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“One minute please”

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Cada tanto, después de alguna crónica que toca temas profundos y filosóficos, cambio el registro del relato para abordar cuestiones más bien anecdóticas, pequeños hechos banales que los lectores agradecen, y que también componen la total experiencia de viajar en y por la India.

Cuando en febrero último (2010) estuve en la India con Nuria, mi padre, mis tíos y otras personas de Argentina (en total 12) nuestro medio de transporte desde la ciudad de Chennai hasta el Sri Premananda Ashram fue una furgoneta con chofer. Ya en mi primer post escrito desde la India, durante aquellos días, hacía referencia a los problemas típicos de cualquier viaje, que quizás en la India se incrementan, o en todo caso, toman un cariz de prueba espiritual.

Por otra parte, hace dos semanas relataba nuestra visita a la santa conocida como Aum Amma en Tiruvannamalai, y sobre nuestras dificultades para llegar a destino, en gran medida debido a nuestro chofer, en la que no fue su primera ni última demostración de necesitar una brújula, o para ser más modernos, un GPS.

¿Exagerado?

En mi diario de viaje del pasado febrero encuentro una frase que resume mi impresión respecto a nuestro chofer: “Parece carecer del instinto de ubicación o, al menos, de suerte, porque siempre nos lleva hacia el lado contrario”.

Algunos podrán acusarme de hiperbólico, y puede que mi avidez literaria deje permear alguna licencia extra, pero de todos modos tengo que decir que la sensación que daba nuestro chofer de aquel entonces, era la de estar completamente perdido.

Es verdad que lo indispensable que debe saber hacer un chofer es conducir bien; nadie dijo que deba también saberse el camino a rajatabla. Sobre todo si el chofer es de otra ciudad y su presencia en Chennai se debía a un encargo particular (si bien no estoy seguro de esto, le daré el beneficio de la duda para que vean qué imparcial soy…)

De todos modos, lo que más me enervaba no era que el chofer desconociera el camino y las direcciones (repito, es comprensible), sino que no se las supiera ingeniar para averiguarlas.

Pero empecemos por el principio: Llegamos al aeropuerto de Chennai a la 1am y luego de los típicos y excesivos trámites burocráticos indios encontramos a nuestro contacto, quien a su vez llamó al chofer para que viniera con su furgoneta a recogernos en un punto específico del parking del aeropuerto.

Es normal que después de un viaje de más de 24 horas desde Argentina (incluyendo tres aviones y tres continentes), uno se sienta cansado y también, admitámoslo, susceptible. Con una predisposición tal, el estar de pie con las maletas, en medio de un parking abierto lleno de mosquitos, a las 2am, esperando una furgoneta, provoca que el tiempo pase lento. Uno quiere que la furgoneta llegue ya, pero claro, todo toma su tiempo. Como siempre, la paciencia es el primer requisito (junto con la auto-confianza) para emprender el camino espiritual.

Sin embargo, una cosa es la falsa sensación de larga espera que todos los factores antes mencionados generan, y otra cosa es que efectivamente pase mucho tiempo. En mi afán por no exagerar, ayer le pregunté a Nuria si habíamos estado media hora esperando y ella sostiene que una hora. Sea como sea, se trató de un tiempo excesivamente largo para simplemente llegar a nuestro sitio en el parking, teniendo en cuenta que  se nos esperaba de antemano.

De hecho, recuerdo a nuestro contacto llamando repetidas veces al chofer sin que por ello éste pudiera llegar hasta nosotros. Era, claro está, un signo ominoso.

gps

Ranjith

Teníamos reserva en el Ranjith, un hotel de tres estrellas de precio totalmente superior a mi normal presupuesto de viajes (35€/48U$ la habitación doble aprox.), y que a pesar de su categoría continúa manteniendo esos pequeños detalles cutres típicos de la India. Pero como viajamos en grupo, había cuestiones que consensuar y una noche en hotel caro podía aceptarse.

O mejor dicho, media noche, ya que teniendo en cuenta lo temprano que nos levantamos y lo tarde que nos hizo llegar el chofer, lo dormido fue muy poco (en realidad, lo mejor fue la ducha).

Volviendo al aeropuerto, cuando finalmente apareció la furgoneta y cargamos todo el equipaje, salimos rumbo al Ranjith, que se encuentra en el acomodado barrio de Nungambakkam. Fácil es decirlo, más difícil fue encontrarlo.

Esta era la segunda vez que yo visitaba el Ranjith y en aquella primera ocasión no había tenido problemas en llegar, llevado, eso sí, por un taxista de la ciudad. Pero en esta noche específica, nuestro chofer vagaba sin rumbo por las oscuras calles de Chennai.

Como alguna vez he dicho, la India nunca duerme, quizás sea por la cantidad de personas que habitan esa tierra o quizás se deba a sus hábitos culturales y su idiosincrasia particular. La cuestión es que no es nada difícil encontrar, en medio de la noche y de la calle, a personas trabajando o hablando o haciendo quién sabe qué, de manera de poder preguntarles una clara indicación.

Asimismo he dicho hace poco, en un post sobre Calcuta, que por regla general uno no debe fiarse de las indicaciones de los indios. No porque tengan mala intención, sino porque al parecer no saben decir que “no”, y entonces dan indicaciones y direcciones para ellos desconocidas como si fuera un dato seguro. Por alguna razón, yo creía que este fenómeno se limitaba a las indicaciones para con los extranjeros, pues por la barrera idiomática y cultural éramos incapaces, los occidentales, de atrapar algún sentido oculto en cada dirección mal dada.

Sin embargo, con nuestro chofer descubrí que las indicaciones erradas de los indios también afectaban a sus compatriotas. O quizás, y postulo esto con un ápice de malicia, ¿era nuestro chofer quien no sabía interpretar las indicaciones recibidas?

1 minuto

Ya he dicho que nuestro chofer no conocía la ruta, y ahora agrego que prácticamente no hablaba más de unas pocas palabras en inglés. De todos modos, ya he dicho, eso no es un problema, pues un chofer debe, sobre todo, conducir bien. Y nadie puede negar que él tuviera esa cualidad. Una cualidad que nos mostró en toda su amplitud debido a la cantidad infinita de vueltas que dimos hasta llegar al anhelado hotel.

Fue durante ese proceso de andares circulares, de idas y vueltas, en que descubrimos las tres palabras en inglés que nuestro chofer más utilizaba, no sabemos si por necesidad o por escasez de vocabulario. Se trataba de: “One minute please”.

La situación en que utilizaba estas palabras era siempre la misma: Detenía la furgoneta, decía la frase, y bajaba en busca de lo que nosotros entendíamos sería un indicación cierta de nuestro paradero y destino.

Al regresar al “minuto”, a veces no decía nada y otras veces decía “OK”, tranquilizándonos.

Con el pasar de los minutos, de las calles, de las paradas y de las consultas, empezamos a sospechar que nuestro chofer estaba absolutamente desbrujulado, es decir, muy perdido y además incapaz de interpretar las indicaciones que, esto hay que decirlo, nunca sabremos si eran buenas.

De ahí en más, cada vez que el chofer decía su frase, todos suspirábamos hondo, apoyábamos la cabeza en nuestros asientos y esperábamos un largo minuto, con la vana esperanza de que a su regreso las coordenadas fueran exactas.

Llegamos al Ranjith a las 4am, después de más de una hora de incertezas, que después del largo viaje y a esa altura de la madrugada parecía, justificadamente, mucho más.

Tiru

Al día siguiente no hubo muchos cambios en la conducción, y nos costó bastante salir de la ciudad de Chennai, ahora con rumbo a Tiruvannamalai. El viaje se nos hizo muy largo (fueron 4.30 horas), aunque no puedo asegurar que en este caso se deba al chofer.

Ya instalados en Tiru, después de una noche completa de descanso, salimos en busca de Aum Amma, la santa a quien le aparece el signo de OM (Aum) en la frente cuando entra en cierto estado de éxtasis espiritual.

La residencia de la santa es en las afueras de la ciudad, en un área rural y, como expliqué hace dos semanas, es objetivamente difícil llegar para alguien que no conoce la zona. Este era, evidentemente, el caso de nuestro chofer. Por ende, comenzamos a recorrer hacia adelante y hacia atrás la llamada Bangalore Road, en una búsqueda infructuosa. A veces, el chofer se metía en una callejuela medio escondida, donde parecía estar el camino adecuado. Pero siempre era el camino equivocado.

Entonces comenzó a repetirse la dinámica de la madrugada anterior, con paradas frecuentes y el “one minute please” como muestra evidente de la desorientación geográfica de nuestro chofer.

Es verdad que sé muy poco sobre los códigos socio-culturales de los indios, y también es verdad que nuestros prejuicios sobre las apariencias, tal como las interpretamos en Occidente, no son siempre aplicables en la India. Sin embargo, me daba la sensación de que el chofer preguntaba a las personas equivocadas. Es decir, quitando su potencial ineficacia para entender las indicaciones, de lo cual ya hemos hablado bastante, el chofer detenía la furgoneta y preguntaba a personas que, al menos en apariencia, no eran potencialmente buenos indicadores.

Digamos que un buen indicador, por ejemplo, sería un conductor de taxi o de rickshaw o alguien que viviera en la zona. Pues nuestro chofer elegía transeúntes comunes y corrientes que, probablemente, estaban de paso por allí. A la vez que, y esto es totalmente subjetivo, elegía las personas que yo, basado en la apariencia, no hubiera elegido.

Otro detalle, inherente al machismo de la cultura india popular, es que el chofer no le preguntaba a las mujeres, cuando me parece evidente que, al menos en Occidente, son ellas las que saben mejor que nadie lo que pasa (quién es quién, dónde, qué hace…) en su barrio o zona.

Quizás puede parecer que con esto digo que las mujeres son más “chismosas”, pero simplemente es claro que las mujeres se interesan más que los hombres en estas cuestiones, y si deben estar en casa y encargarse de las labores del hogar, como pasa en la India, es normal que estén más al corriente de los pormenores “barriales”.

Efectivamente, no fue hasta que nuestro chofer preguntó a unas señoras que barrían, con sus cortas escobas, las entradas de sus casas, que supimos con certeza el paradero de la santa.

Paciencia

Después de eso comenzamos el camino definitivo hacia el Sri Premananda Ashram, en Trichy,  y más allá de las vueltas normales en los viajes de grupo, no hubo demasiadas demoras por culpa del chofer. Al parecer, esta vez sí que conocía un poco mejor la ruta, sumado a que una parte era por autopista, lo cual simplifica el proceso.

Visto en retrospectiva, el hecho no es más que una muy pequeña anécdota, típica de viajes; e incluso en aquel momento no fue nada grave, si obviamos que el cansancio acumulado nos ponía a todos más susceptibles de lo normal.

Más allá de mis bromas, se podría decir que, en general, el chofer tuvo un comportamiento correcto y nada tan diferente a cualquier otra experiencia de ser transportado por la India.

Con el agregado, eso sí, del “One minute please”, una frase absolutamente común, pero que en boca de aquel chofer fue adquiriendo un matiz cada vez más infausto, convirtiendo un simple minuto en una larga e infructuosa espera.

Pero ya lo dijimos, sin paciencia, aunque se trate de un minuto, no es posible emprender el verdadero viaje espiritual.

Imágenes:

noticias-tecnologia.com.ar

cuerdasnuevas.blogia.com

aumamma.com

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  1. Apasionante India! me ha encantado leer y revivir todos esos grandes momentos de paciencia, incredulidad, in/comprension que generan la experiencia de estar viajando! :))
    Un saludo!
    Laura
    http://www.mamayo.es

    Responder
  2. Veo que el mundo es muy pequeño… al parecer , con todas las diferencias culturales, los indios no difieren mucho de los cordobeses (de la capital) en eso de no saber decir “no sé” y mandarte a perder con una cara de pocker y y un tono de seguridad que no deja dudas de la indicación. Me reí a carcajadas, muy bueno. (hago mi primer comentario en el blog en un tema muy profundo… a ver si tengo el mismo coraje con el post sobre la existencia de Dios…jeje).

    Vir

    Responder

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