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Archivo del Autor: Naren Herrero

El libro ‘La sociedad de castas’ de Agustín Pániker

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Acabo de terminar la lectura del libro La sociedad de castas: Religión y política en la India de Agustín Pániker. Es un libro monumental, no tan sólo por sus 700 páginas y su 1kg de peso, sino por el esfuerzo de investigación y documentación que le ha implicado al autor, que ocupó más de diez años en su elaboración. Esto ya lo podrá decir mejor Pániker, pero quizás se trata de su obra magna hasta la actualidad, donde la madurez como autor, estudioso y editor se ve reflejada en cada página.

Por si alguien no lo conoce, Agustín Pániker es experto en temas índicos, editor de Editorial Kairós, escritor de al menos cinco libros reconocidos, profesor universitario, asiduo conferenciante sobre cultura, religión y sociedad de la india y Asia en general y otras cosas que no enumero para ir al grano. Todo este conocimiento sobre la India puede que, en parte, venga por los genes de su abuelo paterno (que era indio, claro), aunque también habrá influido el contexto familiar de talante filosófico y, sobre todo, sus muchos años de estudio e investigación.

Vuelvo al libro que nos compete y su tema: las castas. Seguro que les suena esta consabida palabra, siempre relacionada con la India. Pues bien, en esta breve entrevista, Agustín explica que se decidió a escribir esta obra justamente porque en toda conferencia o charla sobre la India, sin importar de qué se hable exactamente, siempre hay alguien en el público que pregunta por las castas (y sobre la situación de la mujer en la India, agregaría un amigo mío).

Con eso en mente, Agustín se puso manos a la obra y escribió este libro completísimo que aborda el complejo tema de las castas desde muy variados ángulos. En general, sin saber muy bien qué son y cómo se aplican las castas, uno está presto a definirlas como una “lacra”, porque así lo ha escuchado y parece que, al decirlo, uno queda como progresista ante los demás. Si realmente uno quiere opinar sobre el tema y ofrecer en la próxima sobremesa un discurso menos estereotipado, que empiece ya a leer La sociedad de castas.

El autor con su nuevo libro.

El autor con su nuevo libro.

No voy a enumerar los contenidos totales del libro porque son muchos y porque sus páginas desbordan información, muchas veces sorprendente y siempre rigurosa, una cualidad que valoro especialmente. Si bien el libro versa siempre sobre las castas, el autor entra en otros temas relacionados y muy interesantes como la situación de la mujer en la India (ya lo decíamos antes), la patriarquía, las costumbres matrimoniales incluyendo el famoso matrimonio pactado o los “curiosos” hábitos alimenticios de cada grupo. Uno puede enterarse de la etimología de la palabra casta; conocer la escondida realidad de que en la India los cristianos o los musulmanes también tienen castas; entender cómo el sistema político actual influye, paradójicamente, en el reforzamiento de comunidades de casta; o ver el rol que la Gran Bretaña colonial tuvo en el desarrollo y etiquetamiento de las castas.

Para su exposición, Pániker presenta fuentes y textos religiosos pero también antropológicos, sociológicos y políticos, dando voz a diferentes visiones, de forma de mostrar al lector el gran abanico de opiniones sobre el tema, sin por ello esconder su propia opinión. De hecho, Agustín tiene un lenguaje directo y no se muerde la lengua a la hora de hablar de cuestiones tabúes o menos difundidas como sexo, violencia de género o discriminación social. Efectivamente, el estilo literario de Agustín es culto y fino, pero a la vez puede ser muy directo y hasta informal si la situación lo requiere. Por tanto, la lectura se hace amena (sumado a que agrega historias y ejemplos que, en algunos casos, asemejan a una charla más que a una lectura) y las 700 páginas, en general, no se hacen largas (excepto en algunos fragmentos en que si uno no está interesado en la estadística y los detalles técnicos le sobran algunos datos).

La sección de Historia de la casta está llena de datos poco conocidos y reveladores y, por supuesto, nos muestra un panorama informativo bien claro, siempre entendiendo que el análisis histórico, especialmente en India, no puede nunca dejar de tener un buen grado de especulación. En esta sección se abordan personajes importantes de la historia india, incluyendo a Gandhi, de quien Pániker muestra un perfil nada idealizado y crudo, que para pro-gandhianos como yo es difícil de asimilar, pero bueno de conocer.

Asimismo, el autor otorga unas cuantas páginas a la vida y obra de Bhimrao Ambedkar, un personaje desconocido en Occidente pero vital en la redacción de la primera Constitución de la India independiente. La gracia está, sobre todo, en que Ambedkar era un “intocable” y sus acciones marcaron un hito en el trato de esa “casta” tan defenestrada. De hecho, la cuestión de la intocabilidad, tan espinosa, es para mí magistralmente abordada por Pániker en este libro.

Bhimrao Ambedkar.

Bhimrao Ambedkar

En realidad, más allá del aspecto informativo, el libro me ha tocado porque me ha hecho pensar que esas actitudes de distinción de casta típicas de la India existen también en nuestra vida diaria occidental (aunque aquí no sea por “casta” y sea por clase, etnia, religión o lengua). La “intocabilidad” de seres humanos que retiran excrementos a mano en la India nos parece horrenda, pero cuántos de nosotros estamos dispuestos a “tocar” al muchacho que pide limosna frente al supermercado del barrio; sólo porque su situación es producto del sistema capitalista nos parece aceptable, pero si es parte del sistema de castas indio nos parece abominable…

Este, para algunos, inesperado paralelismo entre la discriminación practicada en la India y la del supuesto igualitario Occidente encuentra un buen ejemplo en la llamada comunidad gitana, a la que el autor dedica unas interesantes páginas (algo muy pertinente dado el origen indio de los gitanos).

Justamente, si hay algo que al autor no deja en pie son las idealizaciones y se encarga de tirar abajo cualquier discurso absoluto y de desmontar estereotipos (positivos y negativos), ofreciendo diversos argumentos y testimonios para mostrar que el desarrollo de los hechos (“los sistemas de castas” en este caso) es una combinación de fenómenos políticos, sociales, económicos y religiosos. Aunque puede ser crítico con muchas cosas, Agustín mantiene un equilibrio entre el idealismo hindú y la crítica feroz socio-céntrica occidental. En un momento lo dice claramente, las castas “no son una lacra ni una gran bendición”.

Ya en el epílogo, el libro se centra en desglosar aspectos sobre la tan hablada clase media india; una clase emergente que, según algunos, está modelando un nuevo país. Un tema muy actual, cuyo final (que es el final del libro) me agarró un poco desprevenido y me hubiera gustado leer un par de páginas más.

La sociedad de castas

La impactante portada del libro.

En conclusión, y dicho sin tecnicismos, el tema de las castas es extremadamente complejo, a la vez que es fascinante. Agustín sostiene que no existe un único “sistema de castas” sino que se trata de “sistemas” estructurados en torno a factores tan diversos como la jerarquía religiosa y ritual; el poder económico y social; el pasado familiar y el presente político; la lengua hablada y el oficio desempeñado. Unos entresijos que el libro explica al detalle. Incluso aunque crea que sabe algo del tema, ¡al leer la obra uno se da cuenta de que no sabía nada!

El libro me parece una gran fuente de información, muy riguroso y escrito de forma excelente. Como aviso a los lectores, les digo que se trata de un “ensayo sociológico” y, por tanto, es un texto de talante laico que no tiene intenciones espirituales, en el sentido de ofrecernos una enseñanza trascendental. Yo siempre estoy buscándole las explicaciones espirituales a todo y esta obra nos expone los hechos desde una base más “mundana” de política, relaciones sociales, factores religiosos e intereses económicos.

A la vez, en la escritura de Agustín uno puede percibir de forma clara el lado humano y cercano de una persona que nos muestra su postura, su visión del mundo. Y esa visión del mundo está llena de valores morales y éticos muy loables que, al fin y al cabo, no son otra cosa que valores espirituales universales y básicos, incluso sin ser presentados explícitamente dentro de ninguna corriente espiritual definida.

Más allá del conocimiento intelectual, la enseñanza profunda que he adquirido al leer este libro es ampliar mi mirada, buscando siempre el otro punto de vista, que es igual de válido al mío; a la vez que me ha generado mayor auto-consciencia sobre cómo etiqueto y considero a otras personas en función de sus “envolturas” externas como raza, lengua, religión o clase social. Estoy muy agradecido con el libro por esas “enseñanzas”.

Si quieren saber más detalles del libro, el propio autor lo explica en 6 ideas clave aquí.

Si viven en México (concretamente cerca de Coyoacán) pueden asistir a la presentación del libro por parte del autor el 4 de diciembre. Detalles aquí.

Si quieren ver y oír a Agustín en acción explicando su libro y desplegando su magnética oratoria, pueden ver el vídeo de su entrevista en La 2 de RTVE: Entrevista a Agustín Pániker en el programa ‘Para todos’.

O directamente aquí abajo en la entrevista de Casa Asia:

63º aniversario del nacimiento de Swami Premananda

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El 17 de noviembre de 1951, en Sri Lanka, nacía un niño bautizado con el nombre Prem Kumar y que con los años sería conocido con el título monástico de Swami Premananda. Se trata de mi maestro espiritual y ya ha hablado de su vida y obra en otros textos y momentos. Este breve post de hoy es, justamente, para conmemorar el 63º aniversario de su nacimiento, un evento que agradezco profundamente ya que haberle conocido y recibido sus enseñanzas es el pilar fundamental de mi vida en general, no sólo espiritual.

Swami Premananda dejó su cuerpo físico en 2011, pero desde entonces ha hecho notar su presencia, su energía y su poder divinos con diversos hechos que no dudo en calificar de “milagros”. Al igual que enseña Swami, yo no creo que los milagros sean un aspecto esencial de la experiencia espiritual y no les presto extrema atención, aunque no puedo negar que verlos y vivirlos es motivo de alegría y, también, sirven para reforzar la fe y la devoción.

Durante su vida Swami realizó muchísimos hechos extraordinarios y después de su muerte esa tendencia se mantuvo o incluso acrecentó. Por tanto, como viene siendo regla en estos últimos tres años, cada vez que se acerca algún evento importante para el Sri Premananda Ashram y sus seguidores ocurre algo milagroso. Esta vez, y en un fenómeno que no es inédito, el 4 de noviembre de 2014 comenzó a manifestarse espontáneamente vibhūti (ceniza sagrada) de la estatua de Swami Premananda en el templo Sri Premeshvarar del Ashram y el prodigio duró hasta el 10 de noviembre. Aquí dos fotos:

La estatua de Swami cubierta de vibhūti.

Detalle de la estatua.

Luego, el 12 de noviembre, lo que empezó a fluir de la estatua fue polvo de sándalo (tal como ya había sucedido a principios de este año por primera vez) y a día de hoy, cumpleaños de Swami, sigue fluyendo. Aquí dos imágenes:

La estatua de Swami cubierta de polvo de sándalo en el día de su cumpleaños (17 de Noviembre).

Detalle de la estatua cubierta de sándalo.

Que estos hechos sucedan o no, no cambia mi respeto y adoración por Swami, pero ya que ocurren aprovecho para compartirlos y, de paso, rendir mi simple tributo público al guru.

Porque el verdadero guru, como dice Sri Dharma Mittra en una entrevista reciente hablando de su propio maestro, te da el mejor consejo posible, el mayor conocimiento: “que el Ser Real, el Ser Supremo… todo lo que necesito, está justo allí, dentro de mí, al igual que en cada ser viviente”.

Y por compartir ese conocimiento conmigo, Swamiji, siempre estaré en deuda.

Swami Premananda sobre la compasión

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Justo después de publicar el post de la semana sobre ahiṁsā, me encontré con un discurso de Swami Premananda sobre la compasión y la práctica de no dañar. Sus inspiradoras palabras podrían ser un gran colofón para mis reflexiones de aquel post aunque, en realidad, son toda una enseñanza en sí misma que creo merece ser leída y absorbida por separado. A continuación un fragmento.

Swami dice:

“Te daré una práctica que, de hecho, es parte integrante de dar servicio. Es una sadhana mental muy útil. Como aspirante espiritual, efectivamente es necesario ayudar a los demás, pero no pienses que sólo tienes que hacer acciones individuales de servicio o dar donaciones para hacer servicio y bien a este mundo.

La ‘amorosa bondad’ es una de las cualidades más elevadas que podemos alcanzar en nuestras vidas. Alcanzar este estado elevado en el interior sería un servicio increíble que impulsaría nuestro trabajo en el mundo más de lo que las acciones podrían hacer.

Hay muchos modos de ayudar a otros seres humanos, animales y plantas. Primero puedes ayudarles mediante oraciones y meditaciones. Durante tu sadhana (práctica) diaria piensa en tu forma o cualidad divina favorita, piensa en tu maestro espiritual con amor puro, piensa en tus relaciones y tus seres cercanos con amor, piensa amablemente en aquellos que viven en tu comunidad y envíales vibraciones amorosas, piensa en los ciudadanos de tu país deseándoles el bien y enviando pensamientos de amor y sabiduría, piensa en todas las personas del mundo y deséales el bien y amor puro.

Finalmente envía todos tus buenos pensamientos al Universo y ora para que todo alcance la liberación y la felicidad definitiva. Si podemos desarrollar esta cualidad en la mente, esto sí que es un gran servicio”.

Swami Premananda

Leyendo las palabras de Swami naturalmente pienso que la práctica espiritual de pedir desde el corazón por el bienestar de todos los seres, en todas partes, encuentra su expresión sintetizada y tradicional en un famoso mantra:

lokāḥ samastāḥ sukhino bhavantu

Cuya traducción bastante literal podría ser:

“Que todos los mundos sean felices”

Y cuando decimos “mundos” nos referimos también, obviamente, a todos los seres que habitan esos mundos, que según la tradición hindú pueden ser tres, siete o catorce, pero ciertamente van más allá del planeta Tierra y se podría resumir, como dice Swami, en “enviar todos tus buenos pensamientos al Universo”, al “todo”; lo cual incluye, como dicen las Escrituras, “lo móvil y lo inmóvil”.

Una gran práctica que, a pesar de ser invisible a priori, sin duda ayuda al mundo, incluso aunque sólo sea para abrir tu propio corazón y hacerte más receptivo al bienestar de lo(s) demás.

Para acabar, el mantra a cargo de la artista Wah!, en una versión moderna que no por ello es menos inspiradora:

Ahiṁsā es el deber supremo

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La palabra sánscrita ahiṁsā ha sido popularmente traducida como “no violencia”, en especial con relación al Mahatma Gandhi y sus métodos político-espirituales en favor de la independencia de la India. De todos modos, creo que dicha traducción, aunque no incorrecta, no expresa de forma completa el significado de un concepto muy importante en el hinduismo, como así también en el budismo y el jainismo. Si vamos a la etimología,a-hiṁsā viene de la raíz verbal hiṁs (y ésta a su vez deriva de han), que significa “lastimar, dañar, herir, golpear, matar, destruir”.

Si le preguntáramos de forma aleatoria a cualquier persona en la calle, la mayoría diría que está en contra de la violencia, por supuesto, pero siempre tomando “violencia” como una agresión física o algún tipo de pelea. Cuando uno dice “no violencia” generalmente no piensa en formas de violencia menos visibles, ni en violencia verbal o, más sutil aún, violencia de pensamiento. Esa es la razón por la que encuentro que la traducción “no dañar” es más apropiada para expresar la idea completa y espiritual incluida en ahiṁsā.

Para la mayoría de yoguis, el concepto de ahiṁsā es muy conocido porque es el principal yama (regla ética) en el camino de los ocho pasos del Rāja Yoga, tal como los plantea el sabio Patañjali en los Yoga Sūtras, para llevar a una persona al estado de “interiorización completa” (samādhi). De hecho, todas estas reglas se basan y fundamentan en la práctica de “no dañar” y, como dice Sri Dharma Mittra, “sin Yamas no hay Yoga”.

En este sentido, en la tradición hindú existe una máxima sánscrita:

ahiṁsā paramo dharmah

Cuya traducción posible sería:

“no dañar es el deber supremo”

El término dharma tiene varios sentidos y es imposible de traducir en una sola palabra pero “deber” o “ley” son aproximadas en este caso. Swami Sivananda, por ejemplo, se pone menos literal – pero no por ello menos certero – y en su libro La Ciencia del Pranayama (p. 144) traduce: “ahiṁsā es la primera virtud que debe tener un aspirante espiritual”.

Si bien está máxima (ahiṁsā paramo dharmah) fue muy difundida por Gandhi, al parecer su origen textual se remonta al poema épico del Mahābhārata (Mahabhárata), cuya composición tiene unos 2.500 años de antigüedad (o quizás más). En dicha obra la frase aparece en diversas ocasiones y sobre distintos temas, como cuál debe ser el comportamiento de un brahmán; qué es la conducta virtuosa; o la no necesidad de utilizar animales para sacrificios rituales.

En el contexto de abstenerse de ofrecer o comer carne aparece el consejo del gran patriarca y sabio Bhīṣma (Bhishma) que, en su lecho de muerte y justo en medio de una guerra, dice (Mahābhārata, 13.117.38):

“No dañar es la ley (dharma) más elevada. No dañar es el auto-control (dama) supremo. No dañar es la caridad (dāna) suprema. No dañar es la auto-disciplina (tapas) suprema. No dañar es el ritual de sacrificio (yajña) supremo. No dañar es la fuerza (bala) suprema. No dañar es el amigo (mitra) supremo. No dañar es la felicidad (sukha) suprema. No dañar es la verdad (satya) suprema. No dañar es la enseñanza revelada (śruta) más elevada”.

Bhīṣma en su lecho de muerte compartiendo su conocimiento.

Obviamente, el primer paso para poner en práctica ahiṁsā es evitar la violencia física, lo cual incluye la abstención de comerse otros seres. Por tanto, el vegetarianismo es considerado un requisito ineludible para todo aspirante espiritual serio. Teniendo en cuenta el estado actual de la industria láctica, incluso ser vegetariano puede ser insuficiente, ya que el daño que se causa a otros animales consumiendo leche y sus derivados es muy grande (inyectado de hormonas a la vaca; separación del ternero recién nacido de su madre; extracción continua y antinatural de leche; encierro y mínimo espacio para vivir, etc.), sin hablar de las consecuencias ecológicas para el planeta.

Por ello, se dice que la dieta vegana (es decir, nada de producción animal) es la que, en estos tiempos, mejor respeta la enseñanza de ahiṁsā. En caso de consumir lácteos, se recomienda entonces que sean de la industria orgánica o “bio”, para reducir el impacto.

Como vegetariano que soy (y casi 100% vegano) más de una vez me han hecho la clásica pregunta: “¿Y acaso las plantas no sufren cuando las comen?”. Pues claro que pueden sufrir.

De hecho, el mismísimo Gandhi dijo que “el hombre no puede vivir ni un minuto sin cometer, consciente o inconscientemente, daño (hiṁsā). El sólo hecho de vivir (comer, beber, moverse) necesariamente implica algo de hiṁsā, destrucción de vida, aunque sea ínfima. Por lo tanto, quien ha hecho el voto de ahiṁsā permanece fiel a su voto si la fuente de donde nacen todas sus acciones es la compasión, si evita lo mejor que puede la destrucción de la criatura más minúscula, trata de salvarla y así incesantemente se esfuerza por liberarse de la espiral de hiṁsā” (en La historia de mis experimentos con la verdad, Parte IV, texto 39).

Por supuesto, la comida y la violencia física son sólo la “punta del loto” y practicar el no-dañar en palabra y pensamiento es seguramente más difícil. Lo que pasa es que uno, en general, empieza desde lo más burdo a lo más sutil, aunque los dos niveles puedan entrelazarse en el camino.

En cualquier caso, para mí la palabra clave es compasión y, basado en las enseñanzas de mis maestros, creo fundamental desarrollar esa cualidad tanto para poder desarrollarme espiritualmente, como para que los demás seres sean más felices y para que yo mismo sea más feliz.

Actuar siempre desde el amor y la compasión, sin guardar rencor, envidia ni otros malos sentimientos, debe ser hermoso y liberador. A por ello.

El género de algunas populares palabras de Yoga

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Para los hispanohablantes el sánscrito presenta una gran ventaja: es una lengua llena de vocales. Y no sólo eso: la vocal ‘a’ es la más frecuente y cuando se pronuncia abierta es como la española. Por tanto, a la hora de leer y, sobre todo, pronunciar, los que hablamos español lo tenemos más fácil que personas de otras lenguas, especialmente las germánicas y sajonas (siguiendo este hilo, el catalán o el italiano todavía están mejor porque además de ser vocálicas, tienen mayor número de vocales).

Esta ventaja idiomática tiene su pequeña contrapartida. Justamente por tener el sánscrito tantas ‘aes’, en español tendemos, intuitivamente, a otorgar el género femenino a palabras (sobre todo las que acaban en ‘a’) que, en origen, son de género masculino o neutro. No se trata ésta de una regla absoluta, pues también hay casos inversos, pero lo cierto es que a la hora de pronunciar palabras sánscritas en español hay un gran “caos de género” que tiene sus bases en los finales con ‘a’, pero también en que algunas traducciones pioneras al español han marcado una tendencia lingüística en desacuerdo con el género original.

Estas traducciones se hicieron, muchas veces, directamente desde el inglés, donde el artículo determinado – the – no tiene género (ni número) y, por lo tanto, la decisión del género de la palabra en español quedaba a criterio del traductor que, si no conocía el sánscrito (como parece haber sido frecuente), podía ser contraria a la lógica original (aunque amoldada al uso gramatical del español, eso sí).

En los sustantivos de lengua sánscrita – que son el tipo de palabras que ahora más nos interesa – hay tres géneros (masculino, neutro y femenino) aunque las desinencias masculinas y neutras son bastante similares, por lo que muchas veces se solapan. Del mismo modo, cuando en español hay “indistinción de géneros” o neutralidad se elige la desinencia masculina por sobre la femenina (“los padres”, “los reyes”).

Por tanto, si una palabra sánscrita es neutra (por ejemplo āsana), al pasarla al español se debería traducir al masculino (“el āsana/los āsanas“), siguiendo no sólo la regla española sino la sánscrita, en donde también hay similitud formal con el masculino gramatical, por más que por una cuestión de uso y final en ‘a’ uno tienda a decir “la āsana/las āsanas” (que, además, se pronuncia “ásana”). Más allá de la tendencia actual de feminizar el lenguaje, la cual no voy a debatir aquí, lo gramaticalmente correcto y aceptado sigue siendo lo que acabo de explicar.

Por supuesto, alguien puede argumentar que cuando una palabra extranjera entra en la propia lengua se la adapta al uso popular por cuestiones prácticas, ya que el lenguaje (cualquiera sea) siempre se caracteriza por simplificar y economizar. Esto no quita que haya una forma original y correcta de pronunciar dichas palabras, que yo considero muy pertinente si se lo hace con referencia a la tradición yóguica.

Obviamente, es mucho más importante que el yogui sepa (o mejor, haya experimentado) acerca del término del que está hablando, a que simplemente conozca intelectualmente el género de dicha palabra, pero también es verdad que por más bueno que sea un carpintero o un médico, por ejemplo, uno esperaría que no diga “el puerta” o “la hígado”.

Para aclarar esta cuestión, que está muy extendida y me interesa mucho, me he puesto el traje de diseñador gráfico (que me queda un poco ajustado) y he creado un simple cuadro, muy visual, con el género sánscrito de algunas populares palabras de Yoga, entendiendo este término en un sentido más bien amplio.

Por supuesto, he dejado fuera muchas palabras, pero creo haber puesto las más problemáticas (al menos en mi experiencia, y si no es así acepto sugerencias). Es probable que el lector conozca el género correcto de la mayoría de las palabras, pero siempre hay alguna sorpresa, y también es cierto que la fuerza del hábito o el contexto puede llevarnos a decirlas “mal”, incluso sabiendo su género original. En la imagen, como hago en este blog, he elegido utilizar la transliteración internacional sánscrita (con alguna pequeña aclaración fonética o semántica entre paréntesis cuando me pareció imprescindible).

La imagen que comparto se amplía grandemente al clicarla y, en pos de la divulgación y sabiendo que esto es internet, doy mi total consentimiento para usarla con fines loables.

género-de-algunas-populares-palabras-de-Yoga

Justamente el acabar este cuadro, leí que la sanscritista española Laia Villegas está preparando un Diccionario de los términos sánscritos más utilizados en la práctica del yoga y que, para que sea completo y útil, pide ayuda a practicantes de Yoga para corroborar los nombres sánscritos y españoles de muchas posturas yóguicas. Si quieres participar, clica aquí.

El mantra ‘om namo nārāyaṇāya’ y la paz mundial

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La última semana publiqué un mantra que, en tiempos pasados, era muy secreto. Nadie puede culparme ni alabarme por esto, pues ya fue el santo indio Rāmānuja quien difundió abiertamente este mantra en el siglo XII y, por tanto, hoy lo conoce todo el mundo.

Rāmānuja fue un santo y filósofo seguidor del vaishnavismo, es decir la rama hindú que venera principalmente al dios Viṣṇu (Vishnu). Su importancia e influencia filosófica y doctrinal fueron tales que es considerado el exponente más importante de la rama tradicional del vaishnavismo llamada Śrī Vaiṣṇava (Shri Váishnava), muy enfocada a la devoción y basada sobre todo en la filosofía del Viśiṣṭādvaita (vishishtadvaita) ono dualismo cualificado”. Esta doctrina sostiene que el alma individual y Dios son “cualitativamente iguales pero cuantitativamente diferentes”, por lo que “en la liberación el alma comparte la dicha de Dios, y a la vez sigue estando subordinada a Él”.

De esta forma, el mantra que, desde lo alto de la torre de un templo, Rāmānuja reveló al pueblo es considerado el mantra por excelencia del linaje Śrī Vaiṣṇava y, por si no lo recuerdan (ni han mirado el título del post), se trata de:

om namo nārāyaṇāya

Es decir:

“Om, reverencias a Nārāyaṇa“.

Nārāyaṇa (Naráyana) es uno de los nombres más emblemáticos del Señor Viṣṇu y su traducción es tema de debate. Según la escuela y según el nivel de lectura, se pueden encontrar diferentes explicaciones, algunas de ellas con base etimológica y otras más bien simbólicas. Sin entrar en ese terreno resbaladizo, sí puedo decir que una traducción habitual – y bastante literal – de Nārāyaṇa es “lugar de refugio (ayana) de los hombres (nara)”.

En la filosofía hindú, Nārāyaṇa es considerado el preservador del Universo, un rol que cumple instalado en las aguas esenciales, donde toda la creación nace y también se disuelve cuando se cumplen los ciclos cósmicos. En este sentido, él es el “lugar” donde regresan todos los seres; a la vez que en todo momento él también puede ser “refugio”, ya que su energía de sustentador universal es puro amor y compasión.

Son estos atributos de “preservador del mundo” los que llevaron a etiquetar, en tiempos modernos, al mantra om namo nārāyaṇāya como el “mantra para la paz mundial”. Al parecer fue Swami Vishnudevananda quien primero sugirió esta idea. Swami Vishnudevananda (1927-1993) fue un eminente discípulo del gran Swami Sivananda de Rishikesh y, entre otras cosas, fue un activista de la paz mundial, al punto de realizar “vuelos por la paz” con un avión por encima de zonas de conflicto como el Canal de Suez, el Muro de Berlín o la frontera entre India y Pakistán, donde lanzaba flores y mantras en lugar de bombas.

En el linaje de Sri Dharma Mittra, que no es el mismo de Sivananda, pero tiene muchas afinidades, se explica que este mantra “invoca el omni-penetrante poder de misericordia y bondad del Señor Nārāyaṇa“. Y se explica que su repetición se hace, con frecuencia, para “llevar un estado de paz al mundo entero”.

Esta interpretación del mantra como propiciador de paz mundial es moderna (aunque no por ello necesariamente errada). Desde el punto de vista de la tradición hindú, es un mantra secreto que otorga la liberación final, el cual debe ser recitado en voz baja previa iniciación de un guru. Como expuso Álvaro Enterría en un comentario del post pasado, “el mantra sólo es realmente un mantra cuando lo recibes de un maestro. Al final, sólo las personas cualificadas (adhikāris) se benefician de las enseñanzas; leer información en libros tiene utilidad como parte del proceso de maduramiento”.

Justamente, como explica el sacerdote hindú Krishna Kripa Dasa (Juan Carlos Ramchandani), los miembros ortodoxos de la rama Śrī Vaiṣṇava dicen que, si no se ha recibido iniciación, en voz alta sólo hay que recitar namo nārāyaṇāya namo nārāyaṇāya, es decir el mantra sin la sílaba sagrada OM.

Swami Vishnudevananda en su avión de la paz

De todos modos, y a pesar de lo secreto del mantra y de la necesidad de recibirlo de un maestro para que funcione, también la tradición tiene historias sobre el poder del nombre Nārāyaṇa en sí mismo. Especialmente la vida de Ajāmila (ver Śrīmad Bhāgavatam 6.1-2), un hombre de casta brahmán que perdió sus méritos espirituales por asociarse con malas compañías y llevar una existencia licenciosa llena de engaños y vicios.

Con esta vida impura Ajāmila llegó a sus 88 años, siendo padre de diez hijos, el menor todavía un bebé llamado Nārāyaṇa, al que estaba muy apegado. Sin darse cuenta, la vida se le había pasado y el momento de partir hacia la morada de Yamarāja, “el rey de la muerte”, había llegado, por lo que los deformes y horrendos mensajeros de la muerte estaban listos para llevárselo. En ese momento, con temor y pudiendo únicamente pensar en su hijo, Ajāmila comenzó a llamarlo a los gritos por su nombre, con lágrimas en los ojos.

Entonces, los mensajeros del Señor Viṣṇu, al escuchar que un moribundo gritaba con desesperación el sagrado nombre de Dios, también bajaron a buscar su alma, pues se explica que el último pensamiento antes de morir es especialmente importante a la hora de decidir el futuro de esa alma. La situación que siguió fue curiosa, pues los mensajeros de Yamarāja reclamaron su derecho a llevarse el alma de esta persona claramente pecadora por su estilo de vida, pero a su vez los mensajeros de Viṣṇu argumentaron que cantar el nombre de Nārāyaṇa en estado de desamparo y con fuerza era motivo suficiente para ser “elegible para la liberación”.

Incluso si el nombre había sido usado para llamar a su hijo y no a Dios, incluso si no había sido hecho de forma consciente, había atraído la atención del Señor Viṣṇu que habría reflexionado así: “este hombre ha cantado mi nombre sagrado, por lo tanto mi deber es darle protección”. De esta forma, la conclusión es que cantar el nombre de Dios es el gran método de redención. Y así, los mensajeros divinos liberaron a Ajāmila de las garras de la muerte.

Finalmente, me ha parecido buena idea compartir una canción que se realiza en el Sri Premananda Ashram al final de los abhishekams a la imagen del Señor Kṛṣṇa (una encarnación de Viṣṇu). La canción se conoce como Kṛṣṇa maṅgala ārati (Krishna mángala árati) y se acompaña mostrando fuego y luz a la divinidad como signo de auspiciosidad. Viene al caso porque el “estribillo” repite el mantra que estamos tratando hoy y, por otro lado, hay fragmentos que están en lengua tamil, creando una combinación no tan escuchada en general, aunque normal en el sur de la India, que es justamente donde Rāmānuja reveló el mantra.

La letra habla de que este mantra es medicina para los que sufren y pide prosperidad para todo el mundo. La versión que comparto no es especialmente fácil de disfrutar para el oído occidental, al menos hasta acostumbrarse, ya que tiene una edición bastante cruda pero, eso sí, uno puede sentirse transportado al templo de forma inmediata:

Si queremos algo más “comercial”, entonces también podemos disfrutar de esta dulce versión de Deva Premal. En todo caso, lo importante es, como siempre, la devoción:

Las enseñanzas secretas del yoga y el ejemplo de Rāmānuja

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La tradición espiritual hindú se ha caracterizado históricamente por transmitir el conocimiento con fidelidad a sus orígenes y cara a cara. Por ello la relación personal del estudiante con el guru es tan importante y, por consecuencia, se pretende que el aspirante esté capacitado para recibir las enseñanzas; es decir que tenga mucho anhelo espiritual, paciencia, obediencia al maestro, disciplina… Está lleno de historias de estudiantes que debieron limpiar la casa del maestro por años hasta que, finalmente, éste les dio una enseñanza explícita.

Como dice el estudioso español José Antonio Offroy Arranz, “en la tradición india, el conocimiento es un bien que se merece y conquista, no un derecho que tienen todos los hombres por igual, a modo de como se entiende en el mundo moderno”.

En ámbitos específicos como el Haṭha yoga o el Tantra este secretismo es más pronunciado, pues las enseñanzas implicadas suelen ser exigentes para el cuerpo y la mente y deben ser impartidas por un maestro cualificado, so riesgo de hacerse daño si uno actúa de forma autodidacta.

Como muestra del carácter esotérico de la enseñanza yóguica, baste esta cita de la Haṭha Yoga Pradīpikā, el manual conservado más importante sobre Haṭha yoga:

“La ciencia del haṭha debe ser mantenida en total secreto por el yogui que desee el éxito /
Es poderosa cuando se oculta pero impotente cuando se divulga // (I.11)

En estos tiempos de Internet, sociedad de la información y globalización es claro que el rasgo secreto del yoga y la filosofía espiritual en general se diluye. Cualquier texto que antes se pasaba oralmente de maestro a discípulo, ahora puede ser leído online y, además, con el comentario adjunto de grandes sabios o de cualquier hijo de vecino, indistintamente. Mantras sagrados que antes sólo se murmuraban en la oreja derecha de un iniciado, ahora aparecen cantados abiertamente en YouTube, a veces con música bailable de fondo. Posturas físicas de profunda implicancia energética ahora son practicadas de manera descontextualizada sobre tablas de surf, tablados flamencos o trapecios. Y así podríamos seguir…

¿Todo esto es bueno o malo? ¿Ha perdido el yoga su sacralidad al difundirse? ¿Hay todavía algo secreto en estas enseñanzas? Me gusta el enfoque del ya citado Offroy Arranz:

“El carácter secreto del yoga sigue estando vigente aún hoy en día. Cabe distinguir entre ‘información’, a la cual se puede acceder de manera casi ilimitada, y ‘conocimiento’ (vidyā), cuyo acceso está tan restringido hoy como siempre lo ha estado. Información y conocimiento son de naturalezas completamente diferentes, y su confusión resulta la causa principal de una mala interpretación de un texto tradicional. Actualmente, casi todo el mundo podría tener acceso a la lectura de los textos tradicionales o una de sus traducciones. De todos los que tendrían acceso a la lectura, verdaderamente muy pocos se interesarán por la obra, y de esos, otros pocos la leerán. De esos escasos lectores, alguno será practicante de yoga. Y de esos practicantes, quizá alguno llegue a comprender su contenido.

De esta manera, se puede entender que la restricción de este tipo de textos sigue siendo la misma que cuando fueron redactados por primera vez. La única diferencia es que tradicionalmente se evitaban las lecturas inapropiadas a través del secretismo, y en el mundo moderno, el libre acceso a la información propicia que algunos confundan ‘información’ con ‘conocimiento’. Más allá de esas distinciones, el conocimiento verdadero sigue estando protegido como siempre lo estuvo”.

Es decir, sólo el aspirante que esté cualificado y anhelante de espiritualidad tendrá acceso al conocimiento genuino y podrán utilizarlo para modificar su vida. Los demás sólo se quedarán en la superficie, llena de palabras vacías y pretendidas experiencias místicas. De hecho, en el resto de la vida pasa igual. Ahora todos sabemos – “porque yo no soy tonto” – que las entidades bancarias son especuladoras y que los grandes banqueros saquean el mundo por sus interés personales, y orgullosamente decimos “a mí no me engañan”. Pero, ¿cuántas personas dejan de tener cuenta o tarjeta en alguno de esos bancos, a pesar de su consabido ruin accionar?

Tener información puede dar cierto poder, pero si no lo utilizas para cambiar tu vida en el plano práctico es apenas una anécdota más para la charla de sobremesa.

Ante esta situación, ahora viene otra pregunta: ¿Es bueno divulgar las enseñanzas espirituales? ¿O es mejor guardárselas para quienes las “merecen”? Sé que hay profesores de yoga, por ejemplo, que no enseñan la postura sobre la cabeza (śīrṣāsana) porque temen que si un estudiante se lesiona intentándola, les pueda poner una demanda. También, en el otro lado, hay profesores que el primer día ya les hablan de bandhas y cakras (chakras) a los alumnos principiantes.

Es verdad que cada maestro tiene su estilo y, también, que cada linaje tiene un método diferente, así que sería simplista emitir juicios de valor fuera de contexto. Yo creo que, además de ser fiel al propio linaje, hay que usar la discriminación y esforzarse por ser generoso y compasivo con los estudiantes, de la misma forma que lo son todos los grandes maestros que conocemos. Hablando de grandes maestros, hay una frase de Sri Dharma Mittra que resume lo que siento sobre este tema:

“Compartir conocimiento espiritual es la forma más grande de caridad”.

Sri Dharma Mittra haciendo caridad…

La caridad al compartir conocimiento espiritual tiene uno de sus grandes ejemplos en una famosa historia de Rāmānujācārya (Ramanujacharya), el gran santo vaiṣṇava (váishnava) del siglo XII que vivió en el sur de la India. La historia, tal como la comparto a continuación, es un fragmento del libro Vida y enseñanzas de Ramanujacharya a cargo del sacerdote hindú Krishna Kripa Dasa (incluyendo bellas ilustraciones del devoto Hari Dasa) y que es la primera biografía del santo publicada en español:

“Siguiendo las instrucciones de su guru, Rāmānuja fue a ver al gran erudito Goṣṭhīpūrṇa para aprender plenamente el significado de los mantras védicos. Ya en presencia de aquel famoso devoto, le ofreció reverencias y le rogó que le otorgase el mantra vaiṣṇavaGoṣṭhīpūrṇa, sin embargo, se mostró reacio a entregar el mantra secreto, y respondió: «Puedes volver otro día, y yo consideraré tu petición». Rāmānuja se desanimó mucho ante esta respuesta, y con el corazón apenado regresó a su pueblo.

Una y otra vez, Rāmānuja se dirigió al erudito, pero Goṣṭhīpūrṇa rehusó acceder a su petición. Cuando sus súplicas fueron denegadas en dieciocho diferentes ocasiones, Rāmānuja comenzó a pensar que debía haber alguna gran impureza en su corazón, y que ésta era la razón por la cual Goṣṭhīpūrṇa no le concedía su misericordia. En medio de esta aflicción, Rāmānuja comenzó a derramar lágrimas de desesperación.

Cuando algunas personas informaron a Goṣṭhīpūrṇa de la condición de Rāmānuja, sintió lástima por el joven devoto. Así pues, cuando Rāmānuja fue a verle de nuevo, le habló de una forma muy amable: «Sólo el Señor Viṣṇu (Vishnu) es consciente de las glorias de este mantra. Ahora, sé que tú eres digno de recibirlo, debido a tu pureza y firme devoción al Señor. Nunca había encontrado a nadie, excepto tú, que fuese apto para recibir este mantra, porque cualquiera que lo cante es seguro que irá a Vaikuṇṭha (el cielo de Viṣṇu) en el momento de la muerte. Puesto que este mantra es muy puro y sagrado, no debe ser tocado por los labios de alguien que tenga deseos materiales. Por lo tanto, no debes revelarle este mantra a ninguna otra persona».

Tras instruir así a Rāmānuja, Goṣṭhīpūrṇa le inició en el canto del mantra de ocho sílabas. Rāmānuja se llenó de éxtasis al cantar esta maravillosa vibración y su rostro comenzó a brillar con refulgencia espiritual. Se consideró el más afortunado de todos los seres, y, una y otra vez, se postró a los pies del guru.

Después de dejar a Śrī Goṣṭhīpūrṇa, Rāmānuja, muy alegre, emprendió el regreso a su pueblo. Pero mientras caminaba comenzó a pensar en la potencia del mantra que había recibido. Mientras pensaba así, sintió gran compasión por todos los seres que sufren en este mundo material. Así pues, mientras caminaba cerca de los muros del templo, comenzó a llamar a todas las personas que pasaban por allí: «¡Por favor!, ¡venid aquí todos y yo os daré una joya de valor incalculable!».

Atraídos por la pureza de su expresión y sus palabras poco comunes, una gran multitud de hombres, mujeres y niños comenzó a seguirle. Por todo el pueblo comenzó a propagarse el rumor de que había aparecido un profeta capaz de satisfacer los deseos de todos. En poco tiempo, una gran multitud se había reunido en el exterior del templo. Al ver aquella gran cantidad de personas, el corazón de Rāmānuja se llenó de júbilo y trepó a la torre del templo. Con una voz muy alta, se dirigió a la multitud: «Todos vosotros sois más queridos para mí que mi propia vida. Por lo tanto, tengo un gran deseo de liberaros de los tormentos y sufrimientos que todos hemos de padecer en este mundo temporal. Por favor, recitad este mantra que he obtenido para vosotros. Haced esto, y la misericordia de Dios se derramará sobre vosotros».

Entonces, Rāmānuja proclamó con una voz resonante el mantra que acababa de recibir de Goṣṭhīpūrṇa. Inmediatamente, la multitud respondió recitando a su vez las palabras sagradas, produciendo un ruido semejante al de un trueno. Dos veces más Rāmānuja recitó el mantra, y dos veces más, la estruendosa respuesta resonó desde la multitud. Todos quedaron en silencio, mirándose unos a otros con sentimientos de gran éxtasis en sus corazones.

Mientras la alegre multitud se dispersaba, Rāmānuja bajó de la torre y comenzó a caminar hacia la residencia de Goṣṭhīpūrṇa para adorar a su guru. Para entonces, Goṣṭhīpūrṇa había oído con todo detalle lo que había ocurrido en la plaza del templo y estaba extremadamente enfadado, sintiendo que Rāmānuja había traicionado su confianza. Cuando Rāmānuja se acercó a él, el anciano maestro le dijo con una voz temblorosa debido a la ira: «¡Vete de mi vista, tú, el más bajo de los hombres! He cometido un gran pecado al confiar la gema más preciosa a una persona indigna de confianza como tú. ¿Por qué has regresado aquí de nuevo, forzándome a cometer el pecado de mirar tu cara? Sin duda, estás destinado a vivir en el infierno por incontables vidas».

Sin ningún tipo de remordimiento, Rāmānuja respondió a su guru de la forma más humilde, diciendo: «Sólo porque estoy dispuesto a sufrir en el infierno he desafiado tu orden. Tú me dijiste que quienquiera que cantase el mantra de ocho sílabas sería liberado con toda certeza. Así pues, según tus palabras, ahora muchas personas han sido destinadas a encontrar refugio en los pies de loto de Nārāyaṇa (Naráyana, otro nombre de Viṣṇu). Si una persona insignificante como yo ha de ir al infierno, eso no tiene mucha importancia, si tantos otros van a alcanzar la misericordia del Señor Nārāyaṇa».

Al oír estas palabras, que revelaban plenamente la profundidad de la compasión del devoto, Goṣṭhīpūrṇa se sintió completamente atónito y lleno de admiración. Toda su ira desapareció en un instante, tal como pasa una violenta tempestad, y abrazó a Rāmānuja con profundo afecto”.

La historia es hermosa e inspiradora, ¿verdad? Ahora me imagino que quieren saber cuál era el redentor mantra que compartió Rāmānujācārya con el pueblo. Por un momento me vi tentado a dejarlo para el post de la semana que viene, pero eso sería incoherente con todo lo anterior, así que, confirmando la viñeta de arriba, aquí va:

om namo nārāyaṇāya

Eso sí, para el próximo post dejo la traducción y una explicación más detallada. El conocimiento espiritual hay que compartirlo, claro, pero en raciones pequeñas se saborea mejor.

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