Canal RSS

Archivo del Autor: Naren Herrero

Vināyaka caturthī 2014 y las piernas cruzadas de Gaṇeśa

Publicado en

Hace unos días fueron las Fiestas del barrio de Gràcia en Barcelona, famosas por sus calles artísticamente decoradas en base a diferentes temáticas y con hincapié en la reutilización de materiales. De todas las fiestas barriales de Barcelona estas son las más famosas y también, claro, las más populosas. Como no podía ser de otra manera, con la familia hicimos un recorrido por algunas de las calles y en una de ellas nos encontramos con una sorpresa: una gran imagen del Señor Gaṇeśa (Ganesha).

Resulta que los vecinos de la Travessia de Sant Antoni habían decorado su calle con un tema indio (“TravessÍndia”) y como atracción habían creado una imagen de la deidad más popular del hinduismo. A decir verdad, la presentación que se hacía del concepto “India” era un poco reduccionista, pues se basaba en numerosos carteles de películas de Bollywood, diseños de arquitectura mogola (típicos del norte de la India, estilo Taj Mahal y muy de postal) y la estatua de Gaṇeśa.

A pesar de recurrir fuertemente a estos estereotipos de la India, tengo que decir que la calle estaba bien decorada y era atractiva, especialmente las vistosas lámparas, algunas hechas con botellas de plástico reutilizadas y otras con telas. De hecho, luego supe, el jurado le otorgó el tercer premio de honor del concurso de adornos a la Travessia de Sant Antoni y también el premio especial a la iluminación ¡Felicitaciones!

Entrada de ‘TravessÍndia’ (todas las imágenes se agrandan un poquito al clicarlas).

Una muestra de la iluminación artística.

Concentrándonos en Gaṇeśa, que es lo hoy más nos interesa, la estatua hecha de papel maché era bonita y llamativa aunque tenía un par de detalles que llamaron mi atención por no ser canónicos desde el punto de vista iconográfico. Para empezar, la imagen tenía dos colmillos cuando es por todos sabido que Gaṇeśa tiene uno de sus colmillos rotos como un acto de auto-sacrificio por la humanidad, específicamente para escribir el largo poema épico del Mahābhārata (de ahí su epíteto Ekadanta, “el de un solo colmillo”).

Por otro lado, lo que lleva Gaṇeśa en su cabeza suele ser una especie de corona y no un turbante, como parece ser el ornamento de este caso. Hablando de ornamentos, en su mano izquierda superior la imagen lleva una flor de loto (padma) y un lazo (pāśa – pasha -), dos atributos tradicionales pero que no deberían ir en la misma mano pues generalmente tiene un elemento por mano. Esto lo digo admitiendo que en casa tenemos un hermoso cuadro de Gaṇeśa con la misma característica.

Finalmente, lo que más me llamó la atención es que la imagen de Gaṇeśa tiene las piernas cruzadas en padmāsana (padmásana), la “postura de la flor de loto” tradicional de los yoguis y de la meditación. A primera vista, sobre todo en ese contexto de clichés, puede parecer normal que la deidad esté con las piernas cruzadas, sin embargo esa pose es bastante rara en la iconografía de Gaṇeśa.

La imagen de Gaṇeśa en cuestión.

Una de las fuentes principales sobre las formas tradicionales de Gaṇeśa es el Mudgala Purāṇa, en donde se describen treintaidós formas del dios con cabeza de elefante. De esas treintaidós formas, sólo dos muestran a Gaṇeśa en alguna variante con piernas cruzadas. De esas dos formas, una está estrictamente en padmāsana y se conoce como Ekākśara Gaṇapati (Ekákshara Ganápati), es decir el Gaṇeśa (Gaṇapati es otro nombre popular de Gaṇeśa) de “una sola sílaba”, refiriéndose a su mantra raíz, gam.

Ekākśara Gaṇapati en estilo artístico tailandés, obra de Mr. Choosak Vissanukamron.

La otra forma de Gaṇeśa con postura “yóguica” es justamente Yoga Gaṇapati, aunque en este caso sus piernas no están cruzadas sino sujetas por una faja yóguica, una ayuda para sostener las extremidades durante largos periodos de meditación.

Iconográficamente, Gaṇeśa suele ser representando de forma más extendida con un sola pierna doblada (generalmente la izquierda) y la otra colgando hacia el suelo. También hay que decir que las 32 formas principales de Gaṇeśa no son las únicas posibles (incluso éstas pueden diferir entre sí según la fuente consultada) y, por tanto, hay otras variantes según el templo o la Escritura revisada.

De hecho, la mayoría de imágenes que encontramos en una búsqueda en Google no encajan idealmente con ninguna de las formas tradicionales del canon artístico-religioso. A su vez, algunas de estas representaciones son más recientes que otras y la rigurosidad de su ejecución depende también de la imaginación (o la inspiración) del artista.

En su libro Amoroso Ganesha, el maestro Satguru Sivaya Subramuniyaswami publica un resumen de las posturas existentes, ya sea sentado o de pie, de Gaṇeśa y allí se explica que la pose de piernas cruzadas es rara:

Por qué Gaṇeśa no es representado con frecuencia en padmāsana tiene varias hipótesis, pero en realidad su caso no es excepcional ya que la mayoría de deidades del panteón hindú también se representan de pie o en posturas sentadas pero sin piernas cruzadas. La pose de padmāsana o similares es exclusiva de yoguis (en el sentido más específico de haṭha/rāja yoguis) y, por tanto, las deidades cuya función está más relacionada con el plano material o con aspectos menos místicos raramente se sientan con piernas cruzadas.

Hilando más fino, y jugando con la condición de Gaṇeśa como una deidad un poco grotesca por su extraña imagen, la autora Shakunthala Jagannathan dice que “su barriga prominente le impide sentarse en padmāsana” y, por comodidad, adopta la postura de colgar una pierna. La ocurrencia puede ser simpática, pero como devoto suyo que soy, dejo claro que el Señor de los obstáculos no es un acomodado ni le falta elasticidad, simplemente cumple con su rol de tener un pie en el mundo material y otro en el plano espiritual.

Gaṇeśa con postura tradicional de piernas y también con lazo y loto en una misma mano.

No sé de dónde sacaron exactamente los vecinos de Travessia de Sant Antoni la inspiración para hacer su imagen de Gaṇeśa, que no parece estar de acuerdo al canon tradicional pero, como ya vemos, tampoco hay una versión unívoca de cómo debe ser representado. Al fin y al cabo lo importante, como hablaba la semana pasada, es la devoción.

Justamente hablando de devoción, todo este post está destinado a informar que esta semana, el viernes 29 de Agosto, se celebra Gaṇeśa caturthī (Ganesha Chaturthī) o Vināyaka caturthī, el cumpleaños del Señor Gaṇeśa. Se trata de una festividad hindú que dura diez días, en los que se adora especialmente a imágenes hechas para la ocasión – oh casualidad – de papel maché y la tradición es que al final de los festejos dicha imagen se sumerja en las aguas de un río, mar, etc. Ese último día se llama Ananta caturdaśī (Ananta Chaturdashi) y este año 2014 cae el 8 de Septiembre, luna llena.

Si quieres hacerle un ritual simple o no tan simple a Gaṇeśa puedes leer este post con ideas. Por otro lado, ¿qué habrán hecho los vecinos de Travessia de Sant Antoni con la estatua? ¿La estarán guardando para lanzarla al mar en unos días y así hundir todos los obstáculos en el fondo del mar barcelonés? Si es así, espero que hayan usado materiales biodegradables…

Nosotros en el Centro Sri Premananda de Barcelona haremos nuestra celebración que, sin esperarlo, comenzamos cuando tuvimos el darshan de la estatua en las Fiestas de Gràcia.

Gáyatri y su padre teniendo el ‘darshan’ de Gaṇeśa.

Para acabar todavía más alegres, tal como enseña Gaṇeśa con su ejemplo, comparto este vídeo con una divertida y devocional canción de Sean Johnson & The Wild Lotus Band, una banda de kirtan occidental que me gusta mucho. Acaban de sacar nuevo disco titulado Unity (se puede escuchar completo aquí) y esta canción se llama Ganesha’s Belly Dance (“La danza del vientre de Ganesha”).

Ideal para niños, bailarines y, por supuesto, amantes de los elefantes:

¡Jaya Gaṇeśa pāhi mām

Śrī Gaṇeśa rakṣa mām!

Ritual simple para adorar a tu deidad favorita

Publicado en

Con frecuencia recibo mensajes o comentarios de lectores preguntando por la forma correcta de adorar a diferentes deidades, de hacerles un altar o de cantarles mantras. Estas consultas me impulsan a escribir sobre estos temas, aunque debo aclarar que yo no soy una autoridad en liturgia, no soy sacerdote hindú ni he estudiado los textos canónicos de adoración, sino que lo que sé acerca de la forma de hacer rituales (pūjās) lo he aprendido de mi maestro, Sri Swami Premananda.

Por tanto, lo que explico aquí se basa, sobre todo, en mi experiencia y también en diferentes fuentes fiables, por lo que puedo asegurar que el contenido es riguroso y cierto, aunque también es un hecho que existen otros métodos igual de válidos.

El año pasado escribí un post sobre cómo adorar a Ganesha “de forma simple”, aunque quizás no era tan simple pues se trataba de un ritual relacionado con el tipo de adoración llamado ṣoḍaśopacāra pūjā (shodashopachara puja), es decir de “dieciséis ofrendas” y en el que se bañaba a la imagen de la deidad. Para muchas personas ese ritual ya puede parecer complejo y, por consiguiente, desalentarlos en la práctica de la adoración ritual. Para que eso no suceda, ahora quiero hablar del ritual tradicional conocido como pañcopacāra pūjā (panchopachara puja), es decir de las “cinco ofrendas”, el cual es mucho más simple.

Estos cinco elementos son:

  • Incienso (dhūpa).
  • Pasta de sándalo (candana – chándana – o gandha).
  • Flores (puṣpa – pushpa -).
  • Comida (naivedyam).
  • Fuego y luz (ārati – árati-).

Cada una de estas ofrendas simboliza los cinco elementos materiales: el incienso representa el aire; la pasta de sándalo (que a veces puede ser acompañada por polvo de kuṅkuma, hecho a base de bermellón) representa la tierra; las flores el éter o espacio; la comida el agua; y la luz el fuego.

Sobre esto último, se trata de mostrar a la deidad luz y fuego con lámparas encendidas “que se mueven en círculos delante de la imagen”. Dichas lámparas pueden tener una o más llamas y pueden ser alimentadas con alcanfor o, sobre todo en Occidente y para generar menos humo, con velitas hechas con mantequilla clarificada (ghī ghṛta – ghrita -) y algodón (prometo publicar en algún momento la técnica para hacerlas en casa). En otros casos, se pueden usar lámparas de aceite con una mecha de algodón o incluso una vela común y corriente.

En cuanto a la comida, puede tratarse simplemente de frutas o un plato más elaborado como arroz con leche, aunque siempre hecho por uno mismo pensando en la deidad y no un artículo comprado o industrial. Esos alimentos, una vez ofrecidos a la deidad, se convierten en prasāda, o sea “benditos”, y son especialmente apreciados por cualquier devoto.

De las cinco ofrendas la única que podría ser difícil de conseguir en Occidente es el polvo de pasta de sándalo (la opción de polvo de kuṅkuma también tiene esa dificultad). El rol que cumple el sándalo está relacionado con el olfato, ya que en las pūjās se utilizan artículos para los cinco sentidos, directamente relacionados con los cinco elementos. Por tanto, el sándalo tiene como cualidad una deliciosa fragancia (gandha) y entonces si no se consigue sándalo quizás, y esto lo estoy diciendo yo y no las Escrituras, sirva otro elemento con aroma o perfume (que no sea incienso, que ya lo estamos usando aparte). Por ejemplo, y dependiendo del material del que esté hecha la imagen de la deidad, un aceite esencial de sándalo o similar podría ser un sustituto aceptable.

Si por ausencia de sándalo o cualquier otro motivo esta pūjā sigue pareciendo difícil, siempre es mejor simplificarla o adaptar una versión a la conveniencia personal que dejar de hacer el ritual (o nunca comenzarlo). La pereza no debe ser razón para detenernos, claro, pero tampoco hay que ponerse objetivos que no vayamos a cumplir. Cuando se trata de adorar a lo Divino, nadie mejor que Śrī Kṛṣṇa para decirnos en la Bhagavad Gītā (9.26) lo único esencial:

patraṁ puṣpaṁ phalaṁ toyaṁ yo me bhaktyā prayacchati /
tad ahaṁ bhakty-upahṛtam aśnāmi prayatātmanaḥ //

Una traducción bastante literal sería:

Quienquiera me ofrece una hoja, una flor, una fruta o agua con devoción /
eso, la ofrenda hecha con devoción y pureza, yo acepto //

Por tanto, si hay devoción y buen corazón no hay excusas para demorar la pūjā. Si la devoción no es tanta, entonces hacer la pūjā ayuda a fomentarla. En cualquier caso, uno debe hacer lo mejor que pueda.

Esta semana pasada (17 de agosto 2014), en el Centro Sri Premananda de Barcelona celebramos Kṛṣṇa janmāṣṭamī, el aniversario del nacimiento de Kṛṣṇa, y como la estatua que teníamos era de madera y no se podía bañar, cambiamos el abhiṣeka (abhisheka) de cada mes por una pūjā de “cinco ofrendas”. Como había devoción, fue un éxito.

Si bien en este caso nosotros adoramos a Kṛṣṇa, la pañcopacāra pūjā es un procedimiento tradicional que puede ser realizado a cualquier deidad que uno prefiera. En el hinduismo hay muchas deidades (diferentes aspectos de una única realidad Suprema) y por eso existe el concepto de iṣṭa devatā (ishta devatá), es decir “deidad escogida”, que viene a ser el aspecto de la Divinidad que más nos atrae personalmente y que nos genera especial afecto.

A esa forma de Dios que uno elige (muchas veces sin saber por qué), es a la que un buscador espiritual interesado en los rituales debería, entonces, dirigir su adoración y su devoción con regularidad.

El nacimiento de Kṛṣṇa y la verdadera identidad

Publicado en

La semana pasada, Argentina (y no sólo) se vio conmocionada por la aparición de uno más (el 114) de los cientos de “nietos” que, apenas nacidos, fueron arrebatados de los brazos de sus madres secuestradas – y luego asesinadas – durante la última dictadura militar argentina (1976-1983). Con sus madres y padres “desaparecidos”, fueron sus abuelas las que decidieron dedicar la vida a encontrar a esos nietos, ahora criados en otras familias e ignorantes de su identidad original. Así nacieron las famosas Abuelas de Plaza de Mayo, un símbolo de valentía y de resistencia cuyos estandartes actuales son la justicia, la verdad y la identidad.

La noticia fue especialmente sonada porque la persona aparecida es el nieto de la presidenta de la asociación de Abuelas y, además, porque él mismo voluntariamente solicitó hacerse una prueba de ADN, ya que las piezas de su pasado no le cuadraban del todo. Según él mismo cuenta, descubrir su identidad biológica es “maravilloso”, a la vez que no reniega de su familia adoptiva.

El chico es músico y sus padres biológicos también tenían inclinación musical mientras que la familia adoptiva no. Saber la verdad le ayuda a entender detalles de su personalidad como ese, por ejemplo. Por otro lado, ahora tiene dos nombres, dos fechas de cumpleaños y todos los medios de comunicación encima por unos días. El muchacho es de mi edad por lo que he intentado ponerme en su lugar y me parecería una situación compleja de gestionar. Al parecer él lo lleva bien.

Pongo este tema en el tapete porque esta semana, el domingo 17 de Agosto de 2014, se celebra Kṛṣṇa janmāṣṭamī (Krishna Janmáshtami), es decir el cumpleaños del Señor Kṛṣṇa y, según explica la tradición hindú, el nacimiento de Kṛṣṇa, que ocurrió hace más de 5000 años, tuvo lugar con su madre estando en forzoso cautiverio bajo el reinado dictatorial de un demonio que quería quitarle el niño y matarlo.

No pretendo hacer una analogía ni una comparación forzada entre el nacimiento del Señor Kṛṣṇa y la historia del último nieto aparecido, sino que aprovecho la coyuntura para relatar la conmovedora historia de cómo Kṛṣṇa encarnó en este mundo y reflexionar sobre la identidad real y sus implicaciones.

El nieto encontrado junto a su abuela.

El reino de Mathura estaba gobernado por el rey Ugrasena que tenía un hijo llamado Kaṁsa, que en realidad era un ser vil, un asura (un demonio), al que sólo le importaba su bienestar personal. Simbólicamente se dice que, de todas las malas cualidades, Kaṁsa representa la envidia. Kaṁsa tenía una prima-hermana llamada Devakī, que tenía buen linaje y era muy pía, a la que quería mucho, ya que él no tenía hermanas. Devakī fue entregada en matrimonio a Vasudeva, que también era un hombre espiritual y de gran familia. En el día de la suntuosa boda Kaṁsa estaba contento por su prima y hasta tuvo el cariñoso gesto de conducir el carruaje en que iban los novios.

En ese momento, se escuchó una voz que desde el cielo se dirigía a Kaṁsa: “¡Oh necio!, el octavo hijo de la mujer que estás llevando te matará”.

Apenas escuchadas estas palabras, Kaṁsa saltó del carruaje, agarró a Devakī por los cabellos y desenvainando su espada se aprestó a matarla allí mismo. Ya no le importó el parentesco, ni el amor filial, ni las leyes morales, ni mucho menos que se tratara de una mujer inerme; él sólo pensaba en protegerse a sí mismo. Entonces, Vasudeva intentó convencerle con grandes palabras de sabiduría sobre la consecuencia de los actos y los ciclos de la vida, pero el ego y la crueldad de Kaṁsa le impedían escuchar.

Ante la inflexibilidad de su cuñado, dispuesto a matar a Devakī sin piedad, Vasudeva empleó la única estrategia que encontró disponible para salvar su esposa: le prometió a Kaṁsa que le entregaría a cada uno de sus hijos al nacer ya que, según la voz celestial, eran ellos quienes le matarían y no Devakī. Kaṁsa aceptó la propuesta de Vasudeva y resistió el deseo de matar a su prima-hermana.

Cuando nació el primer vástago de la pareja (llamado Kīrtimān), Vasudeva que era un hombre de palabra, lo llevó con dolor ante Kaṁsa, que inesperadamente le perdonó la vida diciendo que sólo le preocupaba el octavo hijo. Sin embargo, esta magnanimidad duraría poco, ya que al poco tiempo Kaṁsa recibió la visita del sabio Nārada que le contó que todos los asuras serían pronto matados por una encarnación del dios Viṣṇu (Vishnu) y entonces sus dudas y temores, propios de un ser sin auto-control, le llevaron a tomar medidas drásticas: encarceló a su propio padre y se coronó rey, a la vez que encerró a Devakī y Vasudeva y mató al primer hijo de ambos y también a los que iban llegando.

De esta forma, Kaṁsa mató a los seis primeros hijos de Devakī y Vasudeva. Entonces Devakī quedó embarazada por séptima vez, aunque en esta ocasión el ser que llevaba en su vientre era una encarnación de Śeṣa (Shesha), la serpiente cósmica en la que reposa el dios Viṣṇu. Para evitar que sea atacado por Kaṁsa, el Señor Viṣṇu convocó a Yogamāyā, su energía ilusoria femenina, indicándole que transfiriera el niño del vientre de Devakī al de Rohiṇī, otra de las esposas de Vasudeva, que por temor a Kaṁsa ya se había refugiado en una aldea cercana de pastores (llamada Gokula). Cuando Yogamāyā hizo esto, dio la impresión de que Devakī había perdido al niño y nadie sospechó nada. De esta forma se estaba gestando el nacimiento de Balarāma, el hermano mayor de Kṛṣṇa.

A continuación, el mismo Viṣṇu, preservador del Universo, entró en la mente de Vasudeva y luego en el vientre de Devakī para hacerlos muy afortunados. La belleza y el brillo de Devakī estando encinta eran celestiales (“como el Este embellecido por la bienaventurada Luna”) y todos, incluido Kaṁsa, podían darse cuenta de que ella llevaba en su vientre un ser divino. A Kaṁsa le hubiera gustado matar a su prima embarazada pero como era un gran pecado que arruinaría su reputación y opulencia, decidió esperar a que naciera el niño.

Durante esa espera, Kaṁsa no podía dormir, ni comer, ni pensar, pues en todas partes –su cama, su plato, su trono – veía un niño esperándole, como augurio de su inminente muerte. Finalmente, en la octava noche de luna decreciente del mes hindú de Bhādrapada, exactamente a medianoche, mientras los dioses lanzaban flores del cielo, nació el niño Kṛṣṇa en su forma de Viṣṇu en la ciudad de Mathura. Así, en su forma trascendental confirmó a sus “padres” su identidad real y les explicó el motivo de su nacimiento, que era restablecer el dharma, el orden y la justicia, en la Tierra matando a todos los gobernantes y reyes corruptos y demoníacos.

Devakī y Vasudeva, llenos de devoción pero a la vez temerosos de Kaṁsa le pidieron a su hijo que retirara su forma cósmica y se convirtiera en un bebé normal para poder esconderse. Kṛṣṇa accedió y dio instrucciones a Vasudeva de llevarlo a la aldea de Gokula, específicamente a la casa de Nanda Mahārāja, el jefe de la aldea, pues su mujer Yaśodā (Yashoda) estaba a punto de dar a luz una niña. De hecho, esa niña no era otra que Yogamāyā, la potencia ilusoria del Señor Viṣṇu, que estaba siguiendo las órdenes del plan cósmico.

Gracias a esa misma influencia de Yogamāyā, las puertas de la celda donde estaban Devakī y Vasudeva se abrieron mágicamente y también se soltaron los grilletes que ataban a Vasudeva, que puso al bebé Kṛṣṇa en una cesta y salió al pasillo. Allí ya no se sorprendió al ver a todos los guardias dormidos y sencillamente salió del palacio en dirección al río Yamunā, el cual debía cruzar para llegar a Gokula. En ese momento comenzó una lluvia torrencial y la serpiente Ananta-Śeṣa desplegó sus mil cabezas para proteger al niño, a la vez que Vasudeva se acercó al río que estaba muy turbulento y, sin embargo, no dudo en meterse en las aguas, las cuales se abrieron para que Kṛṣṇa llegara salvo a su destino.

Al llegar a la casa de Nanda, todos los pastores estaban dormidos, incluyendo a Yaśodā, que por el esfuerzo del parto estaba agotada y ni tan solo recordaba si había tenido un niño o una niña. Entonces Vasudeva dejó al pequeño Kṛṣṇa en el lecho de Yaśodā y tomó consigo a la niña, que era una expansión de Yogamāyā, para regresar a la celda y ponerse los grilletes, como si nada hubiera pasado.

En ese momento los centinelas despertaron con el llanto del recién nacido y corrieron a informarle a Kaṁsa la esperada noticia, que a su vez saltó de la cama sin siquiera peinarse para ir a cumplir su obsesión de matar a los hijos de Devakī. Al llegar a la celda, Devakī le suplicó que no le arrebatara a este bebé ya que era sólo una niña y era indigno matarla. Pero Kaṁsa estaba cegado por el egoísmo y agarrando a la niña por las piernas intento estrellarla contra un muro. Entonces la niña, que era Yogamāyā, se escurrió indemne de las manos de Kaṁsa y elevándose a los cielos apareció en la forma de la feroz diosa Durgā e informó al vil rey que el niño que habría de matarlo ya había nacido en otro lugar.

Ese otro lugar era la vecina aldea de Gokula, en la que todos sus habitantes se congregaron en la casa de Nanda en cuanto amaneció para ver al hermoso niño. Los pastores (gopas) y las pastorcillas (gopīs) lo contemplaban embelesados como si fuera un loto azul, pues su color de piel era oscuro, cual “una nube cargada de lluvia”. De allí su nombre Kṛṣṇa, “el de color oscuro o negro”.

Por su parte, el malvado Kaṁsa tuvo un momento de arrepentimiento y pidió perdón a Devakī y Vasudeva, pero influenciado por su ruin consejo de ministros rápidamente volvió a sus maquinaciones de crueldad e inmoralidad, planeando matar a todos los niños que hubieran nacido en el reino durante los últimos diez días.

De todos modos, el destino estaba escrito y el niño Kṛṣṇa crecería sano y feliz en la aldea de pastores (primero Gokula, después Vṛndāvana – Vrindávana -), aunque no exento de variadas y jugosas aventuras que hoy no contaré. Si alguien está interesado en profundizar, la mejor fuente para conocer la niñez y vida de Kṛṣṇa es el Śrīmad Bhāgavatam.

Resumiendo, Devakī y Vasudeva son los padres biológicos de Kṛṣṇa, mientras que Yaśodā y Nanda son los padres “adoptivos” de Kṛṣṇa y quienes lo crían hasta los dieciséis años, edad en que se entera de su procedencia, sabe de su verdadera familia y regresa al palacio. Kṛṣṇa crece en el bosque como un pastorcillo de vacas, jugando y tocando la flauta, pero en realidad él es un kṣatriya (kshátriya), es decir que pertenece a la casta guerrera y tiene un destino de príncipe.

Esta “ignorancia” de su identidad original (aunque Kṛṣṇa en realidad lo sabe, claro), que puede parecer una desgracia en principio, en realidad sirve para que Kṛṣṇa pueda entablar con los gopas y gopīs de Vṛndāvana un tipo de relación (rasa) íntima y cercana que no es posible si uno es consciente de que está tratando con un príncipe, y menos con el Señor del Universo.

Es por esta relación íntima y amorosa entre los devotos y Dios, que los pasatiempos (līlās) de Kṛṣṇa durante su infancia y adolescencia son fuente de inspiración eterna para cualquier buscador espiritual.

Volviendo al nieto encontrado por las Abuelas e intentando cerrar el círculo, él también parece aceptar de buena forma sus dos identidades, aunque claramente el contexto es muy distinto. Ya he dicho que meterme en su piel me parece tarea compleja y tampoco quiero hacer comparaciones que no vienen al caso.

Sólo quiero decir que, desde el punto de vista espiritual, tal cosa como “la verdadera identidad” es nuestro propio Ser; es decir, aquello que es permanente y no cambia. Tener un nombre u otro; unos padres u otros; vivir en el campo o en palacio no afectan, según explican los sabios espirituales, la verdadera esencia de quienes somos (una esencia que algunos dirán es Divina, inmortal o absoluta dicha). Yo estoy de acuerdo y trato de vivir conforme a esa convicción.

De todos modos, también creo, en el camino a ese reconocimiento interior puede ayudar mucho conocer la propia identidad exterior, lo cual influye y ayuda para conocer nuestro dharma, es decir, nuestro deber y rol en esta vida.

La historia del perro a las puertas del cielo

Publicado en

Según dicen, cuando alguien tiene un hijo se pone monotemático y, aparte de poner la foto del retoño como fondo de pantalla en el móvil, sólo habla de la consistencia de sus cacas, de su temprana inclinación a la música y de su ya manifiesto y fuerte carácter. Si, además, uno tiene un blog, aprovecha cualquier excusa para hablar de su hijo, siempre dándole al tema aires intelectuales o hasta espirituales.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero justamente hoy quiero comenzar contando que desde hace un par de semanas nuestra hija dice “babau”, que en paidolecto (es decir, el lenguaje infantil) significa “perro”. No sabemos quién le enseñó ese idioma porque en casa hablamos español y, cómo máximo, le enseñamos a ladrar (que, por si no lo saben, se dice “guau, guau”, al menos en español).

La cuestión es que la niña ya reconoce un perro, sea de carne y hueso o dibujado, y le encantan, como es normal en una nena con extra-ordinaria atracción hacia los animales. Es verdad que hubo un momento de ambivalencia cuando ella confundió el dibujo de un oso con un perro, pues la verdad que son dos especies que se parecen, pero ahora las diferencias ya están claras, aunque el sonido del oso no lo tenemos muy definido en nuestro hogar.

Todo esto es para decir que, en casa, últimamente decimos mucho “perro” y, por otro lado, estoy leyendo el excelente libro El hinduismo de Swami Satyananda Saraswati, que a cada página me instruye y me da inspiración para nuevos posts, en este caso recordándome la historia del perro en el Mahābhārata (Mahabhárata).

La gran obra épica de la India, que de tan monumental sostiene que “aquello que no se encuentra en ella no puede ser encontrado en otro sitio”, tiene un final tan grandioso y conmovedor como el resto del texto. No pretendo contar el final en detalle, no se preocupen, sino un conocido fragmento relacionado con el tema canino que nos compete hoy.

Después de que la cruenta batalla familiar entre Pāṇḍavas (Pándavas) y Kauravas (Káuravas) llegara a su fin y los hermanos Pāṇḍavas reinaran por 36 años con rectitud y prosperidad, llegó el triste día en que Kṛṣṇa (Krishna) – su pariente, amigo, protector y Señor – dejó su cuerpo material y regresó a la esfera celestial. Con esta noticia, los Pāṇḍavas no encontraron sentido a seguir viviendo y se aprestaron para su último viaje, en dirección a los Himalayas.

De esta forma, el recto rey Yudhiṣṭhira (Yudhishthira), el mayor de los Pāṇḍavas, dejó el trono para coronar a su sobrino-nieto Parīkṣit (Parikshit), el único heredero legítimo y, junto con sus cuatro hermanos – Bhīma, Arjuna (Árjuna), Nakula (Nákula) y Sahadeva – y su esposa común Draupadī (Dráupadi), emprendieron una peregrinación hacia el elevado monte Meru, considerado centro del universo y puerta de entrada al Cielo (svarga). Ni bien salidos desde la capital del reino, a estos seis dignos personajes se les unió un séptimo viajero anónimo: un perro, que en sánscrito se dice śvan (shvan).

Después de una dura travesía y a medida que subían las empinadas laderas del monte Meru, la reina Draupadī se desplomó y cayó muerta. A pesar del dolor, los cinco hermanos siguieron adelante, pues entendían que el alma es inmortal y el cuerpo físico está destinado a perecer. Al poco tiempo, Sahadeva, el menor de los Pāṇḍavas, también cayó muerto, pero la procesión siguió su curso. El siguiente en caer fue Nakula, famoso por su belleza. Arjuna, el gran guerrero, viendo a sus hermanos y su esposa muertos sintió gran pena y también, allí mismo, abandonó su cuerpo. Finalmente, Bhīma, poseedor de gran fuerza, también hizo su última exhalación entre las rocas de la montaña.

Sin mirar atrás, Yudhiṣṭhira siguió su camino, ahora con un único compañero: el fiel perro.

Entonces, un brillo especial surgió junto a un fuerte sonido para marcar la aparición de Indra, el rey de los devas, el Señor del Cielo, que se presentaba montado en su carruaje celestial para informar a Yudhiṣṭhira que había llegado al final de su viaje y para invitarle a subir al carro y entrar al ansiado Cielo. Yudhiṣṭhira se sintió honrado pero no quería marcharse sin sus hermanos ni su esposa, aunque Indra le explicó que su familia ya estaba esperándole en el Cielo y que sólo habían abandonado el transitorio cuerpo físico. Sin embargo, él, Yudhiṣṭhira, tenía el raro privilegio de poder entrar al Cielo con su propio cuerpo físico.

Ya decidido a subir al carruaje, Yudhiṣṭhira dijo: “Este perro me es extremadamente fiel. Me gustaría llevarlo conmigo al Cielo”.

Indra se rió de esta idea y respondió: “Se te asegura inmortalidad y prosperidad sin límites; eres la persona más afortunada del mundo. No pierdas todo por amor a un perro. No hay lugar en el Cielo para los perros”.

Yudhiṣṭhira, ejemplo de la rectitud, dijo: “Señor, me estás pidiendo algo que no puedo hacer. Para alguien que se comporta de forma recta, es muy difícil actuar sin rectitud”.

Pero Indra repitió: “No hay lugar para los perros en el Cielo”.

Para entender mejor la naturaleza del conflicto hay que saber que, tradicionalmente, el estatus de un perro en la India es mucho más bajo que en occidente. Si bien, para el hinduismo, todos los animales son considerados sagrados, hay una jerarquía muy clara liderada por la vaca y en la que el perro es, quizás, el último de la fila. Como dice Álvaro Enterría en La India por dentro, “en la India los perros son vagabundos, sin raza definida, a menudo llenos de parásitos y enfermedades de la piel… Son generalmente maltratados, pero ocasionalmente podremos también ver a gente dándoles de comer”.

La mayoría de deidades hindúes tienen un vāhana (váhana) o vehículo, que es a la vez transporte y símbolo, y el único dios que tiene un perro como montura es Bhairava, una manifestación especialmente feroz del Señor Śiva (Shiva), que se considera guardián y protector de templos y aldeas. Tener como vehículo a un perro es un símbolo de transgresión y de estar fuera del orden social ortodoxo. Desde otra mirada, también puede significar una gran compasión para todos los seres, incluso los más “bajos”.

De hecho, esta es la interpretación de Yudhiṣṭhira que siguiendo su discusión con Indra concluye: “Se dice que abandonar a alguien que nos es fiel es un terrible pecado. Mi regla es nunca abandonar a alguien que dependa de mí… Atemorizar a alguien que busca protección, matar una mujer, robar las pertenencias de un brāhmaṇa (bráhmana, miembro de la casta sacerdotal) o lastimar un amigo, cualquiera de estas cuatro acciones es igual a abandonar a alguien que nos es fiel”.

Entonces, el perro que hasta ahora no había dicho nada, cambió su apariencia y se convirtió en la deidad del Dharma, que en realidad era su verdadera forma. Como corresponde a una persona tan recta como Yudhiṣṭhira, él es hijo de Dharma, la deidad que personifica el orden y la ley universal que debe ser respetada para el bienestar de todos los seres. Incluso el bienestar de un perro callejero aunque eso signifique perder la entrada al Cielo.

En realidad, todo era una prueba de su padre para verificar que la adherencia de Yudhiṣṭhira al dharma (que incluye compasión a todos los seres como base) era total. Por tanto, Yudhiṣṭhira subió al carruaje de Indra y juntos entraron al Cielo, donde la gran obra todavía nos tiene reservada una sorpresa que no contaré hoy.

Popularmente, siempre he escuchado que el nombre del perro que acompañó a los Pāṇḍavas es “Dharma”. Sin embargo, en los textos que he consultado, tanto en traducción como en sánscrito, el can no lleva nombre propio. Supongo que como es el mismo dios Dharma en forma de perro, se deduce que su nombre es, pues, Dharma. De todos modos, durante el camino los Pāṇḍavas no parecen haberlo tratado con un nombre particular, al menos eso no se hace explícito.

Por supuesto, Dharma es un bonito nombre y las diferentes versiones sobre ciertos detalles de las Escrituras son una de las riquezas del hinduismo. En cualquier caso, lo seguro es que al perro, en casa, por ahora le decimos “babau”.

—————————————————————————————————————————

PS: Todas las imágenes son de Gol y pertenecen al deleitante cómic Mahabhárata, la gran guerra del clan de los Bháratas. Se amplían al clicarlas.

El inesperado simbolismo del loro en el hinduismo

Publicado en

No sé si es porque en el balcón del frente de nuestra casa hay un ave que chilla de sol a sol o porque nuestra pequeña hija está empezando a repetir sonidos, pero hace un tiempo que estoy interesado en el simbolismo del loro en la cultura védica. Comparado con vacas, tigres o elefantes, es verdad que el loro ostenta un escalón menor en el ranking de animales sagrados del hinduismo, pero yo mismo me sorprendí del profundo significado que se le atribuye a este pájaro que, en sánscrito, se dice śuka (shuka).

La primera referencia que me viene a la cabeza es Kāmadeva, el dios hindú del amor sensual que, para entendernos, se equipara generalmente al Cupido romano, tanto en su rol como en sus atributos principales. Es decir, arco y flechas que inspiran el deseo amoroso, aunque en el caso de Kāmadeva las puntas de las flechas están hechas de flores. A diferencia de Cupido, Kāmadeva no tiene alas y, para trasladarse, tiene un vehículo o montura (vāhana en sánscrito) que es, y esto es lo que más nos interesa, un loro verde.

En occidente el loro no tiene un estatus especialmente alto, pues es la arquetípica mascota de los piratas y, en todo caso, su capacidad de reproducir la voz humana es vista más bien como una particularidad para generar chistes que como una virtud. Por tanto, la pregunta surge naturalmente: ¿qué tiene que ver el loro con el amor?

Al parecer, una de las relaciones básicas está en el color verde que tiene variados simbolismos, siendo uno de los principales “la juventud” y “la primavera”, ya que como todos sabemos, las más fuertes flechas del deseo y el amor son recibidas en la mocedad (uno de cuyos sinónimos es “verdor”) y también, según dicen los poetas, en la estación de las flores. Asimismo, el color verde está relacionado con la fertilidad pues el florecimiento de la Naturaleza es siempre símbolo de vida y prosperidad.

Esta relación con la fertilidad se hace evidente en algunas representaciones iconográficas de las Śaktis (Shaktis) tántricas que son de color verde; estas diosas, además, en algunos casos tienen un loro en sus manos. El paradigma de diosa verde que lleva un loro en una de sus manos es Mīnākṣī Devi (Minakshi Devi), un aspecto de la diosa Pārvatī (Párvati) nacida como princesa en el entonces reino de Madurai, al sur de la India. En efecto, el templo de Mīnākṣī en Madurai es muy popular y uno de los más hermosos de Tamil Nadu.

Y hablando de iconografía, no es casual que se explique que el mismo Kāmadeva también tiene la piel de color verde.

Mīnākṣī Devi

Más allá del color, otro punto de relación entre los loros y el amor es que, al parecer, los loros son muy cariñosos con su pareja (se alimentan y se arreglan las plumas mutuamente, por ejemplo) y, aún más importante, son animales monógamos, al punto de que si su pareja desaparece, muchos loros mueren de soledad. Esta cualidad de fidelidad es, desde mi punto de vista, uno de los grandes puntos fuertes en convertir al loro en un animal sabio en cuestiones del corazón.

De hecho, al Señor Rāma, príncipe protagonista del poema épico Rāmāyaṇa, encarnación de la moralidad y esposo ideal y fiel, se le representa con la tez de coloración verdosa o aceitunada. Hasta ahora no le había encontrado una posible explicación a ese color.

Como si eso fuera poco, el hecho de que los loros puedan reproducir el sonido humano se relaciona con la capacidad oratoria y, como muchos saben, un gran amante debe, entre otras cosas, tener buena labia para saber expresar las virtudes de su amado/a y expresar sus sentimientos de buena forma.

Además, he encontrado en Wikipedia que los loros son animales nectarívoros, es decir que beben el néctar producido por las flores. No sé si esto es una causa védica de la sacralidad del loro pero me pareció relevante para una cultura en que el amṛta (amrita), el néctar de la inmortalidad, y su obtención es un tema tan frecuente en textos espirituales, llegando a explicarse técnicas para beber ese néctar en nuestro propio cuerpo. Y, en cualquier caso, beber ambrosía es una actividad muy dulce que puede estar relacionada con el amor.

Por tanto, y resumiendo, el loro representa la juventud, la fertilidad, la elocuencia, la lealtad y la dulzura.

Una representación de Kāmadeva

Estas virtudes, simbolizadas por el loro y claves en el amor y el deseo sensual, se conjugan con el plano espiritual en los pasatiempos (līlās) de Radhā y Kṛṣṇa (Krishna) que tienen lugar en los bosques de Vṛndāvan (Vrindavan). Allí, el joven pastor de vacas Kṛṣṇa, Dios mismo encarnado en la Tierra para cumplir una misión, tiene una relación de amor con la pastorcita de nombre Radhā, que nos es otra que la diosa Lakṣmī encarnada.

Esta situación, que a ojos mundanos puede parecer una mera relación sensual, es considerada una alegoría y un ejemplo del máximo amor entre Dios y sus devotos. Es decir, así como una persona no come ni duerme pensando en su amado, ya que es el único motivo de su vida, de la misma forma el buscador espiritual puede llegar a poner toda su atención en lo Divino y amarlo como la propia vida. Se trata del amor místico.

De esta forma, mientras Kṛṣṇa toca su flauta de bambú y Radhā, al oírle, escapa de su casa por las noches para poder verle, o mientras juntos corretean por el bosque o se columpian bajo un árbol, siempre hay uno o más loros observando los hechos; en muchos casos, se trata de una pareja de loritos disfrutando también del amor mutuo.

Asimismo, se explica que uno de estos loros, testigo permanente de las līlās de Radhā y Kṛṣṇa, luego se encarna en el sabio Sukadeva Goswami, hijo del sabio Vyāsa, para narrar los acontecimientos de la vida de Kṛṣṇa en el Śrīmad Bhāgavatam, uno de los principales Purāṇas y texto fundamental de la tradición vaishnava.

Radhā y Kṛṣṇa, con la pareja de loritos en el ángulo superior derecho de la imagen.

No es casualidad que, también en esta tradición, exista el culto a Vṛndā Devi que es una expansión de la diosa Tulasī (la personificación de la planta llamada “albahaca sagrada“, tan querida por Kṛṣṇa), y cuya representación iconográfica incluye, cómo no, un loro.

Vṛndā Devi.

Finalmente, hay un aspecto menos emotivo y más intelectual por el cual el loro también es bien considerado en la cultura védica. El loro representa la “fidelidad”, no sólo por ser monógamo, sino también porque lo que escucha (o se le enseña) lo repite tal cual sin cambios.

En ese sentido, el loro es un símbolo del mantenimiento de la tradición y de la transmisión del conocimiento espiritual a través de la sucesión discipular (paramparā), especialmente en lo referente a su carácter oral en que el discípulo repite literalmente lo que le enseña su guru, incluso sin saber qué significa.

Mientras que la expresión “repetir como un loro” es, actualmente y para nuestra sociedad, un símbolo negativo, en la cultura védica sería una cualidad positiva, ya que se dice que una vez aprendidas las Escrituras de memoria, su sabiduría se nos podría manifestar, y no al revés. En nuestro sistema educativo actual el aprender de memoria está menospreciado debido a que, al parecer, se hizo abuso de ese método en el pasado, sobre todo sin agregarle “pensamiento crítico”. Sin embargo, aprender algo de memoria nos asegura que ese conocimiento sea nuestro por siempre, y si además lo entendemos, ya podemos decir que es verdadero conocimiento.

Obviamente que teniendo a Google como el nuevo Dios nadie se molesta en memorizar datos, pero es muy importante recordar que gracias al método védico de memorización y repetición literal del conocimiento se pudo asegurar el mantenimiento de la tradición, por lo que a día de hoy podemos escuchar (o leer, claro) los textos antiguos hindúes casi tal cual fueron compuestos hace 3000 años o más.

Después de esta investigación, es posible que, de ahora en más, cada vez que yo escuche el agudo chillido del loro del vecino no quiera cerrar las ventanas y, en cambio, reflexione sobre sus cualidades espirituales y que, al enseñarle nuevas palabras a mi hija, recuerde la importancia de la memoria y de la transmisión oral que, en este caso Dios quiera, tenga algo de conocimiento.

La parábola de la llave rota

Publicado en

Como resultado de la formación de profesores Vida de un Yogui de Dharma Yoga, ya estoy dando clases de yoga, especialmente en nuestra casa. Sabiendo de mi disponibilidad y deseo de dar clases, un estudio de yoga amigo de Barcelona me ofreció hacer una sustitución y yo acepté encantado. La clase era un viernes por la tarde y yo me presenté con mucha antelación para hacer mi auto-práctica y preparar la sala, ya que ese día no había nadie más porque los dueños del estudio estaban fuera de la ciudad.

Por eso me habían dado copia de las dos llaves necesarias para entrar al estudio: una para la puerta del edificio (“aunque no la necesitarás porque hay conserje y está siempre abierta”), y otra para la puerta del estudio propiamente dicho. En efecto, al llegar, la entrada principal estaba abierta y el portero, enfundado en una bata celeste, leía un folleto promocional de una tienda de electrodomésticos. Subí las escaleras y, disponiéndome a abrir la puerta del estudio, metí la llave en la cerradura.

Como pasa siempre que uno abre una puerta ajena por primera vez, me costó encontrar el punto y tuve que empujar un par de veces. Al girar, la llave se partió en dos y me quedé, atónito, con medio trozo en la mano. Por suerte, la otra mitad no había quedado tan metida y, con la ayuda de un destornillador, pude sacarla. Ahora, el problema era simplemente conseguir otra llave.

Hice un par de llamadas y, para mi alivio, había una persona que tenía copia de la llave; eso sí, en la otra punta de la ciudad. Descartando mi auto-práctica, me subí a mi moto y en hora punta de viernes crucé la ciudad, que está en plenas obras, para reunirme con la llave salvadora.

Al regresar al estudio metí la nueva llave en la cerradura y, una vez más, tuve problemas para que entrara. Esta vez tuve más precaución de no girarla bruscamente y, desconfiando de mi destreza, fui a llamar al conserje para que lo probara por mí. El hombre, que ve esas llaves y esas puertas cada día, vino a mi rescate pero infructuosamente. Él tampoco podía meter la llave y su veredicto fue que “no entraría” y que algo andaba mal.

Por mi parte, en ese momento yo conseguía comunicarme con uno de los dueños del estudio para contarle la situación y preguntarle si la apertura de la puerta tenía algún truco especial. “No”, fue la respuesta. La llave debía entrar con normalidad y, de hecho, ese mismo mediodía la puerta había sido usada sin problemas.

Teniendo en cuenta que eran dos las llaves (la rota y la sana) que no entraban en la puerta y que habíamos sido dos las personas que lo habíamos intentado y fallado, la deducción general fue que el problema estaba en la cerradura. La conclusión fue que habría que ir a buscar un cerrajero, que nos cobraría una pasta y que, para colmo, no habría margen de abrir el estudio a tiempo para la clase, pues ya quedaba menos de media hora para la clase.

En ese momento yo empecé a desear que no viniera ningún alumno, para al menos ahorrarles (y ahorrarme) el mal trago de cancelar la sesión y hacerles venir en vano.

Para ese entonces el portero ya me había abandonado a mi suerte y yo seguía probando abrir la puerta, sin ningún avance visible. Por supuesto, utilicé diferentes métodos tradicionales para estas situaciones: tirar la puerta hacia mí cuando intentaba girar la llave; empujar la puerta hacia el lateral; darle golpes a la puerta; probar la llave de un lado, de otro, más adentro, más afuera, etc. Finalmente, me arrodillé frente a la cerradura y, con fe y esperanza, recité tres veces un mantra de purificación. No funcionó.

A esta altura ya había hablado con varias personas por teléfono, recibido consejos y compasión, y como faltaban cinco minutos para la clase, me había sentado junto a la puerta a la espera de lo inevitable. Quizás por haber pasado varios días escuchando las enseñanzas de Sri Dharma Mittra, logré mantener cierta calma ante la situación y simplemente observaba como un testigo todo lo que ocurría, sabiendo que, aunque lo pareciera, no era una cuestión de vida o muerte. Por algún motivo, la voluntad Divina era que esa puerta no se abriera y yo estaba entregado a lo que sucedía como un simple actor de reparto de un drama superior.

Yo estaba casi disfrutando de esta sensación de aceptación cuando llegó una alumna. Le expliqué la situación, con una media sonrisa, y le ofrecí hacer la prueba de abrir. Ella, ante el callejón sin salida, aceptó y al recibir el llavero no agarró, para mi sorpresa, la llave de siempre, sino que agarró la otra, la “de la entrada principal del edificio”. Con un gesto tan natural como el de abrir la puerta de su propia casa, metió la otra llave en la cerradura, giró con suavidad y la puerta del estudio se abrió burlonamente ante mis ojos.

Una hora y media de ansia y perturbación, de llamadas molestando terceros, de viajes en moto, de perder la auto-práctica, de no poner incienso en la sala, de portero disertando sobre cerraduras y simplemente era la otra llave.

Sí, ya sé que todos están revoleando los ojos ante mi ineptitud; para mi (débil) defensa debo decir que sí probé la otra llave apenas llegué al estudio, pero lo hice tan rápidamente que no me pareció que encajara, y entonces me dediqué a usar la otra llave, la que yo creía que era la correcta. Siempre basado en un prejuicio sin muchos más fundamentos que mi rígida estructura mental.

Inevitablemente, este episodio personal trajo a mi memoria las palabras de un discurso espiritual que dio Sri Swami Premananda durante Mahashivaratri 2009 y que, ante estas circunstancias, parece hecho a medida:

“La espiritualidad es una doctrina secreta. Tú tienes la llave para ese secreto. Puedes desbloquear el secreto porque tienes la llave en tus manos. Ya tienes la llave, sin embargo estás buscándola. La llave está en tus manos pero corres a mí y me pides que abra la puerta y te muestre el secreto. Dios creó nuestros cuerpos y, en algún lugar de tu cuerpo, también puso la llave para que comprendas tu ser interior. Estoy tratando de decirte que busques esa llave. La llave está en tu interior. Ese es el mensaje que te estoy trayendo: ábrete a ti mismo y encuentra la llave que está en tu interior… Incluso si yo te diera la llave y la pusiera en tus manos no sabrías cómo usarla. Es por eso que te pido que busques la llave en ti mismo“.

Actualización: En YouTube hay un fragmento de este discurso de Swami con la opción de poner los subtítulos en español:

Esta historia de llaves me recuerda la famosa y genial viñeta de Mafalda sobre “la llave de la felicidad” (se amplía al clicar):

Y por si a alguien no le ha quedado claro y se pregunta “¿cuál es la moraleja de la historia?”, una posible respuesta que se me ocurre es la siguiente: recitar mantras a la cerradura no sirve de nada si estás usando la llave equivocada.

La importancia de obedecer al Guru

Publicado en

La semana pasada se celebró Guru Pūrṇimā, el día del maestro espiritual, y el simbolismo y la importancia de este evento anual todavía me están haciendo reflexionar. Si bien es verdad que el día del Guru es una vez al año, la relación maestro-discípulo dura para toda la vida o, en realidad, para todas las vidas, pues se explica que una vez que el maestro acepta al discípulo se hace cargo de su progreso espiritual para siempre, incluso cuando el discípulo se desentienda del maestro o abandone su cuerpo físico.

Como personas occidentales e inmersas en la modernidad, con sus candentes valores de individualismo e igualdad de opinión, nos cuesta aceptar, al menos de forma consciente, que otra persona nos diga cómo vivir nuestra vida. Puede ser que esta temporada, porque alguien a quien no conozco lo dictamina, me deje la barba muy larga, consuma yogur con bifidus o me abra una cuenta en Pinterest, pero de ninguna manera aceptaré que un tercero, por más sabio que sea, me diga cómo ser más feliz espiritualmente.

Al parecer, el psicólogo y escritor Carl Jung dijo que, sobre todo en términos espirituales, “si hay una cosa que el hombre moderno no puede hacer es obedecer”, ya que la consciencia moderna rechaza la fe sin una confirmación empírica. Efectivamente, en nuestros tiempos la fe es considerada casi un “primitivismo”, una cualidad que poseen aquellas personas incapaces de discernir, analizar o generar pensamiento crítico.

Para muchos, la emancipación de las opiniones ajenas (especialmente si son discursos muy jerarquizados como la religión, el régimen político, la estructura familiar) es el gran logro de la modernidad, en que cada individuo, en apariencia, tiene su propia opinión, su conciencia crítica y su libertad de acción.

Siguiendo la línea individualista y auto-suficiente de la actualidad, es muy normal que sean pocas las personas que estén interesadas en tener un guru, es decir un preceptor espiritual, y muchas menos las que, de tenerlo, estén dispuestas a obedecerle. De hecho, hay una frase que últimamente escucho mucho: “El guru está dentro de uno mismo, en el corazón”.

Nadie niega que la frase sea cierta, aunque quizás está algo malentendida y mi pregunta es: “¿Estás seguro de que ese consejero que estás escuchando en tu interior no son tus patrones mentales prefijados, tus hábitos arraigados de años, tus intereses personales, las tendencias arrastradas de otras vidas, tus miedos, tus fantasías, el seductor eco del eslogan que escuchaste en una publicidad de relojes…?”.

Una de las ventajas de tener un guru exterior es que, así, el discípulo “tiene un ejemplo humano y concreto en el que basar su propia vida”. De hecho, la tradición de la India considera que el conocimiento espiritual se transmite básicamente a través de la relación guru-discípulo aunque el verdadero conocimiento espiritual sólo puede ser impartido de forma sutil o psíquica, por la gracia del maestro. Para ello, el estudiante se compromete a seguir las enseñanzas del maestro con sinceridad y gran veneración, con total obediencia.

Para personas occidentales y modernas como nosotros, esto puede sonar demasiado, pues la razón y la lógica son algunos de los pilares de nuestra cultura y, por tanto, nadie quiere “someterse” a ideas ajenas si, antes, éstas no están en consonancia con las ideas propias. Como expliqué la semana pasada, un estudiante sincero, que ha hecho auto-indagación, sabe que la mente tiene muchos trucos y que el laberinto intelectual no siempre tiene salida. Por ello, si quiere avanzar realmente en el sendero, hay veces en que simplemente debe tener fe inquebrantable en las palabras de su guru y seguir sus órdenes o consejos ciegamente.

Cultivar la obediencia al maestro es cultivar la humildad y la gradual disminución del ego-individual. También es atizar el fuego de la fe. A este respecto, me gustó mucho la historia que cuenta Swami Chidanand Saraswati en su boletín de saludo por Guru Púrnima:

“Había un hombre que quería caminar sobre el agua. Le suplicó a su guru que le diera un mantra secreto o un don especial para que pudiera lograr esa proeza tan notable. El hombre era extremadamente pío y devoto y había estado al servicio de su guru por muchos años. Por ende, el guru le dio una hoja, doblada en sí misma muchas veces hasta quedar muy pequeña. Le dijo a su discípulo: ‘Dentro de esta hoja hay una fórmula secreta que te permitirá caminar en el agua. Sin embargo, no debes abrir la hoja porque la fórmula que hay dentro es secreta’. El hombre está de acuerdo, toma con cuidado la hoja doblada entre sus manos y comienza su camino a través del río.

Está caminando bien cuando, de repente, es asaltado por la curiosidad. ¿Qué será esta fórmula secreta? ¿Hay realmente un secreto dentro? ¿Será un polvo o una piedra o habrá un mantra sagrado impreso? ¿De dónde lo habrá sacado el guru? Sus dudas pueden con él y entonces lentamente comienza a abrir la hoja mientras camina, pero con cuidado, no vaya a ser que algo de la fórmula sagrada caiga al agua. Tan pronto como despliega el último trozo para descubrir el secreto, el discípulo se hunde en el agua y se ahoga. Dentro de la hoja estaba escrita una simple palabra: fe”.

Como explica Swami Chidananda, no fue la hoja ni un mantra secreto lo que produjo el milagro, sino la fuerza de la fe en el guru. Tan pronto como su fe titubeó y dio lugar a la duda, el discípulo perdió su vida.

Justamente, estos días leí una frase de Swami Premananda que viene el caso, donde simplemente da el siguiente consejo: “Piensa, ‘mi gurudev es un hombre muy poderoso y me apoya, nunca me hundiré'”.

Obviamente, tener fe total en el maestro es muy difícil. No es una cualidad que venga dada. De hecho, cualquier devoto tiene como uno de sus grandes anhelos el tener fe absoluta en el guru y, en general, realiza prácticas para fomentar dicha fe, pues lo normal es que nos dejemos enredar, una y otra vez, por nuestro ego y por el mundo material y caigamos en el desasosiego y en las dudas.

Para fomentar esa fe, entonces, lo que me parece importante es entender, al menos intelectualmente, que tener fe y seguir las enseñanzas y consejos del maestro es útil para el propio crecimiento espiritual. Ya que somos seres “racionales”, podemos empezar convenciendo a nuestra razón, por ejemplo: “si esta persona ha logrado el gran logro del auto-conocimiento; ha alcanzado la meta máxima de la vida humana; lleva su vida como un ejemplo para la humanidad; sus palabras me reconfortan y ayudan; he sentido en mi interior destellos de su grandeza, pues entonces le voy a intentar seguir e imitar”.

A partir de este proceso analítico lógico, es probable que uno pueda empezar a obedecer al guru sin poner tantas trabas racionales y, de esta forma, la propia fe se vaya acrecentando.

Como consecuencia, el estudiante recibirá la gracia del maestro de forma natural y, casi sin notarlo, su fe seguirá creciendo y, entonces, recibirá más certezas y como resultado su fe continuará ampliándose y cuanto más cerca sienta a su guru más fe tendrá y más cerca estará, curiosamente, de su propio guru interior.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.122 seguidores

%d personas les gusta esto: