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Archivo del Autor: Naren Herrero

La misteriosa ubicación del conducto de la tortuga

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Quizás por ser un animal muy antiguo, la presencia de la tortuga en la tradición hindú es profusa, incluyendo filosofía o mitología, y sin olvidar sus recurrentes apariciones en el ámbito del Yoga. En el Mārkaṇḍeya Purāṇa, por ejemplo, se afirma que el continente indio se apoya de forma permanente en la espalda de una tortuga gigante, que a veces aparece con el nombre de Akūpāra, aunque siempre se trata de una manifestación del dios Viṣṇu (Vishnu).

En esta misma línea, es muy conocida la encarnación (avatāra) de Viṣṇu como tortuga con el nombre de Kūrma, que tuvo lugar cuando los devas y los asuras batieron el océano de leche primordial en el principio de los tiempos. El batidor utilizado era una gran montaña que, de tanto moverse, perdió estabilidad y entonces Viṣṇu adoptó la forma de una tortuga y descendió al mar para hacer de base de la montaña, que en su fuerte caparazón encontró la firmeza que necesitaba.

Puede que estas historias suenen a fantasía pero lo cierto es que nos dan una idea de la tortuga como símbolo de estabilidad, quietud y también longevidad, porque el animal que sostenga el mundo tiene que aguantar ahí un largo tiempo.

Comenzando a relacionarlo con el yoga, se suele decir que las tortugas viven muchos años (incluso más de cien), justamente porque respiran muy lento (2 o 3 veces por minuto) y ya se sabe que la respiración yóguica ideal debe ser prolongada y sutil, sin hablar de las más avanzadas retenciones naturales y sin esfuerzo, que al parecer las tortugas (sobre todo acuáticas) también hacen. Al respirar lento uno vive más años y, además, calma la mente. De ahí que la tortuga sea un animal símbolo de la serenidad, lo cual se expresa en sus movimientos lentos.

kurma

Ilustración de Kurmavatara, a cargo de Hari Dasa, del libro ‘Entre la materia y el espíritu’. 

Este contexto se vuelve relevante cuando uno se cruza con el sūtra 3.31 (3.32 en otras versiones) del Yogasūtra de Patañjali, que sucintamente dice:

kūrma nāḍyāṃ sthairyam

En la literal traducción de Òscar Pujol sería:

“Con el [dominio] del conducto de la tortuga, la inmovilidad”.

En la más elaborada traducción de J.A. Offroy Arranz sería:

“Efectuando la contemplación sobre el conducto de la tortuga, en la región del pecho, se logra estabilidad emocional”.

Para situarnos, es útil saber que este sūtra aparece en el tercer capítulo (pāda) del texto, titulado vibhūti-pādaḥ, en que se describen ciertos poderes sobrenaturales (vibhūtis o también siddhis) que se obtienen en la práctica yóguica con la contemplación integral (concentración + meditación + contemplación) y el consiguiente dominio o control (saṃyama) de determinados objetos. Entre la treintena de poderes que se enumeran en el pāda, que incluyen el conocimiento de las vidas pasadas, de las mentes ajenas, de los planetas o la capacidad de levitar, hay una serie de contemplaciones sobre diferentes puntos corporales.

El punto que hoy nos interesa es el citado kūrma nāḍī o “conducto o arteria sutil de la tortuga”. En anatomía yóguica, una nāḍī es un canal sutil por el que fluye el prāṇa o energía vital. En los manuales yóguicos se dice que el ser humano tiene, al menos, 72.000 de esos canales energéticos, los cuales componen el cuerpo sutil o energético y, por no ser físicos, no son detectados por la actual tecnología médica, ni a través de radiografías o tomografías, por ejemplo. El desbloqueo y purificación de esos canales es uno de los objetivos principales de la práctica yóguica, especialmente del prāṇāyāma. En los textos de haṭha yoga se habla generalmente de diez o catorce nāḍīs principales que no siempre incluyen kūrma nāḍī.

Al igual que sucede con los centros energéticos o cakras (léase ‘chakras’), los canales energéticos no pueden ser tocados ni entendidos de forma física, aunque sí se utilizan referencias del cuerpo físico como guías aproximativas para el practicante. En el caso de kūrma nāḍī, Patañjali es bien escueto y no dice nada de la ubicación del canal. Lo que sabemos, en realidad, deriva del Yoga Bhāṣya, el más antiguo y acreditado comentario sobre los Yoga Sūtras, en que Vyāsa dice que se encuentra “bajo la cavidad de la garganta, en el pecho” (kūpād adha urasi).

En el sūtra que lo precede (3.30 o 3.31 dependiendo la versión), se habla justamente del poder yóguico de “eliminar el hambre y la sed” a través de la contemplación en la “cavidad o pozo de la garganta”. Este pozo sería físico y más fácil de percibir. Por tanto, kūrma nāḍī, explican los comentaristas, está debajo (adha) de esa cavidad (kūpa), en algún lugar del pecho (uras).

De las referencias que he consultado, la más explicativa es la de B.K.S. Iyengar en su clásico Luz sobre los Yoga Sūtras, donde después de decir que kūrma nāḍī “resulta más bien difícil de localizar en el sistema humano” afirma que “corresponde a la región epigástrica”. El epigastrio es la parte alta del abdomen y, perdón por la falta de tecnicismos, digamos que comienza justo donde se acaba el esternón y ya no hay hueso.

Por su parte, Swami Hariharānanda Āraṇya, otro reputado comentarista de los Yoga Sūtras, traduce kūrma nāḍī como “canal bronquial”, que está más o menos en la misma zona, pero que añade ambigüedad al caso.

epigastrio

La curiosidad de kūrma nāḍī radica, además de en su imprecisa ubicación, en su peculiar forma pues, según dicen algunos comentaristas, se trataría de un canal energético “con forma de tortuga” y de allí le vendría el nombre.

De todos modos, la relación del nombre del conducto con su forma (de la que no tenemos datos certeros) no es tan relevante como la relación con su función, que tiene que ver, para empezar, con la inmovilidad corporal (sthirapadaṃ), probablemente en la postura meditativa. Por ello, la inmovilidad que se logra contemplando kūrma nāḍī  es comparada por Vyāsa con la rigidez de una serpiente o de un lagarto cuando son agarrados.

Para muchos comentaristas posteriores, sin embargo, esta inmovilidad es también mental y emocional, en relación a la serenidad que simbolizan los quelonios. A este respecto, es interesante agregar  el concepto de kūrma vāyu. En terminología de haṭha yoga, un vāyu es un “aire vital” que permite la realización de las funciones del cuerpo (respiración, excreción, digestión, circulación, estornudo…). Hay cinco vāyus principales y cinco subsidiarios (upavāyus), entre los que se encuentra kūrma vāyu, “la corriente vital de la tortuga”, que se encarga, en palabras del citado B.K.S. Iyengar, de:

“controlar los movimientos de las párpados y regular la intensidad de la luz para la visión mediante el control del tamaño del iris. Los ojos son el índice del cerebro. Cualquier movimiento en el cerebro se ve reflejado en los ojos. Serenando los ojos, por ejemplo, mediante el control de kūrma vāyu, se pueden calmar los pensamientos e incluso inmovilizar el cerebro”.

Sobre esto, Swami Sivananda de Rishikesh dice que justamente el “canal astral por el que pasa kūrma vāyu es kūrma nāḍī. Esta correspondencia, útil en la teoría, nos serviría de pista efectiva si pudiéramos percibir experiencialmente kūrma vāyu, algo que la mayoría de hijos de vecino no estamos en condiciones de hacer. Lo cierto es, en cualquier caso, que la imagen de la tortuga aparece desde distintos ángulos para hablarnos de la quietud (física y especialmente mental) a la que aspira el yogui.

Vuelvo a citar al maestro Iyengar:

“Las funciones mentales giran principalmente alrededor de deseo, ira, codicia, pasión ciega, orgullo y envidia, que se consideran los seis enemigos del alma. Están representados por las cuatro patas, la boca y la cola de la tortuga. Este animal retrae su cabeza y extremidades en el interior del caparazón y no sale, pase lo que pase. Controlando kūrma nāḍī, el yogui detiene los movimientos de esos seis radios de la mente… Coloca esos enemigos en un estado de estabilidad… El yogui permanece como una tortuga en su caparazón, con su centro emocional imperturbable, bajo cualquier circunstancia”.

Para cualquier persona familiarizada con la filosofía hindú, esta analogía del yogui controlado y la tortuga es un clásico y quizás su máxima expresión se encuentre en la siempre disponible Bhagavad Gītā (II.58), cuando Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) describe algunas características del hombre sabio diciendo:

yadā saṁharate cāyaṁ
kūrmo ’ṅgānīva sarvaśaḥ
indriyāṇīndriyārthebhyas
tasya prajñā pratiṣṭhitā

O sea:

“Cuando aparta sus sentidos de los objetos de los sentidos, como una tortuga que contrae sus miembros, entonces su mente está estabilizada”.

Como decíamos, la imagen de la tortuga aparece por doquier. Y como no podía ser de otra manera, en haṭha yoga existe una postura llamada kūrmāsana, que en su versión moderna (los manuales medievales yóguicos dan otra descripción, sentada, de este āsana) imitaría a una tortuga desplegando sus extremidades. Este āsana solo es asequible para las personas muy flexibles y la intención final es apoyar el pecho o el abdomen en el suelo, ¿quizás activando de alguna manera esa zona donde se encuentra el elusivo kūrma nāḍī?

La verdadera espiritualidad no es una cuestión de fe sino de propia experiencia y, finalmente, de auto-conocimiento. Puede que no seamos capaces de señalar específicamente dónde está el sutil conducto de la tortuga y puede que ni siquiera sepamos dónde queda el epigastrio, pero en la medida que llevemos los sentidos y la búsqueda hacia adentro ya estaremos haciendo el camino correcto; que es el camino de la respiración lenta, de la estabilidad emocional y de la calma mental.

En conclusión, el camino de la tortuga que, por algo, ha estado entre nosotros incluso antes que nosotros.

Dos poemas sobre lo que no quiero

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Por mi crianza y también por los maestros que he tenido en la vida, siempre he escuchado que, espiritualmente, “todos los caminos genuinos son válidos” y, además, que “todos los caminos conducen a la misma meta”. No todas las personas están de acuerdo con esa concepción, ni siquiera dentro del hinduismo que es, en general, mucho más integrador que otras corrientes religioso/espirituales, pero no voy a discutir sobre eso hoy. De todos modos, creo que sí es bastante comprobable que, en muchas ocasiones, el mensaje espiritual de corrientes espirituales en apariencia divergentes es muy similar, aunque varíe la terminología o incluso la filosofía que la sustenta.

Hay libros que comparan el método de los yoguis con el de los místicos cristianos o compilaciones que intentan demostrar la esencia común a todas las religiones. Yo no tengo tantas pretensiones. Limitándome al hinduismo, solo quiero compartir dos poemas que, leídos en distintos momentos, me han parecido muy similares en su forma literaria y, asimismo, en su enseñanza.

El primero es obra del gran poeta tamil Mānikavasagar (Māṇikkavācakar en sánscrito), que vivió entre el siglo VII y IX de nuestra era (la fecha exacta es motivo de debate). Sus cantos y poemas devocionales son una joya del misticismo shivaíta tamil y son cantados todavía hoy por miles de devotos, aunque en español su obra es casi inédita, desgraciadamente.

Para los interesados, en la Antología de poesía devocional de la India traducida por el poeta Jesús Aguado, aparecen dos poemas. Por su parte, las primeras líneas del poema que hoy nos incumbe aparecen en el excelente libro Mística medieval hindú, editado por Swami Satyānanda Saraswatī, donde sale un esbozo de la vida y obra del santo tamil acompañado de un puñado de inspiradores poemas.

manikavacakar

El poema, que sería parte del himno 39 de su gran obra Tiruvācakam, dice (en una posible traducción):

No busco familiares ni amigos;
no busco una morada;
no busco la fama ni el renombre;
no busco ser un erudito;
todo lo que hay que aprender me es suficiente.

¡Oh bailarín!, que moras gozoso en Kuttalam,
tus resonantes pies buscaré,
para que así como la vaca busca a su ternero,
mi anhelante alma se entregue a Ti.

Quizás sirve aclarar que Mānikavasagar era un gran devoto del Señor Śiva en su aspecto de Naṭarāja, el bailarín cósmico que crea, sostiene y destruye el universo con su baile, un particular aspecto de lo divino que es especialmente amado en el sur de la India.

El segundo poema de hoy es autoría del santo y místico bengalí  Śrī Caitanya Mahāprabhu (léase Shri Chaitanya), que vivió en los siglos XV-XVI y fue, además de un gran erudito, un impulsor clave del camino devocional, o bhakti mārga, enfocado en la adoración a Dios como Śrī Kṛṣṇa (Krishna). De hecho, los seguidores de la teología elaborada por Śrī Caitanya, encuadrados en la Gauḍīya sampradāya, consideran que él mismo fue una encarnación o avatāra de Kṛṣṇa.

El objetivo último de la filosofía Gauḍīya es que el devoto se convierta en un perpetuo servidor de lo divino, lo cual sería su “liberación” y, para ello, la práctica principal consiste en adorar a Kṛṣṇa y a su amante Rādhā con la repetición del nombre divino, a través de mantras, himnos y cantos devocionales, muchas veces acompañados de embriagadores bailes que llevan al éxtasis.

La tradición explica que, durante su vida, Śrī Caitanya solo compuso y escribió una enseñanza que consta de ocho estrofas y que se titula Śrī Śikṣāṣṭaka (Shri Shikshashtaka). El resto de su enseñanza fue escrita y transmitida por sus discípulos directos principales. De esas ocho estrofas, la cuarta es la que me interesa hoy:

na dhanaṁ na janaṁ na sundarīṁ kavitāṁ vā jagadīśa kāmaye /
mama janmani janmanīśvare bhavatādbhaktirahaitukī tvayi //

En una posible traducción (muy basada en la de María Elena Sierra y Fernando Giménez Castellà) sería:

“Ni riqueza, ni seguidores, ni belleza, ni siquiera ser elogiado como poeta; mi único deseo, ¡Oh Señor del Universo!
es el de estar absorto, nacimiento tras nacimiento, en la devoción a Ti, sin ningún otro motivo personal”

Al analizar los dos poemas, es fácil notar el recurso retórico de la anáfora, en que se hace claro, mediante la repetición, el rechazo a ciertos beneficios materiales que la mayoría de personas siempre buscamos. Este detalle fue lo que primero me llamó la atención de las dos composiciones, porque si bien ese desapego es una actitud que se supone uno espera de los santos, su enumeración contiene una enseñanza para todos. Quizás pocos de nosotros queramos crear una start-up y venderla por millones a Google o ser tan famosos como Lady Gaga, pero en una medida u otra todos buscamos reconocimiento, dinero, erudición y, por supuesto, casa y afectos.

Obviamente las necesidades materiales existen y no estoy poniendo eso en duda, sino que me parece muy bueno que nos recuerden cada tanto (lo más frecuente posible) que hay algo más allá. Para mí es fácil decir “soy espiritual”, “me interesa poco el dinero”, “no me preocupo por mi peinado” o “ni siquiera sé cuántos lectores tiene mi blog”, pero quizás todo eso está más latente de lo que uno cree. Basta un mes de pocos ingresos o una crítica a mi prosa para que los intereses mundanos asomen la cabeza.

Todo esto para decir que me gusta que santos corroborados y nobles como Mānikavasagar y Śrī Caitanya nos recuerden, desde distintas escuelas filosóficas y distintas épocas, que la felicidad no está en lo material, por sutil que sea su manifestación. Y además, demostrando por qué son considerados grandes bhaktas, los dos nos indican hacia dónde dirigir la mente, la atención, la vida y la búsqueda: los pies danzantes de lo divino.

Como bonus, dejo una recitación tradicional del Tiruvācakam, que no hay muchas disponibles en la red, hecha en el sur de la India, específicamente en el Sri Gnananada Niketan:

Las versiones del Śrī Śikṣāṣṭaka son mucho más variadas, así que comparto una más clásica:

Y otra más moderna del artista y devoto Gaura Vani que, aunque solo cita las tres primeras estrofas del texto, me gusta mucho:

Swami Premananda y la inevitable naturaleza de juzgar

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Esta semana se cumple el 65º aniversario del nacimiento de Swami Premananda, que abandonó su cuerpo en 2011 a los 59 años, pero cuyas enseñanzas siguen inspirándome y también sorprendiéndome. Como forma de honrar a Swamiji estoy publicando fragmentos de un texto suyo titulado El juzgar es natural y que creo merece una lectura detenida. Tal como dice el título, se trata de un texto sobre los juicios y las opiniones, propias y ajenas.

Dice Swami:

“Muchos grandes santos han señalado muchas verdades valiosas y el modo en que estas verdades se contraponen a cómo vive la sociedad actualmente. Ellos han dado su consejo, criticando y reprochándonos que no pongamos en práctica estas verdades en nuestras vidas. Las palabras y las formas de expresarse que usaron pueden parecer ásperas e hirientes, pero hablaron de esta manera sin esperar elogios de nadie. Ya sea que elijamos aceptar o no su consejo, ellos no cambiarán su postura. Simplemente tomarán nuestra respuesta como la opinión de otra persona. Pero podéis estar seguros de que va a haber algo en lo que dicen estos santos, pues como lo expresa el dicho: ‘No hay humo sin fuego’.

El juicio que una persona emite sobre algo es lo que llamamos ‘su opinión’. Los juicios de las personas buenas y aquellos juicios de quienes son malos difieren. Las personas que son dañinas para nosotros siempre nos alaban, a pesar de que tal vez cometamos errores, y esto nos alentará a seguir en el camino incorrecto… Nuestra sociedad moderna está preparada para creerles a tales personas y escuchar lo que dicen. Después que el futuro haya sido afectado negativamente, la sociedad se arrepentirá de sus juicios equivocados; se arrepentirá de haber escuchado a las personas equivocadas”.

Tomamos un respiro para digerir. Uno sabe que hablar dulcemente es una buena cualidad, pero Swami dice que quienes nos critican o dicen la cruda verdad en realidad nos ayudan. Obviamente que si un mahātmā me critica puedo estar dispuesto a escucharlo y a quizás intentar aplicar su consejo ¿Pero qué pasa si quien me critica es alguien que no considero elevado o sabio? Uno espera solo alabanzas o buenas palabras de todos, incluso de los grandes maestros, en realidad.

Swami sigue poniendo el dedo en la llaga:

A quienes les importa nuestra prosperidad venidera no nos hablan con dulzura. Quizás nos dan su opinión usando palabras duras, pero si escuchamos y seguimos sus consejos, definitivamente tendremos un futuro brillante. Estas personas no esperan ningún elogio de nuestra parte. Solo quieren que corrijamos nuestros errores. Desean mostrarnos el sendero correcto para que podamos convertirnos en personas buenas y nobles, respetadas por la sociedad.

Sin embargo, nuestras mentes no comprenden a este tipo de personas. Nos mantenemos alejados de ellas, sin entender por qué nos hablan con tanta severidad, aparentemente sin benevolencia. Al hacer esto, nos perdemos una oportunidad única”.

Me gusta lo de “aparentemente sin benevolencia”. ¿Qué pasa si un padre solo alaba a sus hijos y no les muestra sus errores? En el plano espiritual, es sabido que un guru, en general, es amable y atento con quienes llegan a él/ella de forma esporádica pero que es realmente riguroso con sus círculo íntimo de discípulos, pues mostrándoles sus faltas y siendo muy estricto es la forma de aniquilarles el ego y de hacerlos progresar espiritualmente.

Más de Swamiji:

“El juzgar es esencial para todos. Aún si un niño de diez años expresara un juicio correcto sobre nosotros, deberíamos tener la madurez de admitirlo y aceptarlo. Los juicios existen siempre en todos los niveles de la sociedad”.

Por ello Swami dice que cuando alguien emite una opinión sobre nosotros, debemos escucharla abiertamente y analizar con honestidad si hay algo de verdad en ella. Si es así, entonces aceptarlo y tratar de modificar o mejorar lo que corresponda. Si no hay verdad en esa crítica, simplemente la dejamos ir, sin ofuscarnos.

Y finalmente Swami habla de lo más difícil de hacer en este ámbito; o sea, saber cuándo y cómo emitir la propia opinión:

“Para progresar en la vida debes usar tu discernimiento, debes tomarte tu tiempo y no apurarte en formar juicios”.

Y Swami termina su enseñanza con una bucólica comparación que me parece muy llamativa:

“Sin un juicio apropiado
no puede haber acciones apropiadas, ni gozo.
Sin un juicio apropiado
no puede haber visión apropiada.

La acción sin el juicio apropiado
es como pastar comiendo tan solo las puntas de la hierba.
¡Así que júzgate apropiadamente y abre los ojos!”

Por tanto, como dice Swami, juzgar es natural en el ser humano y es inevitable. Aprender a escuchar la crítica ajena y filtrar lo que es verdad y lo que no, como herramienta para mejorar nuestro carácter, es un signo de madurez espiritual.

Luego, ser capaces de frenar nuestros propios juicios sobre los demás y solo emitirlos desde la compasión, la aceptación y el discernimiento es ir un paso más allá en el camino del auto-conocimiento. En el fondo, la forma en que uno juzga a los demás es como uno se juzga a sí mismo.

Amma recibe a la FHE

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La visita anual de Amma a Cataluña es un hito espiritual que afortunadamente ocurre desde hace mucho tiempo. Para quien no lo sepa, Amma es una maestra espiritual de la India que pregona el amor como religión universal y que, poniendo en acción sus palabras, es especialmente conocida por abrazar a todas las personas que se acercan a ella, sin importar su credo, raza, estatus o apariencia externa. Derrochando amor maternal, puede pasarse más de 12 horas abrazando sin pausa, como ocurrió en su última visita a Barcelona (3-5 Nov. 2016), adonde regresó después de siete años de hacer su programa en Granollers y Cerdanyola.

Para esta auspiciosa ocasión, la Federación Hindú de España (FHE), de la que yo formo parte, tuvo la fortuna de ser recibida personalmente por Amma. Los representantes fuimos Juan Carlos Ramchandani (Krishna Kripa Dasa), presidente de la FHE; Rama, como vicepresidente de la FHE en nombre de Swami Satyānanda Saraswatī (actualmente enseñando en México); y yo. La visita tuvo la intención de presentar nuestros respetos y de pedir las bendiciones de Amma para el progreso de la Federación en su objetivo de difundir las enseñanzas del hinduismo.

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La organización de Amma fue muy hospitalaria y cortés. Tanto el área de Prensa (nuestro agradecimiento a Gati) como el Brahmachari Shubhámrita, que se interesó por el tema, nos dio sus valiosos puntos de vista y se mostró abierto a futuras colaboraciones. Fue el mismo Shubhámrita quien nos llevó a recibir el abrazo de Amma y se encargó de traducirle el caso al malayalam. Amma nos dio sus bendiciones y dijo que conseguiríamos nuestras metas pero que para ello no debíamos cejar en nuestro esfuerzo. Luego nos abrazó.

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Juan Carlos Ramchandani (Krishna Kripa Dasa) recibiendo el darshan de Amma.

Para nosotros como representantes y para toda la FHE es importante recibir el apoyo de una líder espiritual tan importante, que además es hindú y cuya enseñanza está totalmente arraigada en la tradición del Sanātana Dharma. Sin entrar en detalles acerca de su obra humanitaria (Embracing the world) que es enorme y maravillosa, al punto de que el Consejo Socioeconómico de la ONU le ha dado el rango especial de organización consejera. De hecho, su presencia en España desde hace tantos años es sin duda un gran aporte a la difusión y reivindicación de la tradición espiritual hindú en su forma más amplia.

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Rama, como vicepresidente de la FHE, le ofrece a Amma un ejemplar de ‘El hinduismo’ de Swami Satyananda Saraswati.

En un día muy fructífero, la FHE también visitó al Sr. Enric Vendrell i Aubach, Director general d’Afers Religiosos de la Generalitat de Catalunya, en un encuentro cordial que duró poco más de una hora y en que se habló de la situación del hinduismo en Cataluña, de posibles colaboraciones futuras en publicaciones oficiales, y de la intención de la Administración de que haya más presencia hindú en los actos institucionales.

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Rama, el Sr. Vendrell i Aubach y Krishna Kripa Dasa en encuentro oficial.

Como presente, al Sr. Vendrell se le hizo entrega de tres libros relacionados con el hinduismo y él, a su vez, obsequió a la FHE con el Diccionari de religions, publicación oficial con la terminología apropiada a la hora de traducir términos sánscritos/hindúes al catalán. Asimismo, el Director se comprometió a asistir al acto de presentación de la FHE en Barcelona que tendrá lugar en abril de 2017.

Hasta entonces seguiremos trabajando.

Los tres tipos de sufrimiento

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Los Yoga Sūtras (II.15) dicen:

duḥkham eva sarvaṃ vivekinaḥ

Es decir:

“Para el sabio, todo es ciertamente sufrimiento”.

Perdonen que empiece tan crudamente, pero cuando tus visitas llegan antes que el demorado sofá-cama que encargaste hace dos meses, y además se resfrían tus hijas, el horno deja de funcionar y llueve mientras vas en bicicleta, uno tiende a ponerse fatalista. Y claro, si uno está familiarizado con las filosofías indias acepta con toda naturalidad que “desde la perspectiva del hombre sabio, la esencia de la vida es sufrimiento pues sabe que la suma final de las experiencias es siempre dolorosa porque el placer es efímero y la vida termina sucumbiendo a la vejez, la enfermedad y la muerte”.

La buena noticia es que, después de este drástico diagnóstico, las filosofías indias ofrecen diferentes métodos para liberarnos de dicho sufrimiento (duḥkha). De todos modos, mi plan para hoy no es hablar de eso, sino más bien ahondar en el sufrimiento. Aunque no en vano. Ténganme fe.

Las primeras palabras de las Sāṃkhyakārikā, el texto fundacional de la filosofía sāṃkhya, considerada por la tradición hindú como la escuela filosófica más antigua y, por tanto, de gran influencia para las escuelas posteriores, habla de duḥkha traya, es decir los “tres tipos de sufrimiento” que experimenta todo ser. La versión más difundida de esta ominosa tríada que es la siguiente:

ādhyātmika: sufrimiento “interno” u originado en el propio cuerpo o mente de cada ser según sus acciones previas (karma) o sus impresiones mentales latentes (saṃskāras). Se explica que este sufrimiento es, de una u otra forma, causado por uno mismo o autoinfligido. Se genera internamente a través de enfermedades físicas o por deseos insatisfechos de la mente.

ādhibhautika: “externo”, que viene de fuera, infligido por el resto de seres y objetos.

ādhidaivika:  el sufrimiento que causan los “dioses”, entendido por algunos como la influencia de lo sobrenatural (fantasmas, magia, espíritus…), por otros como los decretos del Destino (B.K.S. Iyengar agrega aquí “los factores hereditarios”) y por otros como los fenómenos climáticos y las catástrofes naturales (ya que en origen estos fenómenos estaban considerados jurisdicción de los devas).

Según quien hable, a estos tres tipos de sufrimiento se les puede denominar, además de duḥkha, como kleśa (“aflicción”) o karma.

De los tres tipos, el que más me interesa es el ādhibhautika kleśa, pues su reconocimiento ha cambiado la visión que tengo del mundo y mi actitud ante él. ¿Cuántas veces uno hace todo bien y, sin embargo, el resultado sale mal por “culpa” de alguien/algo más?

Por ejemplo, uno encarga un sofá con mucho tiempo de antelación, le dan una fecha de entrega, no la cumplen y los invitados duermen en el suelo. Uno va en bicicleta y un peatón distraído cruza inesperadamente en rojo, sin mirar, con los auriculares puestos y nos obliga a hacer una maniobra riesgosa. El Gobierno, que ni siquiera he votado, adopta una nueva medida que perjudica mi economía individual. El horno deja de funcionar justo cuando iba a poner a cocinar la masa de las magdalenas caseras. Mi vecino decide escuchar música pop a buen volumen en el momento en que, al fin, me había sentado a meditar…

Evidentemente, estos sufrimientos también se denominan karmas porque se entiende que todo lo que me sucede en la vida fue, de una u otra forma, promovido (aunque yo no encuentre la conexión) por mis acciones previas (quizás en otras vidas) y, por tanto, en última instancia no se le puede echar la culpa a nadie más. Uno puede aceptar que “todo es karma” y así dormir tranquilo. Al mismo tiempo, y a fines prácticos, la división en tres clases de duḥkha me parece muy instructiva porque nos da a entender que hay un tercio del padecer que está en nuestras manos (ādhyātmika), pero hay otros dos tercios que no.

Y esto nos lleva a aceptar que el mundo fenoménico es dual, y que en el conviven el placer y el dolor y que, por tanto, nunca podremos modificar esa naturaleza esencial y cambiante de la materia. Personas que llevan una dieta vegetariana se sorprenden (y ofenden) por tener algún tipo de enfermedad; personas que hacen yoga cada día no entienden cómo puede ser que les duela el cuerpo; personas que pagan un buen dinero por un sofá se indignan porque el producto no sea servido en tiempo…

Incluso los grandes maestros y santos, impecables en su pensar-hablar-accionar, pasan por situaciones llenas de dolor a causa de otros seres (ādhibhautika). ¿Cómo entonces puedo yo pretender que la balanza esté siempre de mi lado y que este cuerpo hecho de materia no se desgaste y cambie? Obviamente, como tantas veces oímos, puedo aprender a mantener mi paz interior en toda situación, pero no puedo esperar que por ser un yogui el mundo cambie su naturaleza de constante movimiento.

Volviendo a los Yoga Sūtras, y en relación al aforismo con el que empezamos el post, es interesante saber que en él se enumeran tres formas de duḥkha, diferentes a las que hemos visto. Ellas son:

saṁskāra: el dolor de las impresiones latentes, causado por nuestras insatisfacciones mentales. Se correspondería con ādhyātmika karma.

tāpa: el sufrimiento causado por los tormentos físicos, como golpes o quemaduras. Se podría corresponder con ādhibhautika karma en el sentido que viene de afuera y lo ocasionan otros seres/objetos.

pariṇāma: el dolor causado por los cambios no deseados, cuyos agentes principales son la enfermedad, la vejez y la muerte. Es lo que el filósofo Juan Arnau, hablando de ādhidaivika karma, define como “el dolor del devenir”.

Más allá del nombre que le demos a cada tipo de sufrimiento, lo primero a entender es que nada que llegue del exterior, “a través del mundo, la naturaleza o las cosas materiales”, puede dar felicidad eterna. Por supuesto, pueden dar placer temporal pero siempre acaban en dolor, ¿o acaso alguien disfruta cuando se le acaba ese helado tan sabroso?

Sobre esto, Swami Satchidananda dice: “incluso el disfrute de nuestros placeres actuales es generalmente doloroso porque tenemos miedo de perderlos”. Por eso no sorprende que los domingos al atardecer ya todos vivamos en un estado de congoja…

Swami Satchidananda continúa para darnos un novedoso punto de vista:

“El placer real nace de desapegarnos completamente del mundo… No estoy diciendo que porque todo es sufrimiento tengamos que dejarlo todo y huir. Eso no funciona. Donde sea que vayas, el mundo te sigue… El mundo es un campo de entrenamiento donde aprendemos a usar el mundo sin apegarnos. En lugar de decir ‘para el sabio, todo es dolor’, la actitud se convierte en ‘para el sabio, todo es placentero’.

Y continúa:

“Cuando uno se acerca al mundo sin motivos egoístas, empieza a usarlo con un fin diferente y entonces experimenta felicidad. Cuando uno no sabe nadar, el agua nos aterra – ¿Y si me ahogo? – pero una vez que aprendemos a nadar, el agua nos encanta”.

Y para ser un gran nadador, agrego de mi cosecha, me parece muy útil saber que en el mar del mundo siempre habrá olas causadas por otros seres/objetos y es infructuoso luchar contra ellas. Más vale nadar con la corriente aunque teniendo muy claro a que orilla queremos llegar.

Apología de la rutina y la monotonía

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En su libro 24/7: Capitalismo tardío y el fin del sueño, el profesor estadounidense Jonathan Crary habla de “la vida sin pausa propia del siglo XXI”, en la que la fórmula 24/7 genera una imposibilidad cada vez mayor de detenerse un momento, de estar desconectado. Por tanto, 24 horas al día y siete días a la semana hay actividad, posibilidad de comprar o consumir, necesidad de producir, de comunicarse, informarse o de jugar online. Dice Crary: “24/7 significa que no hay intervalos de calma, silencio, o descanso y retiro”.

Aunque el profesor Crary analiza este fenómeno con el prisma económico, desde la espiritualidad y el yoga podemos llegar a unas conclusiones similares, y lo bueno es que podemos agregar que esos constantes estímulos externos que reciben nuestros sentidos pueden ser controlados. Como ya todos hemos notado, la mente es inquieta por naturaleza y, si la dejamos, tiene la tendencia de ir siempre hacia afuera. De hecho, el popular multitasking o “multitarea” es una capacidad muy valorada y en cuanto uno se queda solo en casa pone la radio, la tele o come mirando el móvil (más grave es que todo esto también pasa cuando uno no está solo en casa).

En esta moderna forma de vivir, siempre hacia afuera, se encuadra naturalmente la necesidad individual de probar comidas exóticas, viajar mucho (mientras más lejos y recóndito mejor), ver la nueva serie, estar informado, probar ese novedoso estilo de yoga… En este contexto, el adjetivo ‘rutinario’ es, con frecuencia, un sinónimo de agravio. Es más, en una sociedad que subestima la pausa y la constancia, como ésta en la que nos toca vivir, el adjetivo ‘monótono’ es considerado, con seguridad, el peor de los pecados. Ya sé que me estoy metiendo en un tema poco popular. Pero allá vamos…

En los manuales medievales de haṭha yoga se habla de cómo debe vivir un yogui y se explica que si quiere tener éxito en su camino no debe “hablar demasiado ni socializar” (Haṭha Yoga Pradīpikā, I.15) y debe vivir en “una región donde impere la justicia, la paz y la prosperidad” (HYP, I.12), lo cual le asegura una vida tranquila. Asimismo, se alaban, entre otras cosas, las “labores domésticas (gṛhasevana), la austeridad (tapas) y la modestia (hrī)” (Śiva Saṁhitā, III.40-41).

Es cierto que cuando hablamos del haṭha yogi clásico nos referimos a una persona que busca, en cierta manera y en palabras de Mircea Eliade, “emanciparse de su condición humana al oponer al movimiento continuo del cuerpo su posición estática (āsana); a la respiración arrítmica, agitada, opone el control de la respiración (prāṇāyāma); al flujo caótico de la vida psicomental responde con la fijación de la mente en un punto (dhāraṇā/dhyāna)… es decir, hace exactamente lo contrario de lo que la naturaleza humana nos obliga a hacer”.

Yendo aún más lejos, Eliade esboza la analogía entre el yogui en estado de concentración y una planta, dándole aparente razón a quienes rechazan la palabra “monotonía” por renegar de convertirse en un vegetal. Dice Eliade que “el circuito cerrado y continuo de la vida orgánica; circuito desprovisto de asperezas y de momentos explosivos, tal como se realiza en el nivel vegetativo de la vida” es para el imaginario indio un “enriquecimiento de la vida”.

De todos modos, aclara el historiador rumano, para alivio de muchos, “la simplificación extrema de la vida” que promueve el yogui no busca dar ese “paso atrás” hacia lo vegetal sino que tiene como objetivo “suprimir la multiplicidad y la fragmentación para reintegrar, unificar, totalizar”.

Evidentemente, todos los seres (incluyendo las plantas) queremos disfrutar con plenitud de la vida (aquí cada quien entienda “plenitud” según sus propios parámetros) y la idea de rutina o monotonía parecen ir en contra de ese ideal.

Hace poco salió la noticia de un monje hindú de 120 años cuya fórmula para la longevidad sería, según el titular: “Nada de sexo ni especias y mucho yoga”.  Aquí la mayoría estará de acuerdo en la parte de “mucho yoga”, porque lo demás… “¿De qué sirve vivir 120 años si uno no puede comer con sal?” dicen algunos pensando en “vivir en plenitud”. Lo curioso es que viviendo 60 años, el médico también te prohíbe la sal.

Hay que tener en cuenta que aquí hablamos de un monje y por supuesto que esperamos que sea célibe, eso no es noticia (aunque sea un título enganchador). La noticia, para quien quiera leerla más a fondo, es que el secreto del monje es “llevar una vida muy humilde y disciplinada”. Y esto vale también para las personas de familia o que viven en el fragor del mundo (que somos la mayoría), pues la moderación y el equilibrio son valores básicos para la búsqueda espiritual y, por ello, la filosofía del yoga recomienda una vida sencilla, sin grandes sobresaltos, bastante cerca del famoso “justo medio”.

A este respecto, el yogui busca una estabilidad mental que, en el plano intelectual, consiste en la concentración intensa y prolongada en un único objeto. Pero en el plano emocional “consiste en la serenidad de la mente, en la disminución en volumen e intensidad, de la vida emocional”, como explica el indólogo Fernando Tola.

Siguiendo esta línea, aunque desde otra disciplina, me parecen pertinentes las palabras del psiquiatra Claudio Naranjo sobre cómo cultivar el estado interior de felicidad:

“No identificándose ni con los pensamientos ni con las emociones. Idealizamos las pasiones: el orgullo, el amor. Queremos ser héroes, victoriosos o vencidos, somos muy vanidosos. Las pasiones son intrínsecamente egoístas y productoras de infelicidad. Hay que poner en paz a los animales que nos habitan. Hay que dejarse en paz”.

Para rematar la idea cito una frase que le escuché a Swami Satyānanda y que me parece para enmarcar:

“Cuanto más aburrida la vida de un yogui, mejor”.

Puede sonar chocante, pero en realidad todos tenemos nuestras rutinas (el té de la mañana, la lectura antes de dormir, la lavadora de los sábados, la compra de los miércoles…) y es un aspecto fundamental para darle orden a la actividad diaria. Así como un niño necesita que se repitan los horarios para las comidas o se establezca la ceremonia de cepillarse los dientes, los adultos también tenemos nuestros redundantes ritos cotidianos que, a través de una uniformidad y repetición exterior, nos ayudan a encontrar calma interior. Siempre y cuando se trate de una rutina hecha de hábitos positivos, claro.

Si mi hábito es comerme cada noche media tableta de chocolate antes de acostarme, quizás más que una rutina estoy generando un apego o una dependencia. Si mi hábito es meditar cada mañana, es probable que esa rutina sea más provechosa, incluso si llegara a convertirse en un apego. Cada cual sabrá discernir.

Los medios de comunicación nos bombardean con imágenes de cambio constante y nos instan a probar nuevas experiencias llenas de adrenalina y emoción. Los propios científicos afirman que el universo está en incesante transformación y, por tanto, las nuevas e inesperadas experiencias son parte de la vida. Es inevitable.

Por ende, el buscador del auto-conocimiento debe esforzarse por ir hacia adentro, al menos para equilibrar la balanza. La búsqueda de armonía es inherente al ser humano y, en este sentido, la rutina diaria es una manera básica de armonizar nuestro entorno y, por consecuencia, nuestro mundo interno.

Esa aparente monotonía de buscar hacia el interior, explican los sabios, si hecha con constancia y apropiadamente, te puede proporcionar felicidad y paz sin límites. ¿Acaso eso te suena aburrido?

Māriyamman y el final de Navarātri

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Hoy, 11 de octubre 2016, finaliza el festival otoñal de Navarātri, después de nueve noches de adoración a diferentes aspectos de la Madre Divina. En el décimo día, y en la forma de Durgā Devī, se celebra el triunfo final de la energía (śakti) femenina universal sobre la ignorancia, la oscuridad y la falta de rectitud. Después de diez días de ritual, canto, ayuno o meditación el devoto está listo para que la Madre “aniquile” sus malas tendencias y le ayude a seguir el, a veces arduo, camino del auto-conocimiento.

Personalmente, de todos los festivales hindúes, Navarātri es mi favorito. Es cierto que presto mucha importancia a Mahāśivarātri y a Guru Pūrṇimā pero. quizás por ser celebraciones de solo un día, no logro el mismo nivel de absorción que cuando paso diez días adorando, de una u otra forma, a la Madre Divina. En mi caso, este amor por el aspecto femenino de lo divino fue espoleado por las enseñanzas de mi maestro Śrī Swami Premananda, que más allá de los rituales, ya en su Ashram del sur de la India dio un rol preponderante a las mujeres en la administración y difusión de su misión espiritual.

En mi visita a su Ashram (junto a mis padres), en 2003, Swami Premananda me regaló una pequeña estatua (mūrti) de Gaṇeśa, que era mi deidad favorita, pero también nos dio una bolsa con varias estatuillas de la Madre para nosotros y para repartir entre los devotos argentinos que no habían viajado a la India. Sin pensarlo mucho, yo elegí una imagen de la Madre que destacaba por tener sobre la cabeza  una “capucha” formada por cinco serpientes cobra.

Con el tiempo supe que mi mūrti era Māriyamman, muy popular en el sur de la India, por ser la diosa que tradicionalmente protege de enfermedades como viruela, sarampión, varicela y que, sobre todo, se encarga de aliviar las fiebres altas ya que tiene una “mirada refrescante”. Con la misma función, pero con nombres diferentes, este aspecto de la diosa existe en toda la India y su análoga norteña sería Śītalā, “la fresca”.

Como ya he dicho, lo que distingue iconográficamente a Māriyamman es la capucha de cinco cobras que cubre su cabeza. En sus manos, que suelen ser cuatro, porta atributos relativos a la śakti, como la daga o el tridente (triśūla) y también el tambor (ḍamaru) que se puede relacionar con Śiva ya que, en cierta forma, Māriyamman se considera un aspecto de Pārvatī, la energía femenina de Śiva.

A pesar de que la viruela se considera erradicada oficialmente de la India desde 1980, el culto a Māriyamman no ha decrecido, especialmente en el estado de Tamil Nadu donde es muy popular. Si bien su función de curadora de viruela está obsoleta, las personas que le rinden culto buscan aliviar otras enfermedades y sufrimientos o simplemente recibir alguna bendición, ya sea material o espiritual.

En mi caso, la devoción por Māriyamman nace de mi amor por Swami Premananda que fue quien me regaló la mūrti. En el altar de casa, la figura de Māriyamman ocupa un modesto lugar, relegada por varias mūrtis de Gaṇeśa, śivalingams, fotos de maestros y más objetos de adoración. Además de una foto de Bhuvaneśvarī, la estatua de Māriyamman es la única referencia a la Madre Divina que tenemos en el altar familiar principal y, sin embargo, cada año cuando llega Navarātri, se activa la devoción interior a la Madre y la pequeña estatua se convierte en protagonista por diez días.

Admito que lo canónico sería adorar una imagen de Durgā, que realmente me gusta mucho, pero las vueltas de la vida me han puesto frente a Māriyamman, a quien adoro hace ya muchos años con devoción. Si su rol de protectora contra la viruela está obsoleto y, de todos modos, su gracia se “reactualiza” con diferentes sentidos (y sus devotos siguen creciendo), en mi caso Māriyamman se ha reconvertido en la deidad de Navarātri por excelencia y desde su pequeña forma coronada por serpientes yo vislumbro todos los otros aspectos de la Madre Universal.

Para que la conozcan, dejo una imagen de estas festividades:

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¡Jaya Śrī Ma!

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