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Archivo del Autor: Naren Herrero

El mantra ‘om namo nārāyaṇāya’ y la paz mundial

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La última semana publiqué un mantra que, en tiempos pasados, era muy secreto. Nadie puede culparme ni alabarme por esto, pues ya fue el santo indio Rāmānuja quien difundió abiertamente este mantra en el siglo XII y, por tanto, hoy lo conoce todo el mundo.

Rāmānuja fue un santo y filósofo seguidor del vaishnavismo, es decir la rama hindú que venera principalmente al dios Viṣṇu (Vishnu). Su importancia e influencia filosófica y doctrinal fueron tales que es considerado el exponente más importante de la rama tradicional del vaishnavismo llamada Śrī Vaiṣṇava (Shri Váishnava), muy enfocada a la devoción y basada sobre todo en la filosofía del Viśiṣṭādvaita (vishishtadvaita) ono dualismo cualificado”. Esta doctrina sostiene que el alma individual y Dios son “cualitativamente iguales pero cuantitativamente diferentes”, por lo que “en la liberación el alma comparte la dicha de Dios, y a la vez sigue estando subordinada a Él”.

De esta forma, el mantra que, desde lo alto de la torre de un templo, Rāmānuja reveló al pueblo es considerado el mantra por excelencia del linaje Śrī Vaiṣṇava y, por si no lo recuerdan (ni han mirado el título del post), se trata de:

om namo nārāyaṇāya

Es decir:

“Om, reverencias a Nārāyaṇa“.

Nārāyaṇa (Naráyana) es uno de los nombres más emblemáticos del Señor Viṣṇu y su traducción es tema de debate. Según la escuela y según el nivel de lectura, se pueden encontrar diferentes explicaciones, algunas de ellas con base etimológica y otras más bien simbólicas. Sin entrar en ese terreno resbaladizo, sí puedo decir que una traducción habitual – y bastante literal – de Nārāyaṇa es “lugar de refugio (ayana) de los hombres (nara)”.

En la filosofía hindú, Nārāyaṇa es considerado el preservador del Universo, un rol que cumple instalado en las aguas esenciales, donde toda la creación nace y también se disuelve cuando se cumplen los ciclos cósmicos. En este sentido, él es el “lugar” donde regresan todos los seres; a la vez que en todo momento él también puede ser “refugio”, ya que su energía de sustentador universal es puro amor y compasión.

Son estos atributos de “preservador del mundo” los que llevaron a etiquetar, en tiempos modernos, al mantra om namo nārāyaṇāya como el “mantra para la paz mundial”. Al parecer fue Swami Vishnudevananda quien primero sugirió esta idea. Swami Vishnudevananda (1927-1993) fue un eminente discípulo del gran Swami Sivananda de Rishikesh y, entre otras cosas, fue un activista de la paz mundial, al punto de realizar “vuelos por la paz” con un avión por encima de zonas de conflicto como el Canal de Suez, el Muro de Berlín o la frontera entre India y Pakistán, donde lanzaba flores y mantras en lugar de bombas.

En el linaje de Sri Dharma Mittra, que no es el mismo de Sivananda, pero tiene muchas afinidades, se explica que este mantra “invoca el omni-penetrante poder de misericordia y bondad del Señor Nārāyaṇa“. Y se explica que su repetición se hace, con frecuencia, para “llevar un estado de paz al mundo entero”.

Esta interpretación del mantra como propiciador de paz mundial es moderna (aunque no por ello necesariamente errada). Desde el punto de vista de la tradición hindú, es un mantra secreto que otorga la liberación final, el cual debe ser recitado en voz baja previa iniciación de un guru. Como expuso Álvaro Enterría en un comentario del post pasado, “el mantra sólo es realmente un mantra cuando lo recibes de un maestro. Al final, sólo las personas cualificadas (adhikāris) se benefician de las enseñanzas; leer información en libros tiene utilidad como parte del proceso de maduramiento”.

Justamente, como explica el sacerdote hindú Krishna Kripa Dasa (Juan Carlos Ramchandani), los miembros ortodoxos de la rama Śrī Vaiṣṇava dicen que, si no se ha recibido iniciación, en voz alta sólo hay que recitar namo nārāyaṇāya namo nārāyaṇāya, es decir el mantra sin la sílaba sagrada OM.

Swami Vishnudevananda en su avión de la paz

De todos modos, y a pesar de lo secreto del mantra y de la necesidad de recibirlo de un maestro para que funcione, también la tradición tiene historias sobre el poder del nombre Nārāyaṇa en sí mismo. Especialmente la vida de Ajāmila (ver Śrīmad Bhāgavatam 6.1-2), un hombre de casta brahmán que perdió sus méritos espirituales por asociarse con malas compañías y llevar una existencia licenciosa llena de engaños y vicios.

Con esta vida impura Ajāmila llegó a sus 88 años, siendo padre de diez hijos, el menor todavía un bebé llamado Nārāyaṇa, al que estaba muy apegado. Sin darse cuenta, la vida se le había pasado y el momento de partir hacia la morada de Yamarāja, “el rey de la muerte”, había llegado, por lo que los deformes y horrendos mensajeros de la muerte estaban listos para llevárselo. En ese momento, con temor y pudiendo únicamente pensar en su hijo, Ajāmila comenzó a llamarlo a los gritos por su nombre, con lágrimas en los ojos.

Entonces, los mensajeros del Señor Viṣṇu, al escuchar que un moribundo gritaba con desesperación el sagrado nombre de Dios, también bajaron a buscar su alma, pues se explica que el último pensamiento antes de morir es especialmente importante a la hora de decidir el futuro de esa alma. La situación que siguió fue curiosa, pues los mensajeros de Yamarāja reclamaron su derecho a llevarse el alma de esta persona claramente pecadora por su estilo de vida, pero a su vez los mensajeros de Viṣṇu argumentaron que cantar el nombre de Nārāyaṇa en estado de desamparo y con fuerza era motivo suficiente para ser “elegible para la liberación”.

Incluso si el nombre había sido usado para llamar a su hijo y no a Dios, incluso si no había sido hecho de forma consciente, había atraído la atención del Señor Viṣṇu que habría reflexionado así: “este hombre ha cantado mi nombre sagrado, por lo tanto mi deber es darle protección”. De esta forma, la conclusión es que cantar el nombre de Dios es el gran método de redención. Y así, los mensajeros divinos liberaron a Ajāmila de las garras de la muerte.

Finalmente, me ha parecido buena idea compartir una canción que se realiza en el Sri Premananda Ashram al final de los abhishekams a la imagen del Señor Kṛṣṇa (una encarnación de Viṣṇu). La canción se conoce como Kṛṣṇa maṅgala ārati (Krishna mángala árati) y se acompaña mostrando fuego y luz a la divinidad como signo de auspiciosidad. Viene al caso porque el “estribillo” repite el mantra que estamos tratando hoy y, por otro lado, hay fragmentos que están en lengua tamil, creando una combinación no tan escuchada en general, aunque normal en el sur de la India, que es justamente donde Rāmānuja reveló el mantra.

La letra habla de que este mantra es medicina para los que sufren y pide prosperidad para todo el mundo. La versión que comparto no es especialmente fácil de disfrutar para el oído occidental, al menos hasta acostumbrarse, ya que tiene una edición bastante cruda pero, eso sí, uno puede sentirse transportado al templo de forma inmediata:

Si queremos algo más “comercial”, entonces también podemos disfrutar de esta dulce versión de Deva Premal. En todo caso, lo importante es, como siempre, la devoción:

Las enseñanzas secretas del yoga y el ejemplo de Rāmānuja

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La tradición espiritual hindú se ha caracterizado históricamente por transmitir el conocimiento con fidelidad a sus orígenes y cara a cara. Por ello la relación personal del estudiante con el guru es tan importante y, por consecuencia, se pretende que el aspirante esté capacitado para recibir las enseñanzas; es decir que tenga mucho anhelo espiritual, paciencia, obediencia al maestro, disciplina… Está lleno de historias de estudiantes que debieron limpiar la casa del maestro por años hasta que, finalmente, éste les dio una enseñanza explícita.

Como dice el estudioso español José Antonio Offroy Arranz, “en la tradición india, el conocimiento es un bien que se merece y conquista, no un derecho que tienen todos los hombres por igual, a modo de como se entiende en el mundo moderno”.

En ámbitos específicos como el Haṭha yoga o el Tantra este secretismo es más pronunciado, pues las enseñanzas implicadas suelen ser exigentes para el cuerpo y la mente y deben ser impartidas por un maestro cualificado, so riesgo de hacerse daño si uno actúa de forma autodidacta.

Como muestra del carácter esotérico de la enseñanza yóguica, baste esta cita de la Haṭha Yoga Pradīpikā, el manual conservado más importante sobre Haṭha yoga:

“La ciencia del haṭha debe ser mantenida en total secreto por el yogui que desee el éxito /
Es poderosa cuando se oculta pero impotente cuando se divulga // (I.11)

En estos tiempos de Internet, sociedad de la información y globalización es claro que el rasgo secreto del yoga y la filosofía espiritual en general se diluye. Cualquier texto que antes se pasaba oralmente de maestro a discípulo, ahora puede ser leído online y, además, con el comentario adjunto de grandes sabios o de cualquier hijo de vecino, indistintamente. Mantras sagrados que antes sólo se murmuraban en la oreja derecha de un iniciado, ahora aparecen cantados abiertamente en YouTube, a veces con música bailable de fondo. Posturas físicas de profunda implicancia energética ahora son practicadas de manera descontextualizada sobre tablas de surf, tablados flamencos o trapecios. Y así podríamos seguir…

¿Todo esto es bueno o malo? ¿Ha perdido el yoga su sacralidad al difundirse? ¿Hay todavía algo secreto en estas enseñanzas? Me gusta el enfoque del ya citado Offroy Arranz:

“El carácter secreto del yoga sigue estando vigente aún hoy en día. Cabe distinguir entre ‘información’, a la cual se puede acceder de manera casi ilimitada, y ‘conocimiento’ (vidyā), cuyo acceso está tan restringido hoy como siempre lo ha estado. Información y conocimiento son de naturalezas completamente diferentes, y su confusión resulta la causa principal de una mala interpretación de un texto tradicional. Actualmente, casi todo el mundo podría tener acceso a la lectura de los textos tradicionales o una de sus traducciones. De todos los que tendrían acceso a la lectura, verdaderamente muy pocos se interesarán por la obra, y de esos, otros pocos la leerán. De esos escasos lectores, alguno será practicante de yoga. Y de esos practicantes, quizá alguno llegue a comprender su contenido.

De esta manera, se puede entender que la restricción de este tipo de textos sigue siendo la misma que cuando fueron redactados por primera vez. La única diferencia es que tradicionalmente se evitaban las lecturas inapropiadas a través del secretismo, y en el mundo moderno, el libre acceso a la información propicia que algunos confundan ‘información’ con ‘conocimiento’. Más allá de esas distinciones, el conocimiento verdadero sigue estando protegido como siempre lo estuvo”.

Es decir, sólo el aspirante que esté cualificado y anhelante de espiritualidad tendrá acceso al conocimiento genuino y podrán utilizarlo para modificar su vida. Los demás sólo se quedarán en la superficie, llena de palabras vacías y pretendidas experiencias místicas. De hecho, en el resto de la vida pasa igual. Ahora todos sabemos – “porque yo no soy tonto” – que las entidades bancarias son especuladoras y que los grandes banqueros saquean el mundo por sus interés personales, y orgullosamente decimos “a mí no me engañan”. Pero, ¿cuántas personas dejan de tener cuenta o tarjeta en alguno de esos bancos, a pesar de su consabido ruin accionar?

Tener información puede dar cierto poder, pero si no lo utilizas para cambiar tu vida en el plano práctico es apenas una anécdota más para la charla de sobremesa.

Ante esta situación, ahora viene otra pregunta: ¿Es bueno divulgar las enseñanzas espirituales? ¿O es mejor guardárselas para quienes las “merecen”? Sé que hay profesores de yoga, por ejemplo, que no enseñan la postura sobre la cabeza (śīrṣāsana) porque temen que si un estudiante se lesiona intentándola, les pueda poner una demanda. También, en el otro lado, hay profesores que el primer día ya les hablan de bandhas y cakras (chakras) a los alumnos principiantes.

Es verdad que cada maestro tiene su estilo y, también, que cada linaje tiene un método diferente, así que sería simplista emitir juicios de valor fuera de contexto. Yo creo que, además de ser fiel al propio linaje, hay que usar la discriminación y esforzarse por ser generoso y compasivo con los estudiantes, de la misma forma que lo son todos los grandes maestros que conocemos. Hablando de grandes maestros, hay una frase de Sri Dharma Mittra que resume lo que siento sobre este tema:

“Compartir conocimiento espiritual es la forma más grande de caridad”.

Sri Dharma Mittra haciendo caridad…

La caridad al compartir conocimiento espiritual tiene uno de sus grandes ejemplos en una famosa historia de Rāmānujācārya (Ramanujacharya), el gran santo vaiṣṇava (váishnava) del siglo XII que vivió en el sur de la India. La historia, tal como la comparto a continuación, es un fragmento del libro Vida y enseñanzas de Ramanujacharya a cargo del sacerdote hindú Krishna Kripa Dasa (incluyendo bellas ilustraciones del devoto Hari Dasa) y que es la primera biografía del santo publicada en español:

“Siguiendo las instrucciones de su guru, Rāmānuja fue a ver al gran erudito Goṣṭhīpūrṇa para aprender plenamente el significado de los mantras védicos. Ya en presencia de aquel famoso devoto, le ofreció reverencias y le rogó que le otorgase el mantra vaiṣṇavaGoṣṭhīpūrṇa, sin embargo, se mostró reacio a entregar el mantra secreto, y respondió: «Puedes volver otro día, y yo consideraré tu petición». Rāmānuja se desanimó mucho ante esta respuesta, y con el corazón apenado regresó a su pueblo.

Una y otra vez, Rāmānuja se dirigió al erudito, pero Goṣṭhīpūrṇa rehusó acceder a su petición. Cuando sus súplicas fueron denegadas en dieciocho diferentes ocasiones, Rāmānuja comenzó a pensar que debía haber alguna gran impureza en su corazón, y que ésta era la razón por la cual Goṣṭhīpūrṇa no le concedía su misericordia. En medio de esta aflicción, Rāmānuja comenzó a derramar lágrimas de desesperación.

Cuando algunas personas informaron a Goṣṭhīpūrṇa de la condición de Rāmānuja, sintió lástima por el joven devoto. Así pues, cuando Rāmānuja fue a verle de nuevo, le habló de una forma muy amable: «Sólo el Señor Viṣṇu (Vishnu) es consciente de las glorias de este mantra. Ahora, sé que tú eres digno de recibirlo, debido a tu pureza y firme devoción al Señor. Nunca había encontrado a nadie, excepto tú, que fuese apto para recibir este mantra, porque cualquiera que lo cante es seguro que irá a Vaikuṇṭha (el cielo de Viṣṇu) en el momento de la muerte. Puesto que este mantra es muy puro y sagrado, no debe ser tocado por los labios de alguien que tenga deseos materiales. Por lo tanto, no debes revelarle este mantra a ninguna otra persona».

Tras instruir así a Rāmānuja, Goṣṭhīpūrṇa le inició en el canto del mantra de ocho sílabas. Rāmānuja se llenó de éxtasis al cantar esta maravillosa vibración y su rostro comenzó a brillar con refulgencia espiritual. Se consideró el más afortunado de todos los seres, y, una y otra vez, se postró a los pies del guru.

Después de dejar a Śrī Goṣṭhīpūrṇa, Rāmānuja, muy alegre, emprendió el regreso a su pueblo. Pero mientras caminaba comenzó a pensar en la potencia del mantra que había recibido. Mientras pensaba así, sintió gran compasión por todos los seres que sufren en este mundo material. Así pues, mientras caminaba cerca de los muros del templo, comenzó a llamar a todas las personas que pasaban por allí: «¡Por favor!, ¡venid aquí todos y yo os daré una joya de valor incalculable!».

Atraídos por la pureza de su expresión y sus palabras poco comunes, una gran multitud de hombres, mujeres y niños comenzó a seguirle. Por todo el pueblo comenzó a propagarse el rumor de que había aparecido un profeta capaz de satisfacer los deseos de todos. En poco tiempo, una gran multitud se había reunido en el exterior del templo. Al ver aquella gran cantidad de personas, el corazón de Rāmānuja se llenó de júbilo y trepó a la torre del templo. Con una voz muy alta, se dirigió a la multitud: «Todos vosotros sois más queridos para mí que mi propia vida. Por lo tanto, tengo un gran deseo de liberaros de los tormentos y sufrimientos que todos hemos de padecer en este mundo temporal. Por favor, recitad este mantra que he obtenido para vosotros. Haced esto, y la misericordia de Dios se derramará sobre vosotros».

Entonces, Rāmānuja proclamó con una voz resonante el mantra que acababa de recibir de Goṣṭhīpūrṇa. Inmediatamente, la multitud respondió recitando a su vez las palabras sagradas, produciendo un ruido semejante al de un trueno. Dos veces más Rāmānuja recitó el mantra, y dos veces más, la estruendosa respuesta resonó desde la multitud. Todos quedaron en silencio, mirándose unos a otros con sentimientos de gran éxtasis en sus corazones.

Mientras la alegre multitud se dispersaba, Rāmānuja bajó de la torre y comenzó a caminar hacia la residencia de Goṣṭhīpūrṇa para adorar a su guru. Para entonces, Goṣṭhīpūrṇa había oído con todo detalle lo que había ocurrido en la plaza del templo y estaba extremadamente enfadado, sintiendo que Rāmānuja había traicionado su confianza. Cuando Rāmānuja se acercó a él, el anciano maestro le dijo con una voz temblorosa debido a la ira: «¡Vete de mi vista, tú, el más bajo de los hombres! He cometido un gran pecado al confiar la gema más preciosa a una persona indigna de confianza como tú. ¿Por qué has regresado aquí de nuevo, forzándome a cometer el pecado de mirar tu cara? Sin duda, estás destinado a vivir en el infierno por incontables vidas».

Sin ningún tipo de remordimiento, Rāmānuja respondió a su guru de la forma más humilde, diciendo: «Sólo porque estoy dispuesto a sufrir en el infierno he desafiado tu orden. Tú me dijiste que quienquiera que cantase el mantra de ocho sílabas sería liberado con toda certeza. Así pues, según tus palabras, ahora muchas personas han sido destinadas a encontrar refugio en los pies de loto de Nārāyaṇa (Naráyana, otro nombre de Viṣṇu). Si una persona insignificante como yo ha de ir al infierno, eso no tiene mucha importancia, si tantos otros van a alcanzar la misericordia del Señor Nārāyaṇa».

Al oír estas palabras, que revelaban plenamente la profundidad de la compasión del devoto, Goṣṭhīpūrṇa se sintió completamente atónito y lleno de admiración. Toda su ira desapareció en un instante, tal como pasa una violenta tempestad, y abrazó a Rāmānuja con profundo afecto”.

La historia es hermosa e inspiradora, ¿verdad? Ahora me imagino que quieren saber cuál era el redentor mantra que compartió Rāmānujācārya con el pueblo. Por un momento me vi tentado a dejarlo para el post de la semana que viene, pero eso sería incoherente con todo lo anterior, así que, confirmando la viñeta de arriba, aquí va:

om namo nārāyaṇāya

Eso sí, para el próximo post dejo la traducción y una explicación más detallada. El conocimiento espiritual hay que compartirlo, claro, pero en raciones pequeñas se saborea mejor.

La muñeca de Barbie Kali y la libertad de expresión

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Dos artistas argentinos, llamados Pool & Marianela, crearon una serie de 33 muñecas de la marca Barbie caracterizadas como imágenes religiosas del catolicismo y, minoritariamente, del hinduismo, budismo y judaísmo. Si bien en la mayoría de casos la protagonista era la rubia Barbie, que asume en general la forma de diferentes vírgenes católicas, su novio Ken también aparecía como parte de la obra, representando figuras masculinas religiosas. La obra en conjunto se titulaba Barbie: The Plastic Religion y, naturalmente, levantó cierta polémica entre los fieles religiosos, especialmente católicos.

Digo “naturalmente” porque la relación entre el arte moderno laico y la religión es siempre tensa, a veces la exacta oposición de dos visiones del mundo. De todos modos, por algún motivo la polémica creció más de lo esperado, saliendo del ámbito argentino y llegando a ser noticia en diferentes partes del mundo y, por supuesto, siendo tema caliente de las redes sociales.

En la serie de muñecas sólo había una representación hindú, la diosa Kālī, pero curiosamente esta inclusión dio pie a llamativos titulares en medios indios, haciéndose eco del enojo que sentían los seguidores del hinduismo ante esta “denigración de lo sagrado”.

Los artistas, Pool&Marianela (todas las imágenes se agrandan al clicarlas)

Para dejarlo claro, como practicante de la filosofía hindú, personalmente yo no me sentí ofendido por la muñeca Barbie Kali, aunque es verdad que me pareció parte de una obra puramente efectista que buscaba llamar la atención, sin otro mensaje detrás. Puedo entender que un hindú ortodoxo se sienta ofendido, pues la Madre Kālī (como cualquier otra imagen sagrada) es una representación de la Divinidad y debido al respeto y devoción que se le tiene, no es correcto (desde este punto de vista) jugar con ella a voluntad.

Los atributos de una imagen divina son muy específicos y están fundamentos en profundos simbolismos, por lo que ponerle cabello rubio a la diosa “oscura” del hinduismo puede ser considerado como irreverente por algunas personas y como un sinsentido por otras. A la vez, el acercamiento que un hindú tiene hacia estas imágenes es de mucho respeto y solemnidad, a las que incluso se adora de forma regular con rituales y ceremonias muy marcadas y antiguas. En el caso de Kālī, que es una diosa feroz, se invita claramente a tener precaución a la hora de adorar esa energía, al punto de que en general es algo que se recomienda no hacer.

De todos modos, entiendo los tiempos que vivimos, en que las grandes ideologías tradicionales han caído y en que, a cambio, surgen modas que mezclan culturas, épocas e ideas para satisfacer nuestras mentes cada vez más incapaces de sorprenderse y de satisfacerse con lo simple de la vida. La cocina fusión Saigón-New Orleans, el Flamenco yoga o los jóvenes vestidos con estética animé son algunas muestras – unas más inocuas que otras – de cómo el postmodernismo consiste en rizar el rizo, buscando sacar algo nuevo de lo ya existente, a falta de ideas mejores.

Para mí, el caso de las Barbies religiosas encaja perfectamente en esta mentalidad actual de la preeminencia de la imagen por sí misma y por eso, a pesar de la polémica, no es sorpresa que haya tenido muchos adeptos que pagarían (y pagarán) por tener uno de esos muñecos en el salón de su casa (junto al gato chino de la suerte, moviendo su brazo).

De todos modos, y dejando mi teoría a medias, los artistas explican que decidieron usar las muñecas Barbie porque ese es el “canon de belleza de la mujer” de esta época, con el cual dicen no estar de acuerdo y, de hecho, la obra se convierte en cierta forma, y entre otras cosas, en una crítica a “las imposiciones de la belleza” actuales.

En cualquier caso, así es el mundo en que vivimos y me parece que enojarse tanto con estos dos artistas era exagerado. Después de todo hay problemas mucho más importantes a los que dedicar el tiempo y la energía, tanto en el mundo como en mi propio camino espiritual. Por eso me sorprendió que, después de unos días de tormenta mediática, los artistas decidieran cancelar su muestra y sacar de la vista pública su obra. Las reacciones negativas (y muchas veces belicosas) de las personas ofendidas tienen que haber sido grandes.

En su página de Facebook, Pool & Marianela explican las razones de su decisión (que fue tomada “con pesar e impotencia” y “para no acrecentar el odio”) y también detallan el mensaje de fondo que tenía su obra, guiada “por el concepto de alteridad, en donde reconocemos las diferencias con un otro y las respetamos, buscando una común-unión con ellos”. Asimismo, los artistas explican que nunca quisieron “herir sensibilidades de las personas de fe, independientemente de la religión que profesen” y aclaran que la obra “se construyó desde el respeto y de la unión de las diferencias, pues participamos fervientemente contra el racismo y el odio”.

La verdad es que el comunicado es claro y las palabras de los artistas son bonitas. Basándome en los criterios espirituales de tener confianza en el prójimo, yo les creo. De hecho, ellos mismos se confiesan católicos apostólicos romanos. Si pudiendo tener mucha prensa (y quizás dinero) con su obra polémica han decidido quitarla para no fomentar odio e intolerancia, entonces me parece un gran gesto. De todos modos, como pasa tantas veces, fueron muchas las personas religiosas las que demostraron intolerancia y violencia. A esas personas les digo una cosa: actuando así le hacen difícil a uno andar por la vida defendiendo las virtudes de seguir una religión. ¡No me hagan quedar mal!

Vamos a centrarnos un momento en Kālī, que es lo que más me interesa. ¿Por qué la eligieron los artistas? Ellos dicen: “quedamos maravillados y absortos con las explicaciones, sentimientos y palabras de amigos, que nos visitan en nuestro hogar y nos introducen desde la fe en la creencia hinduista”. También habría que agregar que Kālī es muy fotogénica y, por supuesto, especialmente llamativa.

No voy a entrar en detalle en la iconografía de la muñeca pues no se trata de una representación canónica para tomar en serio. De todos modos, sí que quisiera puntualizar un detalle del embalaje, pues en la parte frontal superior aparece un mantra en alfabeto devanāgari que dice “Jaya Kāli Mām” (es decir, “Victoria a la Madre Kali”). La frase está en lengua hindi (aunque en sánscrito sería casi idéntico), pero al parecer tiene un error, pues la palabra kāli está con ‘i’ breve (कालि) cuando debería ser larga, o sea kālī (काली).

Obviamente la diferencia es mínima para un neófito, pero es importante para que el sentido sea completo y que lo invocado (incluso con una muñeca Barbie) sea la energía de la diosa “negra” (Kālī quiere decir “la oscura” o la “negra”) y no una palabra con otro significado.

Entrando en el budismo, los artistas representaron a Buda con un muñeco de Ken. Yo no soy un especialista en budismo, pero he decidido meterme en el tema porque aquí ha habido una típica confusión occidental en que se mezclan elementos hindúes y budistas como si fuera lo mismo. La confusión es entendible, ya que Buda era hindú y nació, vivió y murió en la India, a la vez que para el hinduismo tradicional es incluso considerado un avatāra del dios Viṣṇu (Vishnu). Si bien el budismo y el hinduismo tienen muchos puntos en común, al menos en origen, se trata de dos religiones separadas que pueden llegar a ser muy diferentes en sus visiones metodológicas y filosóficas.

Sin entrar a analizar el nombre del Buda, que está en versión española y no tradicional (que sería Buddha, Siddharta Gautama), los puntos a destacar están otra vez en la caja. Por un lado, a diferencia del hinduismo, el uso de la svastika o cruz esvástica no está especialmente difundido en el budismo y no es el símbolo que mejor representa al Iluminado. Por otro lado, y lo más importante, es el mantra sánscrito que aparece en la parte superior frontal del embalaje, que es un mantra totalmente hindú: om namah śivaya.

Este mantra no corresponde de ninguna manera con el Buddha, simplemente porque se trata de una invocación propia de otra religión y dirigida a otra figura divina, que es Śiva (Shiva). Es casi como si pusiéramos un muñeco de Jesucristo y la oración estuviera dirigida a Alá. Por supuesto, budistas e hindúes se sienten, en general, más cercanos entre sí que cristianos y musulmanes, pero eso no quita que la combinación sea un grotesco malentendido. Y en el caso de que adrede uno quisiera relacionar al Buddha con el mantra a una deidad hindú, éste debería ser, al menos, a Viṣṇu.

Este ha sido mi análisis, que espero sea tenido en cuenta si es leído por los artistas, de forma que puedan mejorar el packaging y, dentro de la irreverencia artística (la cual acepto por el bien de la libertad de expresión), buscar ser más rigurosos con los símbolos tradicionales que para muchas personas – yo incluido – son importantes.

Vídeo de cómo hacer velitas de ghī (mantequilla clarificada)

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En casa estamos enfocados en las celebraciones de Navarātri y con tanto ritual se nos acabaron las velitas de ghī, por lo que hemos tenido que hacer nuevas. Entonces, cumpliendo con la promesa que hice en un reciente post, hemos aprovechado para grabar el proceso y publicarlo para todos, esperando que sirva de guía para las personas interesadas.

Para quienes no lo saben, las velitas sirven para mostrar ārati a la deidad, altar o imagen adorada en un ritual. En este contexto, ārati refiere a una lámpara encendida que se mueve en círculos delante del objeto adorado y con la que se muestra fuego y luz a la vez. Dichas lámparas tienen una forma muy específica en la liturgia hindú y pueden tener una sola llama, 5 o hasta 54 o 108. Para uso hogareño una sola llama es suficiente y no es obligatorio contar con la lámpara de bronce tradicional para el ritual.

Lámpara para ārati de 5 llamas

Por su parte, ghī (pronúnciese ‘gui’) es la palabra hindi para referirse a la mantequilla clarificada, que en sánscrito se conoce como ghṛta (ghrita). Este producto goza de gran reputación en la tradición védica, lo cual incluye el ayurveda en su faceta alimenticia y terapéutica. La gracia del ghī es que, hirviendo a fuego lento la mantequilla, se evapora el agua, se separan los sólidos lácteos y las toxinas, dejando sólo la grasa que, aunque pueda sonar mal, es considerada muy sana por la medicina ayurvédica.

En el caso de las velitas, la utilización de ghī se debe a que es un buen reemplazo del polvo o las pastillas de alcanfor, un químico de origen vegetal que es muy usado en la India porque agarra fuego fácilmente y porque es purificador, pero que genera mucho humo, mancha las paredes y, además, en los últimos años en Occidente se ha desaconsejado su uso – antes muy difundido – por considerarlo tóxico. Que el reemplazo del alcanfor sea el ghī está relacionado también con el carácter “sagrado” de este ingrediente, que deriva de la leche de vaca, otro elemento muy valorado en la cultura védica.

En honor a la verdad, en casa somos casi 100% veganos, sobre todo por respeto al maltrato al que están sometidos los animales en la industria láctea actual (ni hablar de la industria cárnica, que es una obviedad). Los pocos productos de origen animal que consumimos ocasionalmente (yogur o queso básicamente) intentamos que sean de procedencia “bio” u “orgánica”, para minimizar el impacto en el sufrimiento animal.

Cuento esto para aclarar dos puntos importantes en relación al proceso de elaboración de las velitas:

  1. El ghī que nosotros preparamos no es para consumo alimenticio sino únicamente para hacer las velas y, por tanto, el proceso de hervor y cocción no es tan cuidadoso ni lento. Si te interesa el aspecto alimenticio debes mirar otro vídeo.
  2. Hemos probado hacer velitas de ghī con margarina vegetal y no funciona, pues no prenden. Por tanto, si te preocupa el maltrato animal, la opción menos mala sería usar mantequilla “bio”. Si eso no va con tus valores, entonces puedes volver al alcanfor o usar una vela normal o incluso una lámpara de aceite con una mecha de algodón.

Antes de pasar al vídeo un par de aclaraciones más:

  • Cuando las velitas de algodón se sumergen en el ghī es conveniente dejarlas un buen rato ahí, para que se impregnen bien del líquido.
  • Una vez congeladas y listas para utilizar, lo que hay que hacer para asegurarse de que las velitas no se apaguen en medio del ritual es encenderlas y dejar que quemen un rato (hasta llegar al algodón) antes de, efectivamente, hacer el primer ārati.

El vídeo, que dura 3′ que pasan rápido, es de creación totalmente casera, por lo que todo lo que se ve es bastante “natural”, incluido cualquier error o temblor del camarógrafo (ese sería yo). En cualquier caso, el vídeo ha quedado bien y eso es mérito de Hansika, mi esposa, agente de relaciones públicas y productora audiovisual personal, que ha elegido los encuadres, ha hecho el guión, ha editado y montado todo el vídeo, ha puesto sus dulces manos en cámara y, sobre todo, ha hecho las velitas en la vida real.

Así es fácil hacer un post (y estar casado).

Disfruten el vídeo:

Las tres energías de Navarātri

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Navarātri es la festividad hindú más importante en honor a la Madre Divina, el aspecto femenino de la Divinidad, que da vida, alimenta y cuida a todos los seres. Los indígenas andinos la llaman Pachamama; los romanos le decían Natura; algunas personas le dicen Energía, otras prefieren hablar de la Diosa y otras simplemente dicen Madre Tierra. En el hinduismo se considera que todo el universo material (y también el no material) es una manifestación de esta energía dinámica femenina (Śakti – Shakti -), que también tiene diversos nombres según los aspectos que predominen.

En Navarātri, que dura nueve noches (nava = nueve; rātri = noche), se adoran las tres formas principales de la Madre, relacionadas con la trinidad esencial de creación-mantenimiento-transformación, unas fuerzas cíclicas que están presentes en todo proceso material.

En posts de otros años he explicado detalles de la Madre Divina y para la celebración de este año 2014 quiero publicar un fragmento de un discurso dado por mi guru, Swami Premananda, en que explica de forma muy simple estos tres aspectos de la Madre.

Dice Swami:

“Navaratri es la ocasión cuando la Madre Divina es adorada en la forma de sus tres energías que son muy esenciales en nuestra vida. ¿Por qué no somos capaces de ver a Dios, que está en todas partes? Dios está más allá de cualquier forma. Lo vemos todo el tiempo pero no lo reconocemos. Todos los universos están llenos con las energías del Señor Śiva (Shiva).

El espacio exterior está ocupado por las energías de la Madre Divina. De acuerdo con las necesidades de la humanidad, Ella aparece en diferentes formas y nos ayuda. Para proveer comida, Ella aparece como Annapūrṇā. Para proveer educación, Ella aparece como Sarasvatī (Sarásuati). Para proveer riqueza, Ella aparece como Lakṣmī (Lakshmi). Para remover el miedo, Ella aparece como Durgā. Para proveer conocimiento, Ella aparece como Bhavatāramī (un nombre de Kālī). Así la Madre Divina, Śakti, tiene distintas formas.

Antes que nada, para vivir sin miedo necesitamos energía. Por lo tanto, durante los primeros tres días, adoramos la energía en la forma de Durgā. Luego, para vivir de manera confortable, es muy importante el hecho de que necesitamos riqueza. Durante los siguientes tres días, adoramos la energía que nos provee con riqueza como Lakṣmī Devī. Sin embargo, la riqueza sola no es suficiente para que uno viva. Es importante aprender distintas habilidades. Adoramos a la energía que nos capacita para adquirir el aprendizaje de diferentes habilidades adorando a Sarasvatī durante los últimos tres días.

El último día, llamado Vijaya Daśamī (Vijaya Dáshami), es el día en que la Madre Divina le quitó la vida a Mahiṣāsura (el demonio con cuerpo de búfalo). En ese día La Madre Divina destruyó la ignorancia en el hombre y le confirió conocimiento.

Por lo tanto, bendigo a todos para que en estos diez días adoremos a la Madre Divina con todos nuestros corazones. Que recibamos la riqueza ofrecida por Ella. Que nuestra ignorancia sea removida, de manera que podamos ganar conocimiento beneficioso”.

Dejando las palabras de Swami arriba, yo agrego que la festividad de Navarātri ocurre dos veces al año, una en primavera (Vasanta Navarātri) y otra en otoño (Śarad Navarātri); siendo esta última la más conocida y celebrada. Las fechas de ambas festividades están basadas en el calendario lunar y, por tanto, son variables, pero siempre caen cerca de los equinoccios. A este respecto, quizás saben que coincidiendo con estos cambios de estación muchas personas aprovechan para hacer dietas de desintoxicación (no beber alcohol, no comer carne o fritos, tomar sólo zumo de manzana…), pues el cambio de temperaturas implica cambio de alimentación y es bueno preparar el cuerpo (amén de purificarlo de excesos veraniegos o invernales).

Una de las formas tradicionales de celebrar Navarātri es, por supuesto, adorar a la Madre Divina en sus diferentes aspectos a través de rituales, canto de mantras o meditaciones específicas, a la vez que muchas personas también realizan ayuno como parte de la adoración. El ayuno no necesariamente es total o de agua, sino que puede ser de frutas o leche o sólo una simple comida al día, por ejemplo. Es llamativo entonces que esta austeridad alimenticia, que a primera impresión puede parecer un gesto ascético innecesario, coincida con la moda actual de hacer ‘detox’ que siguen todo tipo de personas, muchas sin interés espiritual o yóguico.

Mi impresión, basada en la experiencia, es que la tradición antigua de la India no es azarosa ni caprichosa, sino que está basada en verdades universales que, en muchos casos, pueden considerarse eternas. Por eso, que la larga celebración de la Madre Universal sea acompañada de una dieta desintoxicante en la época de los cambios de estación no me parece casual; más bien creo que es un sabio hábito que los antiguos rishis (ṛṣis) vieron útil para el propio devoto y su salud.

Fechas 2014

Como detalle importante y final, pongo las fechas de Navarātri 2014:

  • Adoración a Durgā, primeros 3 días: 24, 25 y 26 de Septiembre.
  • Adoración a Lakṣmī: 27, 28 y 29 de Septiembre.
  • Adoración a Sarasvatī: 30 de Sept., 1 y 2 de Octubre.

Después de la novena noche, el décimo y último día (3 de Octubre 2014), ya nombrado por Swami, es quizás el más importante: Vijaya Daśamī. En este día la adoración vuelve a ser a la Madre en su aspecto de la diosa Durgā (en algunas partes de India en este día también se conmemora la victoria de Rāma sobre el demonio Rāvaṇa).

En todos los casos, es el triunfo del bien sobre el mal o, si hacemos algún tipo de ayuno o dieta especial, de la desintoxicación sobre las impurezas.

El mantra de la inmortalidad

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Con el título de este post me van a llover las visitas, pues es un hecho que los internautas tienen especial predilección por consultarle a Google fórmulas mágicas para vencer la muerte. No sólo los internautas, claro, sino la gran mayoría de la humanidad, en todos los lugares y épocas. Pero, si la naturaleza de este universo es el cambio permanente, la pregunta es: ¿puede existir algo como la inmortalidad?

Dejando esa interrogación en espera, lo seguro es que en la tradición espiritual de la India existe un mantra muy conocido que se llama mahāmṛtyuṃjaya (mahamrityumjaya), es decir “el conquistador de la gran muerte”, al que se le atribuye la cualidad de mantener a raya la defunción y, por consiguiente, se le considera un buen antídoto contra las enfermedades y el envejecimiento.

Como sé que a los internautas les gusta ir al grano y que si no escribo lo que buscan se saltarán los párrafos hasta encontrarlo, les daré lo que quieren. El mantra es el siguiente:

Om tryambakaṁ yajāmahe sugandhiṁ puṣṭivardhanam /
urvārukamiva bandhanān mṛtyormukṣīya māmṛtāt 
//

A continuación, una traducción lo más literal pero entendible posible:

Om, adoramos al de los tres ojos, de buen aroma y acrecentador de prosperidad /
así como el pepino (es separado de su tallo), libéranos de la atadura de la muerte, no de la inmortalidad //

A los lectores que se han quedado después de conocer el mantra, les cuento que estos versos tienen miles de años pues ya aparecen en el Rg Veda (Rig Veda), la composición védica más antigua, considerada sagrada y base religiosa del hinduismo (junto con los otros tres Vedas).

El mantra está dirigido al dios Rudra (“el Aullador”), el nombre primigenio del Señor Śiva (Shiva), que en este caso es invocado con el epíteto de “el de los tres ojos” (Tryambaka). Esto es porque, como indica el nombre, Śiva es representado muchas veces con tres ojos, siendo el tercero el de la visión espiritual y trascendente, ubicado en el espacio entre las cejas.

El Señor Śiva es, tradicionalmente, el encargado de la destrucción del universo, o dicho más suave, de la transformación de todos los elementos y seres. Por tanto, es muy adecuado que sea él quien tenga la potestad de otorgar inmortalidad, en caso de que exista tal cosa, claro.

Asimismo, Śiva es el Señor de los Yoguis, el asceta por excelencia, y se explica que cuando una persona dedica su vida a la austera disciplina yóguica de meditación, contemplación, prāṇāyāma, celibato, silencio, dieta frugal, etc., toda la energía interior que se genera redunda, entre otras cosas, en una fragancia muy agradable (sugandhi) que emana de su cuerpo. En cuanto a la definición de Śiva como “acrecentador de prosperidad”, se puede entender que él es el encargado de alimentar y dar bienestar a todos los seres.

La parte más curiosa del famoso mantra, al menos para mí, es el inicio del segundo verso cuando se compara la liberación de la muerte (mṛtyormukṣīya) con el momento en que el pepino se separa de la planta. Bueno, digo pepino por no decir melón, pues dependiendo de la fuente hay divergencias (he encontrado también sandía o calabaza). Por ejemplo, aquí dicen que se trata de un pepino, fruto de la planta llamada Cucumis utilissimus, que paradójicamente Wikipedia pone como sinónimo del melón (Cucumis melo).

En cualquier caso, la palabra sánscrita para describir el fruto es urvāruka, y sea la especie que sea, lo seguro es que se trata de una planta de tallo rastrero, de allí la idea de “fácil separación” que implica el mantra, ya que cuando el fruto está maduro se suelta solo y, a diferencia de un fruto de árbol, ni siquiera debe soportar la caída al suelo, haciéndolo todo más llevadero. Obviamente, para que el “fruto” esté maduro hace falta tiempo, dedicación y paciencia y orándole a Śiva uno espera que Él se haga cargo de parte de nuestro trabajo.

Finalmente, lo que se pide a Śiva es que nos libre de la muerte pero no de la inmortalidad. Obviamente, dirá alguien, lo opuesto a muerte es inmortalidad, pero el énfasis que, en este mantra, se pone en el último concepto es vital, pues todos sabemos (aunque no siempre lo queramos ver) que por más años que vivamos y por más agraciados que seamos con un cuerpo sano, este contenedor hecho de carne, huesos, piel, pelos y sangre inevitablemente perecerá y será polvo.

¿Por qué, entonces, los sabios védicos pedían el despropósito de la inmortalidad? ¿Es que no entendían la finita ley de la vida, que hace 5000 años era igual de irrefutable que ahora? ¿O es acaso que se referían a otro tipo de inmortalidad? La respuesta ya la intuyen muchos lectores, ¿verdad?

La filosofía hindú afirma que lo único inmortal es el Ser (con mayúscula), aquella porción de lo Divino que está en el interior de cada ser (con minúscula) y que nunca cambia, incluso aunque decaiga y perezca el cuerpo. Si el Ser (o alma) ya es inmortal, podría esgrimir alguien, ¿para qué pedirle inmortalidad a Śiva? Lo que se le pide es, en realidad, que con su gracia nos ayude a recordar y a conocer esa inmortalidad, ya que en la medida que no lo hacemos estamos viviendo una vida de aflicciones y altibajos, “muertos” a nuestra verdadera esencia que, nos dicen, es pura y permanente dicha espiritual.

Para los interesados en investigar, el Mahāmṛtyuṃjaya mantra, también llamado Tryambakam mantra, se encuentra en el Rg Veda (7.59.12) y también en el Yajur Veda (Śukla, 3.60), aunque en este último texto es más largo y ofrece una segunda versión ligeramente diferente: además de “acrecentador de prosperidad” (puṣṭivardhanam), Śiva es exhortado como “procurador de esposo” (pativedana).

A la hora de la pronunciación, y según las reglas fonéticas sánscritas, lo normal sería decir “tryambaka” tal como se lee, con la ‘y’ sonando como una ‘i’ breve (pues la palabra está compuesta por tri + ambaka y simplemente cambia a try + ambaka por cuestiones gramaticales).

Lo curioso es que también está muy extendida la pronunciación “trayambaka” (con la ‘y’ siempre sonando como ‘i’). No lo tengo 100% claro, pero sospecho que se trata de una variación derivada de la pronunciación inglesa, que es la más difundida y que al lexema try lo pronuncia “trai” (algo similar ocurre con el apellido del gran maestro Iyengar, que en lenguas indias se pronunciaría “iiengar”, pero que por influencia anglosajona – donde la ‘i’ es ‘ai’ – gran parte del mundo dice “aiiengar”).

La pronunciación es un tema importante, a la vez que en el hinduismo hay tantas corrientes que nunca se puede decir que algo sea correcto y otra cosa incorrecta. En la mayoría de los casos se trata de dos verdades que no se invalidan. En el caso del Mahāmṛtyuṃjaya mantra lo mejor es seguir la pronunciación que enseña nuestro guru o, en caso de no tener guru, escuchar algunas versiones fiables que, al menos, preparen el oído. Para eso comparto unas pocas:

Estilo tradicional cantado por brahmanes, con una pronunciación “cerrada”:

Estilo más moderno pero sobrio, con la pronunciación alternativa de “trayambakam”:

Estilo moderno, más festivo, con pronunciación “tryambakam” y un agregado de sílabas sagradas entre cada vuelta del mantra:

Finalmente, si tienes Spotify puedes escuchar la versión de Uma Mohan que es estilo clásico para recitar: Mrityunjay Mahamantra

En cualquiera de los casos y uses el estilo que uses, me parece pertinente citar como cierre las clásicas palabras de Sri Dharma Mittra (cuyo linaje usa la pronunciación “trayambakam”) después de enseñar el Mahāmṛtyuṃjaya mantra a sus estudiantes: “¡Ahora tenéis un arma en vuestras manos!”.

Los seis enemigos de la evolución espiritual

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El practicante espiritual debe enfrentarse a muchos retos en el apasionante viaje hacia el auto-conocimiento y uno de esos grandes desafíos es la lucha cotidiana con los llamados ariṣaḍvarga (arishadvarga), el “grupo de los seis enemigos”. Se dice que estos duros oponentes para la evolución espiritual se encuentran escondidos en nuestra propia mente, aunque también es cierto que salen a la luz con bastante frecuencia, a veces de forma muy patente y otras de manera más sutil.

Sin más vueltas, enumero estos seis enemigos de la mente:

  • Deseo o lujuria (kāma)
  • Ira (krodha)
  • Codicia (lobha)
  • Confusión o error (moha)
  • Soberbia (mada)
  • Envidia (mātsarya)

Es verdad que a primera vista uno podría encontrar similitudes con los famosos siete pecados capitales del cristianismo, aunque en realidad hay diferencias filosóficas importantes. Por ejemplo, en el cristianismo la soberbia es el principal pecado del que derivan los demás, mientras que en esta visión hindú la fuente de todo pecado es kāma, el deseo, que según el contexto también se puede traducir como lujuria.

El hinduismo sostiene que la naturaleza del deseo es inagotable y por más que uno satisfaga uno de sus tantos deseos siempre habrá nuevos deseos surgiendo (el desasosiego de muchas personas ricas o famosas es un claro ejemplo). Se dice que el deseo es como el fuego y que su satisfacción es como madera o mantequilla clarificada (ghī) que se echa a las llamas y no hace más que alimentar esa hoguera de deseos. La solución, entonces, es reducir los deseos a través del control de los sentidos y de la mente.

En la Bhagavad Gītā (3.37) el Señor Kṛṣṇa explica que del deseo no satisfecho – lo cual, como sabemos, es algo muy frecuente – surge la ira (krodha). Es decir, cuando no sucede lo que esperamos o sucede de forma diferente, generalmente nos enfadamos, nos molestamos y hasta nos encolerizamos.

Cuando uno está iracundo surge, entonces, la confusión mental (moha), es decir la falta de discernimiento que nos impide ver qué está mal o bien y nos lleva a actuar irracionalmente impulsados por las emociones del momento. Este error o engaño en que cae la mente se debe a que la ira nos obnubila, y puede ser tan fuerte que uno llega a olvidar sus valores morales, sus principios o sus modales para hacer o decir cosas de las que luego, en muchos casos, se arrepentirá.

La soberbia, orgullo o arrogancia (mada) es un resultado natural del error mental que nos infunde la creencia de que uno es superior o mejor que los demás. Si, como explica el hinduismo, nuestro verdadero ser es idéntico en potencial divino a los demás seres, ¿cómo puedo yo, en esencia, ser mejor o peor? Para avanzar espiritualmente la humildad es fundamental y, por ello, este enemigo también hay que vencerlo.

Por su parte, la codicia (lobha) o también avaricia, que puede incluir el pecado de gula, es un deseo exacerbado de riquezas o bienes materiales que, como dice Swami Sivananda, “nos vuelve ciegos a los intereses y los sentimientos de los demás”. Es la naturaleza del deseo en estado puro, que además nos quita cualquier atisbo de compasión por los demás.

En este punto, la envidia (mātsarya) tiene un efecto similar, ya que nuestros deseos insatisfechos e inacabables provocan sentimientos negativos hacia los demás y nos nublan el entendimiento de que cada uno tiene lo que le corresponde y de que el bienestar ajeno no es sinónimo de mi desdicha.

Si hay algún lector que ya ha vencido totalmente a alguno de estos seis enemigos, lo felicito. Si, en cambio, todavía está en la lucha lo mejor parece ser enfocarse en kāma, el deseo, que es el origen de los demás. Si esto les parece poco, entonces podemos seguir el consejo del Señor Kṛṣṇa que destaca tres enemigos como “las tres puertas del infierno”: lujuria, ira y codicia (Bhagavad Gītā 16.21). En todos los casos es una batalla dura. Y si no, que lo diga Viśvāmitra (Vishuamitra).

Viśvāmitra era un rey que un día llegó, junto a su ingente ejército, a la ermita del gran sabio Vasiṣṭha (Vasishtha). El sabio le recibió con hospitalidad y palabras auspiciosas y quiso ofrecerle un banquete real acorde con el estatus del monarca. El rey al principio se negó pues en la ermita no había más que frutas y raíces, pero Vasiṣṭha insistió y llamó a Kāmadhenu, “la vaca de la abundancia”, que era de su propiedad, ordenándole que creara un banquete para satisfacer el paladar de Viśvāmitra y de todos los miembros de su ejército. La vaca lo hizo sin esfuerzo.

Al ver esto, en Viśvāmitra se despertó el fuerte deseo de poseer la vaca, que le sería muy útil en los asuntos del reino, y le exigió al sabio que se la diera. Vasiṣṭha se negó y entonces Viśvāmitra ordenó a sus soldados que capturaran la vaca por la fuerza. Ante su indefensión, el sabio mandó a la vaca a que creara un poder para contraatacar y entonces, con su mugido, Kāmadhenu creó miles de guerreros que destruyeron los poderosos ejércitos reales. Encolerizado, el rey en persona comenzó una pelea directa con el sabio, utilizando todas sus fuerzas, sus armas y su conocimiento del arte de la guerra, pero Vasiṣṭha fue capaz de derrotarlo con la simple ayuda de su bastón de renunciante.

En ese momento, Viśvāmitra se dio cuenta de que el poder que daba la ascesis era mayor que cualquier otro y decidió retirarse a las montañas para convertirse él también en un brahmaṛṣi (brahmarishi), un sabio establecido en Brahman, el Absoluto, y así poder vengarse de Vasiṣṭha. O sea, incluso en el momento de decidirse por abandonarlo todo para conocer la Verdad última el rey lo hace con la idea de venganza. Así de fuerte es la obnubilación que produce la ira.

Abandonando sus riquezas, su reino y su familia, el hasta entonces rey Viśvāmitra se recluye en un alto pico de los Himalayas para realizar prácticas acéticas (tapas) y ganar poderes yóguicos. Tan intensas fueron las austeridades de Viśvāmitra que Indra, el señor del Cielo, comenzó a preocuparse por perder su puesto ante tanto poder interior y, como estrategia, envía una apsara, una hermosa ninfa celestial, de nombre Menakā, para tentarlo. Vencido por el deseo sensual (kāma), Viśvāmitra olvida su vida de austeridad y vive felizmente con la ninfa por diez años, perdiendo así parte de sus méritos ascéticos.

Viśvāmitra con Menakā.

Cuando Viśvāmitra se da cuenta de que ha sido vencido por la lujuria emprende un nuevo ciclo de austeridades, esta vez más duro, que dura por mil años y que consiste en ayunar completamente y estar con los brazos en alto. El fuego interno que genera es tan ardiente que todos los devas temen por su estatus y deciden enviar a otra ninfa seductora, de nombre Rambhā. Pero Viśvāmitra ya ha vencido el primer enemigo y rechaza a Rambhā, aunque se encoleriza tanto por este intento de distracción que le lanza una maldición y la convierte en piedra. Apenas hecho esto, Viśvāmitra se da cuenta de que había vencido a la lujuria pero se había dejado vencer por la ira (krodha). Una vez más, los méritos adquiridos se perdían.

Entonces, ahora sí, Viśvāmitra decide ponerse en serio practicando tapas y se va a un pico bien alto y solitario donde toma también el voto de silencio. Y así pasa mil años, ayunando y callado, hasta que llega el día en que le toca romper el ayuno. Entonces llegó Indra, disfrazado de brahmán, y le pidió su comida como típico acto de hospitalidad. Viśvāmitra no tuvo problemas en ceder su alimento y seguir en ayunas, lo cual demostró que había dominado la codicia y la avaricia (lobha).

En este punto, el dios creador Brahmā hizo su aparición para decirle a Viśvāmitra que era un mahāṛṣi (maharishi), un “gran sabio”, y que para ser un brahmaṛṣi, el máximo nivel de sabiduría, debía pedir la bendición de, ni más ni menos, Vasiṣṭha en persona. Viśvāmitra se sintió frustrado ante esta propuesta y, aún cegado por la ilusión (moha), decidió matar al sabio Vasiṣṭha para así, quizás, convertirse en un brahmaṛṣi. Para eso se dirigió a la ermita del santo con una gran piedra sobre los hombros y se colocó en la entrada a esperar que éste pasara de camino a sus rituales matutinos.

Entonces, Viśvāmitra escuchó al sabio Vasiṣṭha que se acercaba mientras hablaba con su mujer y decía: “Viśvāmitra es un hombre tan grandioso que está a punto de lograr el máximo logro de brahmaṛṣi pero aún tiene vestigios de soberbia y envidia”. A lo que la mujer replica: “Pero si él lo merece, ¿entonces no me digas que no vas a bendecirle con ese estatus elevado?”. Y Vasiṣṭha dice: “Claro que le daré mis bendiciones. Siempre y cuando él venga a verme”.

Escuchando estas palabras, Viśvāmitra se sintió avergonzado por su soberbia (mada), odio y envidia (mātsarya) hacia un santo así de compasivo y humilde y dejando la roca a un lado se lanzó a los pies de Vasiṣṭha, que le dijo: “Ahora te has convertido en un brahmaṛṣi, ya que al vencer a los seis enemigos has demostrado al mundo que el espíritu humano es invencible”.

De hecho, Viśvāmitra es conocido por ser uno de los más venerados sabios de la cultura védica, encargado de componer una parte del Rg Veda (Rig Veda), incluyendo el famoso Gāyatrī mantra.

Perdonen la simplificación, pero esta historia y la lucha contra los seis enemigos me hacen acordar, y con esto acabo, a un viejo chiste popular, que dice así o similar:

El hombre más anciano de la provincia, con 108 años, se encuentra en una radio local para una entrevista.

El periodista le pregunta lo obvio: – “¿Cuál es su secreto para vivir tantos años?”.

El anciano responde: – “Nunca llevarle la contraria a nadie”.

El periodista, que quizás esperaba una compleja fórmula dietética o una revelación mística, replica algo ofuscado: – “¡Hombre, no me dirá que sólo con eso ha llegado Usted a esta edad!”.

Y el anciano responde, calmo: – “Pues tiene Usted razón, no debe ser por eso”.

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