Canal RSS

Archivo del Autor: Naren Herrero

La práctica de tener buenos pensamientos

Publicado en

En la revista Prema Ananda Vahini de Febrero 2015 aparece un discurso de Swami Premananda sobre cómo funciona nuestra mente y cómo uno, muchas veces sin saberlo, está bajo el dominio de sus pensamientos. Uno se cree que pensar mucho es sinónimo de inteligencia y pocas veces se pone a analizar el real contenido de esos pensamientos que, usando terminología psicoanalítica, se presentan en “asociación libre” llevando nuestra atención de un punto a otro, con frecuencia sin rumbo. Por eso se dice que quien domina su mente es más poderoso que un rey y, sobre todo, más valiente.

Sin más, veamos qué dice Swami al respecto:

“¿Qué es esencial para nosotros de modo que podamos vivir como buenas personas con buenos pensamientos? En nuestras mentes humanas hay muchos pensamientos que corren continuamente como olas. ¿Los hemos invitado nosotros o han venido por sí mismos? Pensemos en esto por un momento.

A nuestras mentes llegan, también, pensamientos no deseados. Llegan por sí solos. Aunque no nos gusta tenerlos, aun así surgen. No penséis que llegan porque sí: se forman a causa de nuestras circunstancias de vida, de eventos cotidianos y del estilo de vida que hemos llevado desde nuestra juventud. Nuestros pensamientos dependen de nuestro pasado y de nuestro presente. Hablamos sin recordar lo que ha sido dicho antes; juzgamos si es verdadero o falso lo que dicen los demás. Todo eso se refleja en nuestros pensamientos.

Con los años hemos acumulado todo tipo de pensamientos. Cuando leemos periódicos y libros, o miramos TV o películas, sus contenidos se vuelven parte de nuestro conocimiento, aunque no recordemos lo que hemos visto o mirado. El mundo moderno también nos influencia de forma poderosa. Cuando no estamos pensando, algo de esto automáticamente aparecerá en nuestra mente. Mientras que algunos de estos pensamientos pueden ser útiles para nosotros, la mayoría son inútiles. No obstante, según nuestro estado mental, puede que los aceptemos.

Cuando algo atrae nuestra mente, nuestra mente siempre lo desea, incluso si sabemos que no es bueno para nosotros. Con el tiempo la mente empieza a pensar que eso nunca es erróneo y que es siempre acertado. Sin embargo, eso no hace que algo incorrecto sea correcto. Cuando no encontramos una salida a esto sentimos que nos han orientado mal. Nuestros pensamientos nos esclavizan porque creemos que son correctos. Pero si alguien nos dijera esto, nuestras mentes no lo aceptarían. Sin embargo, así es cómo se forjan nuestras vidas”.

swami

Un ejemplo de “pensamientos que esclavizan”, como dice Swami, es una historia que tengo ganas de contar hace varios meses y creo que ha llegado el momento:

Un hombre decide hacerse monje y pide ingresar en un austero monasterio de reclusión, que se encuentra en lo alto de una montaña y en que los religiosos están todo el día en total silencio. Se dedican a la oración, la contemplación y, por supuesto, a sostener el monasterio con sus propias manos en largas jornadas de trabajo desinteresado y abnegación, pero nada de hablar. Excepto cada cinco años, en que cada residente puede dirigirse al monje superior y decir únicamente dos palabras.

El recién ingresado, que es aún joven, empieza su vida monástica con entusiasmo y anhelo por profundizar en su interior. De todos modos, la vida de renunciante puede ser dura y, como es normal, la mente está siempre entre altibajos. Después de cinco años de práctica y voluntad, el monje se dirige al líder para emitir sus dos palabras. Y dice: ‘Cama dura’.

Así pasan otros cinco años, en que el monje sigue con su práctica, su trabajo en el huerto y la memorización de textos sagrados, y cumplido el ciclo entra al despacho del líder para compartir sus dos palabras. Y dice: ‘Comida mala’.

Cuando pasa otro quinquenio, el monje ya no es aquel joven entusiasta sino una persona más taciturna y, claro está, menos joven. En su turno ante el líder espiritual del monasterio abre su corazón para emitir las dos palabras de rigor. Y dice: ‘Baño sucio’.

Con gran esfuerzo, nuestro monje continúa sirviendo en el monasterio, intentando aquietar su mente y encontrar un elevado estado espiritual. Al pasar otros cinco años, ya con pelos blancos en la hirsuta barba y con callos en los talones de tanto ir descalzo, se presenta una vez más ante el líder para la cita oral. Con gesto entre desafiante y resignado, el monje pronuncia entonces sus dos palabras. Y dice: ‘¡Me voy!’.

El líder levanta la mirada de las hojas de palma donde apuntaba las escuetas palabras de sus hermanos, y rompiendo el tenso silencio que se había generado, responde con vehemencia: ‘¡Menos mal! Porque hace veinte años que lo único que haces es quejarte’.

Una posible moraleja de la historia es obvia: veinte años (que también podría ser ‘toda la vida’) dedicándote a una actividad que se supone te hará feliz y estar en paz y por culpa de los malos pensamientos, tan metidos en nuestra vida diaria, ese tiempo y ese esfuerzo quedan en nada. Evidentemente la historia es divertida y es fácil ver fallas en la actitud del monje, pero la gran pregunta es ¿no será ese monje un reflejo de nuestro actuar cotidiano? ¿No estamos todos a merced de los vaivenes de nuestra mente?

En la enseñanza de Swami antes citada, hay un párrafo más:

“Todo surge de la mente. En la mente existen almacenados incidentes que tuvieron lugar a lo largo de toda tu vida desde la infancia. Haz algo para eliminarlos completamente. ¿Cómo puedes eliminar estos recuerdos? Medita. Al meditar, te purificas”.

meditacion

Ahora que sabemos el secreto para limpiar nuestra mente de malos pensamientos, todo es más fácil. Sólo nos queda empezar a practicar. ¿Qué no sabes cómo hacerlo? No hay problema, hay muchas formas de meditar y la semana próxima compartiré una técnica de meditación explicada por Swami Premananda.

Hasta entonces puedes aprovechar para observar tu mente y ver qué tipos de pensamientos llegan. Eso ya es un gran paso.

Presentación de ‘Kumbha Mela’ en Madrid

Publicado en

Después del éxito de la presentación del libro en Barcelona, ya tenemos fecha y lugar para presentar Kumbha Mela: la celebración espiritual más grande del mundo (Kairós, 2015) en Madrid. El evento será el Jueves 11 de Junio de 2015 a las 20:30h en la Librería De viaje (Serrano 41).

Estoy muy contento de hacer esta presentación, no tanto por difundir el libro y hacer un viaje a la capital, sino porque compartiré el evento con dos escritores y editores que admiro: Agustín Pániker y Álvaro Enterría.

Agustín es director de Editorial Kairós, además de reconocido autor de libros de temática índica y profuso conferenciante. Será él, con su carisma y conocimiento, quien nos introducirá en el tema del gran festival.

Especial ilusión me hace la presencia de Álvaro, que llega directamente desde la sagrada ciudad de Varanasi en la India, pues su contribución al proyecto del libro fue muy grande. Él me apoyó desde el inicio a investigar el tema y a viajar a Allahabad y, además, me fue respondiendo infinidad de preguntas durante el proceso de escritura del libro. A la vez, tuvo la generosidad de corregir, al menos dos veces, el manuscrito completo de la obra, añadiendo importantes sugerencias. Finalmente, Álvaro escribió el excelente prólogo de Kumbha Mela, aportando calidad y experiencia personal a un libro que, así, tomó su forma final.

En la presentación de Madrid, Álvaro hablará sobre los lugares de peregrinación (tīrthas), sobre el baño purificatorio (snāna) y sobre su propia vivencia como peregrino en varias Kumbha Melas.

Por supuesto, habrá proyección de imágenes para ilustrar las charlas (incluyendo el espectacular booktráiler) y también la posibilidad de hacer preguntas. Al igual que en Barcelona, habrá una sorpresa final para los asistentes. Debajo comparto el cartel promocional (se amplía al clicar):

presentación_flyer_Madrid

La fecha de la presentación no es casual, ya que se hace en el marco de la 74º Feria del Libro de Madrid, que va del 29 de mayo al 14 de junio de 2015. Por eso, el Sábado 13 de Junio estaré, a las 12h, en el Parque del Retiro firmando ejemplares de mi libro en la caseta de Editorial Kairós (caseta 175). También estará Agustín firmando sus conocidos libros.

A quienes estén cerca de Madrid por esas fechas, los espero con ganas. Para quienes estén lejos (o no puedan aguantar estas semanas de espera), comparto otra vez el vídeo del resumen de la presentación de Barcelona, con la presencia de Swami Satyānanda Saraswatī:

Muchas gracias.

Śavāsana, la postura más difícil de dominar

Publicado en

En esta época en que reina la imagen como forma de comunicación, y en que cada día vemos a alguien haciendo una sofisticada postura de Haṭha Yoga en Instagram, el rol de śavāsana (pronúnciese ‘shavásana’), está subvalorado.

Śavāsana es el nombre de la postura de relajación con que se suele acabar la práctica más física de una sesión de yoga. Según el estilo de yoga que uno siga, es posible que también se utilice śavāsana como postura de descanso y recuperación entre otras posturas más exigentes físicamente. De hecho, es esta cualidad de pose “fácil” y quieta la que hace que śavāsana no sea considerada importante, ya que vivimos tiempos en que el yoga es sinónimo de sudar y saltar y, acorde a la sociedad “productiva” actual, nadie tiene tiempo de parar 10’ a “hacer nada”.

Sin embargo, y a pesar de ser un āsana aparentemente fácil, los grandes yoguis están de acuerdo en que se trata de una postura difícil de dominar, incluso, dicen algunos, la más difícil. La palabra sánscrita śava quiere decir “cadáver” y, como indica su nombre, la postura consiste en yacer estirado en el suelo, boca arriba, sin moverse, simulando estar como muerto (de ahí que un nombre alternativo de la pose sea mṛtāsana, ya que mṛta – ‘mrita’ – significa “muerto”). Parece fácil, ¿no es cierto? Ya volveremos a ello, mientras tanto veamos detalles contextuales.

Como postura de yoga, śavāsana aparece por primera vez citada en la Haṭha Yoga Pradīpikā (I.32), el famoso manual de Haṭha Yoga del siglo XV, donde se dice que “elimina la fatiga y hace que la mente se detenga”.

De todos modos, según explica el académico inglés Jason Birch, “la primera referencia que aparece en un texto de Haṭha Yoga sobre yacer en el suelo como un cadáver hasta que se disuelva la mente está en el Dattātreyayogaśāstra del siglo XII”. En ese texto, más que una postura se presenta a śavāsana (aunque sin ese nombre) como una técnica de meditación para “disolver” (laya) la mente – en el sentido de hacerla desaparecer – mediante su absorción en algún objeto/idea/sonido.

savasana

A este respecto, una de las variantes para practicar śavāsana es hacerlo relajando conscientemente cada parte del cuerpo, como forma de ayudarlo a soltar las tensiones acumuladas. A la vez, esta relajación consciente es útil para no dormirse durante la postura final, algo que no es ideal pero que ocurre con frecuencia, sobre todo si la práctica ha sido intensa o si el practicante está mal descansado. Es verdad que para relajarse completamente en śavāsana el primer paso es, muchas veces, ser capaz de dormirse, lo cual implica cierto aquietamiento mental; pero el punto buscado es una relajación total sin adormecerse.

En relación a esto, ahora está muy de moda la práctica llamada yoga nidrā, o “sueño yóguico”, que no es otra cosa que un largo śavāsana acompañado de técnicas de concentración e interiorización, que si bien es algo antiguo, como vimos, se hizo especialmente popular en Occidente con el libro Yoga Nidra (1976) de Swami Satyananda Saraswati de Bihar y cada día se difunde más, con sus respectivas variantes. En cualquier caso, cuando se habla de “sueño yóguico” no se trata de dormirse sino de un “sueño psíquico” en que la mente abandona el cuerpo de forma temporal.

Este mismo resultado, explica Sri Dharma Mittra, puede lograrse con un profundo śavāsana de apenas 10’, que es tan restaurativo como “una noche completa de descanso”. La palabra clave aquí es “profundo”, lo cual implica “ralentizar la respiración y los pensamientos al punto de casi detenerlos”. Por tanto, y como un detalle no menor, en śavāsana uno no debería moverse para nada, evitando rascarse la nariz en plena relajación u otros movimientos similares que hacemos automáticamente.

“Si el cuerpo descansa completamente”, dice Dharmaji, “existe la oportunidad de que puedas perder la conciencia del cuerpo y te muevas más allá del cuerpo y de la mente”, para así reconocer de forma gradual que eres mucho más que cuerpo o mente. El objetivo básico de śavāsana es relajar y restaurar el cuerpo, por supuesto, pero hay un segundo y superior propósito acorde con la búsqueda eterna del yoga: aquietar la mente para ver que hay más allá de esa constante marea de pensamientos y emociones que nos ocupan todo el tiempo.

Como resumen, Dharma Mittra siempre dice que “la relajación es el mejor antídoto para las impurezas” y, no casualmente, B.K.S. Iyengar en su clásico libro Luz sobre el yoga dice asimismo que śavāsana es el “mejor antídoto para las tensiones de la civilización moderna”, que es lo mismo.

Con frecuencia, los nombres tradicionales de las posturas de Haṭha Yoga (árbol, tortuga, montaña, cobra…) evocan las cualidades que ese objeto/animal debe generar en el practicante. En el caso de śavāsana lo que se nos propone, como sabemos, es que imitemos a un muerto. En primera instancia parece que se trata simplemente de yacer inmóviles un rato en el suelo (lo cual no es poco), pero si la postura se llama del “cadáver” (y no del “dormido” o del “palo”), es porque implica también un estado mental de “muerte”, tanto en el sentido de soltar todo lo que nos mantiene en el plano físico-mental, como en el sentido más profundo de simular abandonar este mundo.

savasana1

El yogui Jerome Burdi haciendo śavāsana en un contexto muy adecuado (de su cuenta de Instagram om_jerome)

Con su particular humor, Dharma Mittra lo dice claro:

“No te preocupes por las posturas, ¡cuando seas viejo la única pose que te quedará será śavāsana!”.

Obviamente, con el paso del tiempo la máquina corporal se desgasta y solo nos quedará acostarnos, pero Dharma también está diciendo que, al final, todos moriremos. Y lo que hay que entender es que, para morir “relajados”, hay que soltar todo y aquietar la mente. Desde esta perspectiva, śavāsana es, en el fondo, una preparación para el momento de nuestra muerte.

Sobre esto, en la tradición hindú se explica que la muerte es el momento más importante de la vida; es decir, es el evento para el que uno se prepara toda la vida, ya que es el momento que determina la próxima encarnación de cada ser o incluso la liberación de la siempre girante rueda de muerte y renacimiento. Esto es así porque se dice que en el instante de la muerte, cada ser revela su verdadero estado de consciencia, el cual sencillamente está basado en el tipo de vida que haya llevado y el tipo de pensamientos que haya alimentado durante la misma.

A este respecto, Swami Satyānanda Saraswatī, el respetado renunciante español, explica que “la muerte no es un buen momento, sino que es el gran momento”, ya que “la muerte es el momento de la verdad, donde no puedes camuflar nada y surgen tus tendencias reales” y citando las palabras de su propio maestro, Swami Muktananda, nos da una importante enseñanza:

“Un yogui se conoce no por cómo vive, sino por cómo muere”.

Es con esto en mente que su conclusión es muy clara: “Si pensáramos en la muerte pensaríamos en cómo vivimos y entonces utilizaríamos la vida para algo más…”.

En la misma línea, Swami Premananda explica: “a muchas personas no les gusta pensar en la muerte. La consideran como un evento terrible en el que no hay que pensar para nada. No obstante, es tan sólo contemplando la naturaleza de la vida y la muerte, de dónde vinimos, por qué nacimos y el hecho que todos vamos a morir algún día, que podremos comprender la Verdad en esta vida“.

“Estoy aquí únicamente por śavāsana”.

Pero, ¿qué es esa Verdad? Quizás nadie puede explicarlo mejor que el gran santo indio Ramana Maharshi (1879-1950) que la experimentó directamente a través de fingir su propia muerte, y entonces su vida cambió para siempre. En sus propias y famosas palabras:

“Estaba sentado en una habitación en el primer piso de la casa de mi tío. En raras ocasiones me sentía enfermo y en ese día no había nada malo en mi salud, pero un repentino e inmenso miedo a la muerte se apoderó de mí. No había nada en mi estado de salud que lo justificara; y no traté de justificarlo ni de averiguar si había alguna razón para el miedo. Solo sentí ‘voy a morir’, y comencé a pensar qué hacer con ello. No se me ocurrió consultarlo ni a un médico ni a mis mayores ni a mis amigos. Sentí que debía resolver el problema yo mismo, en ese momento.

La conmoción del miedo a la muerte dirigió mi mente hacia el interior y mentalmente me dije a mí mismo, sin ni siquiera pronunciar una palabra: ‘Ahora ha llegado la muerte; ¿Qué significa esto? ¿Qué es lo que se está muriendo? Este cuerpo se muere. Y en el acto dramaticé el acontecimiento de la muerte. Me acosté con los miembros estirados y rígidos como si se hubiera producido el rigor mortis, y para darle mayor realidad a la indagación hice que mi cuerpo se asemejase a un cadáver. Contuve la respiración y mantuve mis labios bien cerrados para que no pudiera escaparse ningún sonido, de forma que ni la palabra ‘yo’ ni ninguna otra pudieran ser pronunciadas.

‘Bien’ me dije a mí mismo, ‘este cuerpo está muerto’. Será llevado al campo de cremación y allí será quemado y reducido a cenizas. Pero con la muerte de este cuerpo, ¿muero yo también? ¿Soy ‘yo’ el cuerpo? Está silente e inerte pero siento toda la fuerza de mi personalidad e incluso la voz del ‘yo’ dentro de mí, separado del cuerpo. Así que Yo soy el Espíritu que trasciende el cuerpo. El cuerpo muere pero el Espíritu que lo trasciende no puede ser tocado por la muerte. Esto quiere decir que Yo soy el Espíritu inmortal’.

No se trató de un pensamiento ligero, sino que se proyectó a través de mí tan vívidamente como la vida real que yo percibía directamente, casi sin pensarlo. El ‘Yo’ era algo muy real, la única cosa real en mi estado presente, y toda la actividad consciente conectada con mi cuerpo se centró en ese ‘Yo’. A partir de ese momento, el ‘Yo’ o el Sí mismo centraron la atención en sí mismo con una poderosa fascinación. El temor a la muerte se desvaneció de una vez por todas. La absorción en el Sí mismo continuó desde entonces ininterrumpidamente”.

El gran sabio Ramana Maharshi

Evidentemente, después de una intensa práctica física uno se tumba en śavāsana con satisfacción, pero si además uno tiene la perspectiva de una experiencia gloriosa como la de Ramana, uno se sitúa en su rol de cadáver con mayor anhelo.

Estarse quieto, entregando el peso del cuerpo, sin controlar la respiración ni dejándose arrastrar por los pensamientos, y además sin dormirse, es sin duda un gran logro. Adentrarse en el profundo silencio de nuestro ser, soltando todo apego y toda expectativa, dejando morir al pequeño ‘yo’ en busca del verdadero e inamovible auto-conocimiento, eso ya es pura valentía.

Después de todo esto, ¿te sigue pareciendo śavāsana una postura fácil, que sólo se hace para descansar?

Buddha Pūrṇima 2015 o el nacimiento del Buda

Publicado en

Para los budistas de todo el mundo, en general, la celebración religiosa más importante es el aniversario del nacimiento de Siddhārtha Gautama, conocido también como Buddha Śākyamuni o como el Buda a secas. Menos general es el acuerdo sobre cuál fue la fecha exacta de ese nacimiento. La tradición budista de la India (y de Nepal y, en cierta forma, Sri Lanka) considera que Gautama llegó a este mundo en el plenilunio del mes hindú de Vaiśākha (Vaishakha). Eso, en calendario gregoriano occidental, corresponde generalmente a la luna llena del mes de Mayo, que este año 2015 cae el lunes 4 de Mayo.

El nombre de esta festividad budista varía según el país y el idioma, aunque en la India se la conoce como Buddha Pūrṇimā, ya que, en este contexto, pūrṇimā (púrnima) significa “luna llena”. De todos modos, es cierto que, mundialmente, el nombre más difundido de la festividad es Wesak (o Vesak), que parece ser una deformación fonética del mes de Vaiśākha/Veśākha. Asimismo, también se habla de Buddha Jayantī, que vendría a ser “el cumpleaños del Buddha”, una definición que no está errada pero sí incompleta…

La luna llena de Mayo (Vaiśākha pūrṇimā) de, probablemente, el año 563 a.C. vio nacer a Gautama en el seno de una familia aristocrática en una zona del norte de la India que hoy pertenece a Nepal. La historia que sigue es conocida: A los 29 años, Gautama deja una vida de confort y prosperidad material (incluyendo mujer e hijo) en pos de la iluminación y, en esa búsqueda, conoce maestros, prueba el ascetismo extremo y encuentra el camino del Medio para, finalmente, sentado bajo un árbol bodhi (ficus religiosa o “higuera religiosa”) experimentar el supremo estado de nirvāṇa.

Curiosamente, la tradición dice que este importante evento también tuvo lugar durante la luna llena de Vaiśākha; eso sí, 35 años después de nacer.

Después de su iluminación, el “despierto” pasaría 45 años predicando la enseñanza que él mismo había descubierto y corroborado en primera persona sobre cómo escapar del sufrimiento de este mundo. A los 80 años, en un remoto pueblo, el Buddha murió o, mejor dicho, alcanzó el paranirvāṇa (equivalente al Mahāsamādhi en la tradición hindú), dejando así su cuerpo físico. Una vez más, dice la tradición, la luna llena de Vaiśākha iluminaba el cielo indio.

Por tanto, en Buddha Pūrṇimā se conmemora tanto el nacimiento, la iluminación y el fallecimiento del Buda.

A veces se dice que el Buda fue criado como un hindú, aunque algunos estudiosos budistas lo niegan alegando que él estaba en contra de la tradición brahmánica (que para algunos sería el predecesor de lo que llamamos “hinduismo”), la cual hacía hincapié en las Escrituras de los Vedas, en los sacrificios védicos y en el sistema jerárquico de castas. En cualquier caso, todos acuerdan en que Gautama rechazó el status quo en que el complejo sacrificio ritual tenía preponderancia como práctica y también renegó de la preeminencia espiritual del sacerdote brahmán sobre las otras castas.

Esta religiosidad “simplificada” sin rituales reservados a unos pocos ni jerárquicas de nacimiento atrajo mucho al pueblo y, entonces, el budismo se expandió por la India. Como consecuencia, hubo influencia mutua entre budismo e hinduismo durante algunos siglos, si bien alrededor del siglo X d.C. el budismo ya había decrecido mucho en su tierra natal, aunque ciertamente se había difundido por gran parte de Asia. En la actualidad la población budista de la India es menor al 1% del total.

De todos modos, la presencia del Buddha es aún palpable en la India debido a la existencia de los lugares sagrados donde él vivió y enseñó, y también por el hecho de que la tradición hindú haya incorporado su figura, especialmente en la doctrina váishnava de los daśāvatāra (dashavatara).

En la filosofía hindú un avatāra es la Divinidad (o una expansión de la misma) que desciende a la Tierra con un objetivo concreto para mantener el orden universal. Según esta tradición, a lo largo de los tiempos ha habido muchas de estas encarnaciones, y continúa habiéndolas, en la medida que la humanidad cae en la ignorancia y el mundo vive períodos de oscuridad, lo cual no es poco frecuente.

A este respecto, los más conocidos son los diez (daśa) descensos (avatāra) principales del Señor Viṣṇu (Vishnu), la deidad que representa el aspecto de la conservación en el ciclo universal. Entre estas diez encarnaciones destacan Rāma, Kṛṣṇa (Krishna) y, como toca hoy, Buddha. Es muy irónico que el Buda rechazara la tradición védica y que, entonces, esta misma tradición (o al menos una porción de ella) lo incorpore más tarde a su panteón.

En la mitología hindú se explica que el descenso del Buddha es la “encarnación del error” (moha en sánscrito), ya que sus enseñanzas heterodoxas sirvieron para “engañar” a los hombres de “baja cuna, malvados y demonios, que estaban muy avanzados en el estudio de las ciencias sagradas y, por lo tanto, suponían una amenaza para la supremacía de los dioses”.

Es decir que, según esta visión, toda la enseñanza búdica contra los rituales y la tradición védica no era reformismo espiritual sino una fachada para confundir y desviar a las personas no espirituales que estaban ganando méritos a través del estudio y el ritual, lo cual desequilibraba el orden cósmico. Una vez cumplida su misión, el budismo desaparece prácticamente de la India, acompañado del renacer del hinduismo, que siempre estuvo más arraigado.

Representación hindú de los daśāvatāra, con el Buddha como la 9ª encarnación, el cuarto de la fila de abajo (empezando por la izq.)

Evidentemente, los budistas no están de acuerdo con esta visión hindú. Probablemente algunos hindúes tampoco, ya que la figura y enseñanza del Buddha han trascendido su supuesto rol de “engañador”, tanto en el tiempo (más de 2000 años ya) como en el espacio (casi todo el mundo). De hecho, y como acota el sacerdote hindú Krishna Kripa Dasa (Juan Carlos Ramchandani) la misma tradición vaishnava, y dependiendo del linaje particular, puede incluir o no a Buddha como uno de los daśāvatāra (por ejemplo, la Śrī Sampradāya fundada por Śrī Rāmānujācārya no incluye a Buddha. El noveno avatāra después de Kṛṣṇa es, en este caso, su hermano mayor Balarāma).

Yo no soy budista (soy más bien hinduista), no estoy especializado en budismo ni este blog trata específicamente de temas budistas, pero cada tanto nombro al Buddha porque me parece un maestro muy inspirador y porque mi propio guru, nacido en Sri Lanka donde el budismo y el hinduismo han convivido por siglos, lo citaba con asiduidad. De hecho en su ashram del sur de la India se celebra cada año Buddha Pūrṇimā (como así también principales festividades de otras religiones).

A pesar de mi afecto y respeto por el budismo, de estar a favor del diálogo interreligioso y siendo firme creyente de que “todos los caminos llevan a la misma meta”, he notado que, sobre todo en Occidente, hay una gran confusión entre budismo e hinduismo, en algunos casos por simple ignorancia y, en otros casos, por la mezcla deliberada de componentes de las dos “religiones”. Y como amante de la rigurosidad que soy, eso me perturba un poco porque se trata de dos filosofías diversas que, a su vez, tienen muchas sub-divisiones internas.

De ninguna manera quiero entablar un debate de hinduismo vs budismo, ya que yo mismo en ocasiones realizo prácticas budistas (especialmente de meditación). No pienso criticar a quienes ponen en un mismo altar al Buddha y al Señor Shiva. Ni deseo dejarme llevar y ponerme demasiado quisquilloso con los álbumes de música espiritual que combinan sin reparo mantras tibetanos con stotras sánscritos.

Solo quería destacar que el budismo se entrelaza con el hinduismo en diversas maneras pero no son sinónimos y eso, según mi punto de vista, está bien saberlo, porque no le quita grandeza a ninguno de los dos y, en todo caso, genera más entendimiento y capacidad de discernimiento.

¡Feliz luna llena!

Vídeo de la presentación de ‘Kumbha Mela’

Publicado en

Después de varios días de luchar contra problemas técnicos, hemos logrado subir el vídeo con el resumen de la presentación del libro Kumbha Mela. La celebración espiritual más grande del mundo (Ed. Kairós, 2015) que tuvo lugar en la Librería Altaïr de Barcelona el 9 de Abril de 2015. Si bien en la red estaba disponible la grabación del streaming en directo de la presentación, su calidad era baja y, en cambio, esta nueva filmación tiene muy buena imagen y audio, gracias al dedicado trabajo de Fede y Hansika.

El vídeo en total dura 1h 14’, lo cual es bastante para tiempos digitales, lo sé. Hemos quitado parte de los agradecimientos, las transiciones entre ponentes, mis lagunas y mis chistes malos, pero no hemos querido sacar nada importante de la charla, para que así quede un buen registro público. Al principio de la presentación está Agustín Pániker, director de Kairós y escritor, que es quien menos habla, haciendo una buena introducción y también un gran esfuerzo de auto-control para no profundizar en un tema que le apasiona.

Después aparece el respetado maestro y renunciante hindú Swami Satyānanda Saraswatī que nos deleita con una charla sobre las organizaciones ascéticas hindúes, componente fundamental de las Kumbha Melas. Más allá de lo interesante del tema, lo atractivo de esta ponencia es que Swami Satyānanda pertenece a una de estas organizaciones monásticas y, por tanto, nos habla con conocimiento de causa, a la vez que a su propia experiencia la salpica de inspiradoras citas de las Escrituras. Lo mejor: no se trata de una ponencia académica sino de pura enseñanza espiritual.

Más tarde llego yo, para explicar de forma breve qué es la Kumbha Mela y presentar un panorama general de la gran celebración, acompañado de algunas imágenes ilustrativas que también aparecen en el vídeo. Como ya expliqué en otro post, para esta especial ocasión me puse camisa y me corté el pelo, por tanto la grabación trae imágenes casi inéditas solo por eso. Para cerrar mi charla se proyecta el espectacular booktráiler del libro, que pone los pelos de punta.

presentacion1

Y como gran cierre del evento, Swami Satyānanda tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido y rociar a los presentes con agua sagrada recogida en el sangam de Prayāg en la Kumbha Mela 2013. Se ven imágenes de esto también en el vídeo. Además, como detalle contextual, aparezco yo firmando unos ejemplares a las personas que atentamente hicieron cola y, finalmente, salgo hablando a cámara con un mensaje de colofón.

Todo esto editado y adornado con el clásico buen gusto de mi esposa Hansika, que nunca falla con la musicalización de los vídeos.

swami_agua

Swami Satyananda Saraswati rociando a los asistentes con agua del triveni.

Para quienes no estuvieron en la presentación; para quienes hicieron el esfuerzo de verla en streaming con baja calidad; o también para quienes estuvieron y quieren recordarlo, compartimos entonces el producto final que nos deja especialmente contentos porque permite a más personas ver y escuchar a Swami Satyānanda y la enseñanza espiritual que imparte.

De paso ya voy adelantando que la próxima presentación será en Madrid, el Jueves 11 de Junio.

¡Hara Hara Hara Mahādeva Śambho!

¿Por qué el Yoga es una ciencia?

Publicado en

A veces me pongo muy puntilloso. Hace poco leí un anuncio de algún retiro de meditación o algo así y quien lo impartía decía tener “más de 19 años de experiencia”, lo cual me crispó porque si realmente tienes más de 19 años de experiencia pones 20 y listo. 19 años es mucha experiencia y no hay nada que disimular, pero por repetición de frases tantas veces vistas y escuchadas uno termina poniendo “más de…” sin siquiera reflexionar lo que dice. Pasa lo mismo con esos productos cuyo eslogan es “mucho más que un…”, pero nunca te dicen que es eso de más que supuestamente ofrecen (aparte de falta de imaginación, claro).

Poniéndome serio y en el tema del día, definir el Yoga con mayúsculas puede ser complejo y largo, aunque a nivel descriptivo se suele decir que es una “ciencia” (algunos también agregan un “arte”, aunque eso lo dejo para otro día). Al hilo de lo que venimos hablando, me parece lógico que esta definición del “yoga como ciencia” pueda sonarles una frase hecha y hasta injustificada a los escépticos y desconocedores del contexto. Evidentemente, una sociedad moderna que considera como el único válido un conocimiento científico basado en criterios externamente objetivables y medibles, tenderá a sospechar de una disciplina que investiga el interior del ser humano.

¿Es entonces yoga = ciencia uno de esos lugares comunes que se repiten sin analizar, como “Tienda Faquir, el rey del colchón” o “mucho más que una hamburguesa”)?

Para empezar, creo que sirve ver la palabra sánscrita original que generalmente se traduce como “ciencia”, es decir vidyā, que también puede significar “conocimiento o saber” según el contexto. La raíz verbal es √vid que quiere decir “conocer” y está relacionada con “ver”, en el sentido de que para saber algo no basta con creerlo sino que hay que experimentarlo o, usando una expresión popular, “verlo con los propios ojos”. Como se empieza a notar, esta idea no es muy distinta de la del pensamiento científico moderno.

Hablando de eso veamos la etimología del término occidental “ciencia”: viene del latín scientĭa que quiere decir, oh casualidad, “conocimiento” y que deriva de scire y scindere, en el sentido de “distinguir, separar una cosa de otra”.

Hasta aquí hay similitudes. Sigamos entonces con la definición moderna de ciencia según la RAE: “Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales”. Si bien yo creo que a esta definición le falta la palabra “experimentación” (un amigo científico me dice que esto aplica solo para las llamadas “ciencias experimentales”), nos sirve para profundizar el análisis, ya que el Yoga en sentido amplio incluye sin dudas “observación”, “razonamiento”, “conocimiento sistematizado” y “reglas generales”.

De hecho, y como dice el yogui y maestro Yogi Gupta, en una frase que podría aplicarse a la más rígida de las ciencias exactas:

“La filosofía del yoga comienza con la concepción de que cualquier idea que no sea confirmada por la experiencia debe mantenerse como mera especulación”.

Por más que uno esté muy seguro de lo que sabe, en general uno no tiene experiencia directa y personal de todo lo que conoce, sino que se basa en deducción y, sobre todo, en la experiencia directa de otras personas. La mayoría de nosotros no hemos comprobado con un telescopio que la Tierra gire alrededor del Sol, sin embargo lo consideramos totalmente cierto. ¿Basados en qué? Mi experiencia de ver moverse el Sol podría muy bien deberse a que es el astro rey quien gira alrededor de la Tierra, como se creía en Europa hace “solo” 500 años. Sin embargo, uno cree en lo que dicen los científicos porque ellos lo han confirmado empíricamente de forma directa.

De la misma forma, las verdades que enseña el Yoga también están basadas en las experiencias directas de terceros, que en este caso no se denominan “científicos” sino ṛṣis (rishis) o sabios videntes de la antigüedad.

Parafraseando a Swami Vivekananda en su famoso libro Raja Yoga, se puede decir que en las ciencias exactas es más fácil encontrar la verdad porque su campo de estudio (visible, medible) es rápidamente identificado con las experiencias particulares de cualquier ser humano (o con una experiencia universal de la humanidad). Es decir, la Ley de Gravitación es considerada verdadera porque aunque nunca hayamos dejado caer una manzana al suelo adrede, sí hemos tenido experiencias similares que la confirman.

En la “ciencia del Yoga”, en cambio, esta base experiencial es más reducida ya que se trata de un ámbito menos tangible, menos visible y al que estamos poco educados a prestar atención, ya que va más allá de la percepción sensorial, tanto física como mental, e incluso más allá del limitado conocimiento intelectual.

La sociedad moderna, junto con su paradigma científico, solo acepta como cierto aquello que se puede ver y medir de forma externa. Para la tradición yóguica, sin embargo, el “conocimiento externo” es “conocimiento parcial”, ya que no incluye la experiencia total, el conocimiento completo.

Yogi Gupta dice al respecto:

“La única forma de conocer algo tanto interna como externamente, por ejemplo una manzana, es identificarnos con eso, ser uno con eso”.

Los antiguos sabios, al igual que cualquier científico, afirman tener un método de investigación para esta ciencia del auto-conocimiento (a veces llamada ātma vidyā), cuya conclusión final es que “todo ya está dentro de uno”.  Este método incluye observar, pues de lo contrario no es más que teorizar. Obviamente es más fácil observar el mundo externo porque hay instrumentos para eso (microscopios, telescopios, sismógrafos, aceleradores de partículas…), mientras que en el mundo interno no hay herramientas de ayuda (excepto la misma mente hasta un cierto punto).

Asimismo, dice Vivekananda, que era un gran filósofo-santo famoso por su agudo intelecto, “uno debe usar su razón y su juicio; debe practicar y ver si estas cosas suceden o no”, ya que “es errado creer ciegamente”.

Y agrega: “los sabios declaran haber encontrado una verdad superior a la que los sentidos nos ofrecen y nos invitan a verificarla. Nos piden que sigamos el método y practiquemos honestamente y entonces, si no encontramos esa verdad superior, tendremos el derecho a decir que no hay verdad en dicha afirmación, pero hasta no haber hecho eso, no somos racionales negando la verdad de sus aseveraciones”.

No hace falta ahondar en el tema, pero decir que no existe el Ser porque no lo podemos medir puede ser tan irracional como decir que no existe la electricidad porque no podemos verla.

ciencia

Para los adherentes al paradigma cientificista moderno aquí habría un infiltrado…

Así como en la ciencia moderna existe una hipótesis que debe ser comprobada o descartada, y eso no debería ser un sesgo para la investigación, en el Yoga hay una “hipótesis” que es la existencia de una “verdad superior” o “Ser interior” o “Dios” u “Orden cósmico”, etc. y, por tanto, hay una cierta creencia o fe previas que son el punto de partida para la búsqueda de esa verdad. Sin embargo no son cualidades indispensables para confirmar la conclusión final, de la misma forma que no hace falta creer que la Tierra es redonda para darle la vuelta.

En este sentido, se habla de experimentar más que de creer, convirtiéndose uno mismo en el “tubo de ensayo” para la investigación.

Por tanto, la respuesta al título de este post es que el Yoga es una ciencia porque sirve para “conocer”, sobre la base de la experiencia directa personal y siguiendo un método específico. ¿Conocer qué? A uno mismo, su propia naturaleza siempre permanente, dichosa y en paz dicen los sabios.

¿Alguien tiene dudas? Pues que se dedique a hacer las pruebas de forma dedicada y honesta y, si corresponde, que me traiga las conclusiones bien redactadas que sin problemas le publico el paper en el blog.

¿Los extremos no son buenos?

Publicado en

Siempre se dice que los refranes populares esconden una especie de sabiduría colectiva, aunque yo creo que eso depende del refrán y, sobre todo, de la intención final con que se los utilice. De hecho, estos proverbios suelen tener una versión que dice exactamente lo contrario y también se considera “sabiduría popular”. Yendo al caso concreto, uno de los dichos que más reflexión y debate me han ocupado es el conocido “ningún extremo es bueno” y la primera polémica que recuerdo haber tenido al respecto fue cuando, siendo adolescentes, y hablando de la paz, un amigo me dijo: “la paz en extremo tampoco sería buena; sería todo muy aburrido” (probablemente la percepción de lo que cada uno entendía por “paz” y “aburrido” era diferente).

Desde entonces, he luchado (con palabras) para demostrar que hay extremos buenos, es decir cosas/situaciones/estados que en “su grado más intenso, elevado o activo” son positivos y deseables. De hecho, si bien la mayoría de personas suscribiría la idea de que todos los extremos son malos, nunca escuché a nadie quejarse de que “Messi es el mejor futbolista del mundo” con el argumento de que “se puede ser bueno, pero con moderación”. Ni tampoco escuché a nadie censurar a la Madre Teresa de Calcuta por ser “demasiado entregada” ni criticar a Shakespeare por “escribir con extrema exquisitez”.

Nuestros padres, y nosotros como padres, pregonamos la “excelencia”, a la vez que dejamos claro la vital importancia del “punto medio”. ¿Es esto contradictorio? Como siempre, es la enseñanza espiritual de la India la que me da respuestas útiles para los dilemas de la vida. Vamos a ver…

Fue la lectura de unos versos de la Bhagavad Gītā lo que me hizo pensar una vez más en este tema y me decidió a escribir este post. En estos ślokas (6.16 y 6.17) el Señor Kṛṣṇa (Krishna) dice:

“El yoga es imposible para el que come demasiado y para el que no come nada, para que el que duerme demasiado y para el que está siempre despierto”.

“Para aquel que es moderado en la comida y en la recreación, en la ejecución de su trabajo, en el dormir y en la vigilia, el yoga se convierte en el destructor del sufrimiento”.

En la misma línea, el manual de haṭha yoga por antonomasia, la Haṭha Yoga Pradīpikā, enumera seis razones por las que el yogui fracasa (I.15):

“Comer de más, sobreesfuerzo, hablar demasiado (parlotear), realizar austeridades innecesarias, socializar y agitación”.

De estas seis, las cuatro primeras están claramente en la categoría de “extremos” que hay que evitar. Si un texto para haṭha yogis, es decir personas dispuestas a pasarse tres horas sentadas en padmāsana (postura con piernas cruzadas), a detener la respiración por varios minutos o a cortarse el frenillo de la lengua para poder tocarse la campanilla, aconseja no ser extremista, entonces hay que tenerlo en cuenta.

Sobre todo la idea de “realizar austeridades innecesarias” remite invariablemente a la historia de Siddhārtha Gautama, el Buda, que antes de su iluminación pasó por un periodo de duras penitencias junto a otros ascetas, al punto de estar al borde de la muerte física. Cuenta la tradición que fue en ese momento en que el Buda concibió la idea del “Camino del Medio” (madhyamaka en sánscrito) que consiste en evitar los dos extremos de auto-indulgencia física y emocional (algo que había conocido por su antigua vida como “príncipe”) y de mortificación y ascetismo excesivos.

Esta idea de equilibrio que suena tan lógica, también aparece en la antigua cultura griega, incluso inscrita en el templo del oráculo de Delfos con la frase “nada en exceso” (mēdén ágan, en griego). El filólogo Orland Grapí Rovira explica esta cosmovisión: “el exceso es algo propio de los dioses y de los animales; también de los héroes, en la medida que para lo bueno y para lo malo exceden los límites humanos”.

Quizás debido a esta reminiscencia griega en el inconsciente colectivo, cuando se habla de héroes, de reyes o de dioses uno está dispuesto a aceptar que sean “extremistas” en sus logros y virtudes; algo no tan aceptado con los seres humanos (visto así Messi sería un héroe; la Madre Teresa una santa y Shakespeare el rey de los poetas).

Siguiendo con los humanos, que es donde entramos la mayoría, el filósofo Aristóteles hablando de las pasiones humanas dice que “los extremos no son buenos ni laudables, y no merecen sino nuestra censura”, diferenciando entre la persona irascible, la impávida y la de cualidad intermedia, sinónimo de “dulzura”.

Por otra parte, llegó a mi pantalla esta entrevista (larga pero vale mucho la pena) con el Doctor en Filosofía y profesor en la Sri Sathya Sai University de la India, Albert Ferrer, en que hablando de la educación integral dice que “el guru, el maestro espiritual, enseña desde el camino del medio: propone, sugiere, abre una puerta o una ventana para que el estudiante investigue, descubra, practique por sí mismo”.

Efectivamente, mi maestro decía a menudo: “puedes vivir de la forma que te plazca; yo no te digo cómo vivir, sólo ofrezco un método antiguo que ha funcionado”.  Si bien aquí el énfasis está puesto en el aspecto educativo (y que mejor educador que el guru), otra vez nos encontramos con la idea del “justo medio”.

aristoteles

Por lo que veo, cuanto más se informa uno, más claro parece ser que “todos los excesos son malos”. Sobre todo ahora que la palabra “extremismo” está tan relacionada al llamado “terrorismo religioso”, y ya sabemos que cuando una palabra se asocia fuertemente a una idea (aunque esa relación no sea siempre justificada) es muy difícil volver atrás. De hecho la palabra “exceso” suena fatal, pero ¿puede un exceso de paz ser negativo, por ejemplo?

Sobre esto, en mi investigación, encontré una difundida frase de Santa Teresa de Jesús que me dejó perplejo: “no son buenos los extremos, aunque sea en virtud”.

¿O sea que esta gran santa mística esta diciéndome que la idea que defiendo es errada? Como soy un amante de la rigurosidad (y también, lo admito con vergüenza, de tener ideas no erradas…) busqué la cita en su contexto original, que es el libro Las Moradas del Castillo Interior y si bien la frase es literal, leída en contexto queda claro que no es lo que piensa la autora sino que es parte de una enumeración crítica de pensamientos nacidos de la “pusilanimidad y cobardía” (en este caso referidos al tema de la plegaria).

Me alegro que así sea, ya que si la virtud en extremo no es buena, entonces mi entendimiento de este mundo se vería muy trastocado.

Después de este rápido repaso por las Escrituras y las enseñanzas de diferentes tradiciones, esto es lo que me queda como conclusión personal: la moderación y el equilibrio son valores básicos para la búsqueda espiritual y, por ello, la filosofía del yoga recomienda una vida sencilla, sin grandes sobresaltos ni apegos y una buena dosis de discernimiento (lo que se suele llamar “sentido común”).

Como contra-ejemplo: en la Kumbha Mela conocí un chico occidental que, después de tomar un baño en las aguas sagradas, decidió dejar el café, el tabaco, la marihuana y el azúcar, todo de una vez. Su propósito duró apenas un par de días…

Ahora, para mí, este punto medio, importante y tan alabado, no es otra cosa que un método para llegar a un estado de quietud y balance en que la dicha y la paz interior son máximas; “extremas” si se quiere; “excesivas” si se puede.

El mundo tal como lo conocemos es dual y se mueve entre extremos; por eso buscamos un centro (algunos lo llaman el Ser interior; otros el guru en tu propio corazón; otros Dios…).

Eso sí, una vez encontrado el centro en uno mismo, dicen los grandes sabios, lo que uno vivencia ya no es exagerado ni insuficiente; ya no tiene etiquetas ni adjetivos; ya no queda polémica por debatir ni razones que argumentar y, en suma, pierde sentido lo que cualquier hijo de vecino tenga para opinar.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.251 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: