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¿Para qué Dios creó este mundo?

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En todo curso de formación de profesores de yoga, taller de filosofía hindú o encuentro espiritual al que asisto alguien, inevitablemente, hace una pregunta existencial básica: “¿Para qué Dios creó el mundo?”. Si todos los seres somos chispas divinas y el objetivo de la vida es reconocer nuestra propia naturaleza esencial que hemos olvidado, ¿por qué Dios no nos lo hace recordar de un chasquido en lugar de hacernos pasar por todas estas vicisitudes? ¿Qué necesidad hay de experimentar los altibajos constantes de la vida, que para muchos es más sufrimiento que disfrute, si ya somos divinos? ¿Es acaso Dios perverso?

Por supuesto, todas las religiones y las filosofías han propuesto respuestas más o menos convincentes al respecto, desde la debilidad humana por una manzana, pasando por el capricho divino y llegando hasta la idea de un demiurgo ciego. En la tradición hindú, que es la que nos compete aquí, se dice que el universo nace debido al “deseo” de crear que surge en lo Divino. Ese podría ser el porqué, pero lo que nos interesa hoy es el para qué, el fin de esa creación. Los fatalistas dicen que solo es para sufrir, los optimistas dicen que es para disfrutar y los que estamos en el medio creemos que detrás de la constante oscilación entre placer/dolor hay algo más.

El gran santo y filósofo hindú Swami Vivekananda, en sus famosos discursos del Parlamento de las Religiones de Chicago en 1893, habla de esta paradoja de ser espíritu puro y libre, a la vez que un cuerpo limitado y atado por la materia. Y dice que en lugar de emplear “sonoros nombres científicos” el hindú es sincero y responde: “No lo sé”.

Para muchos esta respuesta es chocante, sobre todo en tiempos de materialismo y cientificismo donde lo que no es probado racional y empíricamente no puede ser aceptado. A mí, en cambio, me encanta la respuesta pues demuestra que el foco espiritual no está en “entender” sino en “experimentar”.

Por supuesto que el hinduismo tiene sus teorías, entre ellas que este universo es la “danza” de Śiva, bajo cuya música todos bailamos (muchas veces fuera de ritmo), o la līlā, el juego de Dios, en que todos somos personajes de un drama casi teatral.  Sin embargo, a diferencia de otras tradiciones, el hinduismo no hace hincapié en una filosofía especulativa sino en una filosofía práctica que, más que explicar las razones divinas para el origen de este mundo, nos ayude a salir de él o, mejor, a vivir en él sin sufrimiento.

La famosa parábola de la “flecha envenenada” que se atribuye al Buddha en el Cula-Malunkyovada Sutta del canon pali lo muestra muy claro. En ella se cuenta que un monje, como condición de seguir con su entrenamiento espiritual, le pide al Buddha que le confirme verdades del tipo: “El cosmos es eterno o no”, “El cosmos es infinito o no” o “Después de la muerte, el Buddha existe o no”. El Buddha le dice:

“Si un hombre dice, no viviré bajo las enseñanzas del Buda a menos que me declare estas verdades, ese hombre morirá y esas cosas seguirán sin ser declaradas por el Buddha”.

Y entonces explica que esta actitud es equivalente a la de una persona, que al ser herida por una flecha envenenada, se niega a sacársela hasta saber, por ejemplo, el nombre del hombre que le disparó, sus datos familiares, su estatura y color de pelo, su lugar de nacimiento, el tipo de arco que usó, de qué material estaba hecha la cuerda del arco y a qué animal pertenece la pluma que portaba la flecha.

En este sentido, la filosofía hindú prioriza siempre sacarse la flecha y luego, si corresponde a nuestro temperamento, hacernos preguntas especulativas que no hacen más que satisfacer la curiosidad intelectual hasta cierto grado. De todos modos, hacerse de forma honesta una pregunta tan esencial como “¿por qué y para qué existe el mundo?” es natural para quienes tenemos un interés, al menos incipiente, en la verdad de las cosas. Y es importante porque nos lleva a preguntas más importantes como “¿cuál es la razón de mi vida?”.

Volviendo al tema de hoy, y habiendo notado que la curiosidad especulativa está en muchos de nosotros, quería compartir la respuesta que da Swami Premananda cuando un devoto le pregunta la razón de toda esta creación. Su respuesta me parece reveladora. Dice Swamiji:

“Si Dios no hubiera creado el mundo no serías capaz de verlo, ¿verdad? Tienes suerte de que Dios lo haya creado porque ahora puedes verlo. Has venido a la India. Si Dios no hubiera creado todo, ¿por qué habrías venido a la India? ¿Por qué habrías nacido? Te sientes afortunado y disfrutas de todo; es la creación de Dios lo que estás disfrutando. Si Dios no hubiera creado todo, entonces no estarías haciendo esta pregunta. Debido a la creación divina estás haciendo esta pregunta. Dios creó el mundo, los seres humanos, los animales, las plantas y todo y entonces tú vienes a este mundo y le preguntas a Dios por qué te creó ¡Ese es el propósito de la creación divina! Así que la respuesta es: para que preguntes”.

Para mí, la conclusión de la respuesta de Swami es que la vida es una oportunidad para descubrir la razón de nuestra existencia y, por tanto, una oportunidad para conocer nuestra naturaleza real. Eso sí, es importante hacerse las preguntas correctas, esas que nos aportan soluciones y vías de acción y no mera especulación. “¿Para qué he nacido?” o “¿Quién soy yo?”, dicen los sabios, entran en la categoría buena.

Para despedirme, una viñeta del dibujante Grant Snider sobre esta “inusuales” preguntas que tanto sirven (traducción abajo):

AskingQuestions

“Pequeñas preguntas… llevan a pequeños descubrimientos” / “Preguntas más grandes… llevan a descubrimientos más grandes”

“Algunas preguntas… solo revelan misterios más profundos” / “Incluso si sabes qué pregunta hacer… la respuesta puede que te sorprenda”

“Hacer preguntas enormes… puede crear problemas enormes” / “Hacer demasiadas preguntas… puede hacer que te veas ridículo”

“Cuando te encuentras con una pregunta inusual… no hay mucho más que hacer… / …más que quedarte a su lado… y ver adonde te lleva”.

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Calendario hindú para 2018

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Empieza un nuevo año y empieza un nuevo ciclo de festividades y eventos religiosos y espirituales para el hinduismo. Como ya expliqué una vez, no se puede hablar de un único calendario hindú ya que éste puede variar según la región, la lengua o las costumbres o puede basarse en las fases lunares o en el giro de la Tierra alrededor del Sol. De todos modos, hay una serie de festividades e hitos comunes a la mayoría del hinduismo que es importante tener en cuenta si uno quiere celebrarlos adecuadamente.

En la rica tradición hindú hay tantas festividades que no se espera que un devoto celebre necesariamente cada ocasión, sino que más bien se focalice en las fiestas relacionadas con el aspecto de la divinidad que más le atrae. Por tanto, los devotos váishnavas ayunarán en ekādaśī (undécimo día de la quincena lunar) y los shivaítas en pradoṣa (decimotercer día de la quincena lunar), por dar un ejemplo. Y también habrá personas que se interesen solo en dos o tres grandes celebraciones al año.

Para todos los casos es muy útil tener un calendario hindú y este año quiero compartir la generosa creación de KrishnaKali Yoga Ashram (antiguamente Suddha Sattva) que proporciona las principales festividades, ekādaśīs y pradoṣas y las lunas nuevas (amāvāsyā) y llenas (pūrṇimā) de los meses hindúes. El calendario está particularmente pensado según el horario y calendario de España, por lo que para otros países, especialmente latinoamericanos, en algunos casos las fechas pueden variar de un día a otro.

Además de estar bellamente diseñado, el calendario incluye mantras de apertura y cierre y, para cada mes, un inspirador verso tradicional de las Escrituras hindúes. Para ver y descargar gratuitamente el calendario en formato .pdf creado por KrishnaKali Yoga Ashram solo basta clicar aquí.

calendario2018

El tránsito vehicular como terreno de prueba interior

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Tengo una pareja de amigos que son muy hindúes y que del espejo retrovisor de su coche llevan colgada una imagen de Hanumān, principalmente para que los ayude a encontrar aparcamiento. “¿No sería más apropiada una imagen de Gaṇeśa?”, pregunté yo en referencia a la deidad con cabeza de elefante que se especializa en eliminar todos los obstáculos. “Es que Hanumān”, me dijeron con razón, “es el Señor de los imposibles”. Y es que así de difícil es encontrar sitio para estacionar cualquier vehículo en el urbano mundo moderno.

Este diálogo ocurrió en Valencia, donde estuve hace poco para dar clases en la Formación de profesores de haṭha yoga de la escuela Gobinde. En una de esas clases, y en el marco de la enseñanza de los Yogasūtra de Patañjali, hablábamos de cómo funcionan nuestros arraigados patrones mentales y de cómo una bayeta húmeda en la encimera de la cocina se puede convertir en un drama conyugal. Entonces, con mucho acierto, un alumno dijo que ese ejemplo era muy banal, pero que la complejidad estaba en casos “más radicales”. Dándole la razón esperaba que ahora él enumerase las causas de sufrimiento raíz que todos los sabios han distinguido durante milenios: enfermedad, vejez o muerte…

Entonces el alumno dijo: “Qué pasa cuando ves un espacio libre para aparcar el coche y otra persona, pasándose en rojo el semáforo, te lo quita en tu cara”. ¡Pues ahora sí que estamos hablando de casos “radicales”!

hanuman

Como muestra el ejemplo anterior, el tema del tráfico vehicular es uno de los mayores terrenos de prueba para cualquier persona, incluso aunque no tenga vehículo, como se deduce de los peatones, siempre irritados con los ciclistas que transitan por las aceras. Personalmente, el tránsito es el ámbito (junto al conyugal) que más fácilmente pone en evidencia mi verdadero estado mental y donde ciertos patrones de enfado y reproche surgen de forma automática.

Conduzco desde adolescente, tuve moto y ocasionalmente uso coche, sin olvidar mis tiempos estudiantiles de peatón kilométrico, pero ahora la mayoría del tiempo voy en bicicleta. Podría enumerar una larga serie de vejaciones cotidianas que recibimos los ciclistas urbanos, pero esa no es la idea, pues habiendo experimentado todos los roles sé que aquí no hay una tajante división de buenos y malos.

Esto lo digo con la tranquilidad de estar sentado frente a la pantalla porque cuando salgo a la calle y una señora cruza en rojo sin mirar poniendo mi ciclista integridad en riesgo, debo admitir que soy menos diplomático. La mitad de las veces voy con alguna de mis hijas en la sillita de atrás y, justamente por querer ser buen ejemplo, cambio el insulto visceral por un mantra sánscrito. Cosas buenas de tener hijas…

Volviendo al tránsito, estoy seguro de no ser el único sensible al tema, de lo contrario no escucharía esos constantes e irritados bocinazos en las esquinas. Y no estoy hablando de la India, donde ya saben que tocar el claxon es un signo de civismo. De todos modos, también en la India hay disputas de tráfico e intercambio de culpas, aunque un extranjero lo nota menos pues todo el despliegue callejero le parece ya un gran caos.  A la vez, en el “civilizado” pero populoso Manhattan, donde los peatones tienen la tácita instrucción de caminar por la derecha siempre hay excepciones y eso también genera irascibilidad.

Como dice Sri Dharma Mittra, el que viene por el lado opuesto lo hace basado en sus “condicionamientos previos”, es decir que no podía haberlo hecho de otra manera y, por tanto, no tiene sentido enfadarse ni intentar corregirlo.

En realidad, en el tema del tránsito (como con casi todo) no se trata del lugar ni del nivel de infracción cometido, sino de la actitud. Si uno circula en estado de calma, sin prisas externas y con una mente apaciguada, entonces es invulnerable a los malos conductores, los ciclistas intrépidos, los transeúntes despistados o los camioneros abusones. Como también dice Dharmaji:

“Cuando uno está en quietud ve todo con amor”.

Si uno no está en quietud, que es lo más habitual, entonces hay varios métodos para no dejarse afectar por las vicisitudes del tráfico. A continuación, comparto cuatro de ellos:

  1. La técnica de Marcos: Un día mi amigo Marcos, que es yogui, iba por el carril de bicicletas cuando de repente se le cruzó, sin mirar, un peatón. Marcos tuvo que frenar de golpe y cuando, con el brazo levantado como gesto de reproche, estaba a punto de soltarle un improperio, se dio cuenta de que el susodicho era un antiguo conocido. Automáticamente, un poco por cariño y otro poco por pudor, su tono cambió y, aprovechando el brazo en alto, lo saludó amablemente. La conclusión es reveladora: si consideras que cada distraída señora que se cruza en tu camino es tu tía, entonces casi no te podrías enfadar con ella.
  1. Ponerse en el lugar del otro: Incluso si no es tu tía, esa conductora que no pone la luz de giro, ese taxista aparcado en segunda fila o ese autobús cerrándote el paso, generalmente tienen una vida que va más allá de querer arruinarte la tuya. Por tanto, en lugar de tomarnos cada acto ajeno como algo tan personal podemos tratar de aplicar la ley de empatía básica y ser capaces de ponernos en el lugar de otro: ¿Quién alguna vez no ha pasado en rojo porque tiene mucha prisa? ¿Quién no ha transitado absorto en sus pensamientos? ¿Quién, incluso, no ha mirado en movimiento la pantalla del móvil porque espera un mensaje realmente urgente?
  1. Cultivar los opuestos: Si la empatía nos cuesta, entonces podemos recurrir a una técnica recomendada por el sabio Patañjali hace como dos milenios, cuando los carros de bueyes seguramente irritaban a los peregrinos. La receta es simple: para obtener paz mental y emocional se debe cultivar la neutralidad ante las malas acciones de los demás. Es probable que nuestra reacción natural sea el enojo, pero entonces forzando un poco un sentimiento contrario, lo convertimos en indiferencia. Para ello el intelecto es útil y, en lugar de enredarse en reproches mentales, uno puede preguntarse “¿De qué me sirve enfadarme?” o solo afirmar “No dejaré que esta persona me quite mi paz mental”.
  1. Repetición de mantra: Los patrones mentales arraigados son fuertes, especialmente los negativos, y entonces es muy efectivo repetir fonemas con una vibración elevada que, además de ayudarnos a poner la mente en un punto, nos ayudan de forma sutil a cambiar nuestra actitud para no dejarnos arrastrar por la energía negativa del reproche o el enfado. El esfuerzo consiste en repetir el mantra, pero luego es el mantra el que hace el trabajo. Un buen mantra para repetir sería:

lokāḥ samastāḥ sukhino bhavantu

Cuya traducción más popular es:

“Que todos los seres sean felices” (incluso ese incívico motociclista…)

Como marco filosófico de este tema veo muy útil el hacerse una serie de preguntas como “¿Qué nos lleva a tocar la bocina una vez consumada la infracción ajena?”, “¿Qué nos lleva a querer que el ‘infractor’ admita, de alguna manera, su error?”, ¿Por qué lo que más nos molesta es que incluso si le gritamos, el “infractor” mire para otro lado?”, “¿Acaso creemos que seremos nosotros quienes, en una única ocasión y a los gritos, modificaremos el comportamiento de alguien?”.

Una vez, justo al frente de mi casa, el dueño de un coche aparcado tocaba la bocina desaforadamente porque alguien había puesto un vehículo detrás del suyo y, al parecer, no lo dejaba espacio salir. Yo, que estaba calmo, le dije que había espacio suficiente y que lo podía ayudar a salir guiándolo. El hombre respondió que no le importaba, que él otro coche estaba mal aparcado y quería que el conductor viniera para dejárselo bien claro. Yo insistí en ayudarlo diciendo que era una solución más armónica y que así nadie se estresaba. Me respondió más enfadado aún, con palabras que es mejor no reproducir, al tiempo que llegaba el “infractor” y recibía una lluvia de gritos.

Cuando uno le ve desde afuera, desapegado, todo es muy claro, como mantenerse sobrio en una fiesta en que todos están borrachos.

Imagen relacionada

Como bonus track no quiero olvidarme de los semáforos en rojo, que no son culpa de nadie en realidad, pero son objeto de gran enojo… siempre y cuando uno tenga la mente agitada. A mí también me pasa, claro, y me pasaba especialmente cuando tenía moto. Así que un día utilicé la “técnica de la gratitud”, un secreto muy bien guardado que hoy comparto para beneficio popular:

Consiste básicamente en recibir cada semáforo en rojo como una bendición, pues te da la oportunidad de detenerte, respirar con conciencia y llevar la atención hacia dentro. Si te ves con ganas, le agregas un murmullo o hasta un grito que dice: “¡Gracias por darme esta oportunidad!”. Y te aseguro que, si no te calmas, al menos te ríes de ti mismo, que es lo que más se necesita para superar estos casos radicales de sufrimiento vehicular.

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Consumismo, residuos y renuncia

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El sonado paso del Black Friday (con el apéndice del Cyber Monday para los más necesitados) me puso a escribir sobre un tema que está en el aire y que da vueltas por mi cabeza y muchas otras. En resumen: sabemos, cada día mejor, que nuestro modo de vida basado en el consumo, el progreso y el crecimiento material no es sostenible para el planeta ni para el bien común ni para nuestra propia felicidad y, sin embargo, damos pocos pasos para cambiarlo.

Por supuesto, ya sé que en casa haces recolección selectiva de tu basura, pero en vista de los datos actuales decir que cuidamos el medioambiente porque reciclamos los envases de plástico es como decir que cuidamos de nuestra salud por el mero hecho de cepillarnos los dientes cada día.

Quienes estamos preocupados por la situación medioambiental creemos, muchas veces, que “a través del consumismo ecológico podemos reconciliar el crecimiento perpetuo y la supervivencia del planeta”, pero como lo expresa el escritor y activista británico George Monbiot:

“El verdadero problema es el crecimiento perpetuo en un planeta que no está creciendo”.

En el mismo artículo, el autor ofrece datos para sonrojarnos:

“Una serie de trabajos de investigación demuestran que no hay una diferencia significativa entre la huella ecológica de la gente que se preocupa y la que no. Un artículo reciente señala que aquellos que se identifican como consumidores comprometidos usan más energía y producen más emisiones que quieres no se preocupan por el medio ambiente.

¿Por qué? Porque la sensibilización medioambiental suele ser mayor entre personas adineradas. No son nuestras posturas las que impactan el medio ambiente, sino nuestros ingresos. Cuanto más ricos somos, más grande es nuestra huella ecológica, sin importar nuestras intenciones. Según muestra el estudio, los que se perciben como consumidores ecológicos se centran principalmente en comportamientos que tienen beneficios relativamente pequeños”.

Efectivamente, un reciente estudio de una universidad sueca dice que reciclar o cambiar las bombillas de casa a las de bajo consumo es mucho menos efectivo en reducir las emisiones de dióxido de carbono que seguir hábitos vitales como una dieta casi o totalmente vegetariana, evitar viajar en avión, no utilizar coche o tener familias más pequeñas (es decir, un hijo o ninguno). ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a cambiar así nuestro estilo de vida?

Incluso limitándonos al reciclaje hogareño, nuestro esfuerzo no suele ser tan profundo como creemos. La Fundación catalana para la prevención de residuos y el consumo responsable ha hecho un experimento muy interesante poniendo a cinco familias (de muy diferente composición cada una) el reto de no generar residuos durante un mes. Algunas de las pautas de consumo que da la Fundación en su decálogo son:

  • Eliminar lo que no es reciclable o de un solo uso (bastoncillos para los oídos, hojas de afeitar, compresas, toallitas húmedas, tampones, pañales, pajitas de bebidas, monodosis, envases de pequeño formato…)
  • Rechazar envoltorios de regalo, envoltorios de plástico, bolsas y embalajes innecesarios.
  • Para la comida usar tápers, cantimploras y rechazar los alimentos precocinados envasados.
  • Comprar a granel y llevarse los envases reutilizables de casa.
  • Detergentes a granel y sin tóxicos.
  • En la cocina usar paños de ropa, y eliminar el papel de cocina, de aluminio y de film transparente.

Como se ve, una cosa es reciclar y otra es no generar residuos. Evidentemente, lo segundo requiere gran esfuerzo, mucha organización hogareña y, sin duda, una tremenda dosis de renuncia para modificar nuestros hábitos de consumo. Ahora ha sido el Black Friday pero pronto llegan las fiestas navideñas y ahí estaremos todos, muy ecologistas y yoguis, consumiendo. Por supuesto, una opción buena es regalar actividades y experiencias en lugar de cosas materiales; y si son objetos, que sean hechos por uno mismo, como propone esta campaña de Greenpeace.

De todos modos, por más responsable que sea nuestro consumo, el problema de base está en nuestra necesidad de consumir. En una entrevista todavía inédita que le hicimos para Puraka Project, el Dr. Sudhakar Powar, médico ayurvédico indio, explica al respecto:

“Nuestra mente es muy activa y actualmente el 95% de los problemas en mi área de atención médica provienen de la mente o de nuestro enfoque de la vida. Debido a muchos factores como por ejemplo falta de contentamiento, porque vivimos en un mundo manipulado por el consumismo. De esta forma nuestras mentes están manipuladas para vivir de forma no contenta, insatisfecha. Nadie es feliz con todo lo que tiene. Y ese es el terreno en que florece el consumismo. Porque si tú estuvieras feliz y satisfecho con lo que tienes no necesitarías nada y el mercado no crecería. El mercado solo crece si las personas quieren más. Entonces, en realidad existen ‘necesidades reales’ y ‘necesidades creadas’. Cuanto más se incrementan las ‘necesidades creadas’ más consumismo habrá, más crecerá el mercado y más beneficios económicos habrá”.

Dicho de forma tan clara, no hay manera de rebatirlo, pero igualmente seguimos insatisfechos. Por eso también me ha gustado el planteamiento del maestro zen Dokushô Villalba cuando escribe:

“Si queremos detener y liberarnos del engranaje infernal del consumo desorbitado debemos asumir la responsabilidad individual de reducir conscientemente nuestros deseos: reduciendo nuestros deseos, la cantidad de poder adquisitivo que necesitaremos para satisfacerlos también se reduce. Al reducir la necesidad de poder adquisitivo, reducimos la necesidad de vender nuestro tiempo de vida (nuestro trabajo) a cambio de un salario. Reduciendo el uso de recursos naturales, reducimos la degradación ecológica”.

Esta idea de “simplicidad voluntaria” está en total consonancia con el ideal yóguico que pregona el contento, la aceptación y la desaparición de los deseos. En un post de hace tres años yo contaba que en el Mahābhārata, el gran poema épico de la India, el rey Yudhiṣṭhira es interrogado por un espíritu de los bosques sobre cuál es la máxima felicidad y su respuesta es:

“La máxima felicidad es el contentamiento”

La misma afirmación que hace el sabio Patañjali en su Yoga Sūtra cuando habla de saṃtoṣa (II.42) y que no nos viene mal volver a leer:

“A partir del contentamiento (saṃtoṣa) se obtiene la máxima felicidad”

Sobre esto, el comentario Yoga Bhāṣya de Vyāsa agrega lo obvio, pero que no queremos ver:

“El contentamiento se logra no deseando nada más de lo que ya se tiene”.

Volviendo al artículo inicial de George Monbiot, él dice que hay que cambiar el sistema ya que “necesitamos construir un mundo en el que el crecimiento sea innecesario”. Estoy de acuerdo, y como ya sabemos (o deberíamos saber) no serán los gobiernos los que construyan ese nuevo mundo, sino cada uno de nosotros con su pequeño pero imprescindible accionar individual.

Al menos a los privilegiados que estamos leyendo esto y – a nuestro pesar – dejamos gran huella ecológica en el planeta, la situación global actual de constante crecimiento nos ha puesto en un punto en que tenemos más posibilidades materiales que nunca y que hace pocas décadas eran impensables: viajar a cualquier isla paradisíaca en Semana Santa, conseguir cualquier producto a través de Internet, comprar camisetas nuevas por 2€, comer tomates todo el año, probar comida de los seis continentes en el sofá de casa…

Irónicamente, si queremos salvar el planeta, el medioambiente y también el equilibrio socioeconómico global cada vez más descompensado, debemos renunciar a esa tan accesible y omnipresente oferta de consumo en pos de una vida simple exteriormente y rica interiormente.

Ya sé lo que estás pensando: que cuando no había TV ni Amazon sí que era fácil, pero que, maldita sea, nos ha tocado una época difícil para renunciar a los deseos. Te entiendo. Aunque tomando perspectiva, y según cuentan, la renuncia ha sido dura en todos los tiempos y, eso sin duda, se requiere gran determinación para asumirla. Veremos si estamos a la altura.

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Cómo usar la “vasija” netī

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Como les pasa a muchas personas, cuando llega el otoño-invierno la ominosa sombra del resfriado se cierne sobre mí, junto con las periódicas mucosidades bloqueando los conductos respiratorios. Los beneficios de un cuerpo físico sano son evidentes, y para los yoguis clásicos es además un requisito indispensable para la subsiguiente purificación del cuerpo energético que se hace a través del prāṇāyāma, los ejercicios respiratorios.

Justamente para obtener un cuerpo fuerte y sano, los yoguis de hace siglos diseñaron técnicas de limpieza denominadas kriyā, que tradicionalmente se dividen en seis categorías y por eso se denominan ṣaṭkarman (“las seis acciones”). Según la zona del cuerpo que se busca limpiar, estas técnicas se pueden clasificar, siguiendo la línea de Kayvalyadhāma, en la región “cráneo-nasofaríngea” para salud respiratoria y ocular; en la región “gastro-esofágica” para asma, enfermedades bronquiales y del bazo; o en la región “ano-rectal-intestinal” como activadoras del fuego gástrico, lavado colónico o enema.

La técnica que nos interesa hoy es la conocida como netī, que se centra en la limpieza de los senos nasales y, según los textos medievales clásicos, “despeja la zona craneal y agudiza la visión; elimina con rapidez todas las molestias que surjan por encima de los hombros” (Haṭha Pradīpikā II.30) y, además, “cura los desórdenes debidos a la flema (kapha) y aumenta la visión interior” (Gheranda Saṃhitā 1.51). En estos textos clásicos de hace al menos cinco siglos, la técnica específica que se enseña es sūtra netī, es decir “con hilo”, y consiste en:

“introducir un fino cordón (sūtra), de un palmo de largo, por una de las fosas nasales y sacarlo por la boca” (HP, II.29).

Esta técnica se enseña todavía hoy en la India y ha tenido modificaciones como utilizar un hilo encerado para que pase mejor o que el elemento introducido sea un catéter de goma “fácilmente esterilizable”.

sutraneti

En general, cuando alguien escucha sobre esta técnica reacciona naturalmente con un gesto de desagrado. Las técnicas tradicionales de limpieza no son especialmente agradables y por ello Sri Dharma Mittra dice que está bien actualizarlas para no sufrir tanto. Por ejemplo, la limpieza tradicional de dientes (danta dhauti) consiste en “frotar los dientes con polvo de acacia o con tierra pura hasta que desaparezcan todas las impurezas” (GhS, I.27) y dice Dharmaji con su humor:

“Si tu avión se estrella en el Amazonas, es bueno saber danta dhauti en la forma tradicional. Si vives en New York cómprate un cepillo de dientes eléctrico Panasonic”.

De forma similar, la técnica de sūtra netī ha sido en gran parte reemplazada por jala netī, es decir “con agua”. De hecho, la llamada netī pot, protagonista de este texto, es justamente una “vasija” (pot, en inglés), preferentemente de cerámica (también las hay de metal), que tiene una boquilla o tubo similar al de una tetera, diseñado para ser introducido en las fosas nasales y así irrigarlas para que se limpien y descongestionen. El utensilio se conoce técnicamente como lota, que en sánscrito significa “lágrimas” y quizás refiere a que si los conductos están muy bloqueados, al usarla uno termina lagrimeando bastante.

El procedimiento de irrigación nasal se realiza con agua con sal, que como toda abuela sabe es un milenario remedio casero, y además la sal protege la mucosidad básica y necesaria de los conductos nasales. Por tanto, no se recomienda usar agua sola. La diferencia con inspirar el agua con sal directamente de la mano, que es el método rudimentario, a hacerlo con la “vasija” netī es abismal, ya que es mucho más cómodo, no requiere un esfuerzo activo, el fluido del líquido es constante y, por tanto, más efectivo.

Para usarse, el agua debe estar tibia y no demasiado caliente porque causaría irritación. Las proporciones para la preparación salina son variables, aunque en nuestra casa Hansika dice que por 1 litro de agua corresponde 1 cucharada grande de sal marina. Yo lo hago a ojo… La cuestión es que hay que llevar el agua con la sal al punto de hervor, luego dejarla entibiar y entonces se puede usar. Si uno no quiere esperar y mezcla agua tibia directamente con la sal debe tener cuidado de poner un poco menos de sal para evitar irritar la nariz.

Como regla general, la cantidad de agua que entra en una vasija netī o lota normal es la suficiente para irrigar solo una fosa nasal. Para la otra, haría falta rellenar la lota. En cuanto al procedimiento, idealmente uno lo hace en la pileta/lavamanos del baño donde el agua usada se pueda drenar.

jalaneti

Y entonces:

  • Inclina ligeramente la cabeza hacia un lado y coloca el tubo de la vasija en la fosa nasal que queda más arriba. Elevar el codo de la mano que sostiene la vasija.
  • Respira todo el tiempo por la boca.
  • Deja que el agua fluya lentamente hasta que salga por la otra fosa y chorree hacia la pileta/lavamanos.
  • Al acabar un lado sóplate la nariz para quitar los restos de agua y escúpelos si tienes restos también en la boca.

Detalles importantes:

  • Si el bloqueo nasal es menor, el agua saldrá por la fosa de abajo sin grandes problemas, directamente hacia la pileta/lavamanos.
  • Si el bloqueo es medio o grande, el agua puede salir por la fosa de abajo, pero en lugar de caer en vertical hacia la tierra, es muy probable que recorra la mejilla de abajo y llegue incluso al cuello. Es normal.
  • Si el bloqueo es muy grande puede que el agua no pase y también es normal. En este caso hay que tener especial atención a no forzar, porque el agua a veces va hacia el oído y puede producir molestias posteriores.
  • En todos los casos, si el pasaje del agua no es fluido puede también deberse a la posición de la cabeza y de la vasija respecto a la cabeza. Por tanto, conviene probar ligeras variaciones en la inclinación de ambas hasta encontrar el punto bueno.
  • Si la técnica funciona es normal que lleguen mucosidades a la boca (que iremos escupiendo) y también que “arda” un poco el paladar o la garganta.
  • Si se hace muy sufrido hay que detenerse, recuperar fuerzas y después seguir.
  • En momentos de mucha congestión es ideal repetir este procedimiento varias veces en el día. Cuando la situación mejora con una o dos veces es suficiente.

Estos consejos que doy no deben ser tomados de ninguna manera como el equivalente a una pauta médica, ni puedo tomar responsabilidad por el uso que cada persona haga de ellos. En caso de dudas es necesario consultar con un maestro competente y cercano.

La práctica yóguica de netī también se usa en āyurveda, la medicina tradicional india, que le pone sus variaciones y al agua con sal le agrega hierbas medicinales para el tratamiento de enfermedades relacionadas con las alergias, los dolores de cabeza y, por supuesto, la sinusitis y la congestión nasal. Si bien el uso más frecuente se da en temperaturas bajas, también es recomendable para la época primaveral en que surgen muchas alergias. Dharma Mittra dice que hay que tener la netī pot al lado del cepillo de dientes y usarla cada mañana.

Debo admitir que a nivel preventivo no uso la lota tanto como debería. Eso sí, a nivel curativo, es decir una vez que ya empiezan los síntomas del resfrío, sin duda la netī pot es mi mejor arma. Por eso se la recomiendo a todos.


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‘Diccionario del Yoga’, un manual fiable para profesores y practicantes

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Siempre he sentido interés por las formalidades del uso lingüístico y, en ciertas ocasiones, puedo ser demasiado puntilloso al respecto. Desde que estudié sánscrito la situación empeoró porque me di cuenta de todos los “errores” que cometemos al escribir o pronunciar términos sánscritos, los cuales están cada vez más popularizados. Sin duda, esta búsqueda de corrección me hace quedar como un antipático sabelotodo en más de una ocasión. Y quizás por eso, también he aprendido a elegir dónde y cuándo ponerme técnico con el sánscrito. Uno de esos lugares son los cursos de formación para de profesores de yoga, donde participo regularmente en diferentes partes de España (y pronto también en México).

Justamente para beneficio de las personas que están profundizando en la práctica del yoga, y con un enfoque riguroso sobre la lengua sánscrita y los textos tradicionales como trasfondo, acaba de publicarse en España el Diccionario del Yoga: Historia, práctica, filosofía y mantras, a cargo de la sanscritista y especialista en filosofía india Laia Villegas, con la invaluable colaboración del reputado sanscritista e indólogo Òscar Pujol.

El libro es el resultado de años de trabajo e investigación y su gran mérito es, creo, ser capaz de englobar en una única obra, de forma condensada, muy clara y rigurosa, diferentes elementos del “Yoga” que, o bien no se encontraban disponibles aún en español o, si publicados, estaban desperdigados en diferentes textos. Por tanto, en este manual de 300 páginas, cualquier profesor, aspirante a profesor, o practicante serio de yoga puede encontrar una base informacional muy fiable sobre, como dice el subtítulo, la “historia, práctica, filosofía y mantras” del Yoga.

Muy pertinente me parece la primera sección del libro, dedicada a las normas de la lengua sánscrita y las sugerencias de cómo usarla en clase o incluso al escribirla. Es una introducción sencilla para quienes desean conocer la pronunciación tradicional de la “lengua del Yoga”. Por supuesto, muchos profesores (yo mismo incluido) a veces usan los equivalentes españoles de ciertas palabras sánscritas, especialmente con los nombres de las posturas. Eso no quita que sea mejor conocer el original.

Como se suele decir, si Picasso decidió romper con las normas y dibujar caras con forma de cubos fue porque, previamente, ya dominada la técnica de la pintura artística. De la misma forma y por determinadas circunstancias particulares, yo puedo elegir traducir o hasta pronunciar “incorrectamente” una palabra sánscrita, pero que no sea por ignorancia o por tener el conocimiento erróneo.

Lo siguiente que nos ofrece el libro es un pantallazo de la historia del Yoga durante los últimos 3.500 años y todo lo que esta palabra tan de moda significa. Basándose en los estudios académicos más actuales, pero sin perder de vista la tradición, los autores muestran que “el yoga es una cultura viva y dinámica”. A nivel de la Historia del Yoga, los nuevos descubrimientos o traducciones de textos antiguos van ofreciendo cada vez más pistas y, con probabilidad, tendremos renovación parcial de paradigmas.

Al mismo tiempo, el cambio principal está a nivel de las formas de práctica y allí es donde el texto que nos incumbe hace un gran aporte al estudiante actual al detallar, de forma muy visual, la terminología y uso de 108 āsana (con sus variantes más comunes), más las técnicas clásicas de prāṇāyāma, mudrā, bandha y kriyā, que son los elementos diferenciadores del haṭha yoga, aunque los más desconocidos. Esta sección se acompaña de un útil glosario.

diccionario

A nivel filosófico, el libro presenta un diccionario breve con los términos más usados o escuchados en el mundo del Yoga (ātman, brahman, karman, los nombres de los siete cakras, algo de mitología, los ocho pasos de Patañjali, y bastante más), y lo bueno es que las definiciones, sin ser demasiado técnicas, son lo suficientemente largas como para dar una buena idea del tema tratado.

Como gran detalle, la obra incluye una traducción “didáctica y completa” de los Yogasūtra de Patañjali, basada en la hasta ahora inigualable – en español al menos – versión de Óscar Pujol. Más allá de la rigurosidad y la claridad de la traducción y el desglose palabra por palabra de cada sūtra, me parece muy bien pensado que el tratado clásico de la filosofía del Yoga, que se estudia en cada formación de profesores del mundo, esté incluido en un manual para practicantes y profesores.

De esta manera, ahora nos basta con llevar un único libro en el bolso para tener, al mismo tiempo, el texto original del Yoga (sin comentarios), más un resumen de la historia, un inventario ilustrado de prácticas, un diccionario de términos comunes y una base de lengua sánscrita para saber cómo pronunciarlos.

Hablando de pronunciación, al final de la obra hay una breve sección dedicada a mantra, en la que se incluye una selección de nueve fórmulas sagradas bien conocidas, con su traducción y análisis. Justamente porque el sánscrito es una lengua que da cardinal importancia a la pronunciación, Laia Villegas se ha tomado el trabajo de recopilar, con la voz de Kaustubh Desikachar (relacionado con el linaje de T. Krishnamacharya, para algunos fundador del “yoga moderno”), los Yogasūtra al completo según la metodología del canto védico y, además, cada término sánscrito que aparece en el libro.

Los audios se pueden escuchar o descargar de forma gratuita en la página web de Herder Editorial, clicando aquí. Tenemos que agradecer y destacar este gesto de parte de los autores para fomentar la práctica de la recitación sánscrita tradicional.

Personalmente, me leí el libro ávidamente en dos días, aunque su verdadero valor es ser un repositorio muy fiable de información tradicional que puede ser consultado en cualquier momento y de forma puntual.

Por eso es tan valioso que, a pesar de las muchas horas de trabajo e investigación que hay detrás, Laia haya tenido la humildad de presentar el texto de forma accesible (tanto en contenido como en forma), para no abrumar a nadie y, por el contrario, con un espíritu genuino de beneficiar a la comunidad yóguica. Es decir, siguiendo la esencia del Yoga.

El Diccionario del Yoga ya está disponible en España; pronto irá llegando a Latinoamérica y, para quienes estén en Barcelona, habrá una presentación el 10 de noviembre, ver detalles aquí. Mis mejores deseos de éxito para este libro.

La visión del Yoga sobre la depresión y cómo superarla

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Hace unos días leí un muy interesante y actual artículo de David Frawley, reputado especialista en la tradición védica y gran difusor del yoga y el ayurveda en Occidente. El artículo original estaba en inglés (aquí) y con la ayuda de mi esposa Hansika decidimos traducirlo para beneficio de quien corresponda. Concuerdo grandemente con lo que explica Frawley, en parte porque yo mismo he pasado por varias fases en mi vida que podría calificar de “depresivas”. Comparto el texto prácticamente íntegro, es un poco largo pero vale la pena. Espero sea útil:

“La depresión se está convirtiendo en una epidemia, sobre todo en el próspero mundo occidental. Afecta de igual modo tanto a jóvenes como mayores, a ricos como a pobres, a personas cultas como a personas sin formación. Para combatirla, se recetan cada vez mayores cantidades de medicamentos antidepresivos, de los que se van introduciendo distintas variedades en el mercado.

Este problema nos lleva naturalmente a la cuestión de fondo: ¿Cuál es la causa de la depresión? Hay muchas explicaciones, algunas muy informativas o aclaratorias. Sin embargo, me gustaría mirar más allá de cualquier teoría compleja. Para simplificarlo, la causa de la depresión es el estímulo. Cuanto más dependemos del estímulo externo, es más probable que con el tiempo más nos deprimamos. Hay múltiples motivos para ello.

Primero, siempre que cualquier estímulo al que nos hemos acostumbrado se reduzca o inhiba, es más probable que nos deprimamos o sintamos algún tipo de síndrome de inhibición, ya que nos hacemos dependientes del estímulo para energizar nuestro sistema nervioso.

Segundo, con el tiempo, es más probable que nos aburramos o deprimamos con cualquier tipo de estímulo, ya que la repetición hace perder la novedad. El umbral en el que cualquier estímulo nos afecta va aumentando a medida que lo experimentamos con asiduidad.

El hecho es que esa dependencia de factores externos para entretenernos, comprometernos o motivarnos hace que perdamos nuestro propio poder de motivación, lo cual resulta en una futura depresión.

La Era Moderna de la Estimulación Mediática y la Medicina Basada en Medicamentos

En el mundo moderno de la alta tecnología estamos sujetos a mucho más estímulo y entretenimiento que en cualquier época anterior. Muchas personas están conectadas todo el día con música, vídeos, redes sociales o Internet (casi desconectándose del resto de la vida, incluso del resto de personas). No sabemos cómo estar solos, en silencio, en la naturaleza o incluso cómo tener una relación directa con alguien.

Además de nuestros estímulos sensoriales muchos de nosotros tomamos drogas recreativas o medicinales que tienen efectos secundarios adictivos y devastadores. Hay epidemias en cuanto a la cantidad de opiáceos que las personas toman hoy en día como analgésicos o sencillamente como adicción a las drogas opiáceas, de las que hay muchas formas nuevas artificiales y poderosas que son incluso más adictivas. La depresión se puede conectar con adicciones de varios tipos, desde adicciones sensoriales a todo tipo de adicciones a sustancias. Aún así la depresión normalmente se puede relacionar con un tipo de vida que mira hacia fuera, incluso si tenemos adicciones específicas. Algunos de nosotros puede que nos sintamos deprimidos por el estado infeliz del mundo actual. Ésta es otra complicación basada en prestar demasiada atención al mundo externo, eclipsando nuestra práctica espiritual interior.

El Mito de la Depresión como un mero problema en la Química Cerebral

La ciencia médica más reciente nos cuenta que la depresión es un producto de una química errónea en nuestros cerebros, y que dicha deficiente química cerebral como mejor debe ser tratada es con medicamentos, ya que es un problema químico. El resultado de ello es que, en lugar de tratar la depresión mirando nuestro comportamiento o nuestras circunstancias de vida, tenemos multitud de nuevas variedades de medicamentos antidepresivos que no existían hace unas pocas décadas. Incluso con todos los antidepresivos que tomamos, parece que nos deprimimos más. Algunos antidepresivos tienen como efectos secundarios deprimir más. Esto es esperable. Como la depresión es resultado de la dependencia de estímulos externos, categoría en la que los medicamentos antidepresivos también encajan, es probable que a largo plazo creen más depresión o que, al menos, reduzcan nuestro nivel de creatividad, contentamiento y motivación.

La medicina basada en medicamentos nos dice que nosotros no somos responsables de los desequilibrios en la química del cerebro. Somos víctimas de la química de nuestros cerebros que depende de varios factores más allá de nuestro control, empezando por la genética. Creer que esta afirmación es cierta nos puede hacer sentir personalmente liberados de culpa, pero absolvernos de toda responsabilidad por nuestra condición, nos quita nuestra habilidad de controlar o mejorar nuestra propia salud y bienestar. Si somos víctimas de la química cerebral, ¿qué es un ser humano o un alma humana y qué responsabilidad tenemos realmente en la vida?

Depresión y Problemas de Comportamiento

El hecho es que la mayoría de depresiones están basadas en el comportamiento. Nuestros estilos de vida incorrectos por demasiada actividad, sobreestimulación y desconexión con el mundo de la naturaleza, nos pueden dejar exhaustos y deprimidos, especialmente a nivel psicológico y emocional. El yoga nos enseña que la cualidad de rajas o “excesiva agresión y estímulo” nos lleva a la cualidad de tamas o “oscuridad, inercia y depresión” al agotarnos, quemarnos o al hacernos demasiado hiperactivos, sensibles, inquietos y estresados.

En nuestra sociedad orientada al individualismo a menudo terminamos solos, ya que la familia y la comunidad se subordinan a los logros individuales. Esto nos hace más dependientes de la estimulación mediática para llenar el vacío en nuestras vidas. Soledad y depresión a menudo van juntas.

Para verlo desde otro ángulo, la depresión no es más que baja energía en la mente o en un nivel psicológico. Hasta cierto punto, igual que todos tenemos períodos de baja energía física, particularmente como consecuencia de una actividad excesiva, también tenemos períodos de baja energía mental como consecuencia de demasiado trabajo o estimulación mental o emocional. Del mismo modo que la baja energía física se debe a una falta de ejercicio y a una nutrición carente, la baja energía psicológica se debe a una falta de ejercicio mental y a una carente nutrición de la mente.

¿Cuántos de nosotros ejercitamos nuestras mentes de modo creativo e inteligente más allá de sólo seguir los entretenimientos masivos y sin sentido? ¿Habéis examinado la nutrición mental que ingerís a través de vuestros sentidos? A través de los medios dejamos que en nuestras mentes entren personas que jamás dejaríamos entrar en nuestras casas. Como entretenimiento vemos programas llenos de violencia, destrucción y emociones negativas.

La depresión indica una débil inmunidad psicológica y física. Muchas de las personas que dicen padecer depresión en realidad no han sufrido mucho en la vida en términos de enfermedades o carencias, pero reaccionan así a problemas emocionales, a menudo enraizados en la niñez. La depresión conlleva demasiada fijación en nuestro ser personal y nuestro ego, como si fuera un tipo de narcisismo invertido. Cuanto más pensamos en nuestra depresión, lo cual supone prestarle más atención, peor se vuelve.

Qué Nos Puede Enseñar la Depresión

Lo primero para tratar la depresión es que no deberíamos considerar la depresión como enemigo, como un patógeno a destruir, como algo que viene de fuera. Debemos intentar entender su causa dentro nuestro y cuál es su mensaje sobre cómo vivimos y pensamos. Deberíamos intentar entender qué nos dice nuestra depresión y qué nos puede estar enseñando sobre nuestra situación en la vida.

La depresión, como el dolor, puede ser el síntoma de un problema más profundo. Puede que la depresión nos esté diciendo que hay algo frustrante o incluso errado en nuestras vidas, y que puede que tengamos que cambiar quién somos o cómo funcionamos en el mundo. Puede que nos esté diciendo que no estamos utilizando nuestro tiempo sabiamente y que tenemos que cambiar nuestra rutina diaria. La depresión puede tener su base en relación a la espiritualidad, ya que sin una práctica de meditación o valores más profundos, el mundo externo probablemente nos haga sentir vacíos, agotados y sin ningún valor en sí mismo.

Tratamiento Para la Depresión

¿Cuál es el tratamiento para la depresión? Primero tendría que ser principalmente de comportamiento, aunque muchos otros factores pueden ayudar. Debería basarse en la curación natural y no en sustancias artificiales. Nada sin prāṇa o “fuerza vital” puede, a largo plazo, elevar nuestros espíritus, los cuales reflejan nuestro prāṇa. Tenemos que aprender a retirarnos de los estímulos externos y desarrollar nuestra propia creatividad interna, motivación y disciplina para superar la depresión. La depresión puede ser una señal de que debes apartarte y continuar con tu vida hacia un nuevo nivel de conciencia. La depresión puede que también oculte miedos más profundos. Si no desafiamos nuestros miedos, la depresión puede que nos mantenga en la sombra, junto a ellos.

Para ir más allá de la depresión tenemos que dejar de interpretar el papel de víctimas en la vida y asumir responsabilidad kármica de quién somos. Tenemos que empezar a buscar una vida de mayor conciencia más que el mero disfrute personal y éxito externo. Tenemos que dejar un modelo de comportamiento químico y aceptar que nuestro estado mental se basa en nuestros propios valores, acciones y motivaciones: en nuestro estilo de vida. Tenemos que dejar de culpar a nuestros cuerpos, nuestros padres o incluso nuestra sociedad, por quienes somos. Tenemos que empoderar nuestro ser interior y esto sólo se puede hacer desarrollando fuerza de voluntad. Naturalmente esos cambios de personalidad y de comportamiento no pueden darse de un día para otro, pero los podemos ir introduciendo a diario gradualmente.

Hay cosas sencillas que se pueden hacer para la depresión en Yoga y Ayurveda.

Podemos usar aromas estimulantes o incienso como champak, frangipani, alcanfor, eucalipto, menta, salvia o tulsi. Podemos utilizar aceites de nasya para despejar nuestras fosas nasales o una neti pot (o lota) para limpiarlas y llevar más prāṇa a la cabeza. Podemos practicar prāṇāyāma para llevar energía más profunda al cerebro. A medida que nuestras fosas nasales y pulmones se abran y nuestra respiración sea más profunda y plena será más difícil caer en depresión o quedarse en ella.

Podemos cantar mantras como Hrīṁ o Om namah śivāya, o cualquier mantra que nos guste, o repetirlos en silencio para que nuestra energía se mueva. Podemos utilizar infusiones herbales ayurvédicas como tulsi, calamus o brahmi para mejorar la circulación en el cerebro, o plantas calmantes como aceite de sándalo en la cabeza.

Podemos salir a la naturaleza, dar un paseo por la montaña, ir a nadar o tomar una clase de haṭha yoga. Tenemos que mover nuestros cuerpos. Podemos hacer posturas invertidas para llevar energía al cerebro.

Deberíamos aprender a relacionarnos con la vida y el universo a través del cielo, el agua, la Tierra y las montañas, árboles, flores y plantas y todas las criaturas, grandes y pequeñas. Tenemos que abrir nuestros horizontes mentales al espacio ilimitado de la conciencia.

Tenemos que asumir la responsabilidad de nuestra propia depresión y no sólo buscar un remedio externo que la ahuyente por un tiempo. La depresión a menudo es una emoción autoindulgente que surge de la preocupación por nosotros mismos y sobre fijación en nuestra felicidad personal. Una buena cura de la depresión es realizar un trabajo de servicio a otros en situaciones vitales más difíciles que las tuyas. Intenta también limpiar el desorden de tu habitación o de tu casa para ayudar a eliminar el desorden de tu mente que a menudo implica la depresión.

  • En términos ayurvédicos más específicos, las personas de tipo ligero correspondiente al doṣa Vāta a menudo tienen una profunda depresión que nace de la debilidad y el agotamiento nervioso, aunque también pueden ser maniacodepresivos con muchos altos y bajos. Necesitan una buena nutrición, relajación, masaje con aceites y compañía humana.
  • Los tipos acuáticos del doṣa Kapha pueden tener fuertes depresiones crónicas fruto de la falta de movimiento, el letargo y el sobrepeso. Tienen que ser empujados y motivados, para moverse y actuar tanto física como mentalmente.
  • Los tipos intensos del doṣa Pitta a menudo se deprimen cuando no pueden lograr sus metas personales o cuando sus esfuerzos son bloqueados. Con frecuencia la depresión va acompañada de enojo. Pueden ser bipolares y atacar a otros. Se tienen que enfriar y calmar, cultivando el perdón y la compasión.

Buenos practicantes de ayurveda o astrología védica o consejeros védicos tendrán muchos consejos sobre cómo lidiar con la depresión sin recurrir a ningún tipo de medicamentos.

En conclusión, para salir de la depresión tenemos que reforzar nuestro propio Ser superior. Debería estar más allá de tu dignidad como alma divina y conciencia inmortal el regodearse en la depresión. Tu verdadera naturaleza es Satchidananda: Ser-Conciencia-Plenitud absolutas, más allá del cuerpo y la mente”.

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