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Dios por necesidad

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En estos tiempos estoy haciendo muchos cursos, de los cuales no hablaré hoy; pero fue justamente en uno de ellos en que, esta semana, salió de forma tangencial un debate filosófico-teológico sobre la existencia de Dios.

Ya sé que no es un tema para abordar a la ligera, sobre todo en un curso de lengua catalana, donde la complejidad inherente del argumento se ve acrecentada por las dificultades de expresión de los asistentes, yo incluido.

De todos modos, este episodio hizo reavivar en mi mente unas ideas que ya venía rumiando de antemano y que pensé serían buen material para un post, con todos los riesgos y limitaciones que implica para mí tocar un tema así de profundo.

Argumentos

Según entiendo, hay dos argumentos esenciales para negar la existencia de Dios (o cualquier otro nombre que se le quiera dar a una entidad superior o una energía cósmica universal…) El primero de ellos es, si se quiere, de tradición positivista: “Dios no existe porque no puede probarse su existencia”.

No voy a profundizar demasiado aquí, sino más bien citar el contra-argumento que, creo, lo invalida: “Dios existe porque no puede probarse su inexistencia”.

Desde un punto de vista lógico-filosófico estos argumentos se contraponen y no dejan una respuesta inapelable. Dependerá de cada uno, así como de argumentaciones posteriores, acercarse más a una idea que a otra. Sin la intención de ramificar el tema, sólo quiero dejar en claro mi idea de que, en este caso, ninguno de los dos argumentos son suficientes para erigirse, objetivamente, como irrefutables, más allá, claro, de la fe particular de cada persona.

El segundo argumento que se expone con frecuencia, y desde los albores de la humanidad, es el que hoy más me interesa analizar. Se trata de la idea que sostiene, a grandes rasgos, que “Dios es una creación del ser humano para así entender todos los aspectos de la vida que están fuera de su comprensión, y también para apaciguar su miedo a lo desconocido, sobre todo a la muerte”.

pregunta

Necesidad

Este segundo argumento tiene un par de sostenes razonables, a saber: la necesidad del ser humano de explicar lo inexplicable (o misterioso), y la tendencia del ser humano a aferrarse a “algo superior” cuando la situación es desfavorable.

Es decir, cuando una persona está en dificultades, naturalmente apela a ese “algo superior” para que la ayude o rescate. Algunos dirán que dicha apelación no es “natural”, sino más bien inculcada por la educación y la sociedad. De todos modos, lo cierto es que incluso las personas no creyentes, en situaciones difíciles, se encuentran pidiendo ayuda a ese “algo superior”.

Ya sea un hábito social o una reacción natural, quienes niegan la existencia de Dios dicen que esta reacción demuestra que es sólo la debilidad del ser humano lo que le lleva a creer en ese poder superior. O sea, la mayoría de las personas se acuerda de Dios sólo en los momentos de necesidad. Una vez pasado el problema, son pocos los que siguen pensando tan fervientemente en Dios.

No se puede negar que este argumento tiene gran asidero en la realidad ya que, en general, todos tenemos esa tendencia. Sin embargo, yo creo que no es prueba suficiente para decir que Dios es una invención humana.

Swami Vivekananda dice: “Lo principal es necesitar a Dios. Nosotros necesitamos todo, excepto a Dios, porque el mundo externo satisface todas nuestras demandas ordinarias; sólo cuando nuestras necesidades trascienden al mundo externo recurrimos al mundo interno, a Dios…”

Según lo veo, el estado normal de las personas es estar satisfechos con lo que nos ofrece el “mundo externo”. Cuando esta situación de comodidad encuentra obstáculos y dificultades, entonces nos acordamos (o creemos) que hay “algo” más allá, llámese mundo interno o Dios. Tan pronto se resuelve el obstáculo volvemos a nuestro estado de confort con el mundo exterior, y así muchas veces.

Por más que este proceso sea normal y cíclico, no creo que suponga a Dios como un invento por necesidad, sino al contrario. Es justamente a través de los problemas de la vida que uno puede ser consciente de una realidad superior o interior. Si no hubiera problemas y todo fuera externamente perfecto, el ser humano difícilmente se inclinaría hacia lo interior, quedándose así en la capa superficial, en apenas la planta baja del infinito rascacielos de la felicidad.

rascacielos

Caridad

Por tanto, la necesidad de Dios, como la llama Vivekananda, se fomenta al inicio por simples problemas mundanos, que nos hacen recurrir a esa realidad superior/interior como salvavidas, esperando recibir beneficios más bien materiales.

Como en todo proceso, el camino espiritual también requiere tiempo y diferentes etapas; por ende no es extraño que todas las personas debamos pasar primero por esta etapa de pensar en Dios sólo cuando estamos en necesidad. No es incorrecto.

A este respecto, se me ocurre una analogía con la caridad (o las donaciones o el servicio social). He escuchado muchas veces la crítica a estas actividades pues algunas personas dicen que quienes hacen caridad o ayuda social lo hacen para limpiar su conciencia, para no sentirse culpables, o simplemente para sentirse mejor con ellos mismos. Es decir, que el objetivo de ayudar a otros es, a fin de cuentas, egoísta, pues el máximo beneficiado (moral o emocionalmente) es el que realiza la acción caritativa.

Mi creencia es que casi nadie en este mundo tiene una personalidad y un accionar impecables, y por lo tanto, si deseamos paliar nuestros defectos, debemos hacerlo fomentando cualidades positivas aunque al principio sea “a la fuerza”. Si uno, por ejemplo, decide no hacer caridad basado en que el objetivo final es egoísta, terminaría también actuando de manera egoísta (natural en el ser humano) y además sin ayudar a un prójimo.

De la misma forma, creo, el acercamiento a Dios en épocas de problemas y dificultades no debería ser visto como un signo de debilidad del ser humano, sino como un paso necesario en el camino de interés por lo espiritual, por lo Divino, o por lo interior.

Ideal

Evidentemente, el paso siguiente es también agradecer a Dios por todo lo positivo que uno pueda tener o recibir, entendiendo que si hay “algo superior” es tanto para lo bueno como para lo malo.

Una tendencia general es la de considerarse a uno mismo como el Hacedor cuando las cosas salen bien, y echarle la culpa a la Vida cuando salen mal. O, en todo caso, atribuirse los méritos de los éxitos y recurrir a Dios en los fracasos.

Siguiendo con las analogías, se me ocurre que habría que hacer como algunos jugadores de fútbol, que después de hacer un gol señalan al cielo, en señal de agradecimiento. Por más que este “festejo”, en algunos casos, no sea más que un automatismo, es un buen ejemplo de lo que quiero decir. Incluso en algo tan banal como patear una pelota, esos jugadores agradecen a Dios y no se atribuyen (todo) el mérito.

Messi festejo

De esta forma, el ideal es que una vez superadas las dificultades uno pueda seguir pensando en Dios, también en los buenos tiempos. Y yendo más allá, que uno pase del agradecimiento por lo que tiene a la búsqueda interior, donde se puede encontrar la verdadera esencia del propio ser.

Dificultades

Pero volviendo al inicio, o sea la primera etapa, me gusta citar un ejemplo de las Escrituras hindúes, en que una de las gopis, es decir las devotas del Señor Krishna, pide a Dios que le conceda más penurias y tribulaciones. Al ser consultada del porqué de este inusual pedido, la gopi responde: “Porque cuantas más penurias haya en mi vida, más razones tendré para pensar en mi amado Krishna, y así no tendré ninguna posibilidad de olvidarme de Él”.

GOPIS

Con una filosofía similar, Swami Premananda, que ha sido acusado injustamente y condenado a prisión desde hace dieciséis años, dice: “Tengo la tolerancia de soportar grandes dificultades porque tengo total fe y confianza en Dios. Cuando pienso en Jesucristo y todo lo que tuvo que sufrir, siento que no estoy sufriendo en absoluto. Dios no me ha dado suficientes pruebas. Siento que Dios debe darme más dificultades”.

Más allá de su ejemplo personal, Swami también deja claro que las situaciones de dificultad pueden ser aprovechadas por los buscadores espirituales: “Cuando se afrontan grandes problemas y se incrementa la fuerza de la confianza en Dios, se puede madurar a un nivel muy elevado. Los devotos que se han mantenido a mi lado durante este atribulado tiempo, jamás hubieran experimentado una prueba semejante ni siquiera en ciento cincuenta años de práctica espiritual corriente”.

De esta forma, y basándome también en las palabras de Swami, no creo que sea condenable que una persona se “acerque” a Dios por necesidad exterior o material.

Más que un signo de debilidad, a mi entender, es una prueba de humildad, de entendimiento y de que, esencialmente, el alma siempre sabe hacia donde apuntar.

Fuentes de las imágenes:

despertardetamaulipas.com

mundofotos.net

infobae.com

mantrapersonaldivinaradhaylasgopis.com

Anécdotas de Calcuta

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Las dos últimas entregas de esta bitácora digital fueron bastante serias, versando sobre cuestiones litúrgicas, simbología, y reglas de comportamiento en cuanto a rituales milenarios. Antes de eso había hablado de la meditación, otro tema “serio”, se podría decir.

En todos los casos se trata de tópicos que me atraen, pero que también tienen un cierto estilo “pedagógico” en el que no me interesa mucho entrar, pues no pretendo enseñar nada, sino más bien compartir mis ideas y sensaciones, a la vez que poner en palabras las reflexiones que pasan por mi cabeza en cuanto a la espiritualidad y su práctica.

Consciente de que los lectores también necesitan un respiro, esta semana he decidido cambiar el foco de la información para dirigirlo a cuestiones más banales, de índole puramente personal. De esta forma, hurgando en el anecdotario de mis viajes a la India, encontré unos pocos detalles olvidados de mi visita a la ciudad de Calcuta, en el año 2003. Una visita que ya relaté en un antiguo post, y de la que ahora quiero rescatar estas pocas anécdotas inéditas, que aunque sean prescindibles y pequeñas, creo que pueden servir como ejemplos puntuales de la idiosincrasia india, y de mi dificultad para asimilarla.

Proxemia

El párrafo debería comenzar con una frase del tipo, “No sé si les conté alguna vez acerca de…”, lo cual es síntoma de que estoy repitiendo alguna historia, o al menos reciclándola. Puede que este sea el caso en cuanto a los criterios de socialización de los indios, tema que ya toqué en el pasado.

Supongo que ya conté que las reglas de comportamiento social que rigen en Occidente son muy diferentes de las de la India, como es natural de esperar. Dejando de lado las cuestiones de casta, educación formal, o religión, que nos pueden servir a nivel teórico pero que son algo abstractas para alguien que pisa por primera vez la India, una de las grandes comprobaciones empíricas que hace el visitante de esta tierra es que los indios son muy sociales.

Ya lo sé, algún (sino todos) profesor de los que tuve en la Universidad me dirá que todos los seres son sociales. Sin entrar en debates de claustro, lo que quiero decir es, básicamente, lo que todos entendemos: los indios gustan de estar en grupo, hablar, compartir espacios con otras personas, aunque éstas sean desconocidos.

Evidentemente, estas características pueden ser aplicables a muchas otras culturas o países. Puede que una de las diferencias que hay en la India es que al ser un país tan poblado, las personas no tienen otro remedio que aceptar tener siempre a un prójimo cerca físicamente. Esa podría ser la explicación de que siempre quepa un pasajero más en el autobús, de que los moto-rickshaws vayan cargados de seis personas, de que la fricción corporal no sea vista como un ultraje personal… Sin embargo, tengo la creencia de que esta actitud de “sociabilidad” no es debido a escasez de espacio físico sino a una idiosincrasia propia. Como prueba, si hiciera falta, podemos citar al Japón que siendo mucho más pequeño físicamente mantiene unas reglas proxémicas de menor cercanía entre los individuos.

Sin la intención de profundizar en argumentos antropo-sociológicos, mi punto es el discurso. Es decir, la forma en que los indios interaccionan a través del habla. En el caso de este análisis informal, la cobaya, a falta de una mejor, soy yo.

COBAYA

Bengalíes

Hace relativamente poco leí en un libro sobre la ciudad de Calcuta, capital del estado de Bengala Occidental, que los bengalíes son más adeptos que cualquier otra raza de la India a hablar, a debatir oralmente, a reunirse para discutir sobre las grandes cuestiones de la vida. Al parecer, históricamente, esto se debe a que Calcuta fue durante años la gran capital cultural de la India, además de su capital gubernamental hasta 1911, en que los ingleses las trasladaron a New Delhi (que hasta entonces era Delhi a secas)

De hecho, la Corona británica decidió el cambio de capital por el carácter revolucionario de los bengalíes, siempre en la vanguardia del pensamiento artístico, cultural, científico y también espiritual de la India.

Los ejemplos más famosos de este linaje quizás sean Rabindranath Tagore, el primer (y durante muchos años el único) escritor asiático en ganar el Nobel de Literatura, y también el Swami Vivekananda, un santo que deslumbró al mundo occidental con su clara explicación de la filosofía Vedanta, la esencia del Hinduismo.

Rabindranath Tagore

A este respecto, mi experiencia personal es que los indios, de cualquier parte, tienden a socializar, bien con el habla si su inglés se los permite, o bien con gestos, miradas, sonrisas. Es decir, los indios son buscadores de conversación, sobre todo si uno es un turista, occidental, un “hombre blanco”, con la gracia que me hace esa definición cuando yo considero mi piel bastante morena. Una vez más, todo es relativo.

Lo que no es tan relativo es esa afición de los indios por buscar conversación, con el consiguiente efecto de que uno termina repitiendo la historia de su vida a una infinidad de desconocidos. Es probable que si estas conversaciones se dan en el fragor callejero de un taxi, en la protocolar recepción de un hotel, en la amable tienda de souvenirs, pues sólo se limiten a frases hechas, a preguntas de rigor como Which country are you from? o What’s your name?

Sin embargo, si uno de estos esbozos conversatorios se da en el populoso camarote de un tren, por lo general con varias horas de viaje por delante (No sé si les conté alguna vez que la India es muy extensa…), entonces es impepinable entablarse en uno de esos interrogatorios (al menos es la dinámica inicial) en los que hemos de responder a interpelaciones que, para nosotros occidentales, serán indiscretas, íntimas, privadas, entrometidas – elija Usted mismo el adjetivo pertinente – cuando no un absoluto tabú.

Por ejemplo:

Pregunta – “¿Está casado?”

Respuesta – “No”

P – “¿Cuántos años tiene?”

R – “25”

P – “Pues no deje pasar los 27, es la mejor edad para tener hijos”.

Otro ejemplo:

Pregunta – “¿Qué hace en la India?”

Respuesta – “Estoy viajando”.

P – “Entonces, su padre debe ser un hombre rico”

R – “No… Tiene un restaurante”

P – “Aah, es un hombre negocios”.

Pues bien, después de recopilar charlas, preguntas y respuestas a lo largo y ancho de la India, vengo a leer que los bengalíes, una raza de artistas e intelectuales tendiente a la reflexión, son amantes de la conversación profunda. Y entonces me acuerdo de la charla de aquella tarde, a fines de octubre 2003, en que me senté en los Eden Gardens, unos jardines justo al lado del homónimo estadio de cricket.

Aim

En realidad yo buscaba la entrada al estadio, pero al no encontrarla terminé sentado bajo un árbol en ese parque bastante arreglado, con lagos artificiales y con personas pescando en ellos. Entonces unos bengalíes me llamaron, querían hablar conmigo, y yo fui de mala gana, pues sabía lo que se avecinaba, es decir las mismas preguntas de siempre. Sin embargo, la conversación no fue ni tan monótona ni tan aburrida; un poco porque puse voluntad inicial y otro poco porque los temas tocados fueron diversos.

Viendo que se armaba el coloquio, se acercaron otras personas, así que ahora tenía a dos jóvenes y a dos ancianos como contertulios, y quizás eso dio variedad a la agenda temática. Hablamos de fútbol y de cricket, por supuesto, también hablamos de música, y me sorprendí de que les gustara Ricky Martin. Aún era ingenuo para darme cuenta que la atracción de los indios por lo occidental generalmente se limita a estereotipos norteamericanos de consumo (McDonald’s, gorras NYC, U$D), o a productos culturales que directamente rayan el mal gusto, como sería el caso de Ricky, con perdón.

En aquella época yo creía saber inglés, y es verdad que para sobrevivir en la India alcanza con poco, lingüísticamente hablando (y monetariamente también, claro) Los integrantes de aquel corro espontáneo coincidieron en que mi inglés era “simple y claro”, que “cualquiera podía entenderme”. Es obvio que si uno quiere (y se quiere) puede tomar esta definición como un cumplido, aunque también es obvio que se trataba de un forma de decir “básico”.

El problema de esta carencia idiomática surgió cuando uno de los muchachos jóvenes me hizo la pregunta más profunda que me hayan hecho jamás en cualquiera de estas conversaciones improvisadas en tierras indias. Una pregunta que no pude entender.

Se trataba de ¿What is your aim in life? y yo no sabía el significado de la palabra “aim”. Después de explicaciones y paráfrasis por parte de mis compañeros de diálogo logré entender que el término hacía referencia a algo así como “propósito” u “objetivo”, y por ende, una vez dejado atrás el obstáculo semántico, se cernía ante mí un obstáculo peor, de cariz existencial: responder de forma concienzuda a la pregunta “¿Cuál es el objetivo de tu vida?”.

Si ya es difícil responderse esto a uno mismo, imaginen enfrente de un jurado formado por cuatro desconocidos.

No voy a detallar el contenido de mi respuesta, que siente años más tarde es probablemente diferente. Lo que quiero destacar es hasta qué nivel, de lo que nosotros consideramos profundidad o intimidad, pueden llegar las preguntas de los indios. Pero bueno, este ejemplo apoteótico quizás sólo sea posible en Bengala, tierra de artistas e intelectuales amantes de la reflexión.

Coima

Si bien es verdad que al inicio anticipé que contaría anécdotas banales, de alguna manera me las ingenio para extender la narración, a veces en demasía. A no desesperar, aquí está la segunda anécdota calcutense.

Como dije más arriba, yo estaba en esa zona de la ciudad en busca del Eden Gardens, el estadio de cricket más grande la India. Mi interés no radicaba en el deporte en sí mismo, un deporte del que ya he hablado pestes en un post de este año, sino en ver personalmente esta gran construcción. De hecho, para verlo en su debida forma mi intención inicial era entrar al estadio, aunque yo estaba conciente de que no había partido ese día, y por lo tanto se encontraba cerrado al público.

En estos tiempos, para cualquier viajero que se precie, es norma llevar una guía de viajes, preferiblemente una guía muy gorda y pesada, estilo ladrillo de barro bien cocido, a la que se consulta sin falta ante cada nueva acción a emprender, cual Oráculo de Delfos para los regentes de la antigua Grecia. Yo, que como viajero siempre tuve muchas fantasías y poca preparación, no suelo recurrir a las guías, e insisto, no tanto por una búsqueda de diferenciación con los demás (que ya me gustaría) sino por una incapacidad de previsión que, sin extenderse a mi vida diaria, creo únicamente se limita a las guías de viaje.

Pues bien, en el pasado, esta falta de preparación fue suplida en varios viajes por mi amigo Ezequiel, que me pasaba sus itinerarios ya realizados y de los que yo me aprovechaba. Justamente en el año 2003, Ezequiel me regaló una guía de viajes de la India que me fue muy útil, sobre todo porque no era pesada.

Ahora todos conocemos la Lonely Planet como paradigma de guía, pero como una nueva digresión, permítanme recomendar las de Footprint Travel Guides. Es verdad que no se ven mucho, pero todavía existen (al menos tienen sitio web), y una de sus características era que estaban hechas con papel biblia, de manera que mucha información entraba en menos tamaño y menos peso.

Después de esta pausa comercial vuelvo al hilo: por lo general estas guías que todos tenemos (utilizaré el plural de cortesía) siempre nos revelan algunos “tips” (consejos prácticos), debidamente presentados con el aura de ser cuasi-secretos. De esta forma, nos dicen que en una callejuela apartada se encuentra el mejor lassi de Calcuta, o que en un rincón escondido de la estación de trenes hay una taquilla en donde nunca hay cola…

Como es previsible, teniendo dichas guías tanto éxito, o sea lectores, estos consejos prácticos dejan de ser el privilegio de unos pocos para convertirse en vox populi, perdiendo así, muchas veces, su carácter especial (Un ejemplo real de esto fue publicado en el post sobre Varkala, en Kerala)

La cuestión es que en la guía Footprint que yo tenía entonces, se decía, a manera de tip, que para entrar al estadio de cricket Eden Gardens bastaba ir hasta la Puerta 14, y ofrecerle unas rupias al guardia de seguridad.

Puede que haya sido la avalancha de viajeros que ya habían leído el consejo, puede también que haya sido mi falta de “viveza criolla”, o puede ser que el personal de seguridad hubiera cambiado desde la edición de la guía, lo cierto es que el guardia se negó rotundamente a dejarme pasar, casi enfadado, exhortándome a que me retire, palo en mano.

Fue así que empecé a descreer del cricket, de las guías viajeras y de las coimas.

Eden gardens

Brújula

Estando en la ciudad de Calcuta (esta es la tercera y última anécdota) se me ocurrió que debía ver un tigre de Bengala y entonces decidí, en la opción menos aventurera, ir hasta el zoológico de la ciudad. Lo que debía ser un simple trayecto urbano se convirtió en un tortuoso laberinto, debido, en parte, a mi falta de un mapa acorde (esto ya lo hemos hablado), y sobre todo a la falta de orientación geográfica de los indios. O al menos, lo que yo juzgo su incapacidad para dar indicaciones espaciales adecuadas, sobre todo en lo referente a las calles.

A este respecto, entre quienes han viajado a la India, hay cierto consenso en que el problema radica en la incapacidad del indio en decir “No”. Es decir, si uno va a una tienda y pide un artículo específico, que no está en stock, el comerciante nunca dirá que no lo tiene y nos dará un artículo relativamente similar. De la misma forma, si a un indio se le pregunta una dirección, él siempre apuntará el dedo hacia algún punto cardinal, incluso cuando no sepa cuál. No sé si esta actitud se debe a un deseo de entablar conversación a toda costa, a una intención de no defraudar al interlocutor con un “no lo sé”, o a un proceso de auto-engaño que hace que él mismo se crea la respuesta. Lo cierto es que, por regla general, nunca hay que fiarse de una única indicación y, como enseñan en la escuela de periodismo, siempre es necesario chequear las fuentes, varias veces si es posible.

El problema puede venir cuando, encontrándonos en una bifurcación, hacemos la consulta y la respuesta no admite medias tintas. La verificación, en todo caso, llegará cuando ya hayamos elegido una opción, con el riesgo de tener que hacer marcha atrás.

En el caso de mi búsqueda del zoológico, este problemilla se acrecentó por el hecho de que la zona en cuestión no era totalmente urbana, con muchos espacios verdes y grandes distancias que cubrir, por lo que una calle mal tomada implicaba una larga caminata. Además, había pocos transeúntes, haciendo así difícil la verificación de las fuentes.

Llegué en metro hasta donde pude (No sé si les conté alguna vez que el metro de Calcuta es buenísimo…), luego recuerdo haber pasado junto a un campo de polo y un hipódromo, lo que da una idea del tipo de zona espaciosa en que me estaba moviendo. Aquí he de decir que mi falta de guías y mapas es balanceada por mi buena capacidad de orientación, por lo que, a pesar de todo, no iba mal encaminado.

No es bueno guardar rencor, pero algún indio de los que me crucé me dio una indicación totalmente contraria y allí comenzó el desbarajuste geográfico. Aunque también hubo otro motivo, nuevamente idiomático.

Brújula

Zoo

Ante cada nuevo transeúnte, yo preguntaba por el “Zoo”, la palabra inglesa para “zoológico”. Debido a mi fuerte acento hispano, yo comencé preguntando por el “su”, lo cual no es fonéticamente correcto. Esta mala pronunciación de mi parte se convirtió en la principal obstrucción para llegar a destino, pues los indios no sabían de qué les estaba hablando. Y por ende, con razón dirán algunos, ¡me enviaban para cualquier parte!

Gradualmente, es decir después de caminar muchas calles sin norte, me di cuenta de mi error y modifiqué mi pronunciación hacia “zu”, lo cual es muy cercano al sonido original. Sin embargo, cada uno de mis interrogados callejeros seguía sin entender, teniendo entonces que recurrir a la humillación del turista, es decir a mostrar la palabra escrita en la guía. De todos modos, aún así, ¡los indios me seguían enviando en la dirección errada!

Finalmente, en una encrucijada me topé con un policía de tránsito y recurrí a él esperanzado. Después de hacer la pregunta de rigor, emitiendo lo mejor posible el sonido “zu”, fue de su boca que oí la correcta pronunciación, o mejor dicho, la pronunciación bengalí de la palabra “zoo”. Cuando, al fin, el policía logró entender lo que yo quería decir, exclamó “Aah, the ju”, dejándome perplejo y furioso.

Ahora resultaba que, además de enviarme en dirección contraria sin razón, la pronunciación india era más lamentable que mi dialecto anglo-hispánico, y sin embargo yo quedaba como el que hablaba mal. Al menos, todo hay que decirlo, el policía sí me indicó el camino justo.

tigre de bengala

Todavía masticando algo de fastidio por los obstáculos encontrados, me dirigí al zoológico, donde pude ver al famoso tigre de Bengala, incluyendo el tigre blanco.

Luego, reflexionando sobre lo sucedido, aprendí dos lecciones para el resto de mis viajes a la India: Uno, la de verificar las fuentes y Dos, la de flexibilizar la mente en cuanto al idioma inglés, pues difícilmente escucharía la pronunciación esperada de boca de un indio. De hecho es mi oído el que se ha tenido que acostumbrar.

Pues ya lo dice la enseñanza espiritual: “No esperes que el mundo cambie, cámbiate a ti mismo”.

Imágenes:

blogs.rtve.es

writespirit.net

blogs.que.es

telegraph.co.uk

commons.wikimedia.org

redescolar.ilce.edu.mx

El abishekam como práctica espiritual

[1]En varias de las crónicas que componen los más de dos años de vida de este diario digital he hecho referencia al abishekam, una ceremonia tradicional del Hinduismo que consiste en el lavado ritual de una estatua, que luego es vestida y decorada.

A este respecto, como alguna vez he explicado, cada etapa del ritual simboliza las etapas por las que todas las personas hemos de pasar en la espiritualidad, es decir, limpiando y eliminando las malas cualidades primero, adquiriendo cualidades espirituales luego, y finalmente regresando a la fuente Divina.

Todas estas referencias acerca del abishekam, muchas veces tangenciales, pueden ser interesantes e instructivas, pero no estoy seguro de hasta qué punto transmiten lo que realmente significa este ritual en términos de práctica espiritual. Asimismo, para quienes leen sobre el tema pero nunca han tenido la chance de presenciar el ritual en cuestión, imagino que se trata de conceptos a los que les falta sustancia, no sólo por la ausencia de experiencia empírica, sino porque la idea de bañar una estatua no es tan bien recibida en Occidente.

Por otro lado, quienes sí han presenciado alguna vez un abishekam tienen reacciones diversas y también contrarias, aunque un lugar común es interesarse por la simbología de la ceremonia, incluso en detalles mínimos, generalmente en busca de asideros racionales que permitan a nuestras mentes occidentales entender aquello que es nuevo o ajeno.

Pensando en esas preguntas tan comunes, y en el desconocimiento generalizado sobre el abishekam, es que escribo estas líneas que intentarán aclarar algunos aspectos del mismo. Aspectos que, para tranquilidad de la mayoría, tienen también una explicación racional. Aunque su hilo fundamental sea siempre espiritual.

Liturgias

En una sociedad occidental cada vez más secularizada es normal que se pierda de vista que todas las religiones del mundo siempre han tenido sus rituales litúrgicos. Es decir, las ceremonias religiosas no son patrimonio de ninguna fe en particular, sino un elemento indispensable en todas las creencias, con todas las variantes correspondientes (por ejemplo, hay religiones que no realizan la adoración de imágenes, pero sí otros rituales).

En el caso de Occidente, el caso más evidente es el de la Misa Católica, ritual litúrgico por antonomasia, que incluye simbolismos (el vino substanciado en sangre de Cristo…) e imágenes (Jesucristo en la cruz…) que podrían resultar ajenos o chocantes para aquellas personas que no están familiarizadas con el dogma Católico.

La secularización de la sociedad no es la única razón para que los rituales litúrgicos de cualquier religión sean considerados como artificiales o fuera de moda. Otro motivo es la – esta sí, nunca pasada de moda – tendencia de los seres humanos a considerar lo propio y conocido como correcto, al contrario de su opinión sobre lo desconocido, nuevo y ajeno. Una tendencia natural que la antropología denomina como etnocentrismo (o sociocentrismo), y que atrincherándonos en nuestra propia cultura, nos empuja ver todo lo diferente como equivocado o raro.

Sea cual sea el lado en que uno se situé en este debate (apologista/opositor, occidental/oriental, ateísta/creyente), es indudable que los rituales litúrgicos existen desde hace milenios y, al parecer, su principal razón es espiritual.

Bhakti procesión

Bhakti

Según la filosofía espiritual de la India, la adoración ritual es parte del sendero devocional, conocido como sendero de bhakti (devoción), que consiste en la realización de Dios a través del amor y la devoción. En este sendero, los aspirantes espirituales eligen con mucha frecuencia un símbolo que los ayude a recordar lo Divino y focalizar la mente en un punto.

Dichos símbolos son, por lo general, la forma de una deidad de las que, como sabemos, hay infinidad en el Hinduismo. El Hinduismo concibe lo Divino como Uno en esencia, pero como muchos en su manifestación. Según se explica, todas estas formas existen de manera que todas las personas puedan encontrar el aspecto de lo Divino que más les agrade y se acomode a su personalidad.

Asimismo, se considera que las imágenes elegidas por el devoto como soporte para su práctica tienen un gran valor espiritual ya que fueron visualizadas, desde la antigüedad, por almas iluminadas en profundos estados de meditación. Los símbolos seleccionados, como también la forma de realizar los rituales, ayudan a llevar la mente hacia lo Divino, quitándola así de sus preocupaciones mundanas y materiales. No se trata de otra cosa que una práctica espiritual, un entrenamiento espiritual, para llevar la mente a esferas superiores y sutiles de pensamiento.

Si bien se sostiene que lo Divino es absoluto, sin forma ni nombre, la adoración a imágenes y símbolos es una etapa de la evolución espiritual. Incluso pensando más allá del Hinduismo, esto es verdad, pues todas las personas creyentes, de cualquier índole, tienen la necesidad de formar en su mente una imagen de su ideal a seguir, ya sea ésta una deidad de seis brazos, una esfera de luz brillante o la paz universal.

Se dice que la adoración externa es la etapa más baja del camino espiritual, y en algunos casos este método ha sido criticado por darle atributos Divinos a objetos inanimados o por ignorar que la verdadera naturaleza de Dios es trascendente e inmanifestada. De todos modos, todos los grandes maestros espirituales de la India coinciden en la validez y la importancia de los símbolos.

El gran santo y filósofo Swami Vivekananda[2] dijo, “La palabra bhakti abarca todo lo comprendido entre la forma más baja de culto y la forma de vida más elevada. Todo culto o adoración que hayáis presenciado en cualquier país del mundo o en cualquier religión, está regulado por el amor… La parte externa de bhakti resulta absolutamente necesaria como ayuda para el progreso del alma. El hombre comete un gran error al pensar que puede ascender de golpe al estado más elevado”.

Lakshmi estatua

Estatua

Evidentemente, si a uno le dicen que está en la etapa más baja de algo, entonces quiere pasar a la etapa siguiente, un poco por curiosidad, otro poco por anhelo, y otro poco por orgullo, pues a nadie le gusta ser el último eslabón. Es como cuando voy a clase de yoga y sentado en el suelo con las piernas abiertas apenas logro doblar el torso hacia delante, mientras todos mis compañeros de clase (más bien compañeras, es verdad) están tan abajo que besan el suelo, como si fuera lo más natural.

Como es de esperar, mi ego se siente tocado, pero no hay nada que hacer; estamos en diferentes etapas del sendero del hatha yoga, y de nada sirve que intente imitarlos, pues me llevaría una contractura o una dislocación de lumbares. Como dice mi profesora, “cada uno está en donde corresponde, y no es ni mejor ni peor que los demás”.

Pues pasa lo mismo con los rituales. Quienes no los necesiten, no hace falta que los utilicen. Quienes, en cambio, necesitamos entrenar nuestra mente para que se aquiete y quede en un punto; quienes necesitamos desarrollar mayor devoción; quienes necesitamos disminuir nuestra tendencia racional y analítica; entonces, puede que sea muy beneficioso realizar o presenciar rituales de adoración externa.

Tradicionalmente, dicha adoración externa se realiza a una estatua o imagen, por lo general de nuestra deidad preferida. Este concepto también puede ser difícil de asimilar para algunas personas, pues es rendir honor a una efigie, una figura de arcilla, una mera piedra, etc.

Por el contrario, si tomamos el caso de adorar conceptos abstractos y universales como la sabiduría, el amor o la verdad no suena tan raro para la mayoría de las personas. Tampoco suena tan raro adorar las manifestaciones de la naturaleza, dadoras de vida, y cuya existencia nos parece tan, justamente, natural.

Pero claro, adorar una estatua puede sonar pagano. Sobre todo si es la estatua de una deidad hindú, pongamos por ejemplo, un dios con cabeza de elefante y cuatro brazos.

Ganesha estatua

Swami

Sobre el propósito especifico de utilizar una estatua en los rituales, Swami Premananda dice:

Inicialmente, tu mente no es capaz de concentrarse en nada, a menos que haya algo concreto y sustancial delante de ti. Por lo tanto, la estatua delante de ti es un punto focal en el cual concentrar tu mente, de manera que puedas fijar tu mente en un punto. Es una pérdida de tiempo tratar de averiguar de los libros sagrados (Puranas y Vedas) si hubo un Dios con cabeza de elefante o si el Señor Shiva realmente existió o no. Esto es una tradición ortodoxa que ha sido seguida por más de cinco o seis mil años. Si empiezas a investigar si todo esto es verdad o no, esta investigación te alejará del camino espiritual.

Deberías entender que desde tiempos antiguos, la adoración de deidades fue diseñada para que Dios, o la energía universal, que impregna todos y cada uno de los átomos en este universo, pueda ser representado de una forma simbólica. Esta forma representa el más grande poder universal. Podemos fácilmente entender que esta forma es donde la fuerza divina está concentrada en un lugar”.

Asimismo, Swami explica el cambio interior que conlleva realizar abishekams:

La estatua de una deidad es un símbolo de lo divino que yace en lo profundo de tu interior. Depende de tu propia actitud, si esta estatua es sagrada y significativa para ti o no. Un trozo de papel blanco no tiene valor para ti, pero sí que cuidarías mucho un billete de dólar ¿Por qué? Porque el papel ha sido impreso con un signo de dólar.

De la misma manera, puede que no veas a Dios en una piedra ordinaria, pero si está esculpida con una imagen divina, se torna significativa e inspira devoción en ti. Después de algún tiempo de profunda devoción y adoración, tú tampoco verás esa imagen de piedra o de metal. Entonces experimentarás a Dios como luz y energía todo penetrantes. Ésta es la razón por la que aliento a todos a realizar abishekam como un escalón hacia prácticas más elevadas”.

Estas prácticas más elevadas de las que habla Swami no tienen porqué esperar, pues uno puede realizarlas de forma contemporánea a los propios rituales externos. Asimismo, desde mi punto de vista y mi experiencia personal, no se debe menospreciar la utilidad de los rituales externos, en este caso el abishekam.

Swami Premananda

Swami Premananda en el Ashram

Personal

Entre las enseñanzas de Swami Premananda, la práctica espiritual del abishekam tiene un rol destacado. En su Ashram, al Sur de la India, se realizan cuatro abishekams diarios (a Ganesha; Krishna; Lingam; y Amman, la Madre Divina)

A pesar de que según la ortodoxia hindú estos rituales sólo pueden ser realizados por hombres brahmines, Swami ha impulsado a sus devotos, indios y occidentales, a realizarlos, sin importar su género o status. De esta forma, tanto en el Ashram de la India como en los muchos centros Sri Premananda del mundo, hombres y mujeres de todas las razas, creencias, edades y castas, realizan abishekams al estilo tradicional, y reciben sus beneficios.

En mi caso personal, en el año 2003 Swami Premananda me dio una pequeña estatua de Ganesha, y desde aquel entonces empecé a realizarle abishekams. Al inicio, de forma más rudimentaria, ahora mejorada, aunque siempre con un toque personal, ya que, como es normal, según cada persona el abishekam puede tener algunas variantes.

De todos modos, hay una versión original y tradicional, la generalmente respetada en los centros oficiales de la Misión Premananda del mundo. Esa versión y su simbología es la que quería explicar hoy. Sin embargo, por falta de tiempo y también como recurso publicitario, lo dejaré para la semana próxima.

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[1] Utilizando como fuente principal el libro “Pujas and Prayers of  Sri Premananda Ashram”.

[2] “La necesidad de símbolos” en Selecciones del Swami Vivekananda. Ed. Kier.

El monoteísmo y sus imágenes

Hace tres semanas contaba parte de la historia de Swami Vivekananda, y relataba brevemente cómo la presencia de este santo y filósofo de la India en el Parlamento Mundial de las Religiones de Chicago, en 1893, había servido como introducción histórica del Hinduismo y su filosofía en el mundo occidental.

Además de explicar detalladamente la milenaria filosofía espiritual que sustenta al Hinduismo, a la vez que ejemplificar el aspecto práctico de la misma y sus diferentes alternativas, el Swami dejó clara una cuestión que, en ocasiones, causa confusión, a saber: “El Hinduismo no es politeísta”.

Hoy, ciento veinte años después de aquellos discursos esclarecedores, tengo la sensación de que la mayoría de las personas en Occidente cree que el Hinduismo es, efectivamente, politeísta.

Brahman

A esta altura, los lectores crónicos del blog ya saben la historia, pues en más de una oportunidad se habló del tema. De todos modos, me gustaría resumir algunos de esos conceptos tratando de dejarlos claros.

Y no porque yo sea hinduista (que no lo soy) o quiera defender una cosmovisión en particular, sino porque el completo entendimiento del teísmo hindú repercute en la aplicación de las enseñanzas espirituales, que a la sazón, son lo que me interesa.

Entonces, el Hinduismo es monoteísta. El nombre que recibe este dios es Brahman, y se correspondería con el Alá del Islamismo; el Yahvé del Judaísmo; el Ahura-Mazda de los zoroastrianos y el Padre Celestial de los cristianos.

Brahman es inmanifestado, es decir, no tiene forma, es único y es infinito.

A este respecto, la idea de divinidad del Hinduismo no es exclusivamente masculina, ya que el aspecto femenino es igual de importante, y se lo conoce con el nombre de Shakti, que viene a ser la puesta en acción de la energía inmanifestada del Absoluto. Es decir, el aspecto masculino de la divinidad representa el poder absoluto y no manifestado, mientras que el aspecto femenino simboliza la energía dinámica que pone dicha fuerza en movimiento, haciendo funcionar el universo.

Mi analogía favorita, que tantas veces usé, es el sol y sus rayos, siendo el primero la fuerza del Absoluto, y los segundos la manifestación concreta a través del dinamismo de la, así llamada, Madre Divina.

Trinidad

Asimismo, esta cualidad sin forma de Brahman, es lo que lleva a su representación mediante cientos y miles (algunos dicen millones) de imágenes y deidades en la India. Dicha representación siempre es parcial, pues es imposible, todos acuerdan, representar algo absoluto y sin forma.

Lo que se hace, en cambio, es simbolizar diferentes aspectos y cualidades de ese Dios único.

De todos modos, es verdad que hay algunas deidades más importantes que otras, y en este sentido el primer puesto se lo lleva la Trinidad elemental del Hinduismo: Brahma (que no es Brahman!) representa el proceso de “Creación”; Vishnu el de “Preservación”; y Shiva el de “Destrucción / Regeneración”.

Se trata de una tríada que expresa de manera simple el proceso cíclico del Universo, basada en un Dios que no tiene principio ni fin y en la teoría de la reencarnación.

A su vez, cada uno de estos tres aspectos principales de Brahman tienen sus contrapartes femeninas, sus Shaktis: Saraswati; Lakshmi; y Kali, respectivamente.

Si bien la Trinidad Brahma-Vishnu-Shiva (junto a sus consortes femeninas) es fundamental por simbolizar el ciclo de la vida, hay también muchas otras deidades e imágenes que representan aspectos menos elementales.

Por ejemplo, Hanuman, el dios mono, encarna la fidelidad y el valor. Lakshmi, la consorte de Vishnu, representa también la prosperidad y la buena suerte derramando monedas de oro desde una de sus cuatro manos. A su vez, Skanda (Muruga en el sur de la India) es el dios de la guerra, y personifica al guerrero eternamente joven.

Sin dudas, la imagen favorita para hindúes y no hindúes es Ganesha, un niño con cabeza de elefante, deidad de la sabiduría, los viajeros y los estudiantes; removedor de obstáculos y dador de auspiciosidad en cada inicio.

En esta línea, algunas de las deidades y sus representaciones pueden parecernos muy simples, mientras otras nos parecen complejas, llenas de simbolismos; algunas son francamente amigables, mientras otras son feroces e intimidantes; algunas son inspiradoras y motivo de devoción; otras son sólo bellos y exóticos colores…

Como dije, las distintas imágenes y deidades del Hinduismo no son otra cosa que una representación, parcial, de los diferentes e inabarcables aspectos o atributos de ese Absoluto inmanifestado, que podríamos llamar Dios.

Disertación

Sobre este tema, Swami Vivekananda también dio un discurso, como anticipé, en el Parlamento Mundial de las Religiones de Chicago, en 1893. Citó, entonces, un extracto de su “Disertación sobre el Hinduismo” (Ediciones Kier, 1971):

Ante todo puedo deciros que no existe politeísmo en la India. Si uno se detiene a escuchar, hallará que en cada templo los devotos aplican todos los atributos de Dios, incluso la omnipresencia, a las imágenes. Esto no es politeísmo, ni tampoco la denominación de henoteísmo explicaría la situación..

Hermanos míos, a nosotros nos es tan imposible pensar sin una imagen mental, como vivir sin respirar. Por ley de asociación, la imagen material evoca la idea mental y viceversa. Por este motivo el hindú usa un símbolo externo cuando adora, y os dirá que ello le ayuda a mantener fija la mente en el Ser a quien adora. Sabe, tan bien como vosotros, que la imagen no es Dios, ni es omnipresente..

Así como hallamos que de un modo u otro tenemos que asociar nuestras ideas de infinidad con la imagen del cielo azul o del mar, por las leyes de nuestra constitución mental, así también relacionamos nuestra idea de santidad con la imagen de una iglesia, de una mezquita o de una cruz..


Los hindúes han asociado las ideas de santidad, pureza, verdad, omnipotencia y otras, con diferentes imágenes y formas. Pero con esta diferencia: mientras que algunas personas dedican toda su vida al ídolo de su iglesia y nunca se elevan más porque para ellos la religión significa un asentimiento a ciertas doctrinas y hacer bien a sus semejantes, toda la religión hindú se halla concentrada en la realización. El hombre ha de llegar a ser divino por la realización de lo divino; los ídolos, los templos, las iglesias y los libros son tan sólo los soportes, las ayudas de su infantil espiritualidad; pero debe continuar progresando constantemente..

Si un hombre puede realizar su naturaleza divina con el auxilio de una imagen, ¿sería justo llamar pecado a esto? Ni aun cuando haya pasado por este estado debería llamarlo error. Para el hindú, el hombre no pasa del error a la verdad, sino que va de verdad en verdad, de una verdad inferior a una superior. Para él todas las religiones, desde el más bajo fetichismo al más elevado absolutismo, significan otros tantos esfuerzos del alma humana por realizar y alcanzar lo Infinito..

Unidad en la variedad es el plan de la naturaleza, y el hindú lo ha reconocido..

Los hindúes han descubierto que lo Absoluto sólo puede ser realizado, imaginado o expuesto, mediante lo relativo; y las imágenes, cruces y medias lunas constituyen simplemente otros tantos símbolos, otras tantas perchas donde colgar ideas espirituales. No es que esta ayuda resulta necesaria para todos, pero quienes no la necesitan no tienen derecho a decir que es mala. Ni es obligatoria en el Hinduismo”.

Meta

Al comienzo dije que entender el monoteísmo hindú y el porqué de tantas deidades e imágenes era clave para comprender una enseñanza espiritual universal: Todos los caminos van hacia la misma meta.

Pero también, gracias a la clara explicación de Vivekananda, no sólo uno puede hacerse más tolerante y aceptador, sino que puede profundizar en la utilidad (y a veces inevitabilidad) de las imágenes, y en su función principal como herramientas para la auto-realización.

Auto-realización que – a veces escondida bajo las meras teorías, otras veces tácitamente, otras a flor de piel – es el fin último de todas las religiones verdaderas, sin importar las muchas o pocas deidades que éstas puedan tener.

Imágenes:

cabalaytarot.com

sabersiocupalugar.blogspot.com

lagrini99.skyrock.com

ramakrishnavivekananda.info

Swami Vivekananda, monje errante

Mi nombre, Naren, es hindú, una contracción de Narendra (o Narendranath) que tiene su raíz en dos palabras sánscritas: Naran, que significa “hombre”, e Indra, “el Rey de los dioses” en la mitología hindú.

De esta forma, el nombre Narendra quiere decir “el señor de los hombres” o “rey entre los hombres”.

Sin embargo, y para mi tranquilidad, no fue por ese significado ampuloso que dicho nombre me fue dado por mis padres. En realidad, el motivo fundamental fue que Narendra era el nombre de nacimiento de un gran santo de la India del siglo XIX, conocido tanto en Oriente como en Occidente: Swami Vivekananda.

Historia

Si bien su estadía en este mundo fue más bien breve – sólo treinta nueve años (1863-1902) – Swami Vivekananda tuvo una vida llena de intensidad espiritual que lo convirtió en protagonista de innumerables eventos, algunos de ellos fundamentales para la historia espiritual de la India, e incluso el mundo.

Como digo, la vida de Vivekananda, tanto en el ámbito público como en el privado, y su influencia espiritual, es tan vasta que yo soy incapaz de resumirlo en una entrega de este blog. No sólo por su prolífica existencia, sino porque yo no puedo presumir de conocer cada detalle de la misma (para información relacionada ver el antiguo post “Hermanos y madres”)

Sin embargo, hay un evento cardinal en la vida del Swami que es importante destacar y es el encuentro con quien se convertiría en su Gurú, su maestro espiritual: el gran santo bengalí Sri Ramakrishna Paramahansa, considerado por muchos como una encarnación de Dios en la Tierra, de la misma dimensión que Jesucristo.

De esta forma, fue bajo la amorosa tutela de Sri Ramakrishna que Narendranath Dotta (luego conocido mundialmente como Swami Vivekananda), encauzó su tendencia innata de liderazgo, sus elevados conocimientos filosóficos y su profundo anhelo espiritual, hacia la búsqueda de Dios y el servicio a la humanidad.

Lleno de preguntas y dudas, Vivekananda llegó a quien sería su maestro a la edad de dieciocho años, y le inquirió directamente, “Señor, ¿Usted ha visto a Dios?”. La respuesta de Sri Ramakrishna fue una revelación, “Sí, he visto a Dios. Lo vi más tangiblemente de lo que te estoy viendo a ti”.

A partir de entonces, y pasando varias vicisitudes, el joven Narendra no se separó más de su maestro hasta el día de su mahasamadhi, es decir el abandono consciente del cuerpo físico, en 1886.

Entre las palabras dichas por Sri Ramakrishna en sus últimas horas, se registran repetidas indicaciones para Narendra, instándolo a “cuidar de los demás jóvenes discípulos” y “no dejarlos volver a su casa”. Esto se debe a que en sus pocos años de enseñanza pública, Sri Ramakrishna había recibido miles de personas, pero sólo unos pocos jóvenes discípulos habían sido entrenados para la vida monástica bajo los preceptos de “renunciación y discernimiento”.

Ahora, era Narendra el encargado de que la obra de su maestro se mantuviera viva y en pie.

Errante

Los jóvenes que Sri Ramakrishna había preparado para la vida monástica eran diecisiete discípulos que se convirtieron en un ejemplo vivo de las enseñanzas espirituales de su maestro. Sin embargo, después de la muerte del maestro no fue fácil para estos jóvenes permanecer unidos, ya que vivían en una ruinosa casa cerca de Calcuta y tenían problemas para solventar las necesidades básicas de comida y ropa.

En realidad, no fue la escasez material, que de alguna forma siempre era solucionada, sino la ausencia física de Sri Ramakrishna lo que llevó a muchos de estos jóvenes a salir en peregrinación hacia lugares sagrados del país, como una forma de buscar consuelo, y también siguiendo la tradición monástica de la India conocida como parivrâjaka, consistente en errar de un sitio sagrado a otro, en busca de la Verdad.

En su caso, Narendra también salió en peregrinaje en repetidas ocasiones, pero sus obligaciones para con sus jóvenes condiscípulos lo llevaban una y otra vez de regreso, coartando así su deseo de recorrer toda la India. Finalmente, en 1890, partió una vez más con la firme intención de no regresar hasta alcanzar el más elevado Conocimiento. Como un monje mendicante, con otro nombre para no ser reconocido, viviendo de limosnas y con apenas lo necesario, Narendra se dirigió, como primer destino, hacia los Himalayas, con la intención de sumergirse en meditación.

A pesar de la intención inicial de Narendra por alejarse de la luz pública, su destino en esta vida no era el de un contemplativo meditador en una cueva. Es más, sus peregrinajes estuvieron plagados de vicisitudes, enfermedades, altibajos y experiencias místicas profundas. Como monje mendicante, recorrió la India a lo largo y a lo ancho, enseñando y aprendiendo, conociendo la esencia de una tierra inmensa y multiforme.

Cuando regresó de su larga peregrinación, él ya no era Narendra, sino Swami Vivekananda, el santo filósofo que dio a conocer el Hinduismo en Occidente.

Kanyakumari

Durantes esos años como monje errante, Swami Vivekananda recorrió todo el país desde el norte hacia el sur, hasta llegar a la ciudad de Kanyakumari, el punto más sur de la India, del cual hablé en detalle en el post Kanyakumari, la huella del sur.

Cuando el Swami llegó a Kanyakumari traía consigo una disyuntiva sobre el rol del sannyasin, el renunciante, con respecto al mundo y su habitantes. ¿Era suficiente recluirse en meditación y cumplir con la propia misión individual de encontrar a Dios? ¿Qué sentido tenía la vida de tantos monjes y renunciantes que no salían a la calle para ayudar a la humanidad?

Vivekananda ya había encontrado a Dios, era un santo iluminado. Él mismo había querido, sin éxito, recluirse en los Himalayas y gozar en solitario de la dicha Divina. Sin embargo, las intenciones de su maestro de crear una unidad formal de discípulos que ayudaran al ser humano, espiritual y caritativamente, estaban aún frescas en su mente.

Durante su peregrinaje, Vivekananda había descubierto la verdadera India, con sus virtudes y defectos, y se dio cuenta de que dicha tierra no había perdido su espiritualidad. El problema, en todo caso, era que las personas espirituales, por lo general, se mantenían alejadas del mundo y, por ende, la mayoría de los seres humanos desconocían el verdadero significado de la espiritualidad, adhiriéndose más bien a la superstición y al sistema de castas.

Por lo tanto, la intención de Vivekananda era reavivar la llama de la espiritualidad en la India, a través de enseñanzas espirituales, claro, pero también por medio del servicio desinteresado y caritativo, pues las necesidades materiales del país también eran grandes y como decía Sri Ramakrishna, “no se puede dar espiritualidad a los estómagos vacíos”.

Para emprender una tarea semejante, que a la sazón traería un nuevo impulso espiritual a toda la India, hacían falta monjes dispuestos a dar el ejemplo con su propia vida. Justamente, y no por casualidad, Sri Ramakrishna había dejado como uno de sus grandes legados, diecisiete jóvenes renunciantes dispuestos a seguir las enseñanzas de su maestro y la inmaculada guía de su hermano monje, Vivekananda.

Roca

Si bien todos estos pensamientos estuvieron viajando con el Swami durante sus incesantes periplos por la India, sólo encontraron una salida iluminadora cuando él llegó a Kanyakumari, a pie, en la víspera de la Navidad de 1892.

Allí, junto a la costa, habiendo completado su extraordinario viaje, en el sitio sagrado donde se fusionan los tres mares (Arábigo, Bahía de Bengala y Océano Índico), Vivekananda fijó su mirada en la gran roca que sobresale del agua, a unos doscientos metros de la orilla. Sin pensarlo, se lanzó al agua, que se dice estaba colmada de tiburones, y nadó por el bravío mar hasta llegar a sentarse en el islote, en meditación, durante dos días.

Fue allí, en ese elevado estado meditativo, que el Swami llegó a la conclusión de que se necesitaba, para el bien de la humanidad, poner en acción toda la energía espiritual legada por Sri Ramakrishna, a través de sus discípulos monásticos. No sólo con lecturas de las Escrituras sino ayudando a las personas con cuestiones materiales básicas como educación, salud y alimento.

En dicha roca, muchos años después, en 1970, se construyó el Memorial Vivekananda, como homenaje a uno de los hombres santos que había contribuido al renovado auge espiritual de la India a fines del siglo XIX. Allí mismo, también se encuentra el Sri Pada Mandapam, templo dedicado a la Madre Divina en su aspecto de la diosa virgen, Kanya Kumari.

Por estos dos motivos, nos embarcamos, junto a Nuria, en el ferry que nos depositaría en la Roca de Vivekananda; un ferry que demora apenas cinco minutos en llegar a destino, pero cuyo proceso de embarque es largo.

Debido a su doble condición de lugar turístico y de peregrinaje, Kanyakumari siempre tiene visitantes, sobre todo de origen indio. La cola para subir al ferry fue, en nuestro caso, de más de media hora a la ida y de otro tanto al regresar. Pensándolo bien, quizás no es tanta espera comparada con la cola para entrar a algunos museos europeos, por ejemplo. De todos modos, la espera parece larga cuando el paseo en ferry es tan breve.

Meditación

Una vez abandonado el barco, ya con los pies descalzos, dimos un paseo por la gran roca y luego de visitar el templo que contiene la huella de la diosa que da nombre a la ciudad, entramos al Memorial de Vivekananda. Como corresponde, es un edificio austero aunque espacioso, con una hermosa estatua del Swami.

Debajo del Memorial se encuentra la sala de meditación, una habitación silenciosa, donde uno tiene la oportunidad de emular a Vivekananda y disfrutar de un momento de contemplación sobre la roca, aunque por lo general no tenga una duración de dos días, ni venga acompañado de una epifanía.

De hecho, aquella meditación del Swami en Kanyakumari puso fin a sus días como monje errante, a la vez que fue el punto de inflexión para organizar de manera formal la Orden monástica que Sri Ramakrishna había ya delineado. Algunos años más tarde, en 1897, Swami Vivekananda fundaría, inspirada en los ideales de su maestro, la Misión Ramakrishna, conocida en todo el mundo, en la que monjes de la Orden y personas laicas cooperan para realizar diversos tipos de servicio social como parte de su práctica espiritual.

Asimismo, la imagen de Vivekananda inspiró a miles de personas en la India y el mundo. De hecho, en Kanyakumari se encuentra Vivekanandapuram, “una misión de servicio espiritualmente orientada”. Su fundación fue en 1972, y su fundador fue Eknath Ranade, también impulsor del Memorial en la roca dos años antes. Esta misión creada bajo el nombre de Vivekananda se centra en el principio de “Servicio al hombre es adoración a Dios”.

Además de su servicio social y espiritual, este complejo tiene un hermoso y amplio terreno que también linda con el mar. Su playa es un punto privilegiado para ver el amanecer; por alguna confusión, nosotros fuimos al atardecer, y apenas percibimos como el sol se escondía detrás del pueblo…

De todas formas, lo que sí pudimos ver fue el samadhi (la tumba) del fundador, Eknath Ranade, junto a una gran estatua de Vivekananda, todo en un bello jardín al aire libre y con vibración de paz.

Chicago

Por otra parte, aquella meditación en la roca también fue el click para que el Swami se decidiera a viajar al primer “Parlamento Mundial de las Religiones” que tendría lugar en Chicago en el año 1893. Dicho encuentro es considerado el nacimiento formal del diálogo interreligioso en el mundo, ya que se reunieron representantes de las tradiciones espirituales, tanto de Oriente como de Occidente.

El primer día del Parlamento, el Swami dio su primer discurso titulado “Respuesta a la bienvenida” que comenzó con una apertura en apariencia simple “Hermanas y Hermanos de América…”. Luego de lo cual hubo una ovación unánime de dos minutos (según la fuente que se consulte también pudieron ser tres minutos, pero eso no es relevante). Lo que sí es relevante es como una frase tan simple y hasta trillada causó tal efecto.

Para entenderlo mejor, hay que tener en cuenta que estamos hablando de un hecho sucedido hace ciento veinte años, que, además, tuvo como protagonista un representante del Hinduismo, una religión considerada, en el mejor de los casos, como exótica.

Cuando el Swami oriundo de la India, con su clásico turbante, hizo en público esta declaración tan básica para el Hinduismo (como para cualquier religión verdadera), es decir, el reconocimiento de la hermandad esencial de todos los seres, evidentemente tocó la fibra sensible de la audiencia y dio ejemplo empírico de cómo deber ser el diálogo entre las diferentes creencias espirituales.

En virtud de su oratoria, su carismática personalidad y sus clarísimos argumentos filosóficos, el Swami se convirtió en la figura central del Parlamento, lo cual fue continuado por tres ininterrumpidos años de charlas y conferencias en Occidente. Su rol como difusor de la filosofía Vedanta (grupo de principios espirituales para la vida, considerados eternos, que guían al hombre hacia el objetivo principal que es la auto-realización, o la realización que la naturaleza humana es, en realidad, Divina) fue clave.

Esta es la principal razón por la cual se considera a Swami Vivekananda como el introductor de la filosofía espiritual de la India en el mundo occidental.

A partir de entonces, muchas de las malinterpretaciones y confusiones sobre la India fueron clarificadas, ya que si ese país podía producir un hombre como Vivekananda, entonces debía ser muy rico espiritual y culturalmente.

Hermandad

Sentado en meditación en la gran roca-islote de Kanyakumari es inevitable pensar en aquel Swami que, ciento veinte años atrás, recorrió la India de punta a punta para sentarse en ese mismo sitio a sopesar el futuro espiritual de la India y del mundo.

En aquel histórico discurso inaugural de Chicago, Vivekananda dijo, “El sectarismo, la intolerancia y su horrible descendiente, el fanatismo, se han apoderado desde hace mucho tiempo de este hermoso planeta… pero su hora se aproxima y espero fervorosamente que la campana que ha repicado en honor de esta convención, sea el tañido fúnebre por la muerte de todo fanatismo, de todas las persecuciones…y de todos los sentimientos poco caritativos entre personas que siguen su camino hacia el mismo fin”.

Nosotros, que a día de hoy vemos con tristeza como el deseo del Swami todavía no se ha concretado, seguramente podemos hacer algo para ayudar, si es que creemos en esa frase tan aplaudida sobre la hermandad de todos. Una frase que tantos años después suena trillada, pero que en sí misma encierra el motivo de la intolerancia, y el secreto para su erradicación.

Ojalá, de Swami Vivekananda yo no tenga sólo el nombre, y también pueda poseer una pizca de su valor y de su rectitud para entenderse con el mundo y sus habitantes.

Imágenes:

wikimedia-org

writespirit.net

flickr.com

fraternidadmasonica.com

Hermanos y Madres

En las afueras de Calcuta se encuentra el templo de Dakshineswar. Para llegar hasta allí tomé un desvencijado colectivo y viajé por más de una hora. Esta travesía es la que describí en el post de la semana anterior; travesía que me sirvió para ver el lado menos turístico de Calcuta. De hecho, yo no estaba seguro de la distancia del trayecto y me sorprendí de lo lejos que terminé.

Más de una razón me llevó a visitar este famoso templo consagrado a la diosa Kali: Por un lado, fue morada del gran santo Sri Ramakrishna Paramahansa, de quien yo había escuchado bastante, sobre todo en mi casa.

Sri Ramakrishna fue un sacerdote brahmán que vivió en el siglo diecinueve y que pasó la mayor parte de su vida a cargo del templo de Dakshineswar. No fue sólo un sacerdote, sino un alma iluminada que generó un gran movimiento espiritual en Bengala occidental y, con el tiempo, en la India. Además, su Orden está diseminada  en varias partes del mundo.

La increíble y santa vida de este hombre está retratada en muchos libros, de los cuales el más conocido es “El evangelio de Sri Ramakrishna”.

Durante la vida de Sri Ramakrishna no se hubo formado una Orden de manera oficial y sus enseñanzas estaban limitadas a quienes podían entrar en contacto directo con el santo. Fue sólo después de su muerte en 1886, que sus discípulos principales se plantearon la creación de una organización formal.

Swami Vivekananda

De todos modos, había una razón más fuerte que me llevaba a visitar el templo:

Swami Vivekananda es el nombre de quien es considerado el principal discípulo de Ramakrishna, que además fue el impulsor de la Orden monástica y el portavoz de sus enseñanzas, sobre todo en Occidente.

Swami Vivekananda era también de origen bengalí y fue quien representó al Hinduismo en el primer Parlamento de las Religiones del mundo, llevado a cabo en Chicago en 1893. Debido a que sus discursos tuvieron un gran éxito, fue invitado a dar conferencias en toda Norte América y también en Europa. De esta forma, contribuyó a la difusión de la filosofía espiritual de la India en Occidente.

Luego de esa primera visita a Occidente, Swami Vivekananda retornó a la India, donde fundó la Orden Ramakrishna en 1898.

Todo esto no sería más que datos históricos si no fuera porque Swami Vivekananda tiene una importancia personal en mi vida.

Mi nombre, Naren, me fue dado por mis padres en referencia al nombre de bautismo de este santo, que luego adoptó  el nombre monástico de Swami Vivekananda.

Mi hermano, Rakhal, fue llamado así en referencia al nombre pre-monástico de otro gran discípulo de Ramakrishna, Swami Brahmananda, quien fue el primer presidente de la Misión Ramakrishna y se encargó de desarrollarla grandemente en Oriente.

Naren y Rakhal (Vivekananda y Brahmananda) eran considerados hermanos espirituales y por esa razón nuestros padres nos dieron esos nombres.

Evidentemente, el ir a conocer el lugar donde se gestó la hermosa historia espiritual de todas estas personas santas tenía un condimento especial, que iba más allá de mi interés espiritual general y se centraba también en lo personal.

Kali-Ma

Existía todavía una razón más que me había llevado a visitar este templo: la misma diosa Kali, también conocida como Madre Kali.

Hay dos formas básicas de explicar quien es la diosa Kali.

Una forma es la que utilizó Steven Spielberg en “Indiana Jones y el templo de la perdición” (“el templo maldito” en España), retratando a Kali como diosa de la muerte e ídolo oscuro de una secta de fanáticos religiosos que con voz lúgubre y alienada entonan un hipnotizante cántico de “Kali-Maaaaa, Kali-Maaaaa, …”.

Esto se debe, más allá de a la fantasía hollywoodiana (de hecho la película “Help” de The Beatles también hace referencia a una diosa muy similar a Kali), al aspecto feroz de la diosa.

En la iconografía del Hinduismo, Kali generalmente es representada danzando en un estado de éxtasis, con la lengua afuera, con un collar de calaveras y llevando en una de sus manos la cabeza decapitada de uno de sus devotos.

Aquí entra la segunda forma de explicar quien es la diosa Kali: Se trata de un aspecto de la Madre Divina. Para el Hinduismo, como ya he explicado en anteriores entregas, el aspecto femenino de la Divinidad es tan importante como el masculino. La Madre Divina es el nombre genérico para ese aspecto femenino del Absoluto, que viene a ser lo masculino. Se trata de dos caras de una misma medalla, inseparables y complementarias.

El aspecto masculino es el poder de creación latente y el aspecto femenino es ese poder puesto en acción; como el fuego y su calor, como el solo y sus rayos.

La idea de la Divinidad en su aspecto femenino no es sólo propiedad del Hinduismo; en el Catolicismo por ejemplo, se cristaliza como la Virgen en sus diferentes aspectos; y para mucha gente lo hace en la Naturaleza o la Energía Cósmica, por ejemplo.

La Madre Divina es muy adorada en la India y tiene una infinidad de aspectos, nombres y formas. En el caso específico de Kali, ella es la consorte de Shiva, la deidad que tiene como función la destrucción de cada ciclo. Teniendo en cuenta que para el Hinduismo todo es un proceso cíclico, la destrucción o muerte no significa un final sino un renacimiento; es por ello que, por ejemplo, al terminarse (morir) el invierno le sigue la primavera.

No se trata de un proceso de destrucción malintencionado o malvado sino del natural ciclo que sufre el universo.

Además, la figura de Kali tiene un simbolismo todavía mayor. En su caso, la destrucción a la que hace referencia es a la del ego de cada persona, el ego que le impide ver a cada ser su verdadera esencia divina. La cabeza decapitada que sostiene Kali en una de sus manos es justamente ese ego que se ha arrancado de raíz.

Por otra parte, a mi padre siempre le ha gustado mucho la Madre Kali; de hecho cuando mis padres tuvieron que ponerle nombre a su restaurante en Argentina optaron por Kali-Ma, (Ma en la India se entiende por madre).

Por ende, la visita al templo de Dakshineswar era algo ineludible que estaba muy conectado con diversas partes de mi crianza.

Pero no era yo el único que tenía un interés especial por este lugar.

Miles de peregrinos llegan cada día para, después de hacer una larga cola y aguantar algunos empujones, acercar su ofrenda a la estatua de la diosa Kali.

El día de mi visita lloviznaba y yo, creyéndome precavido, me había puesto calcetines y zapatillas, en lugar de sandalias. De todos modos, para ingresar al templo tuve que quitarme el calzado y recorrí con los pies desnudos, como debe ser, el sagrado lugar.

El sitio se encuentra junto al río Hugli, un brazo que deriva del río Ganges. El templo dedicado a la Madre Kali no es tan grande, aunque el conjunto arquitectónico todo sí lo es. Hay pequeños templos para otras deidades y muchas áreas verdes.

Además, se encuentra la habitación en que Sri Ramakrishna recibía a los devotos y visitantes cuando aún vivía físicamente. Y digo físicamente porque la energía que hay en la habitación y en todo el templo es muy perceptible; como una muestra de que una energía espiritual tal, a pesar de que pasen 100 años (o más), no se disuelve.

Madre Teresa

Una vez que regresé a la ciudad de Calcuta me dirigí a conocer otro sitio espiritual: la Misión de la Madre Teresa.

El Cristianismo es la tercera religión más numerosa de la India, aunque sólo representa el 2,3 % del total de la población (algo así como 26 millones de habitantes).

Probablemente, la madre Teresa fue la persona que más representó el lema cristiano de “amar al prójimo” en los últimos años.

Por como es la India, pobre materialmente pero rica espiritualmente, no parece en principio el lugar ideal para iniciar un proceso de evangelización intensivo; sin embargo, debido a la falta de dogmatismo del Hinduismo, la doctrina cristiana fue recibida con brazos abiertos por muchos indios.

La idea del Hinduismo de que no hay un solo profeta, ni un solo Mesías, ni un solo camino que lleve a la salvación, permitió que Jesucristo fuera recibido también como el Hijo de Dios.

Más allá de las funciones evangelizadoras, la Madre Teresa se dedicó plenamente a ayudar a los estratos más marginados de la sociedad india, y eso la hace digna de elogio, sin duda.

En su Misión pude ver muchas monjas ataviadas con el característico hábito blanco y celeste. Lamentablemente, no sé podía recorrer todo el lugar sin un permiso, así que no vi mas que el área administrativa.

Lo que sí pude hacer fue ver y tocar la tumba de la Madre Teresa que se encuentra en una pequeña capilla a disposición de todos los visitantes.

Me quedé un buen rato sentado, leyendo las frases de la Madre que hay pegadas en afiches por toda la pared. Realmente disfruté de ese lapso de reflexión espiritual y lamento no haber llegado a tiempo para conocer en persona a la Madre.

Como durante mi estadía en la India yo no estaba muy informado de lo que pasaba en el mundo, me enteré gracias a unos recortes de periódico de que el Papa Juan Pablo II había beatificado a la Madre un par de días antes de mi visita (octubre 2003). La alegría por este hecho era bien perceptible en la Misión.

Dos Madres

A fin de cuentas, en mi estadía en Calcuta visité dos lugares que pertenecían a Madres, una feroz, la otra compasiva; una con cuatro brazos y lengua afuera, otra con perfil bajo y hábito.

Pero más allá de las diferencias externas, en ambos encuentros sentí paz y además sentí la prueba de que la energía de este universo es también femenina, y que hay una Madre Divina que, no sólo nos cocina, nos lava la ropa y nos agarra de la mano para cruzar la calle, sino que se encarga de nosotros en el plano espiritual, y eso me hace sentir mucho más protegido y afortunado.

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