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Archivo del Autor: Naren Herrero

¿De qué sirve enfadarse? por Swami Premananda

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Hace poco, una alumna de yoga me dijo que no podía imaginarme enfadado, pues en clase soy siempre sereno y calmado. Y cómo no voy a estarlo si en clase todos hacen lo que yo digo y además estamos respirando juntos y practicando una disciplina que aquieta la mente. Al hilo de esta reflexión, este fin de semana en la Formación de profesores de Mandiram Yoga surgió el tema – más bien en “modo queja” – de que, por ser practicante de yoga, todos esperan que uno sea equilibrado y calmo y lúcido en toda situación. Efectivamente, los yoguis también se enfadan (incluso a veces les duele el cuerpo, aunque no lo crean).

En mi caso, y sin dar detalles, soy propenso a enfadarme, curiosamente por pequeñas cosas (o quizás acumulación de pequeñas cosas). La cuestión es que el enojo/enfado es un tema que me interesa mucho, pues lo considero un punto débil de mi carácter. Por tanto, siempre me viene muy bien leer enseñanzas espirituales al respecto, como este discurso de Swami Premananda titulado directamente La ira es inútil. Lo comparto completo porque estoy seguro de que también se pueden beneficiar de él muchos lectores.

Swami Premananda dice:

“La vida en el mundo en estos días se mueve de un modo muy particular. Estamos siempre con prisa y tratamos de acabar con nuestro trabajo lo más rápidamente posible. Esta actitud de estar siempre apresurados nos pone tensos. Esta tensión lleva al enfado y este enfado luego nos afecta de manera adversa. Debemos erradicar esta ira, pero nunca hacemos ningún esfuerzo real para erradicarla. Nada puede lograrse sin hacer un esfuerzo.

Encontrar causas donde no las hay, crear problemas sin razón alguna, afligirse innecesariamente, sufrir de un complejo de inferioridad originado por ideas imaginarias acerca de nosotros mismos, fingir que lo sabemos todo: todas estas son actitudes que nos impulsan a tomar decisiones tercas y a recurrir a acciones injustificables. El resultado final será la desilusión y la ira.

¿Cuál es el origen de la ira? La causa principal de la ira es la duda. Si las cosas no suceden del modo que esperamos que lo hagan, surgen dudas que conducen a la ira. Nunca reflexionamos sobre lo que es verdaderamente necesario para nosotros en esta vida y en su lugar pensamos en cosas innecesarias y luego esperamos que ocurran, pero cuando las cosas no suceden como esperamos nos agitamos y confundimos y tenemos dudas.

Cuando estos sentimientos continúan, llegamos a la conclusión que nuestras expectativas nunca se cumplirán. Estas dudas son innecesarias; las expectativas pueden o no llegar a cumplirse. ¿Por qué tienes prisa? No tengas prisa. Piensa, ¿has hecho algún esfuerzo para alcanzar tus expectativas? ¿Cómo puedes esperar que las cosas sean como deseas cuando no haces ningún esfuerzo? ¿En qué te beneficias con enfadarte y enfurecerte cuando las cosas no resultan de la manera que esperabas? ¿De qué sirve tener seis sentidos? No estás usando tu inteligencia. ¿De qué sirve tener inteligencia, buena educación, buena conducta y buenas cualidades si no puedes controlar tu enojo? ¿Te das cuenta de las consecuencias de tu ira? ¿Has sentido el dolor y la angustia de aquellos que se han encontrado con tu ira? ¿Qué has ganado hiriendo a otros?

Los malentendidos entre las parejas y las consecuentes separaciones, las relaciones inarmónicas entre padres e hijos y entre parientes, la ruptura de amistades, las perturbaciones en el ámbito del trabajo… estos son algunos de los resultados de la ira. La ira nunca estimula el desarrollo y no obstante, algunas personas creen que uno debe expresar su enfado para que algo llegue a suceder. Sin embargo, esta es solo una excusa de quienes no pueden controlar su ira.

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Cuando una persona se enfada, se incrementa la corriente sanguínea y sube su presión. Eso le afecta tanto físicamente como mentalmente. Por lo tanto, comprende esto y trata de evitar enfadarte ¿Hay formas de evitar el enfado? Ego, arrogancia, celos, egoísmo, difamar a otros, una actitud competitiva: estas son algunas de las impurezas arraigadas en nosotros y un día, a causa de nuestras expectativas, todas estas malas cualidades están destinadas a levantar sus horribles cabezas. Más tarde, nuestras expectativas no cumplidas se convierten en deseos y los deseos conducen a frustraciones y enfado.

Si quieres liberarte de la ira, debes primero deshacerte de todas tus malas cualidades. Una vez que seas libre de ellas, vivenciarás la felicidad y el gozo. No pienses que es difícil deshacerte de malas cualidades. Si te las ingenias para eliminar la causa raíz de todas las impurezas, entonces serás una persona cambiada. ¿Y cuál es la causa raíz? Desde el día en que empieces a decir la verdad, tus impurezas empezarán a esfumarse y comenzarán a surgir pensamientos nobles y buenos desde tu interior. Este será el inicio de un nuevo amanecer en tu vida.

¡Piensa! ¿Qué edad tienes ahora? ¿Con qué frecuencia has intentado evitar enfadarte? ¿Puede ocurrir algo sin que hagas un esfuerzo? Los días están pasando rápidamente; no pierdas el tiempo. Abre tu corazón, implora, derrama lágrimas y rézale sinceramente al Sin Nombre y Sin Forma: ‘Por favor, ¡quítame toda la ira!’ Si quieres vivir una vida feliz y en paz, erradica la ira y vivirás con gozo por siempre”

La imagen puede contener: una persona, barba

‘El científico y el santo’, una experiencia personal

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En diciembre 2016 se publicó El científico y el santo (Olañeta Editor) del escritor indio Avinash Chandra y en cuanto el libro llegó a casa me lo metí en la mochila para leerlo en la pausa de 20′ que tenía entre mis clases de yoga, pues las 780 páginas y el kilogramo que pesa el libro no eran nada en comparación a la ilusión que me hacía la perspectiva de su lectura. Ya sabía yo de buenas fuentes y por el subtítulo – Los límites de la ciencia y el testimonio de los sabios – que el tema me iba a interesar. Un mes más tarde, habiendo leído el texto concienzudamente quiero compartir mi experiencia y mi opinión.

Como dice al autor en la Introducción:

“Este libro quiere mostrar (no demostrar, pues ninguna visión del mundo se puede demostrar) que el mundo es mucho más que lo que se puede descubrir de él científicamente, que el universo es mucho más que su parte visible y mensurable, que la consciencia es mucho más que la actividad del cerebro. Y que este ‘mucho más’ no es un algo desconocido más allá para siempre del alcance del ser humano, sino que puede ser ‘conocido’, y que siempre a lo largo de la historia, ha habido unos cuantos hombres que lo han sabido”.

Por tanto, el libro es una crítica al paradigma materialista y cientificista que predomina en el mundo moderno, en que lo cuantitativo es más importante que lo cualitativo, en que la razón es más valorada que la consciencia, y en que los grandes avances tecnológicos nos encandilan al punto de hacernos olvidar la gran pregunta de todas las épocas: ¿cuál es el sentido de la vida? Para encontrar la respuesta, el autor postula  “la visión espiritual” que subyace a todas las grandes tradiciones y de la cual los sabios de todos los tiempos han dado cuenta.

Para fundamentar su punto, al autor presenta una cantidad formidable de citas de pensadores, científicos, filósofos y santos que incluyen los antiguos textos védicos, los neoplatónicos, el Corán, los Evangelios, los místicos cristianos, enseñanzas del judaísmo, estudios médicos, expertos en física y biología, monjes budistas, mahātmas hindúes e incluso intelectuales ateos. Sobre esto, alguien ha dicho que el libro es en sí mismo una “biblioteca” y en eso recuerda al famoso Lámparas de fuego de Joan Mascaró, aunque El científico y el santo tiene una línea argumental mucho más elaborada y la presencia del autor es más tangible. Solo teniendo en cuenta la gran cantidad de trabajo y dedicación para compilar y ordenar el material del libro, este merece un elogio.

Si bien yo soy, al decir de Umberto Eco, “lector modelo” para este libro y, por tanto, muy receptivo a su perspectiva, lo que más me ha sorprendido al leer las primeras dos secciones (Visiones del mundo y La visión científica del mundo) es cuan arraigado estoy, sin ser consciente de ello, en el paradigma materialista, especialmente con ideas consideradas irrevocables como el Big Bang, la teoría de la evolución o la implícita desvalorización de “pseudo-ciencias” como la parapsicología (por más que uno crea en los siddhis yóguicos, curiosamente).

Desde este punto, el libro ha sido para mí muy útil generando reflexión y ofreciéndome un espejo para darme cuenta de mis creencias, muchas de ellas subrepticias y ¡contrarias a la opinión – “espiritual”- que yo tengo de mí mismo! Imagino que para otros lectores este efecto también es muy posible y, por ende, el libro ya justifica su kilogramo de papel.

Justamente, más que de ciencia el libro pretende hablar de filosofía de la ciencia, es decir, de la base filosófico-metafísica en que se basa (muchas veces inconsciente y axiomáticamente) la ciencia. Aunque los profanos como yo no lo sepamos o no lo veamos, muchos de los paradigmas aceptados como dogmas científicos (incluida la “física newtoniana” por ejemplo) no son más que especulaciones cambiantes (de ahí que la física cuántica sea el paradigma emergente).

Lo grave es que se trata de paradigmas materialistas que, por ejemplo, reducen la existencia del ser humano “a la conducta electroquímica de las neuronas y sus conexiones” o el papel del planeta al de un objeto sin vida que debe ser explotado. Sin darse cuenta, uno muchas veces participa y alimenta estos dogmas que están bien infiltrados en la educación, los medios de comunicación y la cultura modernas.

Al mismo tiempo, la mayoría de conceptos que se ofrecen en el texto sobre la “visión espiritual” me son familiares y entonces el gran beneficio que me aporta el libro es proveerme de herramientas argumentativas y teóricas para justificar dicha visión desde una base sólida, “científica” si se puede decir así, y con fuentes rigurosas.

Hablando de argumentos, los temas más técnicos del ámbito científico, relacionados con física o biología por ejemplo, están muy claramente explicados para profanos como yo, haciéndolos muy sencillos, con citas y ejemplos transparentes; a la vez que creo que dejan muy patente cuáles son las fallas o virtudes de cada una de las teorías tratadas y el porqué de su necesidad, o no, de cambio.

La sección tercera del libro – La consciencia – en que se explica la existencia de la consciencia como una entidad separada de la mente y de los procesos cerebrales es vital para entender el libro y su perspectiva y también para comprender, en realidad, la existencia humana y universal en general. Esa sección es el eje del libro y creo que la información que allí aparece puede ser, para quien aún no la sepa o no la tenga integrado, una experiencia reveladora o, como dicen en inglés, a life-changing experience.

Cuando se entra en la sección titulada La consciencia en el pensamiento indio, para mí el libro se convierte en un deleite pues me siento en mi salsa, y aunque es posible que a los lectores pocos familiarizados con la filosofía índica les pueda parecer algo técnico yo creo que está explicado de forma clara e impecable.

Más adelante, en el capítulo La religión, las religiones me pareció muy valiente y lúcida la reivindicación que hace Avinash Chandra de la existencia de la religión y su rol positivo. Obviamente su exposición se contrapone al discurso más difundido actualmente que achaca a la religión todos los males (como las guerras y el fundamentalismo, por ejemplo) y que se inclina hacia la dicotomía de espiritualidad versus religión y justamente por ello es bienvenida y estimulante.

Para el autor, la religión bien entendida (donde prevalece “el espíritu antes que la letra” o “el fondo sobre la forma”) “es el caldo de cultivo de la espiritualidad, y a falta de esta la espiritualidad puede quedar, o bien en un espejismo vacío o, en el mejor de los casos, coja”. Me parece bien que alguien serio muestre todo lo positivo que ha aportado y puede aportar la religión y que, sobre todo, lo haga con argumentos rigurosos, de forma que si uno quiere puede usarlos para explicar su visión – que muchas veces es intuitiva – ante un interlocutor escéptico.

La sección final del texto – El Laberinto – me ha gustado especialmente. El capítulo La muerte es más que interesante, ya que tocar el tema de la vida después de la muerte es fundamental desde una visión espiritual. El autor nos adentra en las famosas pero ni siempre prestigiosas Experiencias Cercanas a la Muerte desde una perspectiva científica y aparte de ofrecer datos muy reveladores, me agrada el hincapié que hace en la idea de que la muerte no es siempre bella (ni siempre horrible) sino que depende de la vida que uno haya vivido.

Luego, el capítulo titulado El mal es un tema bien actual y universal que es muy pertinente de abordar ya que es el argumento más usado por los ateos para explicar la inexistencia de una Inteligencia superior. Lo bueno es que el texto despeja dudas para esas preguntas que todos nos hacemos (o nos hemos hecho) sobre la aparente injusticia del mundo o las ideas de un Dios imperfecto.

El último capítulo – Salir del laberinto – es muy bueno e inspirador. Un gran cierre para el libro en donde, además de comprometerse del todo dejando muy clara la línea editorial, Avinash ofrece, sin aires de maestro espiritual, algunas soluciones o ideas generales sobre qué hacer para salir de la situación actual en la que algunos dogmas de la ciencia nos impiden girar la mirada hacia la consciencia que todo lo impregna.

Mi conclusión es que, primero, El científico y el santo es un recurso muy valioso de conocimiento sobre ciencia y espiritualidad que cubre un amplio rango de tradiciones. Su lectura, además de proveer muy buen conocimiento teórico, tiene el efecto – al menos esa es mi experiencia – de promover la reflexión sobre las propias creencias y entender de forma más amplia y argumentada el rumbo materialista y hedonista que ha tomado el mundo.

A la vez, el libro ofrece cuantioso material fiable sobre la Verdad o filosofía perenne, que es la base de una vida humana con sentido y que, aunque uno ya sepa del tema, le sirve para reconectar y fundamentar mejor su punto de vista espiritual, religioso o incluso científico. Para leer esta obra no hay que ser científico ni necesariamente ser alguien “espiritual”, aunque ambos casos se sentirán muy aludidos con el texto, pues se ofrecen argumentos muy firmes para afianzar en sus creencias a las personas espirituales, a la vez que se presenta la visión espiritual de forma racional.

La intención del autor es, además, hacer pensar a quienes intuyen que “hay algo más” pero que necesitan buenos argumentos para así torcer la balanza hacia el lado espiritual.

Como detalle extra, la imagen de portada me parece hermosa. Felicito grandemente a Avinash Chandra por tan arduo trabajo y por haber llevado a término este proyecto de muchos años, que tiene un objetivo desinteresado y loable: el de hacernos reflexionar sobre la forma en que vivimos como sociedad y el de hacernos volver la mirada a las verdades eternas que los grandes hombres y mujeres de la historia siempre han conocido de primera mano.

Espero realmente que este libro sea beneficioso para muchas personas y que contribuya a mejorar la visión de nuestra sociedad moderna.

Apunte sobre el año nuevo hindú

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Seguro que todos han escuchado decir que “el tiempo es relativo” o que incluso “no existe”, y también es sabido que el calendario gregoriano (llamado así por el Papa Gregorio XIII), según el que se rige el mundo moderno, tiene menos de 500 años y es un intento artificial de cuadrar el tiempo humano con el tiempo de los astros y la naturaleza. De todos modos, cuando llega el 31 de diciembre nos tomamos muy en serio el almanaque y, por artificial que sea, sentimos que algo cambia (o puede cambiar), intercambiamos buenos deseos y tomamos resoluciones para el próximo ciclo.

Es cierto que a fines de diciembre hay un solsticio y esa sí que es una verdadera bisagra natural para los ciclos vitales, que es especialmente auspiciosa para el hemisferio norte, pues aunque el solsticio de invierno traiga más frío es también el momento en que el Sol comienza otra vez su camino “hacia el norte”, lo que redunda en días cada vez más largos. En la antigua tradición india este cambio de dirección del Sol da inicio a la mitad más auspiciosa del año, que de todos modos se celebra con especial énfasis en Makara Saṅkrānti, un festival de la cosecha que cae el 14 de enero, y que aunque cambie de nombre o forma en cada región de la India, es en esencia el día en que el Sol entra en la constelación de Capricornio.

Más allá de este importante evento solar, para la tradición hindú el 31 de diciembre o el 1 de enero no significan nada en particular. Por supuesto, la India, como casi todo el resto del mundo moderno y por razones prácticas (y coloniales en su momento), ha adoptado el calendario gregoriano occidental como su calendario civil básico, pero para los hindúes el día de Año Nuevo es un hito un tanto impuesto (aunque ya aceptado).

En la India, en realidad, hay más de un calendario vernáculo; de hecho por cada región de la India hay diferentes calendarios con sus variaciones según festivales religiosos, idiomas, costumbres, historia…

De todos estos calendarios hay dos especialmente difundidos: Śaka samvat y Vikram samvat. Ambos calendarios se supone que fueron introducidos por sendos reyes, aunque los historiadores discrepan al respecto. En cualquier caso, la “era Vikram” se remonta al año 57 a.C., mientras que la “era Śaka (Shaka)” al año 78 d.C. Esto significa que entrando al año 2017 gregoriano, estaríamos en el año 2074 de la era Vikram (2017 + 57) y en el año 1939 de la era Śaka (2017 – 78).

Ambos sistemas tienen doce meses, aunque la era Śaka, que es el calendario oficial indio, es similar al gregoriano en el sentido que alarga los meses lunares para que cuadren con el año solar. En este sistema, el año nuevo comienza con el mes de Caitra (Chaitra), que equivale al 21/22 de marzo, es decir al equinoccio de primavera para el hemisferio norte.

La era Vikram, más tradicional, tiene doce meses lunares y, por tanto, su año da 354 días. Para cuadrar con los 365 días que emplea la Tierra en dar la vuelta al Sol se agrega un mes extra (llamado Adhika o Puruṣottama) cada tres años normales. Es decir que cada cuatro años hay un año de 13 meses. Esta extraña solución es, en esencia, idéntica al año bisiesto gregoriano y curiosamente también existe, por ejemplo, en el calendario hebreo o el chino tradicional.  El año nuevo de la era Vikram ocurre cuando acaba el mes de Caitra y comienza el de Vaiśākha, lo cual corresponde a la primera quincena de abril.

En muchos otros calendarios regionales, pero no por eso minoritarios, la fecha de año nuevo también equivale al marzo-abril gregoriano (una conocida excepción es el estado Gujarat que lo hace al acabar Diwali en octubre), lo cual indica que hay una clara tendencia a asociar el nuevo año con la llegada de la primavera. Sin duda, el simbolismo de la tierra que renace y se renueva no pasó desapercibido para los astrónomos antiguos, que como sabemos tenían un contacto directo con la naturaleza, al punto de mirar y medir las estrellas sin telescopios ni sofisticadas tecnologías modernas.

Por otro lado, existe una forma de medir el tiempo muy tradicional que es la que se basa en Kali Yuga, la “era oscura”, que según el hinduismo es el ciclo en el que se encuentra la humanidad actualmente. De las cuatro fases por las que pasa el universo desde su manifestación hasta su reabsorción (un proceso que se repite infinitamente), Kali Yuga es la más corta (solo 432.000 años) pero la más nefasta.

Sin entrar en esos detalles hoy (basta encender la tele y poner las noticias), lo pertinente es decir que el inicio de Kali Yuga se sitúa generalmente en el año 3102 a.C., fecha de la muerte de Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna), la encarnación divina (avatāra) que enseña la Bhagavad Gītā. Según este conteo, estaríamos ahora en el año 5119 de Kali Yuga.

Todo esto es para decir que hay muchas formas de medir el tiempo y que el año no necesariamente cambia en un único día. Las fechas señaladas son útiles para recordarnos hechos o ideas que con la agitada vida cotidiana van quedando postergados; son símbolos de algo más trascendente que arrancar una hoja del calendario u organizar una cena.

En ese sentido, seguir varios calendarios puede ser muy útil: las resoluciones y los cambios para mejorar tu vida te son recordados con mucha más frecuencia.

La lotería de Navidad y la libertad

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Cuando se acerca Navidad, en España hay una difundida tradición popular de comprar billetes y sobre todo “décimos” de lotería para el llamado Gordo de Navidad, el gran premio que, desde hace más de cien años, se sortea el 22 de diciembre. Cada año el renovado anuncio publicitario del sorteo, siempre muy emotivo, sale en las noticias; se arman largas colas para comprar un billete en los establecimientos con buena estadística ganadora; los padres le regalan décimos a los hijos; los bares y las tiendas los venden a sus clientes; los compañeros de trabajo los compran en conjunto (con la esperanza de abandonar a su jefe, claro) y, cuando llega el día, las expectativas de todo un país están puestas en los niños de un famoso colegio de Madrid que son los encargados de cantar cándidamente los números premiados.

Por supuesto y como es esperar, el 22 al mediodía hay unos pocos españoles eufóricos y una mayoría frustrada. Así es el azar. Pero hasta ese momento fatídico (excepto para esa minoría) nadie nos quita la ilusión y las consiguientes elucubraciones de “¿qué harías si ganaras el Gordo?” o, al menos, un décimo, que pueden ser 400.000 euros. No sé si por no ser español, ser yogui o simplemente por pura casualidad yo vivo un poco ajeno a esta vorágine y me entero muy de refilón (obviamente el sorteo nunca me toca).

Las palabras de J.L. Borges en su cuento La Lotería en Babilonia son pertinentes:

“Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella como en la conducta de los dioses indescifrables o de mi corazón”.

Al despedirse de mí la semana pasada, una alumna de haṭha yoga se quedó un momento dubitativa y dijo: “pues sí que nos vemos, porque aunque me toque la lotería vendré a clase”. Debo haber puesto cara de perplejidad porque entonces ella agregó: “uno suele decir, ‘si me toca la lotería aquí no vuelvo’, pero a yoga sí que volvería”. Yo, poco inspirado, simplemente dije: “claro, el dinero no cura el cuerpo ni la mente”.

Por un lado, la reflexión de mi alumna me alegra porque significa que tiene claras algunas prioridades. Por otro lado, es un síntoma de que toda una sociedad pone sus esperanzas en el sorteo para cambiar o mejorar sus vidas.

En la tradición de la India el juego de azar está muy mal considerado. En algunas corrientes vaishnavas no jugar es un principio básico junto al vegetarianismo, no tomar sustancias intoxicantes o incluso el celibato. En la gran épica del Mahābhārata (Mahabhárata) encontramos la ilustradora historia del recto rey Yudhiṣṭhira (Yudhishthira), cuya única debilidad era jugar a los dados (epítome del juego de azar para los indios) y justamente esa afición le cuesta a él y su familia unos años de exilio y grandes penurias.

La significancia del juego de azar en la tradición india se pone de manifiesto en un verso de la Bhagavad Gītā en que Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna), enumerando parte de sus “divinas manifestaciones” dice ser lo más destacado de cada ámbito (“soy el poder de los poderosos”; “entre los ríos soy el Ganges”; “soy la tesis de los que discuten”…) y en una debatida línea agrega:

“Soy el juego de los truhanes” (dyūtaṁ chalayatām asmi)

Me parece entender que el hinduismo, que no tiene un enfoque moralista del mundo, rechaza el juego de azar no porque sea “impío”, sino porque es una acción que nos aleja de la raíz de nuestra insatisfacción.

Por un lado, apelar a una solución fácil, sin esfuerzo, para cambiar un destino que no nos gusta se podría juzgar como falta de compromiso o coraje. Por otro lado, podría representar la codicia o el deseo de tener más de lo que uno necesita. Lo que es seguro es que jugar a la lotería explicita una carencia de lo que en yoga se llama saṁtoṣa (‘santosha’), es decir “contentamiento”, que vendría a ser: estar satisfecho con lo que uno tiene ahora.

Ya sé que hay personas que realmente no tiene suficiente dinero para vivir y puedo entender que la lotería sea “su única esperanza”. De todos modos es una esperanza bastante improbable, como lo confirma este ominoso titular de un periódico español: “Es 24 veces más probable que te atropellen que ganar el Gordo de Navidad”. Y bajo esas líneas una profesora de matemáticas advierte: “Si guardásemos en una alcancía el dinero de toda una vida destinado a la lotería, tendríamos más rentabilidad que si apostamos en ella” (siempre y cuando no la ganemos, supongo).

Por tanto, la esperanza (válida o no) de millones de personas y su deseo de cambiar su vida de un golpe es una variable fundamental para mantener el negocio en marcha.

En realidad, lo que uno espera ganar con la lotería es libertad: Si yo ganara le diría unas cuantas cosas a mi jefe; si yo ganara no viajaría más en metro; si yo ganara no lavaría más mi ropa; si yo ganara me cambiaría de casa y sobre todo de vecinos; si yo ganara haría las vacaciones cuando quisiera; si yo ganara solo cocinaría cuando tuviera ganas…

Y entonces me cae del cielo una cita de E.F. Schumacher que acabo de encontrar en el libro El científico y el santo, de Avinash Chandra, que estoy leyendo con fruición:

“Preguntar si el ser humano tiene libertad es como preguntar si el hombre es millonario. No es millonario, pero puede llegar a serlo. Puede fijarse el objetivo de llegar a ser rico; de forma similar, puede proponerse llegar a ser libre. Puede desarrollar un centro de fuerza en su ‘espacio interior’, de manera que el poder de su libertad exceda el poder de su necesidad”.

Tengo la suerte de tener dos manos, dos pies, un techo, comida y todavía más. Por supuesto puedo entender que para otras personas sus necesidades no estén cubiertas y no tengo intención de criticar a nadie en particular. Solo me parece sintomático de estos tiempos materialistas y hedonistas en que vivimos que tantos millones de personas elijan focalizar su “centro de fuerza” en algo externo, azaroso, extremadamente improbable y puramente monetario.

El jueves por la tarde cuando toda ilusión se desvanezca, ¿qué haremos? ¿Pensar en la comida de Navidad? ¿O que quizás el próximo año hay más suerte? ¿Qué nos hará libres además de los ensueños que cíclicamente acaparan nuestra mente?

Yo creo que nunca compré un décimo en mi vida, aunque sí que los hay en casa, ya sea porque nos los regalan parientes amorosos o porque en el despacho de mi esposa comprarlo es una tradición grupal. ¡Imaginen que me toca! Sería injusto, lo sé. Pero así es el azar.

Calendario védico hindú 2017

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El año pasado la Federación hindú de España (FHE) inició un hábito muy útil para los hindúes y otras personas interesadas en la cultura y espiritualidad védica, al publicar un calendario con las festividades más importantes del hinduismo, específicas para España. Ahora que se acerca el nuevo año, la FHE publica el calendario correspondiente a 2017, con los cálculos astrológicos, las ilustraciones y los textos obra de su destacado miembro, instructor de yoga y artista plástico Hari Dasa.

La versión de este año es todavía más completa, ya que explica de forma simple y resumida cómo funcionan los meses en el calendario lunar hindú y qué correspondencia tienen con el calendario gregoriano occidental. Además, las quincenas lunares ahora aparecen en su terminología sánscrita (purnima = luna llena y amavasya = luna nueva).

Y entre las principales festividades religiosas se incluyen con detalle, otra vez, las ekadashi (undécimo día de toda quincena lunar y dedicado a Sri Vishnu) y se agregan los pradosha (decimotercer día de la quincena luna y consagrado al Señor Shiva). Asimismo, en el calendario aparece un abanico muy variado de celebraciones y lo bueno es que al final hay un listado en que se los explica claramente.

calendario2017Como he dicho, las fechas del calendario están calculadas para España. En la mayoría de casos, estas no varían considerablemente con las fechas de las festividades en la India, aunque en términos de horarios propicios sí que hay cambios. Esta información detallada, propia para personas puntillosas y versadas en astrología védica, se omite para mantener el calendario apto para todo público.

Si alguien de Latinoamérica, por ejemplo, quisiera hacer uso de este calendario español tiene que considerar que la diferencia horaria con la India es mayor y que, en algunas celebraciones, podría haber una diferencia de hasta un día más tarde.

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No es un detalle menor la belleza gráfica del calendario que, además de práctico, lo convierte en un elemento estéticamente inspirador, ya sea que uno decida revisarlo en versión digital o imprimirlo en papel.

Para verlo o descargarlo, clicar aquí. Y que sea de provecho para todos.

La misteriosa ubicación del conducto de la tortuga

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Quizás por ser un animal muy antiguo, la presencia de la tortuga en la tradición hindú es profusa, incluyendo filosofía o mitología, y sin olvidar sus recurrentes apariciones en el ámbito del Yoga. En el Mārkaṇḍeya Purāṇa, por ejemplo, se afirma que el continente indio se apoya de forma permanente en la espalda de una tortuga gigante, que a veces aparece con el nombre de Akūpāra, aunque siempre se trata de una manifestación del dios Viṣṇu (Vishnu).

En esta misma línea, es muy conocida la encarnación (avatāra) de Viṣṇu como tortuga con el nombre de Kūrma, que tuvo lugar cuando los devas y los asuras batieron el océano de leche primordial en el principio de los tiempos. El batidor utilizado era una gran montaña que, de tanto moverse, perdió estabilidad y entonces Viṣṇu adoptó la forma de una tortuga y descendió al mar para hacer de base de la montaña, que en su fuerte caparazón encontró la firmeza que necesitaba.

Puede que estas historias suenen a fantasía pero lo cierto es que nos dan una idea de la tortuga como símbolo de estabilidad, quietud y también longevidad, porque el animal que sostenga el mundo tiene que aguantar ahí un largo tiempo.

Comenzando a relacionarlo con el yoga, se suele decir que las tortugas viven muchos años (incluso más de cien), justamente porque respiran muy lento (2 o 3 veces por minuto) y ya se sabe que la respiración yóguica ideal debe ser prolongada y sutil, sin hablar de las más avanzadas retenciones naturales y sin esfuerzo, que al parecer las tortugas (sobre todo acuáticas) también hacen. Al respirar lento uno vive más años y, además, calma la mente. De ahí que la tortuga sea un animal símbolo de la serenidad, lo cual se expresa en sus movimientos lentos.

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Ilustración de Kurmavatara, a cargo de Hari Dasa, del libro ‘Entre la materia y el espíritu’. 

Este contexto se vuelve relevante cuando uno se cruza con el sūtra 3.31 (3.32 en otras versiones) del Yogasūtra de Patañjali, que sucintamente dice:

kūrma nāḍyāṃ sthairyam

En la literal traducción de Òscar Pujol sería:

“Con el [dominio] del conducto de la tortuga, la inmovilidad”.

En la más elaborada traducción de J.A. Offroy Arranz sería:

“Efectuando la contemplación sobre el conducto de la tortuga, en la región del pecho, se logra estabilidad emocional”.

Para situarnos, es útil saber que este sūtra aparece en el tercer capítulo (pāda) del texto, titulado vibhūti-pādaḥ, en que se describen ciertos poderes sobrenaturales (vibhūtis o también siddhis) que se obtienen en la práctica yóguica con la contemplación integral (concentración + meditación + contemplación) y el consiguiente dominio o control (saṃyama) de determinados objetos. Entre la treintena de poderes que se enumeran en el pāda, que incluyen el conocimiento de las vidas pasadas, de las mentes ajenas, de los planetas o la capacidad de levitar, hay una serie de contemplaciones sobre diferentes puntos corporales.

El punto que hoy nos interesa es el citado kūrma nāḍī o “conducto o arteria sutil de la tortuga”. En anatomía yóguica, una nāḍī es un canal sutil por el que fluye el prāṇa o energía vital. En los manuales yóguicos se dice que el ser humano tiene, al menos, 72.000 de esos canales energéticos, los cuales componen el cuerpo sutil o energético y, por no ser físicos, no son detectados por la actual tecnología médica, ni a través de radiografías o tomografías, por ejemplo. El desbloqueo y purificación de esos canales es uno de los objetivos principales de la práctica yóguica, especialmente del prāṇāyāma. En los textos de haṭha yoga se habla generalmente de diez o catorce nāḍīs principales que no siempre incluyen kūrma nāḍī.

Al igual que sucede con los centros energéticos o cakras (léase ‘chakras’), los canales energéticos no pueden ser tocados ni entendidos de forma física, aunque sí se utilizan referencias del cuerpo físico como guías aproximativas para el practicante. En el caso de kūrma nāḍī, Patañjali es bien escueto y no dice nada de la ubicación del canal. Lo que sabemos, en realidad, deriva del Yoga Bhāṣya, el más antiguo y acreditado comentario sobre los Yoga Sūtras, en que Vyāsa dice que se encuentra “bajo la cavidad de la garganta, en el pecho” (kūpād adha urasi).

En el sūtra que lo precede (3.30 o 3.31 dependiendo la versión), se habla justamente del poder yóguico de “eliminar el hambre y la sed” a través de la contemplación en la “cavidad o pozo de la garganta”. Este pozo sería físico y más fácil de percibir. Por tanto, kūrma nāḍī, explican los comentaristas, está debajo (adha) de esa cavidad (kūpa), en algún lugar del pecho (uras).

De las referencias que he consultado, la más explicativa es la de B.K.S. Iyengar en su clásico Luz sobre los Yoga Sūtras, donde después de decir que kūrma nāḍī “resulta más bien difícil de localizar en el sistema humano” afirma que “corresponde a la región epigástrica”. El epigastrio es la parte alta del abdomen y, perdón por la falta de tecnicismos, digamos que comienza justo donde se acaba el esternón y ya no hay hueso.

Por su parte, Swami Hariharānanda Āraṇya, otro reputado comentarista de los Yoga Sūtras, traduce kūrma nāḍī como “canal bronquial”, que está más o menos en la misma zona, pero que añade ambigüedad al caso.

epigastrio

La curiosidad de kūrma nāḍī radica, además de en su imprecisa ubicación, en su peculiar forma pues, según dicen algunos comentaristas, se trataría de un canal energético “con forma de tortuga” y de allí le vendría el nombre.

De todos modos, la relación del nombre del conducto con su forma (de la que no tenemos datos certeros) no es tan relevante como la relación con su función, que tiene que ver, para empezar, con la inmovilidad corporal (sthirapadaṃ), probablemente en la postura meditativa. Por ello, la inmovilidad que se logra contemplando kūrma nāḍī  es comparada por Vyāsa con la rigidez de una serpiente o de un lagarto cuando son agarrados.

Para muchos comentaristas posteriores, sin embargo, esta inmovilidad es también mental y emocional, en relación a la serenidad que simbolizan los quelonios. A este respecto, es interesante agregar  el concepto de kūrma vāyu. En terminología de haṭha yoga, un vāyu es un “aire vital” que permite la realización de las funciones del cuerpo (respiración, excreción, digestión, circulación, estornudo…). Hay cinco vāyus principales y cinco subsidiarios (upavāyus), entre los que se encuentra kūrma vāyu, “la corriente vital de la tortuga”, que se encarga, en palabras del citado B.K.S. Iyengar, de:

“controlar los movimientos de las párpados y regular la intensidad de la luz para la visión mediante el control del tamaño del iris. Los ojos son el índice del cerebro. Cualquier movimiento en el cerebro se ve reflejado en los ojos. Serenando los ojos, por ejemplo, mediante el control de kūrma vāyu, se pueden calmar los pensamientos e incluso inmovilizar el cerebro”.

Sobre esto, Swami Sivananda de Rishikesh dice que justamente el “canal astral por el que pasa kūrma vāyu es kūrma nāḍī. Esta correspondencia, útil en la teoría, nos serviría de pista efectiva si pudiéramos percibir experiencialmente kūrma vāyu, algo que la mayoría de hijos de vecino no estamos en condiciones de hacer. Lo cierto es, en cualquier caso, que la imagen de la tortuga aparece desde distintos ángulos para hablarnos de la quietud (física y especialmente mental) a la que aspira el yogui.

Vuelvo a citar al maestro Iyengar:

“Las funciones mentales giran principalmente alrededor de deseo, ira, codicia, pasión ciega, orgullo y envidia, que se consideran los seis enemigos del alma. Están representados por las cuatro patas, la boca y la cola de la tortuga. Este animal retrae su cabeza y extremidades en el interior del caparazón y no sale, pase lo que pase. Controlando kūrma nāḍī, el yogui detiene los movimientos de esos seis radios de la mente… Coloca esos enemigos en un estado de estabilidad… El yogui permanece como una tortuga en su caparazón, con su centro emocional imperturbable, bajo cualquier circunstancia”.

Para cualquier persona familiarizada con la filosofía hindú, esta analogía del yogui controlado y la tortuga es un clásico y quizás su máxima expresión se encuentre en la siempre disponible Bhagavad Gītā (II.58), cuando Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) describe algunas características del hombre sabio diciendo:

yadā saṁharate cāyaṁ
kūrmo ’ṅgānīva sarvaśaḥ
indriyāṇīndriyārthebhyas
tasya prajñā pratiṣṭhitā

O sea:

“Cuando aparta sus sentidos de los objetos de los sentidos, como una tortuga que contrae sus miembros, entonces su mente está estabilizada”.

Como decíamos, la imagen de la tortuga aparece por doquier. Y como no podía ser de otra manera, en haṭha yoga existe una postura llamada kūrmāsana, que en su versión moderna (los manuales medievales yóguicos dan otra descripción, sentada, de este āsana) imitaría a una tortuga desplegando sus extremidades. Este āsana solo es asequible para las personas muy flexibles y la intención final es apoyar el pecho o el abdomen en el suelo, ¿quizás activando de alguna manera esa zona donde se encuentra el elusivo kūrma nāḍī?

La verdadera espiritualidad no es una cuestión de fe sino de propia experiencia y, finalmente, de auto-conocimiento. Puede que no seamos capaces de señalar específicamente dónde está el sutil conducto de la tortuga y puede que ni siquiera sepamos dónde queda el epigastrio, pero en la medida que llevemos los sentidos y la búsqueda hacia adentro ya estaremos haciendo el camino correcto; que es el camino de la respiración lenta, de la estabilidad emocional y de la calma mental.

En conclusión, el camino de la tortuga que, por algo, ha estado entre nosotros incluso antes que nosotros.

Dos poemas sobre lo que no quiero

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Por mi crianza y también por los maestros que he tenido en la vida, siempre he escuchado que, espiritualmente, “todos los caminos genuinos son válidos” y, además, que “todos los caminos conducen a la misma meta”. No todas las personas están de acuerdo con esa concepción, ni siquiera dentro del hinduismo que es, en general, mucho más integrador que otras corrientes religioso/espirituales, pero no voy a discutir sobre eso hoy. De todos modos, creo que sí es bastante comprobable que, en muchas ocasiones, el mensaje espiritual de corrientes espirituales en apariencia divergentes es muy similar, aunque varíe la terminología o incluso la filosofía que la sustenta.

Hay libros que comparan el método de los yoguis con el de los místicos cristianos o compilaciones que intentan demostrar la esencia común a todas las religiones. Yo no tengo tantas pretensiones. Limitándome al hinduismo, solo quiero compartir dos poemas que, leídos en distintos momentos, me han parecido muy similares en su forma literaria y, asimismo, en su enseñanza.

El primero es obra del gran poeta tamil Mānikavasagar (Māṇikkavācakar en sánscrito), que vivió entre el siglo VII y IX de nuestra era (la fecha exacta es motivo de debate). Sus cantos y poemas devocionales son una joya del misticismo shivaíta tamil y son cantados todavía hoy por miles de devotos, aunque en español su obra es casi inédita, desgraciadamente.

Para los interesados, en la Antología de poesía devocional de la India traducida por el poeta Jesús Aguado, aparecen dos poemas. Por su parte, las primeras líneas del poema que hoy nos incumbe aparecen en el excelente libro Mística medieval hindú, editado por Swami Satyānanda Saraswatī, donde sale un esbozo de la vida y obra del santo tamil acompañado de un puñado de inspiradores poemas.

manikavacakar

El poema, que sería parte del himno 39 de su gran obra Tiruvācakam, dice (en una posible traducción):

No busco familiares ni amigos;
no busco una morada;
no busco la fama ni el renombre;
no busco ser un erudito;
todo lo que hay que aprender me es suficiente.

¡Oh bailarín!, que moras gozoso en Kuttalam,
tus resonantes pies buscaré,
para que así como la vaca busca a su ternero,
mi anhelante alma se entregue a Ti.

Quizás sirve aclarar que Mānikavasagar era un gran devoto del Señor Śiva en su aspecto de Naṭarāja, el bailarín cósmico que crea, sostiene y destruye el universo con su baile, un particular aspecto de lo divino que es especialmente amado en el sur de la India.

El segundo poema de hoy es autoría del santo y místico bengalí  Śrī Caitanya Mahāprabhu (léase Shri Chaitanya), que vivió en los siglos XV-XVI y fue, además de un gran erudito, un impulsor clave del camino devocional, o bhakti mārga, enfocado en la adoración a Dios como Śrī Kṛṣṇa (Krishna). De hecho, los seguidores de la teología elaborada por Śrī Caitanya, encuadrados en la Gauḍīya sampradāya, consideran que él mismo fue una encarnación o avatāra de Kṛṣṇa.

El objetivo último de la filosofía Gauḍīya es que el devoto se convierta en un perpetuo servidor de lo divino, lo cual sería su “liberación” y, para ello, la práctica principal consiste en adorar a Kṛṣṇa y a su amante Rādhā con la repetición del nombre divino, a través de mantras, himnos y cantos devocionales, muchas veces acompañados de embriagadores bailes que llevan al éxtasis.

La tradición explica que, durante su vida, Śrī Caitanya solo compuso y escribió una enseñanza que consta de ocho estrofas y que se titula Śrī Śikṣāṣṭaka (Shri Shikshashtaka). El resto de su enseñanza fue escrita y transmitida por sus discípulos directos principales. De esas ocho estrofas, la cuarta es la que me interesa hoy:

na dhanaṁ na janaṁ na sundarīṁ kavitāṁ vā jagadīśa kāmaye /
mama janmani janmanīśvare bhavatādbhaktirahaitukī tvayi //

En una posible traducción (muy basada en la de María Elena Sierra y Fernando Giménez Castellà) sería:

“Ni riqueza, ni seguidores, ni belleza, ni siquiera ser elogiado como poeta; mi único deseo, ¡Oh Señor del Universo!
es el de estar absorto, nacimiento tras nacimiento, en la devoción a Ti, sin ningún otro motivo personal”

Al analizar los dos poemas, es fácil notar el recurso retórico de la anáfora, en que se hace claro, mediante la repetición, el rechazo a ciertos beneficios materiales que la mayoría de personas siempre buscamos. Este detalle fue lo que primero me llamó la atención de las dos composiciones, porque si bien ese desapego es una actitud que se supone uno espera de los santos, su enumeración contiene una enseñanza para todos. Quizás pocos de nosotros queramos crear una start-up y venderla por millones a Google o ser tan famosos como Lady Gaga, pero en una medida u otra todos buscamos reconocimiento, dinero, erudición y, por supuesto, casa y afectos.

Obviamente las necesidades materiales existen y no estoy poniendo eso en duda, sino que me parece muy bueno que nos recuerden cada tanto (lo más frecuente posible) que hay algo más allá. Para mí es fácil decir “soy espiritual”, “me interesa poco el dinero”, “no me preocupo por mi peinado” o “ni siquiera sé cuántos lectores tiene mi blog”, pero quizás todo eso está más latente de lo que uno cree. Basta un mes de pocos ingresos o una crítica a mi prosa para que los intereses mundanos asomen la cabeza.

Todo esto para decir que me gusta que santos corroborados y nobles como Mānikavasagar y Śrī Caitanya nos recuerden, desde distintas escuelas filosóficas y distintas épocas, que la felicidad no está en lo material, por sutil que sea su manifestación. Y además, demostrando por qué son considerados grandes bhaktas, los dos nos indican hacia dónde dirigir la mente, la atención, la vida y la búsqueda: los pies danzantes de lo divino.

Como bonus, dejo una recitación tradicional del Tiruvācakam, que no hay muchas disponibles en la red, hecha en el sur de la India, específicamente en el Sri Gnananada Niketan:

Las versiones del Śrī Śikṣāṣṭaka son mucho más variadas, así que comparto una más clásica:

Y otra más moderna del artista y devoto Gaura Vani que, aunque solo cita las tres primeras estrofas del texto, me gusta mucho:

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