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Anécdotas de Calcuta

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Las dos últimas entregas de esta bitácora digital fueron bastante serias, versando sobre cuestiones litúrgicas, simbología, y reglas de comportamiento en cuanto a rituales milenarios. Antes de eso había hablado de la meditación, otro tema “serio”, se podría decir.

En todos los casos se trata de tópicos que me atraen, pero que también tienen un cierto estilo “pedagógico” en el que no me interesa mucho entrar, pues no pretendo enseñar nada, sino más bien compartir mis ideas y sensaciones, a la vez que poner en palabras las reflexiones que pasan por mi cabeza en cuanto a la espiritualidad y su práctica.

Consciente de que los lectores también necesitan un respiro, esta semana he decidido cambiar el foco de la información para dirigirlo a cuestiones más banales, de índole puramente personal. De esta forma, hurgando en el anecdotario de mis viajes a la India, encontré unos pocos detalles olvidados de mi visita a la ciudad de Calcuta, en el año 2003. Una visita que ya relaté en un antiguo post, y de la que ahora quiero rescatar estas pocas anécdotas inéditas, que aunque sean prescindibles y pequeñas, creo que pueden servir como ejemplos puntuales de la idiosincrasia india, y de mi dificultad para asimilarla.

Proxemia

El párrafo debería comenzar con una frase del tipo, “No sé si les conté alguna vez acerca de…”, lo cual es síntoma de que estoy repitiendo alguna historia, o al menos reciclándola. Puede que este sea el caso en cuanto a los criterios de socialización de los indios, tema que ya toqué en el pasado.

Supongo que ya conté que las reglas de comportamiento social que rigen en Occidente son muy diferentes de las de la India, como es natural de esperar. Dejando de lado las cuestiones de casta, educación formal, o religión, que nos pueden servir a nivel teórico pero que son algo abstractas para alguien que pisa por primera vez la India, una de las grandes comprobaciones empíricas que hace el visitante de esta tierra es que los indios son muy sociales.

Ya lo sé, algún (sino todos) profesor de los que tuve en la Universidad me dirá que todos los seres son sociales. Sin entrar en debates de claustro, lo que quiero decir es, básicamente, lo que todos entendemos: los indios gustan de estar en grupo, hablar, compartir espacios con otras personas, aunque éstas sean desconocidos.

Evidentemente, estas características pueden ser aplicables a muchas otras culturas o países. Puede que una de las diferencias que hay en la India es que al ser un país tan poblado, las personas no tienen otro remedio que aceptar tener siempre a un prójimo cerca físicamente. Esa podría ser la explicación de que siempre quepa un pasajero más en el autobús, de que los moto-rickshaws vayan cargados de seis personas, de que la fricción corporal no sea vista como un ultraje personal… Sin embargo, tengo la creencia de que esta actitud de “sociabilidad” no es debido a escasez de espacio físico sino a una idiosincrasia propia. Como prueba, si hiciera falta, podemos citar al Japón que siendo mucho más pequeño físicamente mantiene unas reglas proxémicas de menor cercanía entre los individuos.

Sin la intención de profundizar en argumentos antropo-sociológicos, mi punto es el discurso. Es decir, la forma en que los indios interaccionan a través del habla. En el caso de este análisis informal, la cobaya, a falta de una mejor, soy yo.

COBAYA

Bengalíes

Hace relativamente poco leí en un libro sobre la ciudad de Calcuta, capital del estado de Bengala Occidental, que los bengalíes son más adeptos que cualquier otra raza de la India a hablar, a debatir oralmente, a reunirse para discutir sobre las grandes cuestiones de la vida. Al parecer, históricamente, esto se debe a que Calcuta fue durante años la gran capital cultural de la India, además de su capital gubernamental hasta 1911, en que los ingleses las trasladaron a New Delhi (que hasta entonces era Delhi a secas)

De hecho, la Corona británica decidió el cambio de capital por el carácter revolucionario de los bengalíes, siempre en la vanguardia del pensamiento artístico, cultural, científico y también espiritual de la India.

Los ejemplos más famosos de este linaje quizás sean Rabindranath Tagore, el primer (y durante muchos años el único) escritor asiático en ganar el Nobel de Literatura, y también el Swami Vivekananda, un santo que deslumbró al mundo occidental con su clara explicación de la filosofía Vedanta, la esencia del Hinduismo.

Rabindranath Tagore

A este respecto, mi experiencia personal es que los indios, de cualquier parte, tienden a socializar, bien con el habla si su inglés se los permite, o bien con gestos, miradas, sonrisas. Es decir, los indios son buscadores de conversación, sobre todo si uno es un turista, occidental, un “hombre blanco”, con la gracia que me hace esa definición cuando yo considero mi piel bastante morena. Una vez más, todo es relativo.

Lo que no es tan relativo es esa afición de los indios por buscar conversación, con el consiguiente efecto de que uno termina repitiendo la historia de su vida a una infinidad de desconocidos. Es probable que si estas conversaciones se dan en el fragor callejero de un taxi, en la protocolar recepción de un hotel, en la amable tienda de souvenirs, pues sólo se limiten a frases hechas, a preguntas de rigor como Which country are you from? o What’s your name?

Sin embargo, si uno de estos esbozos conversatorios se da en el populoso camarote de un tren, por lo general con varias horas de viaje por delante (No sé si les conté alguna vez que la India es muy extensa…), entonces es impepinable entablarse en uno de esos interrogatorios (al menos es la dinámica inicial) en los que hemos de responder a interpelaciones que, para nosotros occidentales, serán indiscretas, íntimas, privadas, entrometidas – elija Usted mismo el adjetivo pertinente – cuando no un absoluto tabú.

Por ejemplo:

Pregunta – “¿Está casado?”

Respuesta – “No”

P – “¿Cuántos años tiene?”

R – “25”

P – “Pues no deje pasar los 27, es la mejor edad para tener hijos”.

Otro ejemplo:

Pregunta – “¿Qué hace en la India?”

Respuesta – “Estoy viajando”.

P – “Entonces, su padre debe ser un hombre rico”

R – “No… Tiene un restaurante”

P – “Aah, es un hombre negocios”.

Pues bien, después de recopilar charlas, preguntas y respuestas a lo largo y ancho de la India, vengo a leer que los bengalíes, una raza de artistas e intelectuales tendiente a la reflexión, son amantes de la conversación profunda. Y entonces me acuerdo de la charla de aquella tarde, a fines de octubre 2003, en que me senté en los Eden Gardens, unos jardines justo al lado del homónimo estadio de cricket.

Aim

En realidad yo buscaba la entrada al estadio, pero al no encontrarla terminé sentado bajo un árbol en ese parque bastante arreglado, con lagos artificiales y con personas pescando en ellos. Entonces unos bengalíes me llamaron, querían hablar conmigo, y yo fui de mala gana, pues sabía lo que se avecinaba, es decir las mismas preguntas de siempre. Sin embargo, la conversación no fue ni tan monótona ni tan aburrida; un poco porque puse voluntad inicial y otro poco porque los temas tocados fueron diversos.

Viendo que se armaba el coloquio, se acercaron otras personas, así que ahora tenía a dos jóvenes y a dos ancianos como contertulios, y quizás eso dio variedad a la agenda temática. Hablamos de fútbol y de cricket, por supuesto, también hablamos de música, y me sorprendí de que les gustara Ricky Martin. Aún era ingenuo para darme cuenta que la atracción de los indios por lo occidental generalmente se limita a estereotipos norteamericanos de consumo (McDonald’s, gorras NYC, U$D), o a productos culturales que directamente rayan el mal gusto, como sería el caso de Ricky, con perdón.

En aquella época yo creía saber inglés, y es verdad que para sobrevivir en la India alcanza con poco, lingüísticamente hablando (y monetariamente también, claro) Los integrantes de aquel corro espontáneo coincidieron en que mi inglés era “simple y claro”, que “cualquiera podía entenderme”. Es obvio que si uno quiere (y se quiere) puede tomar esta definición como un cumplido, aunque también es obvio que se trataba de un forma de decir “básico”.

El problema de esta carencia idiomática surgió cuando uno de los muchachos jóvenes me hizo la pregunta más profunda que me hayan hecho jamás en cualquiera de estas conversaciones improvisadas en tierras indias. Una pregunta que no pude entender.

Se trataba de ¿What is your aim in life? y yo no sabía el significado de la palabra “aim”. Después de explicaciones y paráfrasis por parte de mis compañeros de diálogo logré entender que el término hacía referencia a algo así como “propósito” u “objetivo”, y por ende, una vez dejado atrás el obstáculo semántico, se cernía ante mí un obstáculo peor, de cariz existencial: responder de forma concienzuda a la pregunta “¿Cuál es el objetivo de tu vida?”.

Si ya es difícil responderse esto a uno mismo, imaginen enfrente de un jurado formado por cuatro desconocidos.

No voy a detallar el contenido de mi respuesta, que siente años más tarde es probablemente diferente. Lo que quiero destacar es hasta qué nivel, de lo que nosotros consideramos profundidad o intimidad, pueden llegar las preguntas de los indios. Pero bueno, este ejemplo apoteótico quizás sólo sea posible en Bengala, tierra de artistas e intelectuales amantes de la reflexión.

Coima

Si bien es verdad que al inicio anticipé que contaría anécdotas banales, de alguna manera me las ingenio para extender la narración, a veces en demasía. A no desesperar, aquí está la segunda anécdota calcutense.

Como dije más arriba, yo estaba en esa zona de la ciudad en busca del Eden Gardens, el estadio de cricket más grande la India. Mi interés no radicaba en el deporte en sí mismo, un deporte del que ya he hablado pestes en un post de este año, sino en ver personalmente esta gran construcción. De hecho, para verlo en su debida forma mi intención inicial era entrar al estadio, aunque yo estaba conciente de que no había partido ese día, y por lo tanto se encontraba cerrado al público.

En estos tiempos, para cualquier viajero que se precie, es norma llevar una guía de viajes, preferiblemente una guía muy gorda y pesada, estilo ladrillo de barro bien cocido, a la que se consulta sin falta ante cada nueva acción a emprender, cual Oráculo de Delfos para los regentes de la antigua Grecia. Yo, que como viajero siempre tuve muchas fantasías y poca preparación, no suelo recurrir a las guías, e insisto, no tanto por una búsqueda de diferenciación con los demás (que ya me gustaría) sino por una incapacidad de previsión que, sin extenderse a mi vida diaria, creo únicamente se limita a las guías de viaje.

Pues bien, en el pasado, esta falta de preparación fue suplida en varios viajes por mi amigo Ezequiel, que me pasaba sus itinerarios ya realizados y de los que yo me aprovechaba. Justamente en el año 2003, Ezequiel me regaló una guía de viajes de la India que me fue muy útil, sobre todo porque no era pesada.

Ahora todos conocemos la Lonely Planet como paradigma de guía, pero como una nueva digresión, permítanme recomendar las de Footprint Travel Guides. Es verdad que no se ven mucho, pero todavía existen (al menos tienen sitio web), y una de sus características era que estaban hechas con papel biblia, de manera que mucha información entraba en menos tamaño y menos peso.

Después de esta pausa comercial vuelvo al hilo: por lo general estas guías que todos tenemos (utilizaré el plural de cortesía) siempre nos revelan algunos “tips” (consejos prácticos), debidamente presentados con el aura de ser cuasi-secretos. De esta forma, nos dicen que en una callejuela apartada se encuentra el mejor lassi de Calcuta, o que en un rincón escondido de la estación de trenes hay una taquilla en donde nunca hay cola…

Como es previsible, teniendo dichas guías tanto éxito, o sea lectores, estos consejos prácticos dejan de ser el privilegio de unos pocos para convertirse en vox populi, perdiendo así, muchas veces, su carácter especial (Un ejemplo real de esto fue publicado en el post sobre Varkala, en Kerala)

La cuestión es que en la guía Footprint que yo tenía entonces, se decía, a manera de tip, que para entrar al estadio de cricket Eden Gardens bastaba ir hasta la Puerta 14, y ofrecerle unas rupias al guardia de seguridad.

Puede que haya sido la avalancha de viajeros que ya habían leído el consejo, puede también que haya sido mi falta de “viveza criolla”, o puede ser que el personal de seguridad hubiera cambiado desde la edición de la guía, lo cierto es que el guardia se negó rotundamente a dejarme pasar, casi enfadado, exhortándome a que me retire, palo en mano.

Fue así que empecé a descreer del cricket, de las guías viajeras y de las coimas.

Eden gardens

Brújula

Estando en la ciudad de Calcuta (esta es la tercera y última anécdota) se me ocurrió que debía ver un tigre de Bengala y entonces decidí, en la opción menos aventurera, ir hasta el zoológico de la ciudad. Lo que debía ser un simple trayecto urbano se convirtió en un tortuoso laberinto, debido, en parte, a mi falta de un mapa acorde (esto ya lo hemos hablado), y sobre todo a la falta de orientación geográfica de los indios. O al menos, lo que yo juzgo su incapacidad para dar indicaciones espaciales adecuadas, sobre todo en lo referente a las calles.

A este respecto, entre quienes han viajado a la India, hay cierto consenso en que el problema radica en la incapacidad del indio en decir “No”. Es decir, si uno va a una tienda y pide un artículo específico, que no está en stock, el comerciante nunca dirá que no lo tiene y nos dará un artículo relativamente similar. De la misma forma, si a un indio se le pregunta una dirección, él siempre apuntará el dedo hacia algún punto cardinal, incluso cuando no sepa cuál. No sé si esta actitud se debe a un deseo de entablar conversación a toda costa, a una intención de no defraudar al interlocutor con un “no lo sé”, o a un proceso de auto-engaño que hace que él mismo se crea la respuesta. Lo cierto es que, por regla general, nunca hay que fiarse de una única indicación y, como enseñan en la escuela de periodismo, siempre es necesario chequear las fuentes, varias veces si es posible.

El problema puede venir cuando, encontrándonos en una bifurcación, hacemos la consulta y la respuesta no admite medias tintas. La verificación, en todo caso, llegará cuando ya hayamos elegido una opción, con el riesgo de tener que hacer marcha atrás.

En el caso de mi búsqueda del zoológico, este problemilla se acrecentó por el hecho de que la zona en cuestión no era totalmente urbana, con muchos espacios verdes y grandes distancias que cubrir, por lo que una calle mal tomada implicaba una larga caminata. Además, había pocos transeúntes, haciendo así difícil la verificación de las fuentes.

Llegué en metro hasta donde pude (No sé si les conté alguna vez que el metro de Calcuta es buenísimo…), luego recuerdo haber pasado junto a un campo de polo y un hipódromo, lo que da una idea del tipo de zona espaciosa en que me estaba moviendo. Aquí he de decir que mi falta de guías y mapas es balanceada por mi buena capacidad de orientación, por lo que, a pesar de todo, no iba mal encaminado.

No es bueno guardar rencor, pero algún indio de los que me crucé me dio una indicación totalmente contraria y allí comenzó el desbarajuste geográfico. Aunque también hubo otro motivo, nuevamente idiomático.

Brújula

Zoo

Ante cada nuevo transeúnte, yo preguntaba por el “Zoo”, la palabra inglesa para “zoológico”. Debido a mi fuerte acento hispano, yo comencé preguntando por el “su”, lo cual no es fonéticamente correcto. Esta mala pronunciación de mi parte se convirtió en la principal obstrucción para llegar a destino, pues los indios no sabían de qué les estaba hablando. Y por ende, con razón dirán algunos, ¡me enviaban para cualquier parte!

Gradualmente, es decir después de caminar muchas calles sin norte, me di cuenta de mi error y modifiqué mi pronunciación hacia “zu”, lo cual es muy cercano al sonido original. Sin embargo, cada uno de mis interrogados callejeros seguía sin entender, teniendo entonces que recurrir a la humillación del turista, es decir a mostrar la palabra escrita en la guía. De todos modos, aún así, ¡los indios me seguían enviando en la dirección errada!

Finalmente, en una encrucijada me topé con un policía de tránsito y recurrí a él esperanzado. Después de hacer la pregunta de rigor, emitiendo lo mejor posible el sonido “zu”, fue de su boca que oí la correcta pronunciación, o mejor dicho, la pronunciación bengalí de la palabra “zoo”. Cuando, al fin, el policía logró entender lo que yo quería decir, exclamó “Aah, the ju”, dejándome perplejo y furioso.

Ahora resultaba que, además de enviarme en dirección contraria sin razón, la pronunciación india era más lamentable que mi dialecto anglo-hispánico, y sin embargo yo quedaba como el que hablaba mal. Al menos, todo hay que decirlo, el policía sí me indicó el camino justo.

tigre de bengala

Todavía masticando algo de fastidio por los obstáculos encontrados, me dirigí al zoológico, donde pude ver al famoso tigre de Bengala, incluyendo el tigre blanco.

Luego, reflexionando sobre lo sucedido, aprendí dos lecciones para el resto de mis viajes a la India: Uno, la de verificar las fuentes y Dos, la de flexibilizar la mente en cuanto al idioma inglés, pues difícilmente escucharía la pronunciación esperada de boca de un indio. De hecho es mi oído el que se ha tenido que acostumbrar.

Pues ya lo dice la enseñanza espiritual: “No esperes que el mundo cambie, cámbiate a ti mismo”.

Imágenes:

blogs.rtve.es

writespirit.net

blogs.que.es

telegraph.co.uk

commons.wikimedia.org

redescolar.ilce.edu.mx

Hermanos y Madres

En las afueras de Calcuta se encuentra el templo de Dakshineswar. Para llegar hasta allí tomé un desvencijado colectivo y viajé por más de una hora. Esta travesía es la que describí en el post de la semana anterior; travesía que me sirvió para ver el lado menos turístico de Calcuta. De hecho, yo no estaba seguro de la distancia del trayecto y me sorprendí de lo lejos que terminé.

Más de una razón me llevó a visitar este famoso templo consagrado a la diosa Kali: Por un lado, fue morada del gran santo Sri Ramakrishna Paramahansa, de quien yo había escuchado bastante, sobre todo en mi casa.

Sri Ramakrishna fue un sacerdote brahmán que vivió en el siglo diecinueve y que pasó la mayor parte de su vida a cargo del templo de Dakshineswar. No fue sólo un sacerdote, sino un alma iluminada que generó un gran movimiento espiritual en Bengala occidental y, con el tiempo, en la India. Además, su Orden está diseminada  en varias partes del mundo.

La increíble y santa vida de este hombre está retratada en muchos libros, de los cuales el más conocido es “El evangelio de Sri Ramakrishna”.

Durante la vida de Sri Ramakrishna no se hubo formado una Orden de manera oficial y sus enseñanzas estaban limitadas a quienes podían entrar en contacto directo con el santo. Fue sólo después de su muerte en 1886, que sus discípulos principales se plantearon la creación de una organización formal.

Swami Vivekananda

De todos modos, había una razón más fuerte que me llevaba a visitar el templo:

Swami Vivekananda es el nombre de quien es considerado el principal discípulo de Ramakrishna, que además fue el impulsor de la Orden monástica y el portavoz de sus enseñanzas, sobre todo en Occidente.

Swami Vivekananda era también de origen bengalí y fue quien representó al Hinduismo en el primer Parlamento de las Religiones del mundo, llevado a cabo en Chicago en 1893. Debido a que sus discursos tuvieron un gran éxito, fue invitado a dar conferencias en toda Norte América y también en Europa. De esta forma, contribuyó a la difusión de la filosofía espiritual de la India en Occidente.

Luego de esa primera visita a Occidente, Swami Vivekananda retornó a la India, donde fundó la Orden Ramakrishna en 1898.

Todo esto no sería más que datos históricos si no fuera porque Swami Vivekananda tiene una importancia personal en mi vida.

Mi nombre, Naren, me fue dado por mis padres en referencia al nombre de bautismo de este santo, que luego adoptó  el nombre monástico de Swami Vivekananda.

Mi hermano, Rakhal, fue llamado así en referencia al nombre pre-monástico de otro gran discípulo de Ramakrishna, Swami Brahmananda, quien fue el primer presidente de la Misión Ramakrishna y se encargó de desarrollarla grandemente en Oriente.

Naren y Rakhal (Vivekananda y Brahmananda) eran considerados hermanos espirituales y por esa razón nuestros padres nos dieron esos nombres.

Evidentemente, el ir a conocer el lugar donde se gestó la hermosa historia espiritual de todas estas personas santas tenía un condimento especial, que iba más allá de mi interés espiritual general y se centraba también en lo personal.

Kali-Ma

Existía todavía una razón más que me había llevado a visitar este templo: la misma diosa Kali, también conocida como Madre Kali.

Hay dos formas básicas de explicar quien es la diosa Kali.

Una forma es la que utilizó Steven Spielberg en “Indiana Jones y el templo de la perdición” (“el templo maldito” en España), retratando a Kali como diosa de la muerte e ídolo oscuro de una secta de fanáticos religiosos que con voz lúgubre y alienada entonan un hipnotizante cántico de “Kali-Maaaaa, Kali-Maaaaa, …”.

Esto se debe, más allá de a la fantasía hollywoodiana (de hecho la película “Help” de The Beatles también hace referencia a una diosa muy similar a Kali), al aspecto feroz de la diosa.

En la iconografía del Hinduismo, Kali generalmente es representada danzando en un estado de éxtasis, con la lengua afuera, con un collar de calaveras y llevando en una de sus manos la cabeza decapitada de uno de sus devotos.

Aquí entra la segunda forma de explicar quien es la diosa Kali: Se trata de un aspecto de la Madre Divina. Para el Hinduismo, como ya he explicado en anteriores entregas, el aspecto femenino de la Divinidad es tan importante como el masculino. La Madre Divina es el nombre genérico para ese aspecto femenino del Absoluto, que viene a ser lo masculino. Se trata de dos caras de una misma medalla, inseparables y complementarias.

El aspecto masculino es el poder de creación latente y el aspecto femenino es ese poder puesto en acción; como el fuego y su calor, como el solo y sus rayos.

La idea de la Divinidad en su aspecto femenino no es sólo propiedad del Hinduismo; en el Catolicismo por ejemplo, se cristaliza como la Virgen en sus diferentes aspectos; y para mucha gente lo hace en la Naturaleza o la Energía Cósmica, por ejemplo.

La Madre Divina es muy adorada en la India y tiene una infinidad de aspectos, nombres y formas. En el caso específico de Kali, ella es la consorte de Shiva, la deidad que tiene como función la destrucción de cada ciclo. Teniendo en cuenta que para el Hinduismo todo es un proceso cíclico, la destrucción o muerte no significa un final sino un renacimiento; es por ello que, por ejemplo, al terminarse (morir) el invierno le sigue la primavera.

No se trata de un proceso de destrucción malintencionado o malvado sino del natural ciclo que sufre el universo.

Además, la figura de Kali tiene un simbolismo todavía mayor. En su caso, la destrucción a la que hace referencia es a la del ego de cada persona, el ego que le impide ver a cada ser su verdadera esencia divina. La cabeza decapitada que sostiene Kali en una de sus manos es justamente ese ego que se ha arrancado de raíz.

Por otra parte, a mi padre siempre le ha gustado mucho la Madre Kali; de hecho cuando mis padres tuvieron que ponerle nombre a su restaurante en Argentina optaron por Kali-Ma, (Ma en la India se entiende por madre).

Por ende, la visita al templo de Dakshineswar era algo ineludible que estaba muy conectado con diversas partes de mi crianza.

Pero no era yo el único que tenía un interés especial por este lugar.

Miles de peregrinos llegan cada día para, después de hacer una larga cola y aguantar algunos empujones, acercar su ofrenda a la estatua de la diosa Kali.

El día de mi visita lloviznaba y yo, creyéndome precavido, me había puesto calcetines y zapatillas, en lugar de sandalias. De todos modos, para ingresar al templo tuve que quitarme el calzado y recorrí con los pies desnudos, como debe ser, el sagrado lugar.

El sitio se encuentra junto al río Hugli, un brazo que deriva del río Ganges. El templo dedicado a la Madre Kali no es tan grande, aunque el conjunto arquitectónico todo sí lo es. Hay pequeños templos para otras deidades y muchas áreas verdes.

Además, se encuentra la habitación en que Sri Ramakrishna recibía a los devotos y visitantes cuando aún vivía físicamente. Y digo físicamente porque la energía que hay en la habitación y en todo el templo es muy perceptible; como una muestra de que una energía espiritual tal, a pesar de que pasen 100 años (o más), no se disuelve.

Madre Teresa

Una vez que regresé a la ciudad de Calcuta me dirigí a conocer otro sitio espiritual: la Misión de la Madre Teresa.

El Cristianismo es la tercera religión más numerosa de la India, aunque sólo representa el 2,3 % del total de la población (algo así como 26 millones de habitantes).

Probablemente, la madre Teresa fue la persona que más representó el lema cristiano de “amar al prójimo” en los últimos años.

Por como es la India, pobre materialmente pero rica espiritualmente, no parece en principio el lugar ideal para iniciar un proceso de evangelización intensivo; sin embargo, debido a la falta de dogmatismo del Hinduismo, la doctrina cristiana fue recibida con brazos abiertos por muchos indios.

La idea del Hinduismo de que no hay un solo profeta, ni un solo Mesías, ni un solo camino que lleve a la salvación, permitió que Jesucristo fuera recibido también como el Hijo de Dios.

Más allá de las funciones evangelizadoras, la Madre Teresa se dedicó plenamente a ayudar a los estratos más marginados de la sociedad india, y eso la hace digna de elogio, sin duda.

En su Misión pude ver muchas monjas ataviadas con el característico hábito blanco y celeste. Lamentablemente, no sé podía recorrer todo el lugar sin un permiso, así que no vi mas que el área administrativa.

Lo que sí pude hacer fue ver y tocar la tumba de la Madre Teresa que se encuentra en una pequeña capilla a disposición de todos los visitantes.

Me quedé un buen rato sentado, leyendo las frases de la Madre que hay pegadas en afiches por toda la pared. Realmente disfruté de ese lapso de reflexión espiritual y lamento no haber llegado a tiempo para conocer en persona a la Madre.

Como durante mi estadía en la India yo no estaba muy informado de lo que pasaba en el mundo, me enteré gracias a unos recortes de periódico de que el Papa Juan Pablo II había beatificado a la Madre un par de días antes de mi visita (octubre 2003). La alegría por este hecho era bien perceptible en la Misión.

Dos Madres

A fin de cuentas, en mi estadía en Calcuta visité dos lugares que pertenecían a Madres, una feroz, la otra compasiva; una con cuatro brazos y lengua afuera, otra con perfil bajo y hábito.

Pero más allá de las diferencias externas, en ambos encuentros sentí paz y además sentí la prueba de que la energía de este universo es también femenina, y que hay una Madre Divina que, no sólo nos cocina, nos lava la ropa y nos agarra de la mano para cruzar la calle, sino que se encarga de nosotros en el plano espiritual, y eso me hace sentir mucho más protegido y afortunado.

Calcuta, ¿Un monstruo?

Mi llegada a Calcuta era un gran interrogante, pues había escuchado muchas historias sobre esa famosa ciudad y no sabía realmente con qué me encontraría. Siempre se había dicho que era un lugar caótico, sucio, pobre y muy grande, y todo eso me tenía en vilo.

Capital cultural

Como aglomeración urbana, Calcuta es la tercera ciudad del país. Fue la capital de la India hasta el año 1911, momento en que la corona inglesa, por entonces administrador colonial, decidió mover la capital a New Delhi, ya que la ubicación geográfica de Calcuta no era cómoda para las cuestiones administrativas, pues se ubica en el extremo este del país, en contrapartida a la mayor centralidad de Delhi.

Además, por ese entonces New Delhi no era todavía una megalópolis y era más fácil construir desde cero toda una parte nueva de la ciudad (dentro de Nueva Delhi hay también una Vieja Delhi, que ya existía).

A pesar de este cambio, Calcuta siempre ha sido el principal núcleo cultural de la nación. Grandes movimientos literarios, artísticos, políticos, religiosos y espirituales han nacido en esta ciudad; fue el carácter rebelde de sus ciudadanos, justamente, otra de las razones que impulsó a la corona británica a mover su cuartel general a una zona más dominable del país.

La India de por sí es un recipiente de muchas culturas y religiones diferentes que conviven en un estado de armonía bastante alto. Siempre ha sido así, aunque es verdad que hubo momentos de grave tensión en la época de transición colonial.

Cuando la India sufrió la partición post-colonial (1947) fue dividida en dos países debido a las exigencias de la minoría musulmana de contar con un estado propio, por temor a ser sometidos por la mayoría hindú.

Debido a la dispersión de los ciudadanos musulmanes a todo lo largo y ancho de la India, en aquel entonces fue muy difícil determinar una región específica para el estado musulmán. Las dos zonas con mayoría musulmana fueron determinadas en el noroeste y en el noreste del país.

Fue así que se cometió la insensatez de dividir este recién nacido estado en dos: Pakistán Occidental y Pakistán Oriental. El primero todavía existe y es el que hoy conocemos como Pakistán a secas; sin embargo, el segundo se independizó en 1971 con la no imparcial ayuda de la India y se convirtió en Bangla Desh.

Los problemas de violencia y terrorismo que hace años enfrentan a la India con Pakistán tienen sus orígenes más recientes en esta ridícula división a la que Mahatma Gandhi tan fuertemente se opuso.

La India siempre supo vivir en armonía, como un gran ejemplo de tolerancia, a pesar de la miríada de religiones, culturas, castas y razas que la pueblan.

Desde la antigüedad, la India nunca ha intentado conquistar otros pueblos y otros territorios; la riqueza de la India reside más en su sabiduría espiritualidad que en sus extensos territorios. Se dice que esta falta de afán por someter otros pueblos es el secreto para que una cultura de miles de años se siga manteniendo siempre renovada.

Paradójicamente, un país que nunca ha buscado expandirse territorialmente sufre una escisión que nace de su propio interior, una escisión que le cambia la cara y le causa secuelas de rencor.

La ávida manía del hombre (tanto inglés como indio) por delimitar con una línea la tierra, ha puesto en la convivencia ancestral de la India una mancha que no es tan fácil de quitar.

Contraste

Debido a su posición geográfica (que prácticamente limita con la nueva Bangla Desh) y a su profusa historia, en Calcuta se pueden encontrar, igual que en el resto de la India pero de manera acentuada, signos de diferentes idiosincrasias y religiones, junto a remembranzas de la colonia, especialmente arquitectónicas.

Muchos de los edificios públicos y gubernamentales son de estilo victoriano, mientras que algunos de los mayores iconos de la ciudad fueron construidos por los ingleses, como por ejemplo el Victoria Memorial, que fue hecho evidentemente en honor a la reina Victoria de Gran bretaña, también portadora del título de Emperatriz de la India por aquel entonces.

Lógicamente, se produce un extraño contraste entre la forma de vida autóctona y estos edificios señoriales propios de la Inglaterra decimonónica.

Este contraste que es bien claro en las metrópolis es inexistente en las zonas rurales, y por ello pasearse

por algunas zonas de Calcuta con toque europeo tiene para mí un dejo de artificialidad; como si hubiera elementos que no combinan entre sí y que no pertenecen a este lugar.

Por ejemplo: Sobre la acera de un gran banco que tiene sus oficinas en un edifico victoriano hay un hombre con la cara llena de espuma de afeitar; se trata de un habitual cliente en el precario puesto de un barbero callejero, formado de una silla y un espejo.

Por un lado da gusto imaginarse lo contrastante que debe haber marcado la convivencia entre aquellos protocolares ingleses enviados por la corona y este pueblo indio tan alejado de las formalidades occidentales. A primera vista no es fácil pensar en dos formas de vida más opuestas.

Por otro lado, no hay que descuidar que el carácter actual de la India también ha sido forjado por el hecho de haber sido una colonia inglesa; más allá de que la tradición y la sabiduría de la India sean muy anteriores a la colonia y se mantengan firmemente hasta el presente.

Impresiones

En cuanto a la higiene, a mi entender Calcuta no es más sucia que otras ciudades de la India. De hecho en algunas áreas de la ciudad pude ver camiones oficiales encargados de llevarse la basura, que era recogida a pala por los empleados. Este hecho no es normal en la India.

Es probable que esto fuera hecho sobre todo en las zonas más turísticas, que a la sazón son las más vistas por el ojo extranjero.

Respecto a lo que se podría llamar “caos callejero”, tampoco me pareció más terrible que en otras ciudades de la India, lo cual no quiere decir que sea todo armonía; de hecho es verdad que el tráfico es bastante complicado en ciertas zonas, incluyendo a los peatones como yo, que en algunas esquinas sin semáforos tenía que, o bien, esperar diez minutos, o bien lanzarme al cruce con estilo temerario, por no decir kamikaze.

En cuanto los medios de transporte, los autobuses resultaron ser muy incómodos, con asientos que eran más bien como bancos de madera, para nada ergonómicos claro.

Por otro lado, en su favor la ciudad posee un subterráneo que es muy limpio y puntual. Además, Calcuta es la única ciudad india con tranvía.

Por supuesto, la pobreza se puede ver fácilmente en las calles, sobre todo en las zonas no tan turísticas.

Al hacer una travesía en autobús hacia los suburbios de la ciudad (para visitar un templo del que hablaré en el próximo post) tuve la chance de ver esa parte de la urbe que no sale en la guías de viajeros. Allí creo que pude atisbar algo de la forma en que se vive en las zonas más “reales” y pobres de Calcuta.

Desde la ventanilla del autobús vi como los varones se bañan en la calle, cubriéndose apenas con una tela, y aprovechando el agua que sale de los grifos en cada esquina. Nada improvisado por cierto, ya que cada uno se lleva, por ejemplo, su propio jabón en la mano.

Como ya dije en la edición anterior, en la India tener un aseo en la propia casa no es normal como en Occidente. Es por eso que se utilizan estas soluciones colectivas y públicas.

En el camino hacia la periferia vi como las calles dejaban de ser de asfalto y se hacían de tierra; también vi sórdidas y extensas zonas de chabolas hechas de madera, tela y chapas, todas a la vera del camino o junto al río.

Además, presencié mercados autóctonos, no hechos para el turista sino para el habitante indio, donde las apariencias no son tan cuidadas.

De hecho, en otra excursión, esta vez a pie, me interné, sin saberlo, en un mercado musulmán de carnes y peces. Recordemos que si bien los musulmanes son minoría en la India, en Calcuta tienen una gran comunidad debido a, entre otras cosas, las circunstancias que antes he descrito.

Asimismo, los musulmanes no practican el vegetarianismo como si lo hacen muchos hindúes y para ellos las vacas no son sagradas. Por ende, ser carnívoro es normal entre los adeptos al Islam.

El mercado en cuestión estaba atestado por una multitud, y entre los empujones de los compradores, la vestimenta típica de los vendedores, los guturales gritos con las ofertas y las cabezas de cerdo sobre los puestos, me sentí abrumado, como transportado a un mundo de antaño del que no sabía si podría salir.

Cuando todo pasó me sentí satisfecho de haber estado dentro de un verdadero lugar típico, aunque debo admitir que no siempre estuve cómodo mientras duró la recorrida por el mercado. Con el tiempo y los viajes me fui habituando un poco más a estos contextos, aunque en aquella época se trataba de mis primeras experiencias “exóticas”


En realidad, por motivos prácticos, en aquel entonces yo me alojé en el barrio donde generalmente van todos los viajeros; por ende, para ver la parte no-turística tuve que moverme un poco.

Turistas

En Calcuta confirmé una sospecha que me había empezado a surgir desde mi llegada al país: a la India vienen muchos viajeros cuyo propósito no es para nada espiritual.

Puede sonar como un descubrimiento obvio, pero como, desde siempre, la India ha sido para mí sinónimo de espiritualidad, no entraba en mi cabeza la posibilidad de un viaje meramente turístico.

En un principio, lo que me chocó es que para muchos viajeros la India fuera simplemente un destino exótico más (lo mismo daría Tailandia, Indonesia, Namibia…). Y no porque la India sea mejor que los otros países, sino porque para mí venir a la India tenía una razón muy particular que estaba más allá de los paisajes bonitos, las excéntricas costumbres locales o lo barato del coste de vida.

Hay una hecho evidente: yo también era un turista, y se podría decir que como todo turista que se precie sentía repulsión por los demás turistas. Aunque en mi descargo quiero decir que mi problema no era el típico “odio a los turistas”, sino una cuestión más profunda, basada en mi propia idea de lo que debe ser un viaje a la India.

De esta visita a Calcuta puedo afirmar sin dudas que para mí lo peor fue residir por unos días en esa zona turística, ya que allí la atmósfera que se respira no es lo que yo definiría como pura. Los viajeros intentan sacar provecho de los indios menos desarrollados económicamente, los indios tratan de sacar provecho de los occidentales con dinero, y así se convierte en un círculo sin fin, lleno de prejuicios y de tensiones basadas solamente en lo material.

Por otro lado, me puso de muy mal humor que constantemente me estuvieran ofreciendo “hachís” o marihuana en la calle, pues yo estaba allí por una razón más bien espiritual, en la que no entraba la intención de fumar nada.

Una vez más, muchos turistas estaban encantados en consumir estas drogas, como así también alcohol. Más allá de si fumar o beber está bien o mal, lo que a mí me afectaba era la desvirtuación que, según mi punto de vista, hacían estas prácticas de la verdadera tradición y cultura de la India.

Más de una vez me repetí, “Lo importante es lo que hace uno, no lo que hacen los demás”. Al pasar por estas sensaciones, otra sospecha empezó a materializarse en mi cabeza: Justamente por ser la India una tierra espiritual, es que las peores cualidades de uno salen a la luz.

Porqué que sentido tendría seguir un camino espiritual si uno no está dispuesto a cambiar o mejorar sus puntos débiles.

Antes de llegar, había oído muchas cosas alarmantes sobre la ciudad de Calcuta, pero a fin de cuentas lo que más me preocupaba correspondía a mí mismo, es decir las cualidades negativas que veía emerger.

Por suerte, para cambiar mi estado mental y alimentar mi lado espiritual también había sitios santos para visitar, de los cuales hablaré la próxima semana.

Elucubraciones de un viajero en tren

Ya sobre el tren, rumbo a Bengala Occidental, el estado de cuya capital es la ciudad de Calcuta, mi mente divaga y se entretiene con balances y observaciones.

Mis ojos, desde la ventanilla, se posan en los interminables campos de arroz, colmados de agua donde se refleja la noche y donde se confunde en que punto termina la tierra y en que punto empieza el cielo.

Miro la luna, y por supuesto, como le pasaría a cualquiera, me nace la veta de poeta, pero que coraje hay que tener para escandir la misma luna que escandió Rabindranath Tagore, el gran poeta bengalí ganador del premio Nobel de Literatuta y fundador de una educación experimental más relacionado con la naturaleza.

Aplazo entonces mis veleidades poéticas y regreso a cuestiones más a mano, a hechos cotidianos que se convierten en normales luego de un tiempo en la India, pero que no dejan de llamarme la atención.

Entre ellos

Es muy general ver a los hombres en la India tomándose de la mano entre ellos; lo hacen de una forma natural y no es un signo de homosexualidad, sino de confianza y amistad. No sólo se ve entre adolescentes o jóvenes, sino entre hombres adultos y también ancianos.

Yo mismo, una vez que me hice amigo de personas indias he vivido esa experiencia de ser tenido por la mano, y debo admitir que al principio me daba una sensación extraña, pero luego comprendí que era un signo de verdadero afecto y la verdad es que me siento como halagado cuando alguien me toma así de la mano.

En cambio, por razones culturales, es muy difícil, excepto en ciertos lugares de las grandes ciudades (como centros comerciales del tipo occidental), ver a hombres y mujeres tomados de la mano. Mucho menos posible es ver una pareja besándose en público; de hecho, las famosas películas de Bollywood están llenas de amor y de pasión pero jamás se ve un beso explícito entre hombre y mujer.

Otra cosa: Al no ser tan frecuente la presencia de lavabos en las casas, sobre todo en las zonas más pobres, que son muchas, las personas realizan sus tareas de aseo matinal en algún área común, que puede ser junto a un estanque público o, con frecuencia, junto a las vías del tren.

Por la mañana es normal ver a los indios cepillarse los dientes, sobre todo desde el tren; se los puede ver entre chabolas, entre arbustos o entre la mugre pero siempre cepillándose los dientes. Incluso caminando por la calle cepillándose, o sentados en una pirca mientras miran pasar el tren.

Por lo general no usan un cepillo de dientes tal como lo conocemos nosotros, sino ramitas del árbol de nim, un árbol que tiene muchas propiedad curativas. El colmo es aquellos que se cepillan sólo con los dedos, que también los he visto.

El contraste es que en un país que a primer golpe de vista parece anti-higiénico, las personas den tanta importancia a un hecho como lavarse los dientes. Pero no se trata de una lavada protocolar para cumplir sino que están al menos diez minutos en este proceso.

De hecho, Gandhi cuenta que aprovechaba ese tiempo para aprender extractos de las escrituras, por ejemplo.

Otro detalle es que no se trata de un lavado después de cada comida, sino sólo matinal. Por esta razón, en el tren más de una vez he sido motivo de sonrisas o miradas sorprendidas, sobre todo al lavarme los dientes antes de ir a dormir.

En cuanto a la higiene, otra costumbre india es la de orinar en público y prácticamente en cualquier parte. Todos lo hacen: personas de camisa y pantalón, personas con dothi (una especie de tela envuelta alrededor de la cintura), estudiantes, mendigos; todos por igual.

Comida

Cuando planeaba mi viaje a la India, uno de los puntos más controvertidos era la comida. Personas con experiencia me habían aconsejado ser precavido a la hora de elegir los alimentos pues las condiciones higiénicas no son las mejores.

Me habían dicho que es preferible todo aquello que venga en paquete cerrado, y también las frutas, ya que se pueden lavar o pelar.

Por otro lado, es sabido que la mayoría de la comida india es picante y muy condimentada, cosa a la que no estamos tan acostumbrados en Occidente. Si uno ingiere este tipo de alimentos, tarde o temprano, tiene alguna consecuencia intestinal, que muchas veces es sólo una anécdota y otras veces puede convertirse en algo más grave.

En cuanto a la bebida, una regla de oro es no tomar otra agua que no sea mineral, a menos que esté potabilizada o hervida. Sin embargo, los jugos y licuados de frutas son realmente recomendables y nunca me acarrearon problema alguno, a pesar de no ser siempre hechos con agua mineral.

Evidentemente, los primeros días fui más cauto respecto a la comida, pero luego de un tiempo me relajé, sobre todo después que unos residentes del Sri Premananda Ashram me llevaran a un restaurante típico, es decir al que van los indios.

Esta clase de restaurantes se encuentran principalmente en el sur del país, y son estrictamente vegetarianos en su mayoría. Para mi desconcierto, no tienen nada que ver con los que conocía y fue una experiencia novedosa.

En primer lugar, se trata de locales de paso, donde la gente se va apenas termina de comer, y si no, los camareros traen la cuenta, aunque uno no se la pida. Lo que sucede es que los restaurantes casi siempre están llenos y se necesitan nuevos asientos. Es por ello que en ciertas ocasiones los recién llegados se acomodan donde encuentran cualquier silla libre. Es así que más de una vez he compartido la mesa con lugareños desconocidos que, evidentemente, tratan de sacar un poco de conversación.

En la India, la forma tradicional y difundida de comer es con la mano, siempre la mano derecha, y sólo se usan cucharas para las sopas.

Es todo un aprendizaje poder hacer una perfecta bola de arroz y llevársela a la boca, sin que se caiga la mitad en el camino.

Otro detalle es que para tomar agua, los indios no tocan el borde del vaso o de la botella con la boca, y manteniéndolo lejos dejan caer el líquido como en cascada. No hace falta que diga cuantas camisetas empapé experimentando con este sistema.

En los restaurantes típicos, es decir los que no están preparados para el turismo, se pone como plato una hoja de plátano y allí se sirve la comida.

En lugar de pan hay una masa chata, cocinada a la plancha, que tiene distintas variaciones. La más conocida en Occidente es el chapati, pero dependiendo del grosor, los ingredientes o la consistencia, adquiere otros nombres como puri, dhosa, naam, parotha, etc. Esto es usualmente acompañado de salsas y aderezos, por supuesto, muy picantes.

Personalmente, yo me acostumbré a ese sabor, aunque siempre que vuelvo a la India trato de hacerlo gradualmente, ya que la primera vez tuve que pasar por una semana de acidez constante. Además, aquel exceso de confianza me jugó una mala pasada, ya que probé una especie de ají en aceite, que me ardió más que nada en la vida y me hizo transpirar varios litros. Fue como si me hubiera lastimado la garganta, así que me quedé quieto un rato sentado en el restaurante, hasta que el ardor-dolor fue disminuyendo.

De todos modos, también probé muchas cosas raras que resultaron muy ricas, como el kashmiri pulao, un arroz con verduras que además tiene banana, manzana, ananá, castañas de cajú y papaya!

Y así iba yo, dejando mi mente errar por los callejones de los recuerdos y las elucubraciones, mientras el tren cruzaba la incansable tierra de la India y se acercaba, arropándome, a la esperada ciudad de Calcuta.

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