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Archivo del Autor: Naren Herrero

Navarātri 2017

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Comienza el otoño según el calendario gregoriano y, casualmente, en la misma fecha de este año 2017 también comienza la festividad hindú de Śarada Navarātri, la celebración otoñal (śarada) de nueve (nava) noches (rātri) en honor a la Madre Divina. Para algunas tradiciones la festividad empieza el miércoles 20 de septiembre con celebraciones preliminares, mientras que para otras el 21 de septiembre es el día inicial.

En cualquier caso, la festividad se prolongará durante nueve noches (con sus días) y acaba el sábado 30 de septiembre. En este décimo día, conocido como Vijaya Daśamī, se celebra con gran dicha la victoria de la Madre Divina, en su feroz forma de Durgā, sobre un demonio que representa la ignorancia, causa raíz de todos los males.

Esta larga festividad hindú es celebrada de diferentes maneras, aunque la mayoría de śāktas, o sea devotos del aspecto femenino del universo, hacen algún tipo de pūjā (ritual) o de ayuno. Yo nunca me he etiquetado como śakta pero desde que conocí a mi maestro Swami Premananda siempre celebro Navarātri con gran devoción interior y, en la medida de mis posibilidades, con acciones exteriores de adoración o purificación.

El cambio de estación es siempre buen momento para hacer algún tipo de dieta desintoxicante y Navarātri nos da la excusa perfecta porque cualquier acción que decidamos hacer es para dedicarla a la gran Madre.

Además de recordar la fecha de celebración de este año quería simplemente compartir la recitación del Devī Māhātmyam (“Glorificación de la Diosa”) también llamado Durgā Saptaśatī (“Los 700 [versos] a Durgā”) o, como en los vídeos de abajo, Caṇḍī Pāṭha (“la recitación de la Feroz”). Es una recitación larga, de 700 versos, que además puede incluir otros textos subsidiarios por motivos rituales y, por tanto, puede durar dos o tres horas. Básicamente, el texto alaba las glorias de la Diosa Durgā.

Hoy no tengo mucho más que decir, más que compartir estos dos vídeos que he recibido como sugerencia del entrañable Bhakti Das, del centro Centro de Yoga Vedanta Sivananda de Barcelona. El primer vídeo es la recitación completa (sampūrṇa) y dura más de tres horas. Para los interesados, es muy didáctico porque marca la subdivisión de los himnos o textos que se van recitando o cantando. Aunque uno no tenga todas esas horas es agradable de escuchar:

El otro vídeo es más corto, solo 55’, y comprende únicamente el texto principal. El estilo de recitación es bien tradicional, está a cargo de paṇḍits de Varanasi y es más difícil para el oído occidental:

Feliz Navarātri

¡Jaya Mahā Mā!

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Prāṇa y ama

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Hace unas semanas vi una camiseta yóguica con una inscripción muy ingeniosa: prana y ama. Por otro lado, durante las vacaciones de agosto estuve (otra vez) en una inmersión de haṭha-rāja yoga con Sri Andrei Ram, discípulo aventajado de Sri Dharma Mittra y maestro por derecho propio, en que se practicó constantemente desde la respiración consciente. Hoy me gustaría mostrar una posible relación entre los dos eventos.

Prāṇāyāma es el nombre técnico de lo que a veces, en clases de yoga, llamamos “ejercicios de respiración” y que, históricamente, ha sido el signo distintivo del haṭha yoga, aunque ahora lo más difundido y visible sean las posturas corporales (āsana). La versión más aceptada es que la palabra prāṇāyāma es un compuesto formado por prāṇa (“energía vital”) + āyāma (“control”), cuyo paradigma sería la retención (kumbhaka), ya sea con pulmones llenos o vacíos, en que el yogui suspende la actividad respiratoria. La ligera variante prāṇayāma (prāṇa + yāma – “control”-), también existe y significa lo mismo.

Por otro lado, hay maestros y textos respetables que dicen que āyāma refiere a “extensión” y que, por tanto, el fin último del prāṇāyāma sería alargar el proceso respiratorio, lo cual redundaría en un alargamiento de la vida, sobre todo si nos basamos en la difundida creencia que sostiene que cada ser nace con un número ya determinado de respiraciones para dosificar durante toda su vida. Lo cierto es que en general todos están de acuerdo en que mientras más lento respire uno, mejor.

La palabra prāṇa es un concepto antiguo e importante en el Yoga y puede tener varios sentidos, pero aunque hablemos de respiración nunca nos referimos al “oxígeno” o al aire que sale o entra del cuerpo sino a la “energía vital” que es la base de ese proceso. Por ello a veces se habla del prāṇāyāma como “control de la energía vital, a través de la respiración”. La filosofía yóguica descubrió hace miles de años que la sutileza de la respiración es el proceso físico más adecuado para abordar (y controlar) las todavía más inasibles actividades mentales. Por ejemplo, la antigua Chāndogya Upaniṣad (VI.8.2) dice:

“Así como el pájaro atado a una cuerda, después de volar en todas direcciones sin encontrar parte alguna donde posarse, baja a descansar precisamente sobre su propia atadura, de la misma manera, hijo mío, también la mente después de volar en todas direcciones sin encontrar parte alguna donde posarse, baja a descansar sobre el aire vital (prāṇa). Porque, hijo mío, la mente está atada al aire vital”.

La constatación de que la respiración y la mente van ineludiblemente unidas es la que ha impulsado al yogui a dedicar gran parte de su empeño a observar, regular y controlar su respiración. Si la mente es “más difícil de controlar que el viento”, entonces el camino más sencillo es intentar regular el proceso respiratorio, muy sutil pero todavía tangible. De la misma forma que la respiración se aquieta de manera natural cuando ponemos toda nuestra atención en una única actividad, como la lectura o pararnos en un solo pie, si profundizamos y alargamos la respiración de forma consciente la mente también se calma y se centra gradualmente.

Existen muchos tipos de “ejercicios respiratorios”, aunque los manuales medievales de haṭha yoga fijan el número tradicional de prāṇāyāmas en ocho. De todos modos, estas técnicas artificiales tienen fines específicos y, en realidad, se suele decir que el mejor prāṇāyāma es el que surge (con la práctica) de forma espontánea y cuyo exponente máximo es la retención natural sin esfuerzo.

A este respecto, todos tenemos la imagen del yogui controlando con gran esfuerzo su respiración, realizando austeridades extremas, quizás en parte porque se suele traducir la palabra haṭha como “forzar”. Como contraste, es interesante notar que el académico y sanscritista inglés Jason Birch sostiene que el “forzamiento” implicado en la palabra haṭha no refiere a un método vigoroso sino más bien al efecto que la práctica tiene en la energía kuṇḍalinī, que se ve “forzada” a moverse con las técnicas yóguicas.

Hablando de contrastes, y llegando a donde yo quería llegar, al yogui Andrei Ram le gusta decir, siguiendo al escritor y activista indio Satish Kumar, que la palabra sánscrita yama (o yāma o āyāma), que etimológicamente viene de la raíz verbal √yam que significa “controlar”, ha sido mal traducida, especialmente en Occidente. En lugar de “controlar”, debería hablarse de “cuidar”. De hecho, hablando de medicina, Satish Kumar dice que la medicina occidental se centra en “curar”, mientras que la oriental lo hace en “cuidar”. De la misma forma, prāṇāyāma se trataría de “cuidar la respiración”, no de controlarla.

Todos hemos experimentado que cuando mejora nuestra respiración automáticamente mejora nuestro estado de consciencia y, por ende, nuestra vida. Visto desde esta perspectiva, cuidar la respiración es lo mismo que cuidar la fuerza vital (prāṇa), nuestro estado mental y, por tanto, cuidar la respiración es también cuidar la (propia) vida. De ahí que la inscripción de prāṇa y ama que vi hace un tiempo estuviera resumiendo de forma genial una concepción de la respiración y de la vida que me gusta y me aporta mucho a nivel personal.

prana y ama

Una concepción que el poeta y yogui Javier Salinas expresa nítidamente en uno de sus poemas:

Me gusta cuidar las cosas: una vieja gorra
que compré hace tanto tiempo atrás bajo
un puente en Roma.
Un foulard que me compré para una boda
de unos conocidos que apenas volví a ver.
Una planta que compré en un chino por apenas
nada y que me hace compañía.
Cuidar de mis hijos, de sus madres, que fueron mis parejas.
Me gusta cuidar la respiración.
Cuidar mi bicicleta.
Me gusta cuidar la suavidad y el optimismo,
sobre todo cuando no parece haber razones para ello.
Una mochila que compré en Alemania, de un soldado
que alguna vez la llevó.
Cuidar a mis padres y a mis hermanas,
y de los gatos y animales que haga falta.
Me gusta cuidar a la gente que no me puede dar
nada a cambio excepto su sonrisa.
Me gusta cuidar la paz, la belleza,
unas zapatillas que me compré un día de primavera.
Pero, sobre todo, me gusta cuidar, proteger,
lo que a veces se me olvida que existe todo el tiempo,
esa vieja cosa llamada amor.

prāṇa y ama

Bolitas de coco para el día de Ganesha

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Ganesha (Gaṇeśa), el popular dios con cabeza de elefante, es muy goloso porque su cuerpo humano es, específicamente, el cuerpo de un niño y, como todos sabemos, los niños aman los dulces. La prominente barriga de Gaṇeśa es, en parte, resultado de comer tantos dulces, pero más bien es la natural estructura anatómica de un niño que todavía no ha pegado el “estirón”. Al mismo tiempo, a su amor por las golosinas se le suma su compasión hacia sus devotos, por lo que él nunca rechaza las ofrendas que recibe, que son muchas y, naturalmente, muy dulces, incluidas las frutas, de las cuales tiene varias favoritas.

Entrando en lo simbólico, el epíteto Lambodara, que significa “barrigón”, refiere a que toda la manifestación cósmica está contenida en Gaṇeśa, ya que él es la deidad que se adora antes de comenzar cualquier actividad y está directamente relacionado con la primigenia sílaba AUM (o OM), la vibración sonora que manifiesta el universo. Para sus devotos, Gaṇeśa es el Absoluto, el Dios Supremo, la causa primera de creación y quien sostiene el universo (viśvādhāra).

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En esta misma línea, Gaṇeśa está relacionado con el kumbha o kalaśa (kalasha), que es una vasija que mitológicamente está llena del néctar de la inmortalidad y que, a nivel litúrgico, se llena con agua (idealmente de los ríos sagrados) y se puede envolver con hilo de algodón o decorar con pasta de sándalo, polvo de kuṅkuma, hojas, telas y generalmente con un coco en su apertura. De esta forma, el cántaro es un símbolo del cuerpo de Gaṇeśa, que contienen todo el mundo manifestado y que, a la vez, representa prosperidad material y espiritual.

Todo esto es para decir que este viernes 25 de agosto de 2017 se celebra Gaṇeśa Caturthī (Ganesha Chaturthi), es decir el día anual en honor a Gaṇeśa, o como le decimos a nuestras hijas, “el cumpleaños de Gaṇeśa”. Este día cae siempre en el cuarto día de luna creciente del mes hindú de Bhādrapada, es decir agosto o septiembre según las lunas de cada año. Para celebrarlo es tradicional hacer una pūjā o ritual a una imagen de la deidad. Hay muchos tipos de rituales y, para los interesados, hace tiempo ya expliqué un ritual simple aquí.

De todos modos, hoy quería centrarme en lo que técnicamente se llama naivedya, que es la ofrenda de alimentos a una deidad. Esta ofrenda debería ser adecuada a la deidad que uno adora e idealmente no es un alimento industrial, empaquetado, sino algo hecho por uno mismo o, al menos, frutas. Como es un alimento pensado para lo Divino debe ser lo más puro y sano posible y, como signo de respeto, no debe ser probado por uno mismo hasta haber sido ofrecido a la deidad. Una vez ofrecido, este alimento se convierte en prasāda, es decir alimento consagrado o bendecido que el devoto puede ingerir con deleite.

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Como hablamos de Gaṇeśa, lo ideal (aparte de frutas) son los dulces y especialmente Gaṇeśa tiene debilidad por las bolitas de coco, que tienen muchas variantes, desde los llamados modakam tradicionales del sur de la India (y bastante complejos de preparar), hasta los más populares laḍḍus, que son bolitas dulces hechas con diferentes ingredientes, especialmente leche de vaca. En nuestra casa, donde la dieta es mayormente vegana, hace unos años que descubrimos, en este libro, una receta de bolitas de coco muy fácil y rápida de hacer, bastante sabrosa y aceptablemente sana.

Con las modificaciones que nosotros hemos incorporado comparto la receta:

Ingredientes (para unas 25-30 bolitas):

1 taza de coco rallado
¾ taza de harina de almendra (si no tienes harina puedes triturar las almendras enteras, preferentemente después de tenerlas en remojo)
½ taza de avena triturada
¼ taza de aceite de coco
¼ taza de sirope de ágave
¼ de cucharadita de sal
Opcional: Coco rallado rebozar las bolitas
Opcional: Trocitos de dátiles o de pasas de uva

Preparación (30’ + 2 horas para enfriar):

  1. Si el aceite de coco no está ya líquido (sobre todo si es invierno), lo introducimos en una olla y lo calentamos a baño maría hasta que quede líquido.
  2. En un bol se mezcla el aceite de coco con la taza de coco rallado, la harina de almendra, la avena, el sirope y la pizca de sal hasta obtener una masa bien homogénea y compacta.
  3. Con la masa y usando las manos damos forma a las bolitas y las rebozamos (o no) con coco rallado.
  4. Como el aceite de coco se endurece con el frío, metemos las bolitas en la nevera durante un par de horas y estarán ideales para servir. Si hace calor las bolitas se ablandan rápidamente.

En lo posible, al hacer las bolitas, uno debería repetir un mantra o canto a Gaṇeśa, para que la vibración de la ofrenda sea lo más espiritual posible. Porque si hay algo que a Gaṇeśa le gusta más que las bolitas de coco, eso es la devoción.

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Así lucen las bolitas en el libro original…

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Así lucen mis bolitas caseras… que están exquisitas, por cierto

Deseo que Gaṇeśa, el Señor de los obstáculos, de los inicios y del conocimiento, se complazca con nuestras ofrendas y que nos guíe otro año más en el dulce camino del amor devocional.

¡Jaya Gaṇeśa!

 

Antología de poesía devocional de la India, en el día de Krishna

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En 2007 se publicó una antología de poesía devocional de la India, traducida y editada por Jesús Aguado, que me ha dado muchas alegrías por sus inspiradores contenidos. Yo vivía feliz con ese libro en mi poder hasta que me enteré que, en 2017, y bajo el título ¿En qué estabas pensando? salía la antología “definitiva”, esta vez con el doble de material. Entonces experimenté en carne propia lo que dicen todos los santos y místicos: la dicha puede ser infinita cuando se trata de temas del espíritu.

Esta nueva Antología de poesía devocional de la India que ahora publica el Fondo de Cultura Económica tiene casi 500 páginas, incluye 368 poemas de 91 autores, que van del siglo V al XIX, y es la versión ampliada, corregida y mejorada de Jesús Aguado, que lleva treinta años leyendo y traduciendo estos textos llenos de experiencias místicas y mensajes trascendentales.

Los textos son, a veces, desnudas muestras de amor o reverencia a un Dios o Diosa con forma personal; otras veces, se trata de elevadas declaraciones de sabiduría no-dual, en que uno y el Uno se funden. También hay ruegos desesperados por libertad, epístolas, juegos sensuales que sonrojan a los profanos, lecciones de vida y tristes historias. En cualquier caso, el trasfondo es la devoción, bhakti.

Unos pertinentes versos de Bihari (siglo XVII), uno de los poetas que aparecen en la antología, dicen:

Libérame, mi Señor… Rompe los lazos que me unen a la existencia terrenal / Pero si te agrada tenerme prisionero / átame con la cuerda de la devoción.

La misma devoción que Aguado, poeta prestigioso (además de traductor, antólogo, crítico, literato…), pone en trasladar el bhāva (“estado psicológico y emocional”) de la obra original en sus versiones, usando los recursos métricos del español. En el libro hay poetas y poetisas de diferentes partes de la India, los cuales escribieron o cantaron en diversas lenguas. Para la traducción, Aguado se basa en fuentes en lenguas europeas (inglés, francés, italiano…) y aunque difícilmente pudiera contrastarse cada línea, uno tiene la sensación de que lo que está leyendo es “genuino”, no tanto en el sentido lingüístico o literal sino en el sentido literario y evocador de verdades que traspasan los idiomas.

Muy ingrata es la tarea del traductor y, sobre todo de poesía. Como el mismo Aguado ha escrito atinadamente en otra parte: “un asunto a discutir es si la poesía como disciplina intelectual le hace más justicia a los hechos históricos que la historiografía propiamente dicha”.

Los lectores de esta antología tenemos la suerte de que el traductor que nos ha tocado sea, en realidad, un poeta de gran sensibilidad que, además, es erudito en literatura, conocedor de la tradición india y una persona con gran inclinación espiritual.

La hermosa portada del libro.

En la obra hay muchos poemas de poetas-santos muy famosos como Kabir y Tukaram, pero también los hay de autores totalmente desconocidos en Occidente. Cada autor tiene una breve nota biográfica que, casi en silencio, va hilando las páginas y creando la atmósfera adecuada para disfrutar de los poemas, de los cuales pongo ahora dos breves muestras.

La primera del poeta Basavanna (siglo XII), ministro real pero también renunciante devoto del Señor Śiva (Shiva), que escribió originalmente en lengua kannada:

“El bambú se utiliza
para las varas de los palanquines,
para el mango de las sombrillas,
para colgar adornos el día de año nuevo,
para los postes de las tiendas.
Si tienes un bambú
eres muy rico.
Oh Señor de los Ríos que se Encuentran (Śiva),
desconfía de aquéllos
que no se doblan”.

Y otro de Lalla, la conocida poetisa mística de Cachemira del siglo XIV:

“Estás absorto en Ti
y por eso encontrarte es tan difícil.
Todo el día lo intento y cuando al fin
te descubro escondido en mi interior
huyo despavorida
sin saber si soy Lalla o si soy Tú”.

Kṛṣṇa Jayanti o Kṛṣṇa Janmāṣṭamī es el nombre que se le da al día en que se conmemora el nacimiento del Señor Kṛṣṇa (Krishna), ese divino niño de color azul. Este año 2017 ese día se celebra el 14 de agosto. Si me pusiera a copiar todos los poemas que me gustan del libro este post no acabaría nunca, así que he pensado que lo apropiado en el día del nacimiento del Señor Kṛṣṇa sería poner un poema sobre él. De hecho, la vida de Kṛṣṇa es uno de los temas que más ha atraído a los místicos de todas las épocas pues tiene muchos matices y en la antología hay profuso material sobre sus “pasatiempos”.

En el día de hoy me inclino por un poema que, desde que lo escuché por primera vez, me cautivó. En parte porque me recuerda las propias luchas domésticas para bañar a nuestras dos hijas cada noche, y también porque la figura del travieso bālakṛṣṇa, el “niño Kṛṣṇa”, me despierta profunda ternura y amor.

El poema es obra de Periyalvar, un poeta-santo del siglo VII que fue unos los doce famosos ālvārs, santos vishnuitas tamiles que fueron parte vital en el origen del movimiento devocional hindú. Se trata, como explica Aguado, de una “regañina” que le hace Yaśodā (Yashoda), su madre adoptiva, a Kṛṣṇa, que no quiere bañarse.

“Después de estar rodando por el polvo
los restos de cuajada de tu boca
están apelmazados
como barro reseco.
¿Cómo podría, así,
permitir que durmieras a mi lado?
Llevo esperando mucho
con aceite y jabón para tu baño.
¡Oh, inalcanzable niño,
deja ya de correr
y métete en las aguas!

He preparado dulces
con almíbar y miel,
tal como me pediste,
que no vas a probar
mientras estés tan sucio.
¿No ves que eres la mofa de las niñas,
que se ríen de ti cuando te ven?
No tardes, niño mío:
si quieres estos dulces
sumérgete en el agua.

Mi pequeño Señor,
a cuántas travesuras nos sometes:
usas como tambor
las vasijas de aceite
y luego das pellizcos
a los bebés dormidos
hasta que se despiertan
y entonces los asustas
mirándolos de cerca
con tus ojos enormes.

Oh niño encantador
que destellas azul como el océano,
te daré tanta fruta como quieras
si me dejas bañarte
de una vez en el río”.

Como material inédito, comparto este breve vídeo en que el propio Jesús Aguado lee el poema durante la presentación en Barcelona de la Federación Hindú de España:

Deseo que el nacimiento de Kṛṣṇa nos inspire a todos en nuestro camino devocional interior y, para echar leña a ese fuego, recomiendo fervientemente la Antología de poesía devocional de la India.

¡Hare Kṛṣṇa!

La recitación en la práctica de svādhyāya

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La búsqueda espiritual no es otra cosa que un camino de auto-conocimiento. Para saber y experimentar de forma directa quienes somos en realidad – más allá del personaje, los conceptos y las limitaciones de tiempo, espacio y circunstancias – hace falta auto-indagarse, pero también hacen falta muchas prácticas “purificatorias” que nos vayan quitando de encima patrones y tendencias muy arraigadas. Una de esas prácticas se denomina svādhyāya y refiere al “estudio de los textos sagrados”, pues en ellos es posible encontrar enseñanzas y directrices para llevar una vida más armónica que nos ayude a tener calma y claridad interior.

En el famoso aṣṭāṅga yoga presentado por Patañjali en sus Yogasūtras, svādhyāya aparece como uno de los niyamas (“observancias”), aunque la práctica ya figura en el Mahābhārata como parte del “óctuple sendero del dharma” (mārga dharmasyāṣṭa en 3.2.75) con el nombre de adhyayana. Ambas palabras tienen su origen en la palabra adhyāya que técnicamente designa un capítulo o sección de los textos sagrados hindúes y cuya raíz verbal significa “estudiar” pero también “repetir” o “recitar”, pues el estudio tradicional de dichos textos se hacía (todavía se hace en mucha menor medida) de manera oral, memorizándolos de boca de un maestro capacitado.

Siguiendo esta idea, la palabra svādhyāya significa “recitación” (adhyāya) para “uno mismo” (sva), ya que se trata de un acto de aprendizaje que, aunque pueda ser hecho en grupo, está dedicado al crecimiento personal. Cuando la recitación es para otros, entonces el nombre cambia y se habla de, por ejemplo, pravacana, que tiene que ver con la enseñanza formal o con otras ceremonias de carácter público.

Sobre esto, la Taittirīya Upaniṣad (I.9) afirma que, de todos los deberes que tiene un estudiante espiritual, el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana) de los mantras sagrados es el más importante. Lo dice así:

“Lo correcto (ṛtam), sí; pero también el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana).
La verdad (satyam), sí; pero también el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana).
La austeridad (tapas), sí; pero también el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana).
El auto-control (dama), sí; pero también el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana).
La calma (śama), sí; pero también el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana)…

Solo el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana)… Eso es austeridad; eso, en verdad, es austeridad”.

En la actualidad, cuando se habla de svādhyāya se hace hincapié en el “estudio” de los textos pero no tanto en su recitación o repetición verbal y, al faltar ese componente, entonces uno se pierde los beneficios que poseen los sonidos y vibraciones de los antiguos mantras sánscritos, capaces de efectuar cambios a diferentes niveles (físico, cerebral, energético, mental, emocional…).

La tradición hindú considera que el universo fue manifestado a través de una vibración sonora extremadamente sutil, que es eterna y omnipresente, y que tiene su epítome en la sagrada sílaba aum/om. Una de las formas más directas en que esa reverberación sutil se manifiesta es a través de la lengua sánscrita, “cuyo potencial creativo es la fuente del misterioso poder de los mantras”, como dice Sri Shyamji Bhatnagar.

Este fin de semana estuve en la presentación del libro en español de Krishna Das, y aproveché para preguntarle si los mantras o “nombres divinos”, como él dice, tienen el mismo efecto si no son recitados/cantados en sánscrito. Krishna Das dijo que cada quien puede hacer lo que sienta, pero que la lengua sánscrita tiene una sacralidad y una energía que la distinguen y que los “nombres” que aparecen en esos mantras pueden afectarnos en el plano de la emoción pero, en realidad, están más allá de todo concepto y por eso son trascendentes.

Dijo, además, que los mantras sánscritos – a diferencia de otras lenguas – “siembran una semilla” en nuestro interior; una semilla que, en la medida en que uno practique regularmente, va purificándonos.

En este sentido, se suele decir que la sacralidad y la efectividad de la recitación sánscrita están más allá de entender o no el contenido de los mantras que se repiten. Algunos maestros opinan que es incluso mejor no entender nada de lo que se dice para así estar más allá del plano intelectual, que siempre quiere aprehender la información, categorizarla y reforzar los patrones mentales…

La recitación de textos sagrados (sean largos o cortos de una línea) produce, sin dudas, un estado mental de quietud e introspección que nos predispone para estudiar intelectualmente las enseñanzas que contienen y, por ende, a estudiarnos a nosotros mismos de forma consciente en referencia a esas directrices.

Por otro lado, al recitar esos mantras, su vibración antigua y sagrada empieza también a hacer efecto, generalmente de forma inconsciente, en nuestro cuerpo sutil y mental y, como resultado, puede que tengamos vislumbres de quienes somos en esencia, sin necesidad de usar un diccionario de sánscrito. Este es el camino directo. Solo requiere (mucha) práctica.

La autobiografía de Krishna Das en español

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Cuando leí, en inglés, el libro de Krishna Das sobre su vida pensé que, si yo fuera editor, ése sería el próximo libro que yo publicaría en español. Me pareció una joya. Tuvieron que pasar unos años y ahora, finalmente, aquel deseo ha sido satisfecho por Ediciones La Llave (Barcelona) que publica Cantos de toda una vida, la autobiografía de Krishna Das, el cantante occidental de kīrtan más famoso del mundo, en una edición muy bonita, de tapa dura y con papel de calidad fotográfica, pues incluye variadas imágenes en blanco y negro y también a color.

Personalmente, me encantan las biografías espirituales y la de Krishna Das es muy atractiva porque, por un lado, posee los componentes clásicos y, por otro, un estilo muy divertido y cercano de contar sus experiencias. Cuando digo “componentes clásicos” me refiero a la historia de un joven (occidental en este caso) insatisfecho y perdido con el mundo moderno que siente el llamado de Oriente y se va a la India a buscar a su guru.

En este caso: el legendario Neem Karoli Baba, un santo que algunos consideraban encarnación del dios Hanumān, de quien no se sabía su edad y cuyo paradero cambiaba con frecuencia. Como pasaba gran parte del tiempo envuelto en una manta, también se lo conoce como “el santo de la manta”. Como todos los grandes santos indios, la vida de Maharaj-ji, como lo llaman sus devotos, está llena de hechos prodigiosos que muestran su poder y su conexión con lo Divino.

Neem Karoli Baba

Krishna Das fue a la India en 1970, en la época en que el misticismo indio era la gran atracción de los nacidos después de la segunda guerra mundial. Las experiencias que él vivió, que ahora no son tan fáciles de encontrar en una India tan visitada, son una muestra histórica fiable de todo un movimiento generacional que abrió el camino para muchos de los que, hoy en día, estamos tan interesados en el legado espiritual de la India.

Además de la sinceridad del relato, Krishna Das introduce muchas enseñanzas de su guru y de otros maestros que ha tenido en su largo camino, convirtiendo así el libro en una combinación muy efectiva de anécdotas, experiencias personales y citas profundas de diferentes tradiciones.

En el libro, Krishna Das cuenta descarnadamente el proceso que lo lleva a buscar un maestro, los altibajos emocionales de estar en su presencia física y, sobre todo, la desolación interior de afrontar su inesperada muerte.  El autor no intenta vender una imagen buena de él mismo, sino que con mucha sinceridad explica las crisis y monstruos interiores con los que tuvo (o tiene) que luchar. Estas revelaciones no son ni pesadas ni aburridas para el lector, pues Krishna Das tiene un estilo tan informal y directo que uno se siente totalmente identificado. Además, tiene muy buen sentido del humor y las páginas del libro son tan entretenidas que pasan muy rápido. De hecho, es de esos libros que da pena que acaben.

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La práctica de la que más se habla en el libro es el kīrtan, o “el canto de los Nombres Divinos”, es decir el canto devocional hindú que consiste en la repetición de mantras o invocaciones sagradas. Krishna Das habla mucho y muy claro de esta práctica, que es muy popular por el hecho de que cantar es una actividad que, en general, nos gusta a todos y, otra vez en general, es más fácil de hacer que meditar o hacer posturas físicas, por ejemplo.

Al cantar “nombres Divinos” uno usa la vibración sonora como un instrumento que gradualmente surte un efecto sobre la mente (que se calma) y sobre el corazón (que se abre). Para que esto suceda no hace falta, necesariamente, entender lo que uno canta e, incluso si uno no está bien predispuesto, los cantos llegan rápidamente a mover las emociones.

Uno de los grandes logros de este libro (tanto en inglés como en castellano) es que viene con un CD “para practicar con Krishna Das”. En él hay cinco largos y hermosos kīrtans, en los que Krishna Das canta la primera vuelta y en la segunda deja el vacío vocal para que nosotros lo llenemos con el canto. Si no lo hacemos, el CD queda incompleto y por más que haya miles de discos dando vueltas por el mundo, la sensación es que ese canto que estás escuchando está esperando que lo completes. Es una hermosa práctica y gracias a ella varios viajes en coche se me han hecho muy placenteros (incluso con niñas gritando en la parte de atrás…).

Para los interesados en la música, el libro también trae las notas y partituras de las canciones y, también, las letras de los mantras.

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Obviamente, si uno puede leer el libro original en inglés siempre es mejor porque entonces sentirá mucho más el estilo de Krishna Das, que es difícil de mantener en la traducción. En todo caso, la esencia del libro se mantiene, pues la historia es atrapante y entrañable y las enseñanzas recopiladas son una fuente de inspiración para cualquier buscador de la felicidad y del amor, temas muy recurrentes en la obra. El precio es 28€, que suena algo caro, aunque insisto en que la edición es muy buena e incluye CD.

Para quienes estén en Barcelona, les cuento que este viernes 21 de julio (2017) Krishna Das estará presentando y firmando su libro en la Barcelona Yoga Conference. El día después, sábado 22, hará un multitudinario kīrtan en el mismo sitio.

Recomiendo mucho esta lectura (y estos cantos) y espero que guste e inspire a otras personas tanto como a mí.

El guru es inevitable

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El sábado 8 de julio se celebra Guru Pūrṇimā (guru púrnima), el día anual en honor al maestro espiritual, que suele caer en la luna llena del mes de julio. Para cualquier persona que tenga un maestro espiritual este día es de gran importancia pues el guru es quien nos muestra el camino para conocernos a nosotros mismos. No podemos esperar que el guru haga todo el trabajo ni que recorra el camino por nosotros pero sí podemos depender de su guía, al menos hasta que tengamos la madurez suficiente para ir solos.

Un fragmento de la antigua Chāndogya Upaniṣad (VI.14.1-2) nos habla de esto:

“Si de la región de los Gandhāras (un pueblo de la antigua India) un hombre fuese llevado con los ojos vendados y luego abandonado en un lugar desierto, ese hombre clamaría a las cuatro direcciones que ha sido llevado con los ojos vendados, abandonado con los ojos vendados.

Pero si alguien le aflojara las vendas y le dijera: ‘La tierra de los Gandhāras está en esa dirección. Vete a buscarlos en esa dirección’, entonces él, estando bien informado y siendo inteligente, llegaría a los Gandhāras indagando de aldea en aldea. De la misma manera, también en este mundo quien tiene maestro sabe que permanecerá aquí solamente mientras no se libere y que después llegará”.

Es decir que el maestro nos abre los ojos, nos muestra el camino correcto, y luego depende de cada uno seguirlo o no. Una persona, aunque tenga un maestro, si no hace esfuerzo alguno (“indagar de aldea en aldea”) difícilmente podrá avanzar en el sendero del auto-conocimiento. De forma similar, una persona con mucho anhelo y práctica puede sentirse a veces perdida sin una guía adecuada, pues podría ir en la dirección incorrecta.

Vivimos en un tiempo en que el rol del guru está en debate, ya que la tendencia del mundo moderno parece ir hacia la horizontalidad, es decir que las jerarquías se difuminan y todos, al menos teóricamente, valemos lo mismo y tenemos los mismos derechos y oportunidades. Hablamos de democracia asamblearia, de DIY, de tener tu propio blog independiente, de eliminar intermediarios, de proyectos de financiación colectiva, de economía basada en el intercambio de servicios… En este contexto, y bajo el lema de “todo está en uno mismo”, es normal que las personas renieguen de tener un guru.

Yo soy bastante tradicionalista y me encanta tener guru (de hecho, tengo al menos dos), pero entiendo que haya reticencia a aceptar que otra persona nos diga cómo vivir para conocer la realidad última. Curiosamente, que nos digan cómo vestir, cuán larga debe ser la barba, qué comer, qué leer, cómo amar, cómo criar hijos e incluso cómo solucionar nuestros traumas de infancia nos parece aceptable, pero cómo conocer nuestra esencia es algo demasiado íntimo para aceptar la opinión de terceros.

Mi ligero tono irónico se basa en que cuando aceptamos la verdad de que “todo está dentro nuestro” es porque la estamos escuchando de alguien y, por tanto, ese alguien se convierte, de una u otra forma, en nuestro guru. Si la frase la has visto en una publicación de Facebook y la tomas solo porque te legitima para hacer siempre lo que quieres, entonces no cuenta. “Todo está dentro” no significa que eres el emperador del universo sino que si ahora mismo se cortara la conexión de wi-fi, tuvieras la nevera vacía y estuvieras solo, podrías sentarte en quietud diez minutos y todo estaría bien.

Puede ser que parte del problema esté en la misma palabra guru, cuyo significado en la modernidad se ha desvirtuado un poco y también, hay que decirlo, porque siempre ha habido gurus falsos o engañadores. Si decimos maestro, guía o referente quizás suena mejor. Si decimos “inspiración” todos contentos. Yo, un poco por la celebración que nos atañe y otro para meter el dedo en la llaga, prefiero continuar, en este texto, hablando de guru.

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Hay muchas personas que se sienten grandemente atraídas por las enseñanzas del filósofo Jiddu Krishnamurti, cuya proposición básica es la de “hacer una revolución en la propia mente” ya que “el ser humano no puede ser iluminado por ninguna organización, credo, dogma, sacerdote, ritual, conocimiento filosófico ni técnica psicológica… y solo por observación de los contenidos de su mente”. Por supuesto, Krishnamurti reniega totalmente del papel del guru, habiendo él mismo renunciado a ese rol (en su caso, lo habían presentado casi como un Mesías). La paradoja está, sin embargo, en que quienes siguen las enseñanzas de Krishnamurti lo adoptan, explícitamente o no, como guru, como guía espiritual.

A este respecto me gusta una anécdota que cuenta Radhanath Swami en su hermosa autobiografía, The Journey Home, en donde relata su asistencia a varias charlas de J. Krishnamurti en 1970, en Delhi. Radhanath Swami, que todavía no era swami, estaba acompañado de un monje budista tailandés que tenía a su cargo a otros miles de monjes en un monasterio institucionalizado donde enseñaba meditación y ritual, justo todo lo contrario de lo que proponía Krishnamurti.

Al acabar la primera charla el monje admitió que lo que decía Krishnamurti era verdad, que tenía mucha lógica, y que tendría que “pensar seriamente sobre el tema” para saber cómo proseguir su camino religioso. Después de varios días de charlas, Radhanath le preguntó al monje si ya había tomado una decisión, y éste respondió:

  • “Regresaré a mi monasterio… Voy a seguir las enseñanzas del señor Jiddu Krishnamurti”.
  • “¿Cómo harás eso?”, dijo Radhanath.
  • “Voy a rechazar las enseñanzas del maestro que nos enseña a rechazar los maestros y las enseñanzas”, dijo con una pícara sonrisa.

Por supuesto que uno debe asumir la “responsabilidad personal y no apegarse excesivamente al aspecto externo del maestro”, como dice Radhanath Swami, pero tener un guía no solo es necesario, es inescapable. Para algunas personas serán los padres, o cierta ideología, o ciertos libros. Quienes tienen hijos siempre dicen que “son los más grandes gurus”, quizás porque te aniquilan el ego al obligarte a poner tus intereses siempre en segundo plano. Para otros, como Ramiro Calle, el maestro puede ser su gato o para muchas personas es simplemente “la vida”. De hecho, como ya sabemos, la vida es una gran escuela y está llena de maestros.

gato

Como buen ejemplo, en el Śrīmad Bhāgavatam (11.7.33-35), un sabio identificado como avadhūta, enumera los 24 gurus de los que ha aprendido la ciencia del Ser y ellos son:

“La tierra, el viento, el cielo, el agua, el fuego, la luna, el sol, la paloma y la serpiente pitón; el mar, la polilla, la abeja, el elefante y el ladrón de miel; el ciervo, el pez, una prostituta, un ave y un niño; una joven casadera, un fabricante de flechas, una serpiente, una araña y una avispa”.

De la tierra serenidad y dedicación, del viento desapego, del agua su pureza innata, del mar su capacidad de asimilación, de la abeja la cualidad de tomar solo lo bueno de cada cosa, del fabricante de flechas su concentración mental y así.

Personalmente, considero que tener un guru humano genuino que te guíe de forma personalizada, integral y directa en el camino espiritual es una gran fortuna y el método más seguro. Si alguien prefiere decirle maestro, hermano o amigo me parece bien. Si a alguien le alcanza con verlo en la naturaleza, lo celebro. Si alguien cree que únicamente “está dentro de uno mismo”, le doy la razón (aunque lo invito a estar vigilante). Si alguien cree que no existe, que se vuelva a leer este texto y, sobre todo, mire mucho a su alrededor.

La forma y el nombre pueden cambiar pero hay un principio universal, que en el hinduismo se denomina guru tattva, y que nos va guiando a todos y cada uno hacia el conocimiento de nuestra real esencia. Quien no quiera verlo solo demora un proceso que ya está en marcha. El guru es inevitable. Y por eso lo celebramos.

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