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Archivo del Autor: Naren Herrero

Swami Premananda y cómo tener una Navidad espiritual

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Ya es esa época del año en que el solsticio de invierno (o verano), las coloridas luces callejeras, muñecos de Santa Claus trepando algunos balcones, los pesebres hogareños o las pináceas ornamentadas con brillantes bolas nos ponen en “humor navideño”. Aunque se supone que el “humor navideño” consiste en un tiempo de hermandad, buenos deseos y paz, los preparativos de última hora, el bombardeo mercantil y los compromisos sociales hacen que para algunas personas este periodo se convierta en “malhumor navideño”.

Ya conté el año pasado que en mi familia no somos cristianos, pero que sí respetamos y admiramos a Jesucristo y sus enseñanzas. Esta heredada tendencia familiar fue fomentada por mi maestro Swami Premananda que, a pesar de ser hindú (o justamente por eso), siempre habló abiertamente de lo universal de las enseñanzas de Jesús (como también de las del Buddha, Nanak y otros grandes maestros). En el Sri Premananda Ashram de la India, cada año se celebra la Navidad (al igual que otras festividades de las grandes religiones), y Swamiji solía ofrecer un pastel de Navidad para los niños y niñas del albergue y la escuela. Actualmente se ofrece o pastel o helados y se dan regalos a los niños.

Muchos de los seguidores y devotos de Swami Premananda son occidentales, con una crianza y educación cristiana en origen, por lo que “legitimar” la validez de esa base religiosa también es una forma de quitarles peso mental y dudas intelectuales para impulsarlos más en la búsqueda esencial del auto-conocimiento, que es compartida por todas las religiones. Es con esto en mente que me contenta publicar un discurso de Swamiji, especialmente “ecuménico”, sobre cómo tener una Navidad espiritual (texto completo y en inglés aquí):

Swamiji-satsang

“La vida del Señor Jesucristo fue el ejemplo perfecto de renuncia total, auto-entrega y servicio desinteresado. El mundo necesita preguntarse cómo está recordando el nacimiento de esta gran alma. Su cumpleaños no es en realidad un tiempo para gastar dinero inútilmente y de forma precipitada en regalos innecesarios o comportarse de manera salvaje y emborracharse. ¿Cómo debemos celebrar la Navidad?

El mensaje de Jesús era de paz y amor en la tierra. La época de Navidad es un periodo muy conducente para crear una atmósfera de calma y amor en tu hogar, y llenarlo con el espíritu original navideño de dar desinteresadamente, servir a los pobres y desear el bien a todos los seres.

¿Cómo puedes crear esta atmósfera? Se dice que si tienes la imagen de un alma grande e iluminada en tu altar, en tu hogar o incluso en tu cartera o bolsillo, entonces las bendiciones de esa alma estarán siempre contigo. En mi Ashram de Matale (Sri Lanka) tenía una imagen del Señor Jesús en el altar principal. Aquí en el Ashram en India hemos colgado las imágenes de muchas grandes almas alrededor del salón de rituales (puja hall). Sus bendiciones están con todos aquellos que realizan adoración aquí.

Por esta razón es bueno tener una imagen del Señor Jesús, o del niño Jesús con su madre, o con su madre y padre, en tu altar o casa, especialmente durante la época de buena voluntad y paz en la tierra. Sus poderosas bendiciones estarán contigo y te ayudarán a alcanzar el silencio interior.

La paz no desciende de repente. Va tomando velocidad de a poco y con majestuosidad. Todos habéis experimentado la paz de estar solos en la naturaleza, la gloriosa quietud de las montañas y el ondular de un gran océano. La paz es otra forma de energía divina. La paz en un ser humano comienza con una mente serena y amorosa y se difunde a otros. Esfuérzate por difundir paz durante la época navideña. No tiene lugar únicamente uno o dos días, sino que dura al menos doce días. Así que pon en práctica las enseñanzas de Jesús durante este tiempo.

En la mayoría de religiones las personas decoran sus hogares durante las festividades. Cuando decoras tu casa o altar, es bonito crear una atmósfera devocional. En todos los países, incluso remontándonos a varias generaciones atrás, la devoción era la característica principal de las celebraciones navideñas. La antigua práctica de preparar una cuna representando el nacimiento de Cristo hace que todos piensen acerca de la hermosa historia de la Navidad y sus significados profundos.

Cantar villancicos con sinceridad desde el corazón es una gran práctica espiritual. Ir a la iglesia a medianoche, adorar a lo Divino con sentimiento verdadero, deseando a otros devotos una feliz Navidad es una práctica espiritual muy buena y socialmente efectiva. No necesitas olvidar tus propias tradiciones por el hecho de estar interesado en espiritualidad. Usa cada oportunidad para mejorarte y hacer bien al mundo.

La Navidad es generalmente un tiempo de alegría para los niños, en que se sienten felices y reciben regalos. Depende de ti enseñar a tus hijos el verdadero sentido de la Navidad. Estimúlalos a dar algo en caridad o a niños pobres durante Navidad. Asegúrate de que ellos piensen y oren por todos los niños pobres en el mundo que no tendrán nada para comer o vestir durante la temporada festiva. Crea un ambiente adecuado para que ellos entiendan el mensaje real de Jesús y la importancia de su nacimiento”.

niños-navidad

Los niños del Ashram realizando una obra de teatro sobre la vida de Jesús, como suele ser usual cada año.

Espero que durante esta época navideña todos seamos capaces de poner en práctica el consejo de Swami y las enseñanzas de Jesús y así tener paz y difundirla a los demás.

OM Śāntiḥ Śāntiḥ Śāntiḥ

‘Don’t worry’ es la enseñanza última

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Mi maestro, Swami Premananda, era una persona simple, que es como deben ser las grandes almas. En coherencia con esa “forma de ser”, y a pesar de tener un profundo conocimiento espiritual, sus enseñanzas siempre fueron directas, llanas y simples, sin adornos ni aspavientos; nada pretenciosas. Todo lo que Swami sabía era fruto de su experiencia y de su santidad innata, por lo que nunca necesitó estudiar las Escrituras sagradas ni los tratados filosóficos para transmitir el mensaje espiritual más elevado.

Quizás por eso, Swamiji rara vez citaba algún texto sagrado específico (mucho menos con el verso o el capítulo exacto), sino que se limitaba a expresar con sus palabras la enseñanza tradicional. En todo caso, ocasionalmente nombraba a los famosos 63 santos shivaítas llamados nayanmars o a Kṛṣṇa, o al Buddha o hasta a Jesucristo y explicaba sus enseñanzas. Swamiji solía decir que él no enseñaba nada nuevo sino que más bien actualizaba las enseñanzas tradicionales para estos tiempos modernos.

Cada vez que alguien le hacía una pregunta sofisticada, es decir, guiada más bien por el interés intelectual que el espiritual (como por ejemplo los efectos de cierto eclipse en el mundo; una técnica para abandonar el cuerpo; o preguntas con muchos términos técnicos o sánscritos), él siempre se las ingeniaba para quitarle todos los ornamentos superfluos y dejar la esencia de la pregunta, su cruda verdad (que a veces era, simplemente, la presunción del preguntador).

Exhortándonos a valorar lo simple, y también la no-distracción de lo esencial, Swami solía repetir: “La espiritualidad es como un gran océano; si uno empieza a bucear demasiado, se hace interminable”.

Y en este sentido también decía: “Volveos como niños. Así es cómo quiero que seáis. Eso no significa gran conocimiento libresco ni filosofía. Quiero que todos seáis tan puros como cuando erais niños”.

Será por todo lo anterior que una de sus frases más usadas es: “Don’t worry” (“no te preocupes”).

don't-worry

Cayendo en el típico error de los que no saben nada, en una época de mi vida yo me consideré un intelectual y, a pesar del respeto por mi maestro, la frase “don’t worry” no me parecía nada profunda; simplemente me parecía una expresión común vacía de sentido, sacada de una pegadiza canción de Bobby McFerrin. No es que dudara de que la idea de “no preocuparse y ser feliz” fuera válida y cierta, sino que la simplicidad con que se expresaba la idea me hacía considerarla poco profunda. Como ven, además de un pseudo-intelectual, era un amante de la forma sobre el contenido.

Curiosamente, cuanto más empecé a leer sobre filosofía, estudiar sánscrito e investigar sobre textos sagrados más me di cuenta de que yo no era un intelectual y, sobre todo, que no sabía nada. Y naturalmente, empecé a notar que aunque Swami Premananda raramente citaba de forma directa de las Escrituras, su sabiduría estaba plenamente confirmada en los textos sacros. Sobre esto, hay un proverbio bengalí que dice que para saber si las enseñanzas de un maestro son auténticas éstas deben estar de acuerdo con las Escrituras.

En caso de que yo necesitara una prueba de la validez y profundidad de la enseñanza “don’t worry”, esta evidencia llegó en el texto espiritual más relevante del hinduismo: la Bhagavad Gītā. Y como si eso fuera poco, en el verso más importante de la obra (el XVIII.66), considerado “esencia y conclusión” de la Gītā según, por ejemplo, Swami Sivananda. El verso dice:

sarva-dharmān parityajya mām ekaṁ śaranaṁ vraja /
ahaṁ tvāṁ sarva-pāpebhyo mokṣayiṣyami mā śucah //

En este mantra final, el Señor Kṛṣṇa le dice a Arjuna:

Abandona todo los deberes y refúgiate sólo en Mí /
Yo te liberaré de todos tus pecados. No te preocupes //

O sea, después de ofrecer la máxima enseñanza trascendental, después de exponer los tres caminos principales, después de mostrar su misma forma cósmica, Kṛṣṇa termina diciendo simplemente  śucah, es decir: “No te preocupes”.

En este contexto, la raíz verbal śuc puede querer decir “sufrir, lamentar, afligir, llorar, temer o preocuparse”. De hecho, cuando Swami dice “don’t worry and be happy” no hace referencia a que todo nos dé igual, sino a cultivar el contentamiento y el pensamiento positivo pues, como me dijo Swami por carta, si “piensas lo bueno y ves lo bueno, entonces así se reflejara en ti”.

“No preocuparse” implica entonces no lamentarse, no afligirse ni dar cuerda al sufrimiento, siempre con el entendimiento de que pensar negativo genera, automáticamente, sentimientos negativos. Ante este método siempre hay alguien (yo incluido) que postula que existen situaciones en que es inevitable pensar negativo y preocuparse, como por ejemplo si se está quemando mi casa (elijo un caso extremo a posta). Evidentemente, que la casa está en llamas es un hecho objetivo y por más que yo piense en otra cosa, eso no cambiará el suceso. Sin embargo, como nuestro estado depende de nuestra mente, si yo pienso positivo seguiré estando contento, incluso con la casa reducida a cenizas.

Cuando se habla de pensar “positivo” no se hace referencia meramente a “ver el vaso medio lleno”, sino a una actitud de aceptación, al punto de considerar que todo lo que sucede es perfecto (incluso cuando uno no esté de acuerdo, a priori). Esta aceptación viene, se explica, con el entendimiento de que ni siquiera una brizna de hierba se mueve en este mundo si no es voluntad de Dios y, por tanto, todo ocurre como debe ser.

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Para dar colofón a este post, me gusta citar las palabras que Swami me escribió en una de las cartas que más me marcaron (y para no olvidar tengo un fragmento colgado en frente de mi mesa de trabajo). Me dijo simplemente: “No te tomes todo en serio”. Que es otra forma de decir, “no te preocupes y sé feliz”.

Si de tanto hablar del tema no puedes resistir la tentación, aquí está la famosa canción de Bobby McFerrin, con un videoclip de hace casi 25 años, pero con una enseñanza de varios miles más:

¿Para qué queremos aquietar nuestra mente?

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En el Yoga Sūtra de Patañjali se dice que Yoga es “el cese de la actividad mental”, o “el aquietamiento de la mente” o “poner la mente en silencio”. La pregunta es: ¿para qué queremos aquietar nuestra mente?

Para explicarlo me gusta la analogía del estanque: cuando las aguas de la superficie están agitadas es difícil ver con claridad el fondo, y cuanto más agitadas estén las aguas más turbia será nuestra visión. Sólo aquietando las ondas, gradualmente, la arenisca se asienta y entonces somos capaces de observar de forma despejada el fondo del estanque. Es decir, cuantos más pensamientos, imágenes, recuerdos o planes naveguen nuestras aguas mentales, más difícil es ver con lucidez lo que está pasando en el fondo de nuestra persona.

Aquietar la mente obviamente sirve para ver con más claridad las cosas, aunque desde un punto de vista espiritual el objetivo final va más allá y consiste en (re)conocer nuestra verdadera esencia, que espera pacientemente en el fondo del estanque. En palabras de Patañjali: “entonces [al aquietar la mente] el observador se establece en su propia naturaleza”.

Y todo esto viene a cuento porque recientemente he leído un texto de la revista Conócete a ti mismo (nº1, año 2012), la publicación en español para difundir las enseñanzas del maestro espiritual indio Sri Satpal Ji Maharaj. El artículo se llama El pensamiento bloquea la experiencia real, está firmado por un discípulo de Satpal ji y si bien puede que no diga nada nuevo sobre este tema, me pareció muy bien explicado y resumido. Quizás sea porque estoy pensando en estas cuestiones últimamente pero me pareció buena idea compartir el texto de forma pública. Lo pongo abajo:

Sri Satpal Ji Maharaj

“El pensamiento es un bloqueo, es una barrera. Crea una pantalla opaca de conceptos, etiquetas, imágenes, palabras, juicios y definiciones que entorpecen toda relación verdadera. Se mete entre tú y tú mismo, entre tú y tus compañeros, hombres o mujeres, entre tú y la naturaleza, entre tú y Dios. Es esta pantalla de pensamiento que crea la ilusión de estar separado, la ilusión de que existe tú y un ‘otro’ completamente separado.

Entonces te olvidas del hecho esencial de que, más allá del nivel de las apariencias físicas y formas separadas, eres uno con todo lo que es. Al decir “olvidar” quiero decir que ya no sientes esa unidad como una realidad evidente. Quizás lo crees verdadero, pero ya no conoces que lo es. Una creencia puede ser reconfortante, pero solo a través de tu propia experiencia, sin embargo, es que se convierte en liberadora.

El no poder dejar de pensar es una aflicción terrible, pero no nos damos cuenta de ello porque casi todo el mundo está sufriendo por ella, entonces es considerado normal. Este ruido mental incesante te impide encontrar ese reino interno de quietud que es inseparable del Ser. También crea un ser falso, creado por la mente que arroja una sombra de miedo y sufrimiento.

El filósofo Descartes creyó que había encontrado la verdad fundamental cuando hizo su declaración famosa: ‘Pienso, luego existo’. En realidad había dado expresión al error más básico: igualar el pensamiento con el Ser y la identidad con pensar. El pensador compulsivo que incluye a casi todo el mundo, vive en un estado de estar aparentemente separado, en un mundo enloquecedoramente complejo de problemas y conflictos continuos, un mundo que refleja la fragmentación cada vez mayor de la mente.

Cogito ergo sum

La iluminación es un estado de integridad, estar en ‘unidad’ y por lo tanto en paz. Estar en unidad con la vida en su aspecto manifiesto, el mundo, así como con tu ser más profundo y la vida no manifiesta: en unidad con el Ser. La iluminación no es sólo el final del sufrimiento y del conflicto continuo por dentro y por fuera, sino que también es el final de la terrible esclavitud de pensar incesantemente. ¡¡Qué liberación tan increíble es!!

Pensar se ha vuelto una enfermedad. La enfermedad sucede cuando las cosas salen de equilibrio… La mente es un instrumento extraordinario si se usa correctamente. Usada equivocadamente, sin embargo, se vuelve muy destructiva. Para decirlo en forma más precisa, no es tanto que uses la mente en forma equivocada, simplemente no la usas. Ella te usa a ti. Esta es la enfermedad. Crees que eres tu mente. Este es el engaño. El instrumento se ha apoderado de ti.”

Vuelvo a tomar la palabra simplemente para agregar una obviedad: en general nos hemos criado con la idea de que “pensar poco” es igual a poca inteligencia y, sobre todo, hemos aprendido a identificarnos totalmente con nuestra mente. Una clave para cambiar de visión es darse cuenta que tú puedes analizar y observar (por eso Patañjali habla del observador) lo que hace tu propia mente y, por tanto, la mente es un ‘objeto’ separado, no es ‘tú’.

Entonces la pregunta natural que surge es, ¿quién es ese que está observando la mente? ¿Cuál es, siguiendo a Patañjali, “su propia naturaleza”? Y ahí es cuando la cosa de verdad se pone buena.

La crucial diferencia entre contentamiento y felicidad

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Hay una famosa cita atribuida a John Lennon que dice: “Cuando fui a la escuela me preguntaron que quería ser de mayor. Yo escribí ‘feliz’. Me dijeron que no había entendido la tarea y yo les dije que ellos no entendían la vida”.

Entendiendo o no la vida, todos estamos buscando la felicidad permanente (incluidos los maestros que reprobaron a John) y todo lo que hacemos durante nuestra existencia no es otra cosa que el método que, consciente o no, cada uno considera mejor para acercarse a esa meta. Definir qué es ‘felicidad’ puede ser peliagudo y quizás depende de cada ser, pero aquí me refiero a la idea de estar siempre satisfecho, alegre y sin sufrimiento. Lograr un estado así, ya se habrán dado cuenta, es difícil o, como algunos sostienen, imposible.

Alguien me dijo hace años (repitiendo una idea muy generalizada) que la felicidad total no existe y que, como mucho, uno puede ir encadenando pequeños momentos de felicidad. Yo me negué a creerle y aunque las vicisitudes de la vida me contradigan, las enseñanzas espirituales me han confirmado que ese estado que yo buscaba sí existe, lo que pasa es que está camuflado: tiene otro nombre y está en los sitios donde yo no escudriñaba.

En el tercer libro (Vana Parva) del Mahābhārata, el gran poema épico de la India, hay un famoso episodio en que el recto rey Yudhiṣṭhira es interrogado por un yakṣa (una especie de espíritu de los bosques) con una larga lista de profundas preguntas sobre ética, filosofía y espiritualidad. Entre ellas, el yakṣa pregunta:

“¿Cuál es la máxima felicidad?”.

A lo que Yudhiṣṭhira responde:

“La máxima felicidad es el contentamiento”.

Y aquí empieza la clave para entender el método (al menos, uno de ellos) para ser siempre feliz. Veamos:

La palabra sánscrita que usa Yudhiṣṭhira en el original es tuṣṭi (tushti), que deriva de la raíz verbal tuṣ que significa “complacer(se)”, por lo que tuṣṭi  se puede traducir como “satisfacción o contentamiento (o también contento)”.

En los Yoga Sūtras, el gran manual del Rāja Yoga (“Yoga Regio” o Yoga del control mental), el sabio Patañjali explica que uno de los cinco niyamas (observancias o reglas éticas) es saṁtoṣa (o santoṣa, pronúnciese ‘santosha’). Dicha palabra procede de la misma raíz tuṣ y refiere a la idea de “total (sam) satisfacción (toṣa)”, soliéndose traducir como “contentamiento”. En el sūtra II.42 del citado texto se define santoṣa:

“A partir del contentamiento se obtiene la máxima felicidad”

En su libro El hinduismo, Swami Satyānanda Saraswatī explica que “según el Manu Smriti (o Código de Manu, el tratado más importante sobre la forma correcta de actuar) el contentamiento y el auto-control son el fundamento mismo de la felicidad”.

Como vemos, según explica la tradición hindú, no puede haber felicidad (sukha) sin contentamiento (saṁtoṣa). O mejor dicho, la felicidad que buscamos es, en realidad, contentamiento.

Para mí, el primer obstáculo para entender esta cuestión es lingüístico ya que la palabra “contentamiento”, al menos en español, suena pobre en comparación a “felicidad”. A primera vista, estar “contento” no es lo mismo, ni mejor, que estar “feliz”. Sin embargo, para la RAE pueden ser sinónimos y en ambos casos se habla de “alegría y satisfacción”.

De todos modos, y aunque sus definiciones sean muy similares, hay una diferencia clave entre los dos conceptos: la felicidad es transitoria (al igual que el sufrimiento, claro) pero el contentamiento se mantiene estable ante esos inevitables vaivenes del mundo dual.

Swami Satchidananda lo explica mejor: “Contentamiento significa simplemente ser como somos, sin ir hacia cosas exteriores para la felicidad. Si algo llega, lo aceptamos. Si no llega, no importa”.

Efectivamente, por felicidad me parece que uno se imagina un estado en que se encuentra siempre alegre y sin sufrir. Pero, los sabios dicen (y uno sin ser sabio lo intuye), tal cosa no existe y por eso en el Yoga Bhaṣya de Vyāsa (el comentario más autoritativo de los Yoga Sūtras) se equipara la “insuperable felicidad” que da santoṣa a la “desaparición del deseo”. O más amplio:

“El contentamiento se logra no deseando nada más de lo que ya se tiene”.

La tradición cristiana también hace hincapié en la idea de contentamiento y, por lo que he notado, es una noción que a muchos les suena a “resignación” o “conformismo”. En una sociedad (la moderna) que pregona abiertamente el consumo y la obtención permanente de objetos y estatus; en que la competencia se fomenta desde niños; en que la palabra “progresar” repiquetea de fondo en cada decisión que uno toma, decir que la felicidad es contentarse con lo que se tiene suena a burla.

Alguien me dijo bastante en broma “lo importante no es tener dinero, sino no gastarlo”. En la misma línea, aunque más profunda, ya conocen la popular frase de “no es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita”. Y si bien la opinión generalizada es que no tener deseos significa convertirse en un ser anodino y mediocre, la verdad espiritual dice que llegar al punto de no desear nada (ni objetos, ni personas, ni situaciones, ni emociones) es sinónimo de paz y de satisfacción completa.

La naturaleza del deseo es generar más deseo y, por tanto, uno siempre quiere algo más, con la falsa impresión de que al obtenerlo alcanzará la satisfacción. Además, el deseo no se limita a “tener” (un coche o una casa, por nombrar ejemplos típicos), sino que después de disfrutar de una gran comida uno puede desear sentirse más liviano (“¿por qué habré comido tanto?”) o dormir una siesta. E incluso cuando uno está enamorado y en las nubes, en apariencia completo, suele murmurar la frase: “quisiera que esto durara para siempre”.

Por tanto, el deseo siempre tiene al pasado o al presente como la meta, nunca satisfecho en el aquí y el ahora (ya saben que hay muchos libros de auto-ayuda sobre el tema).

deseos

Para mí, una forma básica de reducir los deseos y empezar a practicar el contentamiento puede hacerse a través de la gratitud. Uno da por sentado que estar vivo, tener alimento cada día, una cama caliente, buena salud o la pantalla de un dispositivo electrónico para escribir/leer este post son connaturales a su persona. Digamos que uno considera que son sus “derechos” y rara vez se para a pensar que la mayoría de los seres del mundo tiene mucho menos que uno.

Como dice el maestro budista zen Thich Nhat Hanh: “simplemente el respirar es un regalo”.

O como dice Swami Premananda: “Todos los días por la mañana deberíamos agradecer a lo Supremo que hemos sido privilegiados con una vida así. Sólo entonces la utilizaremos sabiamente, con atención, cuidado, comprensión y concentración”.

El siguiente paso, creo, tiene que ver con el entendimiento, al inicio meramente intelectual, de cómo funciona el mundo. Según el maestro Sri Dharma Mittra el “verdadero contentamiento es el resultado del conocimiento de las leyes del karma”.

Con ley del karma, se refiere a un principio clave del hinduismo que es la ley cósmica de causa y efecto que explica que “todo lo que nos sucede se debe a nuestras acciones previas”. Aceptar esta ley ayuda mucho a entender situaciones que, en apariencia, son incomprensibles. Y agrega Dharma, “una vez que uno reconoce esto es capaz de pasar por las experiencias, mantener la ecuanimidad y ser verdaderamente feliz”.

Para quienes estas palabras les ponen los pelos de punta, es bueno aclarar que esta aceptación no significa que uno no haga lo necesario para modificar aquello que considera “incorrecto” o “injusto”. Simplemente significa que la paz y la satisfacción interior no se ven alteradas por los sucesos externos.

La idea que subyace a este planteamiento es la de “reconocer que todo ya es perfecto” tal como es. Sobre todo porque, como dice la filosofía espiritual, lo que estamos buscando fuera ya lo tenemos dentro.

En conclusión, no es malo aspirar a tener felicidad, a estar siempre confortable y de buen humor, pero es útil entender que esos estados son transitorios y apegarse a ellos es una causa perdida (lo cual no quiere decir que uno no pueda o deba disfrutar de las “pequeñas cosas de la vida”). Como ejemplo de felicidades efímeras (que en su simplicidad se empiezan a acercar al contentamiento) pongo una imagen que saqué de aquí y me inspiró (se amplía al clicar):

Siete tipos de felicidad cotidiana (por el dibujante australiano Michael Leunig) 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada. 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro. 3. La felicidad tradicional de estar tumbados. 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra. 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza. 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz. 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como fregar los platos.

La verdadera (en el sentido de duradera) felicidad es “independiente de condiciones externas” (llámense éstas coche, pareja, arte, brisa en el rostro, café calentito o, incluso, sonrisa de bebé) y en la tradición espiritual de la India se la conoce como saṁtoṣa. Entenderlo y, claro, aplicarlo es la clave.

El libro ‘La sociedad de castas’ de Agustín Pániker

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Acabo de terminar la lectura del libro La sociedad de castas: Religión y política en la India de Agustín Pániker. Es un libro monumental, no tan sólo por sus 700 páginas y su 1kg de peso, sino por el esfuerzo de investigación y documentación que le ha implicado al autor, que ocupó más de diez años en su elaboración. Esto ya lo podrá decir mejor Pániker, pero quizás se trata de su obra magna hasta la actualidad, donde la madurez como autor, estudioso y editor se ve reflejada en cada página.

Por si alguien no lo conoce, Agustín Pániker es experto en temas índicos, editor de Editorial Kairós, escritor de al menos cinco libros reconocidos, profesor universitario, asiduo conferenciante sobre cultura, religión y sociedad de la india y Asia en general y otras cosas que no enumero para ir al grano. Todo este conocimiento sobre la India puede que, en parte, venga por los genes de su abuelo paterno (que era indio, claro), aunque también habrá influido el contexto familiar de talante filosófico y, sobre todo, sus muchos años de estudio e investigación.

Vuelvo al libro que nos compete y su tema: las castas. Seguro que les suena esta consabida palabra, siempre relacionada con la India. Pues bien, en esta breve entrevista, Agustín explica que se decidió a escribir esta obra justamente porque en toda conferencia o charla sobre la India, sin importar de qué se hable exactamente, siempre hay alguien en el público que pregunta por las castas (y sobre la situación de la mujer en la India, agregaría un amigo mío).

Con eso en mente, Agustín se puso manos a la obra y escribió este libro completísimo que aborda el complejo tema de las castas desde muy variados ángulos. En general, sin saber muy bien qué son y cómo se aplican las castas, uno está presto a definirlas como una “lacra”, porque así lo ha escuchado y parece que, al decirlo, uno queda como progresista ante los demás. Si realmente uno quiere opinar sobre el tema y ofrecer en la próxima sobremesa un discurso menos estereotipado, que empiece ya a leer La sociedad de castas.

El autor con su nuevo libro.

El autor con su nuevo libro.

No voy a enumerar los contenidos totales del libro porque son muchos y porque sus páginas desbordan información, muchas veces sorprendente y siempre rigurosa, una cualidad que valoro especialmente. Si bien el libro versa siempre sobre las castas, el autor entra en otros temas relacionados y muy interesantes como la situación de la mujer en la India (ya lo decíamos antes), la patriarquía, las costumbres matrimoniales incluyendo el famoso matrimonio pactado o los “curiosos” hábitos alimenticios de cada grupo. Uno puede enterarse de la etimología de la palabra casta; conocer la escondida realidad de que en la India los cristianos o los musulmanes también tienen castas; entender cómo el sistema político actual influye, paradójicamente, en el reforzamiento de comunidades de casta; o ver el rol que la Gran Bretaña colonial tuvo en el desarrollo y etiquetamiento de las castas.

Para su exposición, Pániker presenta fuentes y textos religiosos pero también antropológicos, sociológicos y políticos, dando voz a diferentes visiones, de forma de mostrar al lector el gran abanico de opiniones sobre el tema, sin por ello esconder su propia opinión. De hecho, Agustín tiene un lenguaje directo y no se muerde la lengua a la hora de hablar de cuestiones tabúes o menos difundidas como sexo, violencia de género o discriminación social. Efectivamente, el estilo literario de Agustín es culto y fino, pero a la vez puede ser muy directo y hasta informal si la situación lo requiere. Por tanto, la lectura se hace amena (sumado a que agrega historias y ejemplos que, en algunos casos, asemejan a una charla más que a una lectura) y las 700 páginas, en general, no se hacen largas (excepto en algunos fragmentos en que si uno no está interesado en la estadística y los detalles técnicos le sobran algunos datos).

La sección de Historia de la casta está llena de datos poco conocidos y reveladores y, por supuesto, nos muestra un panorama informativo bien claro, siempre entendiendo que el análisis histórico, especialmente en India, no puede nunca dejar de tener un buen grado de especulación. En esta sección se abordan personajes importantes de la historia india, incluyendo a Gandhi, de quien Pániker muestra un perfil nada idealizado y crudo, que para pro-gandhianos como yo es difícil de asimilar, pero bueno de conocer.

Asimismo, el autor otorga unas cuantas páginas a la vida y obra de Bhimrao Ambedkar, un personaje desconocido en Occidente pero vital en la redacción de la primera Constitución de la India independiente. La gracia está, sobre todo, en que Ambedkar era un “intocable” y sus acciones marcaron un hito en el trato de esa “casta” tan defenestrada. De hecho, la cuestión de la intocabilidad, tan espinosa, es para mí magistralmente abordada por Pániker en este libro.

Bhimrao Ambedkar.

Bhimrao Ambedkar

En realidad, más allá del aspecto informativo, el libro me ha tocado porque me ha hecho pensar que esas actitudes de distinción de casta típicas de la India existen también en nuestra vida diaria occidental (aunque aquí no sea por “casta” y sea por clase, etnia, religión o lengua). La “intocabilidad” de seres humanos que retiran excrementos a mano en la India nos parece horrenda, pero cuántos de nosotros estamos dispuestos a “tocar” al muchacho que pide limosna frente al supermercado del barrio; sólo porque su situación es producto del sistema capitalista nos parece aceptable, pero si es parte del sistema de castas indio nos parece abominable…

Este, para algunos, inesperado paralelismo entre la discriminación practicada en la India y la del supuesto igualitario Occidente encuentra un buen ejemplo en la llamada comunidad gitana, a la que el autor dedica unas interesantes páginas (algo muy pertinente dado el origen indio de los gitanos).

Justamente, si hay algo que al autor no deja en pie son las idealizaciones y se encarga de tirar abajo cualquier discurso absoluto y de desmontar estereotipos (positivos y negativos), ofreciendo diversos argumentos y testimonios para mostrar que el desarrollo de los hechos (“los sistemas de castas” en este caso) es una combinación de fenómenos políticos, sociales, económicos y religiosos. Aunque puede ser crítico con muchas cosas, Agustín mantiene un equilibrio entre el idealismo hindú y la crítica feroz socio-céntrica occidental. En un momento lo dice claramente, las castas “no son una lacra ni una gran bendición”.

Ya en el epílogo, el libro se centra en desglosar aspectos sobre la tan hablada clase media india; una clase emergente que, según algunos, está modelando un nuevo país. Un tema muy actual, cuyo final (que es el final del libro) me agarró un poco desprevenido y me hubiera gustado leer un par de páginas más.

La sociedad de castas

La impactante portada del libro.

En conclusión, y dicho sin tecnicismos, el tema de las castas es extremadamente complejo, a la vez que es fascinante. Agustín sostiene que no existe un único “sistema de castas” sino que se trata de “sistemas” estructurados en torno a factores tan diversos como la jerarquía religiosa y ritual; el poder económico y social; el pasado familiar y el presente político; la lengua hablada y el oficio desempeñado. Unos entresijos que el libro explica al detalle. Incluso aunque crea que sabe algo del tema, ¡al leer la obra uno se da cuenta de que no sabía nada!

El libro me parece una gran fuente de información, muy riguroso y escrito de forma excelente. Como aviso a los lectores, les digo que se trata de un “ensayo sociológico” y, por tanto, es un texto de talante laico que no tiene intenciones espirituales, en el sentido de ofrecernos una enseñanza trascendental. Yo siempre estoy buscándole las explicaciones espirituales a todo y esta obra nos expone los hechos desde una base más “mundana” de política, relaciones sociales, factores religiosos e intereses económicos.

A la vez, en la escritura de Agustín uno puede percibir de forma clara el lado humano y cercano de una persona que nos muestra su postura, su visión del mundo. Y esa visión del mundo está llena de valores morales y éticos muy loables que, al fin y al cabo, no son otra cosa que valores espirituales universales y básicos, incluso sin ser presentados explícitamente dentro de ninguna corriente espiritual definida.

Más allá del conocimiento intelectual, la enseñanza profunda que he adquirido al leer este libro es ampliar mi mirada, buscando siempre el otro punto de vista, que es igual de válido al mío; a la vez que me ha generado mayor auto-consciencia sobre cómo etiqueto y considero a otras personas en función de sus “envolturas” externas como raza, lengua, religión o clase social. Estoy muy agradecido con el libro por esas “enseñanzas”.

Si quieren saber más detalles del libro, el propio autor lo explica en 6 ideas clave aquí.

Si viven en México (concretamente cerca de Coyoacán) pueden asistir a la presentación del libro por parte del autor el 4 de diciembre. Detalles aquí.

Si quieren ver y oír a Agustín en acción explicando su libro y desplegando su magnética oratoria, pueden ver el vídeo de su entrevista en La 2 de RTVE: Entrevista a Agustín Pániker en el programa ‘Para todos’.

O directamente aquí abajo en la entrevista de Casa Asia:

63º aniversario del nacimiento de Swami Premananda

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El 17 de noviembre de 1951, en Sri Lanka, nacía un niño bautizado con el nombre Prem Kumar y que con los años sería conocido con el título monástico de Swami Premananda. Se trata de mi maestro espiritual y ya ha hablado de su vida y obra en otros textos y momentos. Este breve post de hoy es, justamente, para conmemorar el 63º aniversario de su nacimiento, un evento que agradezco profundamente ya que haberle conocido y recibido sus enseñanzas es el pilar fundamental de mi vida en general, no sólo espiritual.

Swami Premananda dejó su cuerpo físico en 2011, pero desde entonces ha hecho notar su presencia, su energía y su poder divinos con diversos hechos que no dudo en calificar de “milagros”. Al igual que enseña Swami, yo no creo que los milagros sean un aspecto esencial de la experiencia espiritual y no les presto extrema atención, aunque no puedo negar que verlos y vivirlos es motivo de alegría y, también, sirven para reforzar la fe y la devoción.

Durante su vida Swami realizó muchísimos hechos extraordinarios y después de su muerte esa tendencia se mantuvo o incluso acrecentó. Por tanto, como viene siendo regla en estos últimos tres años, cada vez que se acerca algún evento importante para el Sri Premananda Ashram y sus seguidores ocurre algo milagroso. Esta vez, y en un fenómeno que no es inédito, el 4 de noviembre de 2014 comenzó a manifestarse espontáneamente vibhūti (ceniza sagrada) de la estatua de Swami Premananda en el templo Sri Premeshvarar del Ashram y el prodigio duró hasta el 10 de noviembre. Aquí dos fotos:

La estatua de Swami cubierta de vibhūti.

Detalle de la estatua.

Luego, el 12 de noviembre, lo que empezó a fluir de la estatua fue polvo de sándalo (tal como ya había sucedido a principios de este año por primera vez) y a día de hoy, cumpleaños de Swami, sigue fluyendo. Aquí dos imágenes:

La estatua de Swami cubierta de polvo de sándalo en el día de su cumpleaños (17 de Noviembre).

Detalle de la estatua cubierta de sándalo.

Que estos hechos sucedan o no, no cambia mi respeto y adoración por Swami, pero ya que ocurren aprovecho para compartirlos y, de paso, rendir mi simple tributo público al guru.

Porque el verdadero guru, como dice Sri Dharma Mittra en una entrevista reciente hablando de su propio maestro, te da el mejor consejo posible, el mayor conocimiento: “que el Ser Real, el Ser Supremo… todo lo que necesito, está justo allí, dentro de mí, al igual que en cada ser viviente”.

Y por compartir ese conocimiento conmigo, Swamiji, siempre estaré en deuda.

Swami Premananda sobre la compasión

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Justo después de publicar el post de la semana sobre ahiṁsā, me encontré con un discurso de Swami Premananda sobre la compasión y la práctica de no dañar. Sus inspiradoras palabras podrían ser un gran colofón para mis reflexiones de aquel post aunque, en realidad, son toda una enseñanza en sí misma que creo merece ser leída y absorbida por separado. A continuación un fragmento.

Swami dice:

“Te daré una práctica que, de hecho, es parte integrante de dar servicio. Es una sadhana mental muy útil. Como aspirante espiritual, efectivamente es necesario ayudar a los demás, pero no pienses que sólo tienes que hacer acciones individuales de servicio o dar donaciones para hacer servicio y bien a este mundo.

La ‘amorosa bondad’ es una de las cualidades más elevadas que podemos alcanzar en nuestras vidas. Alcanzar este estado elevado en el interior sería un servicio increíble que impulsaría nuestro trabajo en el mundo más de lo que las acciones podrían hacer.

Hay muchos modos de ayudar a otros seres humanos, animales y plantas. Primero puedes ayudarles mediante oraciones y meditaciones. Durante tu sadhana (práctica) diaria piensa en tu forma o cualidad divina favorita, piensa en tu maestro espiritual con amor puro, piensa en tus relaciones y tus seres cercanos con amor, piensa amablemente en aquellos que viven en tu comunidad y envíales vibraciones amorosas, piensa en los ciudadanos de tu país deseándoles el bien y enviando pensamientos de amor y sabiduría, piensa en todas las personas del mundo y deséales el bien y amor puro.

Finalmente envía todos tus buenos pensamientos al Universo y ora para que todo alcance la liberación y la felicidad definitiva. Si podemos desarrollar esta cualidad en la mente, esto sí que es un gran servicio”.

Swami Premananda

Leyendo las palabras de Swami naturalmente pienso que la práctica espiritual de pedir desde el corazón por el bienestar de todos los seres, en todas partes, encuentra su expresión sintetizada y tradicional en un famoso mantra:

lokāḥ samastāḥ sukhino bhavantu

Cuya traducción bastante literal podría ser:

“Que todos los mundos sean felices”

Y cuando decimos “mundos” nos referimos también, obviamente, a todos los seres que habitan esos mundos, que según la tradición hindú pueden ser tres, siete o catorce, pero ciertamente van más allá del planeta Tierra y se podría resumir, como dice Swami, en “enviar todos tus buenos pensamientos al Universo”, al “todo”; lo cual incluye, como dicen las Escrituras, “lo móvil y lo inmóvil”.

Una gran práctica que, a pesar de ser invisible a priori, sin duda ayuda al mundo, incluso aunque sólo sea para abrir tu propio corazón y hacerte más receptivo al bienestar de lo(s) demás.

Para acabar, el mantra a cargo de la artista Wah!, en una versión moderna que no por ello es menos inspiradora:

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