficus religiosa, a veces traducido como “higuera sagrada”, y que en India generalmente se conoce como pippala. Este árbol es sagrado también en el budismo con el nombre de bodhi, debajo del cual el Buddha histórico alcanzó la iluminación. El árbol pippala posee lianas aéreas pero no son especialmente gruesas ni llegan al suelo para crear raíces de soporte.

árbol pippala

La otra traducción para aśvattha es “árbol baniano”, lo cual corresponde al ficus indica o benghalensis, que es muy vistoso por, justamente, sus raíces aéreas que una vez que llegan al suelo se arraigan y se convierten, digamos, en soporte que permiten que el árbol siga creciendo.

árbol baniano

Los dos árboles, pippala y baniano, son considerados sagrados y en ocasiones se los confunde entre sí, aunque yo diría que para la alegoría del árbol del samsāra sería más adecuado el baniano porque gracias a sus raíces secundarias se va ramificando y creciendo cada vez más.

A nivel etimológico, también hay dos versiones, pues para algunos aśvattha es el “sitio donde residen (sthā) los caballos (aśva)”, ya que debajo de esos grandes árboles eran atados los equinos para que descansasen a la sombra. Otra versión dice, en cambio, que la palabra significa “transitorio” en referencia al mundo que siempre está cambiando. Como pasa muchas veces en la tradición hindú, una definición no invalida a la otra.

Por tanto, este mundo sería un árbol enorme e invertido del cual no somos capaces de ver “donde comienza ni donde acaba”; a la vez, todo lo que vemos es ese principio supremo en forma manifiesta, pero también hay unas raíces que no vemos y que son la esencia.

La Bhagavad Gītā dice que para cortar este árbol que no para de crear raíces secundarias y nos ata hacia abajo hay que usar la “poderosa hacha (śastra) del desapego (asaṅga)”. Es decir no actuar esperando ciertos resultados ni buscar el interés personal con nuestras acciones…

El tema del desapego es complejo y no voy a profundizar en él hoy. Mi objetivo era simplemente compartir la representación del universo como un árbol al revés, pues me pareció una imagen muy sugerente para explicar este mundo que todos vivimos y que, a veces, es difícil de comprender.

Presentación en Barcelona de la FHE

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El sábado 1 de abril se presentó de forma oficial en Barcelona la Federación Hindú de España (FHE), con un acto institucional muy entrañable por la mañana y con un seminario introductorio sobre hinduismo por la tarde. Recordemos que la FHE fue creada en 2015, aunque su semilla viene de antes, sobre todo a través del anhelo de diferentes personas españolas comprometidas con la tradición hindú, que veían con desconsuelo como una tradición tan antigua y con enorme número de practicantes a nivel mundial, era poco tenida en cuenta por el Estado español y era, además, fuente permanente de malentendidos y confusión en los medios de comunicación y también en la sociedad general.

En 2016 tuvo lugar en Madrid la presentación oficial de la FHE y ahora tocaba en Barcelona. En el camino la FHE tuvo su primer encuentro oficial con el Gobierno español, y creó lazos de colaboración con la Embajada de la India en España.

El evento de Barcelona tuvo lugar en una sala de actos del centro cívico Pati LLimona y contó con la presencia de diferentes personalidades e invitados llegados de diferentes partes de España, como así también de miembros de las diferentes asociaciones que forman la FHE.

El programa comenzó con una invocación tradicional mediante mantras para propiciar la paz, a la vez que se encendía una dīpa o lámpara tradicional simbolizando la intención del acto, y también del hinduismo, de hacer siempre prevalecer la luz del conocimiento sobre la oscuridad de la ignorancia. Luego siguió una breve presentación de la historia de la FHE para ponernos en contexto y, para rematarla, escuchamos al actual Presidente de la FHE, Juan Carlos Ramchandani (Krishna Kripa Dasa), explicando claramente la función, objetivos y proyectos de la FHE.

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Tuve el honor de hacer de maestro de ceremonias del evento

A continuación tomó la palabra la Sra. Isabel Escandell, subdirectora general de Asuntos Religiosos de la Generalitat de Cataluña, para dar sus buenos deseos a la FHE y ofrecer las puertas abiertas al diálogo y la ayuda mutua por parte del gobierno catalán. Efectivamente, desde el primer momento en que la FHE entabló relación con este organismo, han mostrado gran receptividad a la situación del hinduismo en España y, además, han mostrado gran predisposición para la organización de este evento que nos ocupa. Ojalá continúe así.

Luego de esta parte más institucional, empezó la parte más experiencial del evento con una breve ponencia titulada Influencia del hinduismo en Occidente a cargo de Javier Ruiz Calderón, doctor en filosofía, indólogo y sanscritista. Ruiz Calderón nos paseó diestramente por cinco mil años de historia india para ir desglosando la importante influencia de la tradición hindú en la literatura, lingüística, filosofía, espiritualidad o matemáticas occidentales, siendo este último ámbito muy importante para el nacimiento de lo que llamamos Modernidad.

Después de satisfacer la faceta del conocimiento llegó el turno de la faceta emocional a través de la lectura de poemas devocionales hindúes. El recital poético estuvo a cargo de Jesús Aguado, laureado poeta y traductor, que entre su amplia obra tiene una sección destinada a la India, su visión y su poesía devocional. Jesús residió en Benarés durante varias temporadas y de esa relación nacieron grandes textos, entre ellos la conocida Antología de poesía devocional de la India.

El poeta nos ofreció una selección de sus traducciones, algunas de ellas inéditas, lo cual fue un gran privilegio. Los versos en que se describe el amor trascendental entre el ser individual y el Ser supremo por medio de la pasión amorosa entre Rādhā y Kṛṣṇa (Krishna) tuvieron especial repercusión.

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De izq. a dcha: el indólogo Javier Ruiz Calderón, el presidente de la FHE, Juan Carlos Ramchandani, la subdirectora general de Asuntos Religiosos de la Generalitat de Cataluña, Isabel Escandell y el poeta Jesús Aguado.

En este punto, con los asistentes ya inspirados, tuvo lugar la “actuación musical” del día a cargo de Bhakti Das, conocido referente del hinduismo en Cataluña desde hace muchas décadas. Digo “actuación musical” pero que nadie se confunda y crea que se trató de un mero entretenimiento sino que, de acuerdo a la tradición hindú, el arte y las emociones también pueden dirigirse hacia lo supremo. En este caso, solo escuchar la voz de gandharva de Bhakti Das lo transporta a uno a un estado de conexión interna, y mucho más si, como en este caso, va acompañada de un rāga en sitār.

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Bhakti Das creando ambiente meditativo con su música

Con todos los asistentes en un estado de elevación y calma, cerramos el acto con la ceremonia de ārati, es decir ofreciendo fuego y luz a una imagen de lo divino (en este caso Gaṇeśa) y cantando juntos Jaya Jagadīśa Hare, una canción tradicional que loa al Señor del Universo.

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Juan Carlos Ramchandani realizando el arati de clausura.

Después de agradecer una vez a todos los presentes por su asistencia y calidez pudimos disfrutar de un refrigerio hindú exquisito (vegetariano, por supuesto) que puso el broche de oro a una mañana que había cumplido con sus aspectos institucionales, intelectuales, sociales y también espirituales.

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Disfrutando del aperitivo hindú y de buena compañía

Por la tarde se llevó a cabo el seminario Luz sobre el hinduismo, que consistió en cuatro charlas introductorias sobre relevantes temas de la tradición hindú, a cargo de destacadas personalidades, todas ellas honrosos miembros de la FHE.

La primer charla se tituló Las metas de la vida y las bases de la sociedad hindú y estuvo a cargo de Oscar Montero, profesor de Vedānta, muy comprometido con esta filosofía y de la que hace una gran difusión en el mundo hispano-parlante a través sus cursos online. Su ponencia fue muy apreciada pues echaba nueva luz a un tema muy cotidiano y práctico.

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Oscar Montero durante su apreciada ponencia

A continuación disfrutamos de la ponencia Iconografía Hindú: Vida Espiritual a través del Arte a cargo de Hari Das, artista plástico especializado en iconografía y arte hindú, ámbitos de los cuales es experto no solo en términos de conocimiento teórico y de ejecución artística, sino que además es un devoto sincero y fiel que utiliza en su vida el arte sacro como herramienta de trascendencia. Especial afecto tengo por este tema, pues es muy poco difundido y me parece importante de conocer.

Hari explicó que el artista sacro no busca expresar nada especialmente personal sino más bien que “Dios se exprese a través de él” y para ello antes de realizar una obra el artista debe pedir permiso a lo divino. Asimismo, Hari dio detalles de las reglas de composición hindú, de los 64 artes y de los símbolos más comunes en la iconografía tradicional.

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Hari Das explicando el profundo simbolismo que esconde el arte sagrado hindú

La tercera charla se titulaba Introducción a los rituales y adoración en la tradición védica y su presentador fue Juan Carlos Ramchandani, que además de presidente de la FHE, es sacerdote hindú experto. En su entretenida ponencia nos relató diversos detalles de la adoración pública y privada hindú, diferencias entre el norte y el sur de la India y particularidades de algunos templos hindúes.

El cuarto turno fue para Swami Satyānanda Saraswatī, monje hindú y maestro de Advaita Vedānta, que posee un profundo conocimiento de las Escrituras sagradas. Sin embargo, todavía más importante para mí es su vivencia personal y la experiencia directa de aquello que explica, lo cual convierte a sus palabras en fuente de inspiración directa para quien las escucha. Swami habló de El Yoga: la espiritualidad hindú y sus caminos y ofreció un abanico de definiciones al respecto, para concluir que el hinduismo, más allá de sus múltiples acercamientos a lo Supremo, es en realidad un único gran camino que consiste en reconocer la unidad de uno mismo con el orden cósmico y actuar en consecuencia.

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Swami Satyananda Saraswati inspirando a todos con su mensaje sobre el hinduismo como camino.

Como las dos primeras charlas se alargaron inevitablemente, debido a su interés, las dos últimas tuvieron menos tiempo y todos los presentes nos quedamos con ganas de escuchar más. Y más allá de los cronogramas oficiales, durante todo el día tuve esta sensación de que el evento al completo transcurría con tal fluidez que se nos hacía corto a todos. Esto nos da más motivos para pensar en una próxima vez y, por supuesto, será más largo.

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Foto de grupo con la mayoría de asistentes al seminario de la tarde.

Después de varios meses de planificación y de arduo trabajo por parte de las diferentes asociaciones y miembros que componen la FHE, fue una gran satisfacción el haber realizado este importante evento para la Federación y, esperamos, para la difusión del hinduismo en España.

¡Sanātana Dharma Ki Jaya!

 

Visita a Sadāśiva en la Isla de Elephanta

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En 2015 estuve varios días en la ciudad de Mumbai para presenciar parte del multitudinario festival de Gaṇeśa Caturthī (Ganesha Chaturthi). Mumbai no me gusta especialmente porque es demasiado grande y urbana, pero de todos modos aproveché esa estadía para visitar algunos sitios de interés espiritual, que tenía pendientes. Entre ellos, la famosa Isla de Elephanta, que está a unos 10 km de distancia de la costa, en aguas del Mar Arábigo, y a la que se llega en ferry desde la turística e icónica Gateway of India.

El curioso nombre actual de la isla se debe al rebautizo que le dieron los colonizadores portugueses en el siglo XVI al ver las colosales estatuas de elefantes que había en su terreno. De todos modos, su gran interés cultural y espiritual está en las grandes grutas esculpidas en plena roca, que tienen casi 1500 años de antigüedad y que incluyen templos, pilares e imágenes religiosas hindúes. De hecho, las grutas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad en 1987 y están bien conservadas, aunque es verdad que durante las diferentes invasiones, comenzando con la llegada de los portugueses, se causaron daños en las esculturas y salas del complejo.

Al llegar al muelle de Elephanta, después de una hora de viajar por las muy marrones aguas, uno tiene la opción de tomar un pequeño tren o caminar los 600 o 700 metros hasta llegar a las escaleras que llevan a las grutas. La explanada tiene puestos de comida, camisetas y todo tipo de recuerdos y artesanías; una escenografía que se mantiene de forma constante durante el ascenso de 110 escalones que solo se hacen duros si uno tiene un  resfrío (como era mi caso).

Lo más curioso de esta subida es el cartel que dice “Beware of monkeys” (“Cuidado con los monos”) y pretende advertir a los turistas que los monos de la zona están especialmente atentos a robar cualquier cosa que parezca alimento. De hecho, numerosos monos están indisimuladamente paseando o sentados dentro y fuera de la escalera, esperando su oportunidad.

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Monos poniendo cara de que no saben lo que dice el cartel…

El complejo contiene cinco grutas pero solo la primera es de especial relevancia, al menos para alguien no especializado. La gruta tiene en sus tres entradas columnas de unos seis metros de altura y es muy amplia (27m² solo en su zona principal). Naturalmente es húmeda y un poco oscura, pero esa falta de luz solo puede ser un problema a la hora de sacar fotos.

Elephanta Caves Tours, Mumbai Elephanta Caves Tour

Esta foto no es mía porque las mías están todas oscuras…

Especialmente atractivo me pareció el relativamente pequeño y cuadrado altar principal que alberga un tradicional śivalinga, el símbolo abstracto del Absoluto en la tradición shivaíta. Y es que esta gruta está dedicada al Señor Śiva (Shiva).

Templo del shivalinga (foto tampoco mía)

Entre las imágenes esculpidas directamente en las paredes de la roca está Naṭarāja (Śiva en su aspecto de bailarín cósmico), Ardhanārīśvara (Śiva en su aspecto “mitad mujer”), o Bhairava (Śiva en su aspecto más feroz). También hay esculturas con escenas de la mitología tradicional y que incluyen otros dioses relacionados con Śiva. De todas formas, la imagen más conocida y también más potente es la que muestra a Sadāśiva, “el Śiva eterno”, que tiene unos 7 metros de alto y que representa su manifestación más elevada, ya que simboliza “su condición de progenitor de las cinco esferas de la creación”.

La imagen canónica de Sadāśiva posee cinco caras, abarcando los cuatro puntos cardinales más el cenit. En la imagen de Elephanta, la escultura posee solo tres caras visibles, pues se supone que la cuarta (la que mira al sur) está contra la pared y la quinta, que iría arriba, “está presente conceptualmente pero no físicamente”.

De las tres caras visibles hay diferentes interpretaciones, aunque la principal es la que dice que el rostro central es la forma original de Śiva (en calma y meditación), mientras que la cabeza a su izquierda (la derecha en la foto) es un aspecto más amable y femenino de Śiva (de hecho está mirando una flor de loto), y la cabeza a su derecha (izquierda en la foto) representa un aspecto más fiero y masculino (de hecho está observando una cobra).

File:Shiva Trimurti @ Elephanta Caves.jpg

Sadashiva

Por estar compuesta de tres partes, esta imagen se conoce también como Trimūrti, que es también el apelativo tradicional para la tríada esencial de creación-preservación-destrucción del hinduismo genérico: Brahmā, Viṣṇu y Śiva. Quizás por eso, dos guardias que pululaban por la gruta principal me dijeron, por separado, que, si bien la imagen esculpida era Śiva, sus tres caras representaban a Brahmā, Viṣṇu y Śiva, situando a Viṣṇu en el medio. Esta versión no corresponde con la mayoría de fuentes que tengo ni con el hecho irrefutable de que se trata de un templo/gruta dedicado básicamente a Śiva. De ahí que esa imagen tan icónica se conozca como Mahādeva, Maheśvara o Sadāśiva.

Pedí a unos chicos que me hicieran una foto pero quedó fuera de foco. Fui a ver las otras cuevas y no me llamaron demasiado la atención. El entorno frondoso de la isla sí que tiene su encanto.

En cualquier caso, no es difícil de entender porque la gruta principal y su Trimūrti son la verdadera atracción de la isla, ya que aunque haga unos cientos de años que estas cuevas no están activas como centros de adoración, los cientos de años previos de actividad todavía se intuyen si uno agudiza la imaginación (fuego, lámparas, campanas e incienso enfrente de esa enorme imagen…).

E incluso si uno no tiene capacidad de imaginación, la presencia y tamaño de las esculturas es un evocador símbolo de devoción y de verdades espirituales que, como Sadāśiva, son eternas.

El movedizo simbolismo de la abeja en el hinduismo

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Quizás saben que las abejas (entre otros insectos) están en riesgo de extinción debido a ciertas prácticas de la agricultura industrializada, el uso de plaguicidas y los impactos del cambio climático. Las abejas son vitales para la biodiversidad del planeta y, por tanto, para la producción de alimentos, ya que son los polinizadores por excelencia, es decir quienes se encargan de llevar el polen de una flor a otra (o de un cultivo a otro), permitiendo así su fertilización. Su importancia biológica y su popular estilo de vida colectivo (especialmente el de la llamada abeja melífera – “que produce miel” -), hacen que la abeja sea un símbolo desde siempre presente en la cultura occidental y, cómo no, en la índica.

Tanto en las muy antiguas como en las menos antiguas Escrituras hindúes encontramos la presencia, con diferentes nombres y contextos, de la abeja, especialmente de color negro (al parecer en la India abunda un tipo de abeja negra llamada, en hindi, bhanvara o bhanwara). Asimismo, en los textos sagrados aparece frecuentemente la figura del abejorro, que es más grande que la abeja, tiene un zumbido más fuerte y se caracteriza por ser velludo y también de color negro. Las palabras sánscritas para abeja y abejorro muchas veces son las mismas y eso genera ambigüedad a la hora de determinar la certera traducción, con más razón si ambos insectos comparten color.

El simbolismo más transparente que tiene la abeja en el contexto hindú es, al igual que en Occidente, el relacionado con la primavera, el amor, las hermosas fragancias, el jardín en flor… De hecho, es significativo que el incendiario arco hecho de caña de azúcar de Kāmadeva, el dios hindú del amor y el erotismo (que se podría homologar al Cupido romano), tenga la cuerda compuesta de zumbonas abejas, mientras que sus flechas están hechas de flores. En la misma línea, en diferentes textos sagrados (Śrīmad Bhāgavatam, Mahābhārata…) se habla con frecuencia del canto y la música de las abejas como un sonido muy agradable para los sentidos y también propicio para la pasión amorosa.

Kamadeva a punto de lanzar una de sus pasionales flechas

Centrándonos en el aspecto sonoro, ya entre las fórmulas sagradas del milenario Yajur Veda se nombra a estos insectos en referencia a las oblaciones rituales, en donde a la capacidad de Escucha (śrotra) se le ofrecen “abejas” (bhṛṅga). Claramente aquí la abeja es valorada por su sonoridad, es decir su zumbido. En la Chāndogya Upaniṣad (3.1), por ejemplo, se habla del Sol como “la miel de los dioses (devas)” y se dice que los rayos del Sol de cada punto cardinal son las celdas de miel, mientras que los himnos, cantos y fórmulas de los cuatro Vedas son las abejas que producen la miel (madhukṛta). También en esta metáfora, se podría ver una relación entre la melodiosa sonoridad de las abejas y la de los mantras védicos.

Como es sabido, el aspecto sonoro es esencial en la tradición hindú, que postula una cosmogonía sónica, es decir que el universo se manifiesta primero desde el sonido o, mejor dicho, desde una reverberación original, identificada con la sílaba AUM/OM. Es en este contexto que, entre las técnicas del Haṭha Yoga, se prescribe el bhrāmarī prāṇāyāma, un “ejercicio respiratorio” que consiste en crear el zumbido de la abeja (bhramarī) y que en la Haṭha Pradīpikā (II.68) se explica como sigue:

“Una inhalación rápida produciendo el sonido de la abeja macho (bhṛṅganāda), y [luego de la retención] una lenta exhalación produciendo el sonido de una abeja hembra (bhṛṅgīnāda)…”

Se supone, y así lo he aprendido del maestro Sri Dharma Mittra, que el zumbido de la abeja hembra es más agudo que el del macho. Aunque el texto no lo especifica, yo también he aprendido que este prāṇāyāma se hace tapándose los oídos, ya sea con los dedos índices o toda la mano, para que la reverberación que se genera en el cráneo sea más intensa.

La consecuencia de practicar este ejercicio, según la Haṭha Pradīpikā, es una “experiencia de dicha que llena la mente”. La Gheranda Saṃhitā (VII.9-10), otro importante texto medieval de haṭha yoga, también hace hincapié en la “felicidad” (ānanda) que genera este prāṇāyāma. Por su parte, la Śiva Saṃhitā (V.36-42), otro manual de haṭha, habla de una técnica en que, con todos los dedos de las manos, se cierran los orificios del rostro (oídos, ojos, nariz y boca) para concentrarse en una luz interior y, luego, en el sonido esencial (nāda), que primero se manifiesta como “el vuelo de abejas embriagadas (mattabhṛṅgā)”.

bhramari

Con lo que a mí me gusta la etimología es raro que todavía no haya dicho nada, pero ahora creo que es el momento: quizás las tres palabras más frecuentes para “abeja” en sánscrito (con ligeras variaciones) son bhṛṅga, bhramara y madhukara. Las dos primeras derivan de la misma raíz verbal – √bhram – que significa “errar, divagar, vagar, deambular, recorrer, dar vueltas” y hace referencia al movimiento constante de las abejas en su búsqueda de polen.

La palabra madhukara, por su parte, significa “productor de miel (madhu)” y por tanto hace referencia directa a la popular abeja melífera. Como ya hemos dicho, las mismas palabras a veces se usan indistintamente para “abeja” y “abejorro” y, por lo que he investigado, en general se da por sentado que la abeja es también negra aunque el texto no contenga ese adjetivo de forma explícita.

Lo que sí he visto, y es un dato curioso, es que lo que en español (y otras lenguas occidentales) llamamos “abeja reina” en sánscrito es masculino: “abeja rey” (bhṛṅga-adhipa o madhukara-rājan por ejemplo). En términos biológicos esa abeja es sin duda hembra, por lo que su masculinización en la cultura védica puede deberse a la influencia patriarcal o a recovecos del lenguaje, aunque no he profundizado en este análisis.

Abeja Reina, Abeja, Colmena, Cera De Abejas, Miel

De la tendencia natural de la abeja a libar el néctar de diversas flores nacen diferentes enseñanzas, algunas negativas, como la que considera que la abeja melífera que acumula y acumula más de lo que puede consumir ella misma se presenta como “codiciosa” y contraria al ejemplo del sabio. De hecho, en el Mahābhārata se dice que la consecuencia que sufre una persona por robar comida es nacer como abeja.

Por el contrario, la abeja también se presenta como “una excelente maestra espiritual porque nos muestra como estar satisfechos con poco”, es decir con las escasas gotas que saca de cada flor. Este ir de flor en flor hace que la abeja/abejorro sea un símbolo del amante, similar al colibrí, también llamado “picaflor”. De hecho, según algunos diccionarios, posibles acepciones poéticas de la palabra bhramara incluyen “amante” (en el sentido de “libador” o “recolector” de polen) o incluso “libertino”.

Es en este último símbolo que podemos entender mejor la famosa escena relatada en el Śrīmad Bhāgavatam (10.47.11-21) en que el joven Uddhava llega como enviado de Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) a la aldea de Vraja para dar un mensaje de consuelo a las gopīs, que lloran por Kṛṣṇa día y noche desde que se marchó dejando su vida de pastor de vacas para ejercer como rey. En esa situación, una de las gopīs (presumiblemente Rādhā) se da cuenta de la presencia de un abejorro (que, por tanto, sería negro) y considerándolo un mensajero de su amado Kṛṣṇa, comienza un monólogo con una mezcla de corazón roto y éxtasis amoroso, en que le reprocha su actitud de abandono (“así como tú, abejorro, que abandonas algunas flores”) y lo insta a marcharse y a no traer el recuerdo de Kṛṣṇa, aunque luego se retracta.

Para algunos comentaristas, el abejorro no es otro que Kṛṣṇa mismo, que quiere ver a sus amadas gopīs en persona. Esta interpretación tiene que ver, al parecer, con que uno de los términos con que se nombra al abejorro en el texto es madhupa, “que bebe miel”, y esta denominación se asocia al nombre Madhusūdana, uno de los epítetos de Kṛṣṇa (aunque etimológicamente no haya, en principio, relación). En cualquier caso, no es casual que en el contexto del recuerdo (amargo y gozoso a la vez) de los pasatiempos amorosos de Kṛṣṇa y las gopīs, aparezca un abejorro con el color oscuro que se le atribuye a Kṛṣṇa.

Siguiendo con las historias sagradas, el Devī Bhāgavatam relata  la manifestación de Bhrāmarī Devī, “la diosa de las abejas [negras]”. Resulta que, después de muchas austeridades, un demonio llamado Aruṇāsura obtuvo un don y, como es tradicional, pidió la inmortalidad. Como este atributo no lo poseen ni los devas el demonio tuvo que reformular su pedido y dijo:

“Que mi muerte no sea causada por ninguna guerra ni por ningún arma, por ningún hombre ni mujer, ni por ningún bípedo o cuadrúpedo…”

Una vez concedido esto, el demonio comenzó a asolar a los dioses y, resumiendo, éstos recurrieron a la Madre Divina a quien alabaron grandemente hasta que apareció ante ellos. Le explicaron la situación y entonces la Diosa se manifestó de forma resplandeciente, con abejas negras decorando sus puños y sus abigarradas guirnaldas; con abejorros y abejas zumbando todo a su alrededor. De esta forma, Bhrāmarī Devī envió abejas y abejorros en todas las direcciones, cubriendo el cielo y la tierra de negro, creando un panorama funesto especialmente para el asura, que no pudo hacer nada para evitar su muerte.

Como suele pasar en estas historias cuando se busca la inmortalidad a toda costa, el demonio dejó un resquicio técnico, y se olvidó de los animales hexápodos. De hecho, otra palabra sánscrita para abeja es ṣaṭpadaḥ, “de seis patas”. Una vez completada la destrucción, las abejas volvieron a la Devī, que es un aspecto feroz de la Madre Universal.

Para conocerla un poco más, comparto este vídeo con un mantra dedicado a ella y que tanto sonora como visualmente es muy atrapante:

Siguiendo con los simbolismos, uno que me gusta mucho es el que explica el avadhūta Dattātreya en el Śrīmad Bhāgavatam (11.8.10), cuando habla de sus 24 gurus o maestros, siendo uno de ellos la abeja porque:

“Así como ella toma el néctar de todas las flores, sean grandes o pequeñas, la persona inteligente debe tomar la esencia de todas las Escrituras”.

Una versión todavía más amplia que se deriva de esta enseñanza es que una persona sabia debe “recolectar verdades de los diferentes lugares y personas”. Por tanto, la abeja sabe tomar lo mejor de cada situación, ver lo bueno y, en relación a eso, posee la capacidad de transmutar el polen en miel o néctar, es decir, lo ordinario en extra-ordinario.

Esta búsqueda de la abeja por el néctar se ve reflejada en la poesía mística por su constante relación con los “pies de loto”, ya sea de alguna divinidad o del guru. Por un lado, en la India los pies del maestro son tradicionalmente considerados como un “terminal de poder y gracia espiritual”, a la vez que, como dice Paramahansa Yogananda, “la expresión ‘pies de loto’ tan usada en la literatura y canciones devocionales puede indicar la sabiduría divina de la cual es símbolo el loto”.

Esta evocadora imagen, junto a la idea de la abeja como mensajera, aparece en un hermoso poema del santo-poeta Mānikavasagar (o Māṇikkavācakar, que vivió entre el siglo VII y IX E.C.) y del cual un fragmento dice (en traducción de Jesús Aguado):

“Tenía el corazón y la mente muy lejos
mas Él les obligó a volver a Su vera.
El Señor de cabello ensortijado (Shiva)
y Su hermosa consorte (Párvati) me salvaron.

“Él es el cielo, el proceloso mar,
el este, el norte, el sur,
el oeste y los mundos interiores.
Como gotas de miel Sus pies son dulces.
Abeja, cuéntale mi historia”.

Adentrándonos en el terreno más poético siempre me ha llamado la atención que en diferentes composiciones devocionales se hablara de la “abeja de la mente”. De hecho, este simbolismo es el que más me interesa y el que me ha llevado a escribir este largo texto. Justamente el citado Yogananda tiene una canción, que yo conocí de niño versionada al español y que todavía me acompaña:

“Absorta está la abeja de mi mente,
en los pies de loto azul de mi Divina Madre.
Divina Madre, mi Divina Madre,
Divina Madre, mi Divina Madre…”

Aquí está la versión original en inglés:

La versión en español que he encontrado no me gusta especialmente pero la pongo para escuchar la traducción:

Entiendo que la abeja se compara con la mente por ser un elemento que se mueve de forma constante, yendo de un pensamiento a otro, sin concentrarse en nada por mucho tiempo, buscando en diferentes sensaciones, objetos e ideas el néctar de la vida. Quizás por eso en una parábola que aparece en el Mahābhārata, donde una persona que está atrapada en un bosque (“la visión limitada de uno mismo”) bebe miel sin parar sin satisfacerse, las abejas se consideran nuestros “deseos”, nunca satisfechos y siempre crecientes.

Entonces, los “pies de loto” de lo divino (o de la sabiduría espiritual) vendrían a ser el único lugar donde esa movediza abeja podría encontrar el néctar dulce, que además nunca se acaba.

Mi única duda es por qué la abeja de la mente es negra. Quizás porque es el color de una abeja muy difundida en la India o quizás porque ese color oscuro es tradicional de Kṛṣṇa y de muchas manifestaciones de la Madre Divina, cuyos pies de loto son negros o azules. Como me dijo el artista y profesor hindú Hari, el ser individual y lo divino están hechos de “la misma sustancia y por ello, metafóricamente comparten color”.

Un gran ejemplo de esta idea son las canciones de Kamalakanta Bhattacharya, un poeta bengalí (siglo XVIII-XIX), muy devoto de la diosa Kālī:

“La abeja oscura de mi mente es atraída en puro deleite
hacia la flor de loto azul de los pies de la Madre Shyama,
la flor azul de los pies de Kālī, la consorte de Shiva.
Sin gusto para la abeja son los pimpollos del deseo.
Los pies de mi Madre son negros y negra también es la abeja;

¡El negro se unió con el negro! Esto es lo que de tal misterio
mis ojos mortales ven y luego de prisa se apartan.
Pero las esperanzas de Kamalakanta al fin son colmadas,
y nada en el mar de la felicidad, inmutable ante la dicha o el pesar”.

Después de todo esto, la conclusión es que hay que poner la mente en algo que sea dulce, que nos inspire y eleve, y además que no se agote nunca para no tener que ir a buscar otra flor. Está claro, entonces, que lo Divino es la mejor flor de la planta más dulce.

bhramari

Sólo se trata de vivir / Enjoy the problem

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En la famosa Autobiografía de un yogui, Paramahansa Yogananda relata una “experiencia de la conciencia cósmica” que le fue dada por su maestro y en la que “todo el cosmos, saturado de luz como una ciudad vista a lo lejos en la noche, fulgía en la infinitud de su ser”. Al acabar la experiencia su maestro le dijo:

“No debes embriagarte con el éxtasis. Todavía hay mucho trabajo para ti en el mundo. Ven, vamos a barrer el suelo del balcón…”.

En una línea similar, Jack Kornfield, ex-monje y conocido escritor budista, tiene un libro titulado Después del éxtasis la colada, en que a partir de la prosaica tarea de lavar la ropa sucia reflexiona sobre cómo vivir la vida cotidiana una vez alcanzada la iluminación (o al menos, vislumbres de iluminación).

Yo, que últimamente estoy bastante lejos de esas experiencias cósmicas, me encontraba cortando zanahorias para la comida familiar, con mi exploradora hija de nueve meses por el suelo intentando chuparme las pantuflas, cuando me llamaron de la radio para pedirme que hablara de turīya, el cuarto estado de la consciencia según la filosofía hindú, que a falta de una descripción más certera se puede decir que es la pura trascendencia, el Ser en estado puro, la Consciencia suprema (para más detalles, se puede escuchar – la mayor parte en catalán – el programa aquí, con la participación estelar del monje Swami Satyānanda Saraswatī y del filósofo y escritor Vicente Merlo).

La cuestión es que enfrascado en tareas tan domésticas y cotidianas como cocinar y criar hijas, me hizo reír que me consultaran sobre un estado que, si ya de por sí me es lejano, me parece inalcanzable en mi ajetreada vida hogareña.

Luego, analizando el tema, pensé que las experiencias de Yogananda y Kornfield son las de alguien que, después del samādhi, debe hacer un esfuerzo para volver los pies a la tierra y llevar una vida “normal”. En mi caso, por el contrario, metido hasta las rodillas en el barro de la cotidianeidad, el esfuerzo sería el de encontrar un destello de claridad que me mantenga elevado, o al menos no me permita hundirme más…

Una primera – y obvia – conclusión que saqué es que todos, ya sea con experiencias trascendentales o no, tenemos que vivir la vida, lo cual incluye en casi todo momento acciones cotidianas, pequeñas, banales si se quiere, y muchas veces no placenteras en sí mismas. El maestro Sri Dharma Mittra dice que mantener “este cuerpo” implica “un montón de trabajo”: hay que alimentarlo, peinarse cada día, lavarse los dientes, hacer ejercicio…

Al mismo tiempo, como dijo una amiga hace poco, esa serie de actividades diarias y no necesariamente apetecibles (cocinar, lavar, limpiar la casa y, por supuesto, trabajar) es “vivir”, o al menos es un parte insoslayable del vivir, que en la balanza de la existencia es igual de pesada que las vacaciones, ver la tele, descansar, tener sexo o hacer yoga…

Para colmo, algunos maestros dicen que no está bien que otros laven tu ropa y, en general, también hay consenso en que, empezando por el nivel energético, no es bueno que tu comida la prepare cualquier persona (esto incluye chefs de restaurante), a menos que sea alguien con una conciencia elevada. Entonces, si tengo que pasarme toda la vida lavando y cocinando, y tampoco puedo disfrutar realmente de los placeres de la vida porque son efímeros, ¿cómo voy a ser feliz? O dicho de otro modo, ¿qué sentido tiene vivir así?

En la antigua filosofía Sāṃkhya se dice que el objetivo del mundo material (prakṛti) es servir de campo, de teatro, donde el ser/espíritu (puruṣa) pueda experimentar (bhoga) tanto el placer como el dolor de la multiplicidad material, para finalmente darse cuenta de que dicha experiencia no genera plenitud y así volver la mirada hacia sí mismo, es decir, el sujeto que experimenta, donde la conciencia se reconoce y encuentra la liberación (kaivalya) de las identificaciones materiales.

Desde otra escuela filosófica hindú muy diferente, la tradición tántrica Śrīvidyā, existe un texto llamado Tripurā Rahasya, en que se ensalza a la Diosa como Madre del universo diciendo, por ejemplo:

“Yo soy la Conciencia de la que se origina el universo, en la que éste florece y en la que se acabará disolviendo. El universo se refleja en mí como una imagen en un espejo. Los ignorantes me ven como el mero universo material, mientras que los sabios me conocen como el Conocimiento puro, como el ātman libre de pensamientos, semejante a un océano profundo e inmóvil.”

En la visión tántrica, hablando ahora de forma genérica, se considera que todo en este mundo es sagrado o divino y, por tanto, puede ser usado para ser disfrutado pero, sobre todo, como herramienta de trascendencia hacia la conciencia suprema.

Es en el contexto de las diferentes visiones citadas que a veces se dice que para alcanzar yoga hay que pasar por bhoga, que puede ser “experimentar”, aunque tiene una connotación más bien de “disfrutar”. De la misma forma que se dice que para llegar a mukti, la liberación, hay que pasar por bhukti, que también es el “disfrute” del mundo y sus objetos.

Cuando se trata del placer, todos podemos concordar en que este mundo merece la pena ser vivido, pero cuando hablamos de dolor es probable que sean menos los que se suban al carro de la vida al completo. La visión del legendario yogui Sri Dharma Mittra al respecto es pertinente:

“La vida sin yoga = el sufrimiento es sufrimiento.
La vida con yoga = el sufrimiento es una puerta que nos lleva a conocer más el Ser y a cambiar la conciencia hacia un nivel superior, para darnos cuenta de que somos solo el observador de nuestro cuerpo y mente. Disfruta todo con este cuerpo y esta mente, pero no te aferres a ello”.

Si la semana tiene siete días, de los cuales sábado y domingo son solo dos, eso significa que la mayor parte del tiempo, en general, uno está involucrado en actividades que, a priori, no son las más placenteras ni apetecibles. Por tanto, uno puede tener el imperioso deseo de escaparse de las obligaciones de este mundo o de aquello que “no le gusta”. Entendiendo por “escaparse”, tanto el hecho de no llevarlo a cabo como el hecho de hacerlo a desgano, ergo sufriendo.

Sobre esto, en la Bhagavad Gītā, Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) dice que “no es correcto renunciar a los deberes prescritos” (XVIII.7), y dando ejemplo inspirador agrega, hablando en su rol de Ser Supremo (III.22):

“En los tres mundos
yo no tengo nada que realizar,
nada no alcanzado
que yo tenga que alcanzar,
y, sin embargo, yo permanezco en la acción”.

Si el mismo Dios actúa aunque no le haga falta, ¿qué queda para mí? De hecho, en este contexto la enseñanza más relevante a nivel existencial es el hecho de que, en este mundo, la acción es algo ineludible. Al decir de Kṛṣṇa (III.5):

“Ni por un solo momento permanece alguien sin actuar”.

Obviamente, quedarse tirado en el sofá todo el día también es una forma de acción, aunque quizás muy cercana a la actitud de no-acción que Kṛṣṇa condena en la Gītā (III.8). Por tanto, es uno el que decide cómo afrontar eso que llaman “vivir”.

Este hartazgo que producen los quehaceres cotidianos más el sufrimiento de tener que hacer “lo que no me gusta” me recuerdan una anécdota de mi maestro Swami Premananda, relatada por una de sus discípulas renunciantes, que en ese momento tenía a cargo una sección comercial del áshram en que se vendían y exportaban productos.

La historia cuenta que la sección comercial y toda su mercancía habían sido cambiadas de sitio a un nuevo almacén con el techo roto, donde habitaban murciélagos, no había electricidad ni aire acondicionado, con todo el material desordenado y sin suficiente mano de obra para acomodarlo. Entonces, la monja fue a ver a Swamiji y durante un buen rato estuvo enumerando la retahíla de obstáculos, quejándose amargamente. Al acabar, Swami, que había escuchado todo pacientemente, la miró y sonriendo dijo: “Enjoy the problem” (“Disfruta del problema”).

Este sabio consejo me ha quedado grabado, pues he comprobado (algunas veces, no siempre claro) que si en el fragor de la cotidianeidad uno logra tomar distancia para situarse en el rol del observador, a la vez que se sumerge sin resistencia en la “acción prescrita”, entonces el sufrimiento se reduce e incluso uno puede “disfrutar del problema” o también reírse de la situación.

La imagen puede contener: una persona, barba y primer plano

Yendo quizás un paso más allá y poniéndolo en las poéticas palabras de Joan Mascaró, cuando habla de karma yoga:

“Cada pequeña acción en la vida puede convertirse en un acto de creación y, por tanto, en medio de salvación… El gozo de la acción es por tanto el gozo de Dios”.

Tengo a las nenas con conjuntivitis, el tubo de la aspiradora roto y varias remolachas para hervir (que demoran un buen rato). También, como Kornfield y Yogananda, tengo que lavar la ropa y barrer el balcón. Eso sí, de experiencias cósmicas ni hablar… pero curiosamente hay veces que en medio de este mundanal ajetreo encuentro inspiración o paz o mucha gratitud y entonces todo cobra sentido. Quizás sólo se trata de vivir.

Desde un registro totalmente diferente al hindú, acabo este texto con dos antiguas canciones de rock argentino que incluyen la sintética frase que da título a este post catártico:

y

1 definición larga de Yoga en la Bhagavad Gītā

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Hace un año escribí el post titulado 3 breves definiciones de Yoga en la Bhagavad Gītā, en donde prometía hablar también en algún momento de las definiciones largas que aparecían en el sagrado texto hindú. Pues, ese momento ha llegado, y me quiero concentrar en una definición que me ha interesado por su juego de palabras y, más importante, su descripción de los beneficios de la práctica yóguica.

De hecho, gran parte del capítulo VI de la Gītā, conocido como Dhyāna Yoga, es de particular interés para los haṭha-rāja yoguis, ya que en la descripción del “sendero de la meditación” Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) incluye detalles sobre la postura correcta, los hábitos idóneos, la metáfora de la vela o cómo controlar la mente. Sin detenernos hoy en toda esa valiosa información y llegando directamente al śloka 23, Śrī Kṛṣṇa dice:

taṁ vidyād duḥkhasaṁyogaviyogaṁ yogasaṁjñitam

Es decir:

“Sabe que ese estado en que hay separación (viyoga) de la unión (saṃyoga) con el dolor (duḥkha) es llamado Yoga”.

O dicho más directo:

“Yoga es la separación de la unión con el dolor”.

Obviamente, en este verso hay un juego de palabras con el término yoga, casi como si en español, y con mucha menos gracia, uno dijera:

“La unión es la desunión de la comunión con el dolor”.

Es curioso que la definición actualmente más difundida de Yoga tenga que ver con la “unión” entre cuerpo, mente y espíritu (o entre el ser individual y el Ser universal) y en este pasaje, en cambio, se haga hincapié en la “separación”, una idea muy arraigada en la antigua filosofía Sāṃkhya, de la que los Yoga sūtras de Patañjali beben grandemente y también, en parte, la misma Bhagavad Gītā. De todos modos, aquí se habla de separarse del dolor, lo cual implica estar en contacto directo con la dicha, que al final no es otra cosa que identificación o “unión” con la Realidad.

Según la traducción, el verso puede encontrarse como “liberación de la cadena del dolor” (Fernando Tola); “liberación de las cadenas del sufrimiento” (J. Arnau); “liberación frente a la opresión del dolor” (Mascaró); “ningún contacto con el pesar” (Swami Vijoyananda); “el estado que quita el dolor” (Jean Riviere)… Justamente, lo que más nos interesa de esta definición es la descripción de ese estado que nos “separa del contacto con el dolor” (Swami Nikhilananda). Y aquí es cuando la definición se pone larga…

En una traducción posible basada en diferentes fuentes, así lo explican los ślokas VI.20-22:

“Aquel estado en que la mente, controlada por la práctica del Yoga, consigue la quietud;
y en que viendo el Ser (ātman) a través del Ser, se está satisfecho en el propio Ser;
aquel estado en que uno conoce una dicha infinita que está más allá de los sentidos y que solo el intelecto (buddhi) puede comprender;
aquel estado en el que, estando establecido, uno ya nunca se separa de la realidad;
aquel estado que una vez obtenido genera el pensamiento de que no puede haber logro superior;
y en el que, una vez establecido, no es conmovido ni por el más intenso de los dolores”.

La filosofía hindú plantea que este mundo, en esencia, ofrece sufrimiento. La forma de separarse de ese sufrimiento es la práctica del Yoga, que en sentido amplio sería cualquier camino o método hacia la liberación. En el capítulo dhyāna yoga de la Gītā el método que se explica tiene que ver con la meditación (“el cultivo de la mente” o “la contemplación del ser” también traducen algunos autores), con aquietar la mente, controlar los sentidos y encontrar la fuente de toda satisfacción en uno mismo.

Por supuesto, la meta ofrece una perspectiva tentadora y, como no puede ser de otra manera, el camino es esforzado, ¿pero acaso no es la vida esforzada en general?

Para alentarnos, Śrī Kṛṣṇa dice al final de esta larga definición:

“Este Yoga debe ser practicado con determinación (niścaya) y sin que la mente se desaliente (anirviṇṇa)”.

Que así sea.

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