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Archivo del Autor: Naren Herrero

Ritual simple para adorar a tu deidad favorita

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Con frecuencia recibo mensajes o comentarios de lectores preguntando por la forma correcta de adorar a diferentes deidades, de hacerles un altar o de cantarles mantras. Estas consultas me impulsan a escribir sobre estos temas, aunque debo aclarar que yo no soy una autoridad en liturgia, no soy sacerdote hindú ni he estudiado los textos canónicos de adoración, sino que lo que sé acerca de la forma de hacer rituales (pūjās) lo he aprendido de mi maestro, Sri Swami Premananda.

Por tanto, lo que explico aquí se basa, sobre todo, en mi experiencia y también en diferentes fuentes fiables, por lo que puedo asegurar que el contenido es riguroso y cierto, aunque también es un hecho que existen otros métodos igual de válidos.

El año pasado escribí un post sobre cómo adorar a Ganesha “de forma simple”, aunque quizás no era tan simple pues se trataba de un ritual relacionado con el tipo de adoración llamado ṣoḍaśopacāra pūjā (shodashopachara puja), es decir de “dieciséis ofrendas” y en el que se bañaba a la imagen de la deidad. Para muchas personas ese ritual ya puede parecer complejo y, por consiguiente, desalentarlos en la práctica de la adoración ritual. Para que eso no suceda, ahora quiero hablar del ritual tradicional conocido como pañcopacāra pūjā (panchopachara puja), es decir de las “cinco ofrendas”, el cual es mucho más simple.

Estos cinco elementos son:

  • Incienso (dhūpa).
  • Pasta de sándalo (candana – chándana – o gandha).
  • Flores (puṣpa – pushpa -).
  • Comida (naivedyam).
  • Fuego y luz (ārati – árati-).

Cada una de estas ofrendas simboliza los cinco elementos materiales: el incienso representa el aire; la pasta de sándalo (que a veces puede ser acompañada por polvo de kuṅkuma, hecho a base de bermellón) representa la tierra; las flores el éter o espacio; la comida el agua; y la luz el fuego.

Sobre esto último, se trata de mostrar a la deidad luz y fuego con lámparas encendidas “que se mueven en círculos delante de la imagen”. Dichas lámparas pueden tener una o más llamas y pueden ser alimentadas con alcanfor o, sobre todo en Occidente y para generar menos humo, con velitas hechas con mantequilla clarificada (ghī ghṛta – ghrita -) y algodón (prometo publicar en algún momento la técnica para hacerlas en casa). En otros casos, se pueden usar lámparas de aceite con una mecha de algodón o incluso una vela común y corriente.

En cuanto a la comida, puede tratarse simplemente de frutas o un plato más elaborado como arroz con leche, aunque siempre hecho por uno mismo pensando en la deidad y no un artículo comprado o industrial. Esos alimentos, una vez ofrecidos a la deidad, se convierten en prasāda, o sea “benditos”, y son especialmente apreciados por cualquier devoto.

De las cinco ofrendas la única que podría ser difícil de conseguir en Occidente es el polvo de pasta de sándalo (la opción de polvo de kuṅkuma también tiene esa dificultad). El rol que cumple el sándalo está relacionado con el olfato, ya que en las pūjās se utilizan artículos para los cinco sentidos, directamente relacionados con los cinco elementos. Por tanto, el sándalo tiene como cualidad una deliciosa fragancia (gandha) y entonces si no se consigue sándalo quizás, y esto lo estoy diciendo yo y no las Escrituras, sirva otro elemento con aroma o perfume (que no sea incienso, que ya lo estamos usando aparte). Por ejemplo, y dependiendo del material del que esté hecha la imagen de la deidad, un aceite esencial de sándalo o similar podría ser un sustituto aceptable.

Si por ausencia de sándalo o cualquier otro motivo esta pūjā sigue pareciendo difícil, siempre es mejor simplificarla o adaptar una versión a la conveniencia personal que dejar de hacer el ritual (o nunca comenzarlo). La pereza no debe ser razón para detenernos, claro, pero tampoco hay que ponerse objetivos que no vayamos a cumplir. Cuando se trata de adorar a lo Divino, nadie mejor que Śrī Kṛṣṇa para decirnos en la Bhagavad Gītā (9.26) lo único esencial:

patraṁ puṣpaṁ phalaṁ toyaṁ yo me bhaktyā prayacchati /
tad ahaṁ bhakty-upahṛtam aśnāmi prayatātmanaḥ //

Una traducción bastante literal sería:

Quienquiera me ofrece una hoja, una flor, una fruta o agua con devoción /
eso, la ofrenda hecha con devoción y pureza, yo acepto //

Por tanto, si hay devoción y buen corazón no hay excusas para demorar la pūjā. Si la devoción no es tanta, entonces hacer la pūjā ayuda a fomentarla. En cualquier caso, uno debe hacer lo mejor que pueda.

Esta semana pasada (17 de agosto 2014), en el Centro Sri Premananda de Barcelona celebramos Kṛṣṇa janmāṣṭamī, el aniversario del nacimiento de Kṛṣṇa, y como la estatua que teníamos era de madera y no se podía bañar, cambiamos el abhiṣeka (abhisheka) de cada mes por una pūjā de “cinco ofrendas”. Como había devoción, fue un éxito.

Si bien en este caso nosotros adoramos a Kṛṣṇa, la pañcopacāra pūjā es un procedimiento tradicional que puede ser realizado a cualquier deidad que uno prefiera. En el hinduismo hay muchas deidades (diferentes aspectos de una única realidad Suprema) y por eso existe el concepto de iṣṭa devatā (ishta devatá), es decir “deidad escogida”, que viene a ser el aspecto de la Divinidad que más nos atrae personalmente y que nos genera especial afecto.

A esa forma de Dios que uno elige (muchas veces sin saber por qué), es a la que un buscador espiritual interesado en los rituales debería, entonces, dirigir su adoración y su devoción con regularidad.

El nacimiento de Kṛṣṇa y la verdadera identidad

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La semana pasada, Argentina (y no sólo) se vio conmocionada por la aparición de uno más (el 114) de los cientos de “nietos” que, apenas nacidos, fueron arrebatados de los brazos de sus madres secuestradas – y luego asesinadas – durante la última dictadura militar argentina (1976-1983). Con sus madres y padres “desaparecidos”, fueron sus abuelas las que decidieron dedicar la vida a encontrar a esos nietos, ahora criados en otras familias e ignorantes de su identidad original. Así nacieron las famosas Abuelas de Plaza de Mayo, un símbolo de valentía y de resistencia cuyos estandartes actuales son la justicia, la verdad y la identidad.

La noticia fue especialmente sonada porque la persona aparecida es el nieto de la presidenta de la asociación de Abuelas y, además, porque él mismo voluntariamente solicitó hacerse una prueba de ADN, ya que las piezas de su pasado no le cuadraban del todo. Según él mismo cuenta, descubrir su identidad biológica es “maravilloso”, a la vez que no reniega de su familia adoptiva.

El chico es músico y sus padres biológicos también tenían inclinación musical mientras que la familia adoptiva no. Saber la verdad le ayuda a entender detalles de su personalidad como ese, por ejemplo. Por otro lado, ahora tiene dos nombres, dos fechas de cumpleaños y todos los medios de comunicación encima por unos días. El muchacho es de mi edad por lo que he intentado ponerme en su lugar y me parecería una situación compleja de gestionar. Al parecer él lo lleva bien.

Pongo este tema en el tapete porque esta semana, el domingo 17 de Agosto de 2014, se celebra Kṛṣṇa janmāṣṭamī (Krishna Janmáshtami), es decir el cumpleaños del Señor Kṛṣṇa y, según explica la tradición hindú, el nacimiento de Kṛṣṇa, que ocurrió hace más de 5000 años, tuvo lugar con su madre estando en forzoso cautiverio bajo el reinado dictatorial de un demonio que quería quitarle el niño y matarlo.

No pretendo hacer una analogía ni una comparación forzada entre el nacimiento del Señor Kṛṣṇa y la historia del último nieto aparecido, sino que aprovecho la coyuntura para relatar la conmovedora historia de cómo Kṛṣṇa encarnó en este mundo y reflexionar sobre la identidad real y sus implicaciones.

El nieto encontrado junto a su abuela.

El reino de Mathura estaba gobernado por el rey Ugrasena que tenía un hijo llamado Kaṁsa, que en realidad era un ser vil, un asura (un demonio), al que sólo le importaba su bienestar personal. Simbólicamente se dice que, de todas las malas cualidades, Kaṁsa representa la envidia. Kaṁsa tenía una prima-hermana llamada Devakī, que tenía buen linaje y era muy pía, a la que quería mucho, ya que él no tenía hermanas. Devakī fue entregada en matrimonio a Vasudeva, que también era un hombre espiritual y de gran familia. En el día de la suntuosa boda Kaṁsa estaba contento por su prima y hasta tuvo el cariñoso gesto de conducir el carruaje en que iban los novios.

En ese momento, se escuchó una voz que desde el cielo se dirigía a Kaṁsa: “¡Oh necio!, el octavo hijo de la mujer que estás llevando te matará”.

Apenas escuchadas estas palabras, Kaṁsa saltó del carruaje, agarró a Devakī por los cabellos y desenvainando su espada se aprestó a matarla allí mismo. Ya no le importó el parentesco, ni el amor filial, ni las leyes morales, ni mucho menos que se tratara de una mujer inerme; él sólo pensaba en protegerse a sí mismo. Entonces, Vasudeva intentó convencerle con grandes palabras de sabiduría sobre la consecuencia de los actos y los ciclos de la vida, pero el ego y la crueldad de Kaṁsa le impedían escuchar.

Ante la inflexibilidad de su cuñado, dispuesto a matar a Devakī sin piedad, Vasudeva empleó la única estrategia que encontró disponible para salvar su esposa: le prometió a Kaṁsa que le entregaría a cada uno de sus hijos al nacer ya que, según la voz celestial, eran ellos quienes le matarían y no Devakī. Kaṁsa aceptó la propuesta de Vasudeva y resistió el deseo de matar a su prima-hermana.

Cuando nació el primer vástago de la pareja (llamado Kīrtimān), Vasudeva que era un hombre de palabra, lo llevó con dolor ante Kaṁsa, que inesperadamente le perdonó la vida diciendo que sólo le preocupaba el octavo hijo. Sin embargo, esta magnanimidad duraría poco, ya que al poco tiempo Kaṁsa recibió la visita del sabio Nārada que le contó que todos los asuras serían pronto matados por una encarnación del dios Viṣṇu (Vishnu) y entonces sus dudas y temores, propios de un ser sin auto-control, le llevaron a tomar medidas drásticas: encarceló a su propio padre y se coronó rey, a la vez que encerró a Devakī y Vasudeva y mató al primer hijo de ambos y también a los que iban llegando.

De esta forma, Kaṁsa mató a los seis primeros hijos de Devakī y Vasudeva. Entonces Devakī quedó embarazada por séptima vez, aunque en esta ocasión el ser que llevaba en su vientre era una encarnación de Śeṣa (Shesha), la serpiente cósmica en la que reposa el dios Viṣṇu. Para evitar que sea atacado por Kaṁsa, el Señor Viṣṇu convocó a Yogamāyā, su energía ilusoria femenina, indicándole que transfiriera el niño del vientre de Devakī al de Rohiṇī, otra de las esposas de Vasudeva, que por temor a Kaṁsa ya se había refugiado en una aldea cercana de pastores (llamada Gokula). Cuando Yogamāyā hizo esto, dio la impresión de que Devakī había perdido al niño y nadie sospechó nada. De esta forma se estaba gestando el nacimiento de Balarāma, el hermano mayor de Kṛṣṇa.

A continuación, el mismo Viṣṇu, preservador del Universo, entró en la mente de Vasudeva y luego en el vientre de Devakī para hacerlos muy afortunados. La belleza y el brillo de Devakī estando encinta eran celestiales (“como el Este embellecido por la bienaventurada Luna”) y todos, incluido Kaṁsa, podían darse cuenta de que ella llevaba en su vientre un ser divino. A Kaṁsa le hubiera gustado matar a su prima embarazada pero como era un gran pecado que arruinaría su reputación y opulencia, decidió esperar a que naciera el niño.

Durante esa espera, Kaṁsa no podía dormir, ni comer, ni pensar, pues en todas partes –su cama, su plato, su trono – veía un niño esperándole, como augurio de su inminente muerte. Finalmente, en la octava noche de luna decreciente del mes hindú de Bhādrapada, exactamente a medianoche, mientras los dioses lanzaban flores del cielo, nació el niño Kṛṣṇa en su forma de Viṣṇu en la ciudad de Mathura. Así, en su forma trascendental confirmó a sus “padres” su identidad real y les explicó el motivo de su nacimiento, que era restablecer el dharma, el orden y la justicia, en la Tierra matando a todos los gobernantes y reyes corruptos y demoníacos.

Devakī y Vasudeva, llenos de devoción pero a la vez temerosos de Kaṁsa le pidieron a su hijo que retirara su forma cósmica y se convirtiera en un bebé normal para poder esconderse. Kṛṣṇa accedió y dio instrucciones a Vasudeva de llevarlo a la aldea de Gokula, específicamente a la casa de Nanda Mahārāja, el jefe de la aldea, pues su mujer Yaśodā (Yashoda) estaba a punto de dar a luz una niña. De hecho, esa niña no era otra que Yogamāyā, la potencia ilusoria del Señor Viṣṇu, que estaba siguiendo las órdenes del plan cósmico.

Gracias a esa misma influencia de Yogamāyā, las puertas de la celda donde estaban Devakī y Vasudeva se abrieron mágicamente y también se soltaron los grilletes que ataban a Vasudeva, que puso al bebé Kṛṣṇa en una cesta y salió al pasillo. Allí ya no se sorprendió al ver a todos los guardias dormidos y sencillamente salió del palacio en dirección al río Yamunā, el cual debía cruzar para llegar a Gokula. En ese momento comenzó una lluvia torrencial y la serpiente Ananta-Śeṣa desplegó sus mil cabezas para proteger al niño, a la vez que Vasudeva se acercó al río que estaba muy turbulento y, sin embargo, no dudo en meterse en las aguas, las cuales se abrieron para que Kṛṣṇa llegara salvo a su destino.

Al llegar a la casa de Nanda, todos los pastores estaban dormidos, incluyendo a Yaśodā, que por el esfuerzo del parto estaba agotada y ni tan solo recordaba si había tenido un niño o una niña. Entonces Vasudeva dejó al pequeño Kṛṣṇa en el lecho de Yaśodā y tomó consigo a la niña, que era una expansión de Yogamāyā, para regresar a la celda y ponerse los grilletes, como si nada hubiera pasado.

En ese momento los centinelas despertaron con el llanto del recién nacido y corrieron a informarle a Kaṁsa la esperada noticia, que a su vez saltó de la cama sin siquiera peinarse para ir a cumplir su obsesión de matar a los hijos de Devakī. Al llegar a la celda, Devakī le suplicó que no le arrebatara a este bebé ya que era sólo una niña y era indigno matarla. Pero Kaṁsa estaba cegado por el egoísmo y agarrando a la niña por las piernas intento estrellarla contra un muro. Entonces la niña, que era Yogamāyā, se escurrió indemne de las manos de Kaṁsa y elevándose a los cielos apareció en la forma de la feroz diosa Durgā e informó al vil rey que el niño que habría de matarlo ya había nacido en otro lugar.

Ese otro lugar era la vecina aldea de Gokula, en la que todos sus habitantes se congregaron en la casa de Nanda en cuanto amaneció para ver al hermoso niño. Los pastores (gopas) y las pastorcillas (gopīs) lo contemplaban embelesados como si fuera un loto azul, pues su color de piel era oscuro, cual “una nube cargada de lluvia”. De allí su nombre Kṛṣṇa, “el de color oscuro o negro”.

Por su parte, el malvado Kaṁsa tuvo un momento de arrepentimiento y pidió perdón a Devakī y Vasudeva, pero influenciado por su ruin consejo de ministros rápidamente volvió a sus maquinaciones de crueldad e inmoralidad, planeando matar a todos los niños que hubieran nacido en el reino durante los últimos diez días.

De todos modos, el destino estaba escrito y el niño Kṛṣṇa crecería sano y feliz en la aldea de pastores (primero Gokula, después Vṛndāvana – Vrindávana -), aunque no exento de variadas y jugosas aventuras que hoy no contaré. Si alguien está interesado en profundizar, la mejor fuente para conocer la niñez y vida de Kṛṣṇa es el Śrīmad Bhāgavatam.

Resumiendo, Devakī y Vasudeva son los padres biológicos de Kṛṣṇa, mientras que Yaśodā y Nanda son los padres “adoptivos” de Kṛṣṇa y quienes lo crían hasta los dieciséis años, edad en que se entera de su procedencia, sabe de su verdadera familia y regresa al palacio. Kṛṣṇa crece en el bosque como un pastorcillo de vacas, jugando y tocando la flauta, pero en realidad él es un kṣatriya (kshátriya), es decir que pertenece a la casta guerrera y tiene un destino de príncipe.

Esta “ignorancia” de su identidad original (aunque Kṛṣṇa en realidad lo sabe, claro), que puede parecer una desgracia en principio, en realidad sirve para que Kṛṣṇa pueda entablar con los gopas y gopīs de Vṛndāvana un tipo de relación (rasa) íntima y cercana que no es posible si uno es consciente de que está tratando con un príncipe, y menos con el Señor del Universo.

Es por esta relación íntima y amorosa entre los devotos y Dios, que los pasatiempos (līlās) de Kṛṣṇa durante su infancia y adolescencia son fuente de inspiración eterna para cualquier buscador espiritual.

Volviendo al nieto encontrado por las Abuelas e intentando cerrar el círculo, él también parece aceptar de buena forma sus dos identidades, aunque claramente el contexto es muy distinto. Ya he dicho que meterme en su piel me parece tarea compleja y tampoco quiero hacer comparaciones que no vienen al caso.

Sólo quiero decir que, desde el punto de vista espiritual, tal cosa como “la verdadera identidad” es nuestro propio Ser; es decir, aquello que es permanente y no cambia. Tener un nombre u otro; unos padres u otros; vivir en el campo o en palacio no afectan, según explican los sabios espirituales, la verdadera esencia de quienes somos (una esencia que algunos dirán es Divina, inmortal o absoluta dicha). Yo estoy de acuerdo y trato de vivir conforme a esa convicción.

De todos modos, también creo, en el camino a ese reconocimiento interior puede ayudar mucho conocer la propia identidad exterior, lo cual influye y ayuda para conocer nuestro dharma, es decir, nuestro deber y rol en esta vida.

La historia del perro a las puertas del cielo

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Según dicen, cuando alguien tiene un hijo se pone monotemático y, aparte de poner la foto del retoño como fondo de pantalla en el móvil, sólo habla de la consistencia de sus cacas, de su temprana inclinación a la música y de su ya manifiesto y fuerte carácter. Si, además, uno tiene un blog, aprovecha cualquier excusa para hablar de su hijo, siempre dándole al tema aires intelectuales o hasta espirituales.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero justamente hoy quiero comenzar contando que desde hace un par de semanas nuestra hija dice “babau”, que en paidolecto (es decir, el lenguaje infantil) significa “perro”. No sabemos quién le enseñó ese idioma porque en casa hablamos español y, cómo máximo, le enseñamos a ladrar (que, por si no lo saben, se dice “guau, guau”, al menos en español).

La cuestión es que la niña ya reconoce un perro, sea de carne y hueso o dibujado, y le encantan, como es normal en una nena con extra-ordinaria atracción hacia los animales. Es verdad que hubo un momento de ambivalencia cuando ella confundió el dibujo de un oso con un perro, pues la verdad que son dos especies que se parecen, pero ahora las diferencias ya están claras, aunque el sonido del oso no lo tenemos muy definido en nuestro hogar.

Todo esto es para decir que, en casa, últimamente decimos mucho “perro” y, por otro lado, estoy leyendo el excelente libro El hinduismo de Swami Satyananda Saraswati, que a cada página me instruye y me da inspiración para nuevos posts, en este caso recordándome la historia del perro en el Mahābhārata (Mahabhárata).

La gran obra épica de la India, que de tan monumental sostiene que “aquello que no se encuentra en ella no puede ser encontrado en otro sitio”, tiene un final tan grandioso y conmovedor como el resto del texto. No pretendo contar el final en detalle, no se preocupen, sino un conocido fragmento relacionado con el tema canino que nos compete hoy.

Después de que la cruenta batalla familiar entre Pāṇḍavas (Pándavas) y Kauravas (Káuravas) llegara a su fin y los hermanos Pāṇḍavas reinaran por 36 años con rectitud y prosperidad, llegó el triste día en que Kṛṣṇa (Krishna) – su pariente, amigo, protector y Señor – dejó su cuerpo material y regresó a la esfera celestial. Con esta noticia, los Pāṇḍavas no encontraron sentido a seguir viviendo y se aprestaron para su último viaje, en dirección a los Himalayas.

De esta forma, el recto rey Yudhiṣṭhira (Yudhishthira), el mayor de los Pāṇḍavas, dejó el trono para coronar a su sobrino-nieto Parīkṣit (Parikshit), el único heredero legítimo y, junto con sus cuatro hermanos – Bhīma, Arjuna (Árjuna), Nakula (Nákula) y Sahadeva – y su esposa común Draupadī (Dráupadi), emprendieron una peregrinación hacia el elevado monte Meru, considerado centro del universo y puerta de entrada al Cielo (svarga). Ni bien salidos desde la capital del reino, a estos seis dignos personajes se les unió un séptimo viajero anónimo: un perro, que en sánscrito se dice śvan (shvan).

Después de una dura travesía y a medida que subían las empinadas laderas del monte Meru, la reina Draupadī se desplomó y cayó muerta. A pesar del dolor, los cinco hermanos siguieron adelante, pues entendían que el alma es inmortal y el cuerpo físico está destinado a perecer. Al poco tiempo, Sahadeva, el menor de los Pāṇḍavas, también cayó muerto, pero la procesión siguió su curso. El siguiente en caer fue Nakula, famoso por su belleza. Arjuna, el gran guerrero, viendo a sus hermanos y su esposa muertos sintió gran pena y también, allí mismo, abandonó su cuerpo. Finalmente, Bhīma, poseedor de gran fuerza, también hizo su última exhalación entre las rocas de la montaña.

Sin mirar atrás, Yudhiṣṭhira siguió su camino, ahora con un único compañero: el fiel perro.

Entonces, un brillo especial surgió junto a un fuerte sonido para marcar la aparición de Indra, el rey de los devas, el Señor del Cielo, que se presentaba montado en su carruaje celestial para informar a Yudhiṣṭhira que había llegado al final de su viaje y para invitarle a subir al carro y entrar al ansiado Cielo. Yudhiṣṭhira se sintió honrado pero no quería marcharse sin sus hermanos ni su esposa, aunque Indra le explicó que su familia ya estaba esperándole en el Cielo y que sólo habían abandonado el transitorio cuerpo físico. Sin embargo, él, Yudhiṣṭhira, tenía el raro privilegio de poder entrar al Cielo con su propio cuerpo físico.

Ya decidido a subir al carruaje, Yudhiṣṭhira dijo: “Este perro me es extremadamente fiel. Me gustaría llevarlo conmigo al Cielo”.

Indra se rió de esta idea y respondió: “Se te asegura inmortalidad y prosperidad sin límites; eres la persona más afortunada del mundo. No pierdas todo por amor a un perro. No hay lugar en el Cielo para los perros”.

Yudhiṣṭhira, ejemplo de la rectitud, dijo: “Señor, me estás pidiendo algo que no puedo hacer. Para alguien que se comporta de forma recta, es muy difícil actuar sin rectitud”.

Pero Indra repitió: “No hay lugar para los perros en el Cielo”.

Para entender mejor la naturaleza del conflicto hay que saber que, tradicionalmente, el estatus de un perro en la India es mucho más bajo que en occidente. Si bien, para el hinduismo, todos los animales son considerados sagrados, hay una jerarquía muy clara liderada por la vaca y en la que el perro es, quizás, el último de la fila. Como dice Álvaro Enterría en La India por dentro, “en la India los perros son vagabundos, sin raza definida, a menudo llenos de parásitos y enfermedades de la piel… Son generalmente maltratados, pero ocasionalmente podremos también ver a gente dándoles de comer”.

La mayoría de deidades hindúes tienen un vāhana (váhana) o vehículo, que es a la vez transporte y símbolo, y el único dios que tiene un perro como montura es Bhairava, una manifestación especialmente feroz del Señor Śiva (Shiva), que se considera guardián y protector de templos y aldeas. Tener como vehículo a un perro es un símbolo de transgresión y de estar fuera del orden social ortodoxo. Desde otra mirada, también puede significar una gran compasión para todos los seres, incluso los más “bajos”.

De hecho, esta es la interpretación de Yudhiṣṭhira que siguiendo su discusión con Indra concluye: “Se dice que abandonar a alguien que nos es fiel es un terrible pecado. Mi regla es nunca abandonar a alguien que dependa de mí… Atemorizar a alguien que busca protección, matar una mujer, robar las pertenencias de un brāhmaṇa (bráhmana, miembro de la casta sacerdotal) o lastimar un amigo, cualquiera de estas cuatro acciones es igual a abandonar a alguien que nos es fiel”.

Entonces, el perro que hasta ahora no había dicho nada, cambió su apariencia y se convirtió en la deidad del Dharma, que en realidad era su verdadera forma. Como corresponde a una persona tan recta como Yudhiṣṭhira, él es hijo de Dharma, la deidad que personifica el orden y la ley universal que debe ser respetada para el bienestar de todos los seres. Incluso el bienestar de un perro callejero aunque eso signifique perder la entrada al Cielo.

En realidad, todo era una prueba de su padre para verificar que la adherencia de Yudhiṣṭhira al dharma (que incluye compasión a todos los seres como base) era total. Por tanto, Yudhiṣṭhira subió al carruaje de Indra y juntos entraron al Cielo, donde la gran obra todavía nos tiene reservada una sorpresa que no contaré hoy.

Popularmente, siempre he escuchado que el nombre del perro que acompañó a los Pāṇḍavas es “Dharma”. Sin embargo, en los textos que he consultado, tanto en traducción como en sánscrito, el can no lleva nombre propio. Supongo que como es el mismo dios Dharma en forma de perro, se deduce que su nombre es, pues, Dharma. De todos modos, durante el camino los Pāṇḍavas no parecen haberlo tratado con un nombre particular, al menos eso no se hace explícito.

Por supuesto, Dharma es un bonito nombre y las diferentes versiones sobre ciertos detalles de las Escrituras son una de las riquezas del hinduismo. En cualquier caso, lo seguro es que al perro, en casa, por ahora le decimos “babau”.

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PS: Todas las imágenes son de Gol y pertenecen al deleitante cómic Mahabhárata, la gran guerra del clan de los Bháratas. Se amplían al clicarlas.

El inesperado simbolismo del loro en el hinduismo

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No sé si es porque en el balcón del frente de nuestra casa hay un ave que chilla de sol a sol o porque nuestra pequeña hija está empezando a repetir sonidos, pero hace un tiempo que estoy interesado en el simbolismo del loro en la cultura védica. Comparado con vacas, tigres o elefantes, es verdad que el loro ostenta un escalón menor en el ranking de animales sagrados del hinduismo, pero yo mismo me sorprendí del profundo significado que se le atribuye a este pájaro que, en sánscrito, se dice śuka (shuka).

La primera referencia que me viene a la cabeza es Kāmadeva, el dios hindú del amor sensual que, para entendernos, se equipara generalmente al Cupido romano, tanto en su rol como en sus atributos principales. Es decir, arco y flechas que inspiran el deseo amoroso, aunque en el caso de Kāmadeva las puntas de las flechas están hechas de flores. A diferencia de Cupido, Kāmadeva no tiene alas y, para trasladarse, tiene un vehículo o montura (vāhana en sánscrito) que es, y esto es lo que más nos interesa, un loro verde.

En occidente el loro no tiene un estatus especialmente alto, pues es la arquetípica mascota de los piratas y, en todo caso, su capacidad de reproducir la voz humana es vista más bien como una particularidad para generar chistes que como una virtud. Por tanto, la pregunta surge naturalmente: ¿qué tiene que ver el loro con el amor?

Al parecer, una de las relaciones básicas está en el color verde que tiene variados simbolismos, siendo uno de los principales “la juventud” y “la primavera”, ya que como todos sabemos, las más fuertes flechas del deseo y el amor son recibidas en la mocedad (uno de cuyos sinónimos es “verdor”) y también, según dicen los poetas, en la estación de las flores. Asimismo, el color verde está relacionado con la fertilidad pues el florecimiento de la Naturaleza es siempre símbolo de vida y prosperidad.

Esta relación con la fertilidad se hace evidente en algunas representaciones iconográficas de las Śaktis (Shaktis) tántricas que son de color verde; estas diosas, además, en algunos casos tienen un loro en sus manos. El paradigma de diosa verde que lleva un loro en una de sus manos es Mīnākṣī Devi (Minakshi Devi), un aspecto de la diosa Pārvatī (Párvati) nacida como princesa en el entonces reino de Madurai, al sur de la India. En efecto, el templo de Mīnākṣī en Madurai es muy popular y uno de los más hermosos de Tamil Nadu.

Y hablando de iconografía, no es casual que se explique que el mismo Kāmadeva también tiene la piel de color verde.

Mīnākṣī Devi

Más allá del color, otro punto de relación entre los loros y el amor es que, al parecer, los loros son muy cariñosos con su pareja (se alimentan y se arreglan las plumas mutuamente, por ejemplo) y, aún más importante, son animales monógamos, al punto de que si su pareja desaparece, muchos loros mueren de soledad. Esta cualidad de fidelidad es, desde mi punto de vista, uno de los grandes puntos fuertes en convertir al loro en un animal sabio en cuestiones del corazón.

De hecho, al Señor Rāma, príncipe protagonista del poema épico Rāmāyaṇa, encarnación de la moralidad y esposo ideal y fiel, se le representa con la tez de coloración verdosa o aceitunada. Hasta ahora no le había encontrado una posible explicación a ese color.

Como si eso fuera poco, el hecho de que los loros puedan reproducir el sonido humano se relaciona con la capacidad oratoria y, como muchos saben, un gran amante debe, entre otras cosas, tener buena labia para saber expresar las virtudes de su amado/a y expresar sus sentimientos de buena forma.

Además, he encontrado en Wikipedia que los loros son animales nectarívoros, es decir que beben el néctar producido por las flores. No sé si esto es una causa védica de la sacralidad del loro pero me pareció relevante para una cultura en que el amṛta (amrita), el néctar de la inmortalidad, y su obtención es un tema tan frecuente en textos espirituales, llegando a explicarse técnicas para beber ese néctar en nuestro propio cuerpo. Y, en cualquier caso, beber ambrosía es una actividad muy dulce que puede estar relacionada con el amor.

Por tanto, y resumiendo, el loro representa la juventud, la fertilidad, la elocuencia, la lealtad y la dulzura.

Una representación de Kāmadeva

Estas virtudes, simbolizadas por el loro y claves en el amor y el deseo sensual, se conjugan con el plano espiritual en los pasatiempos (līlās) de Radhā y Kṛṣṇa (Krishna) que tienen lugar en los bosques de Vṛndāvan (Vrindavan). Allí, el joven pastor de vacas Kṛṣṇa, Dios mismo encarnado en la Tierra para cumplir una misión, tiene una relación de amor con la pastorcita de nombre Radhā, que nos es otra que la diosa Lakṣmī encarnada.

Esta situación, que a ojos mundanos puede parecer una mera relación sensual, es considerada una alegoría y un ejemplo del máximo amor entre Dios y sus devotos. Es decir, así como una persona no come ni duerme pensando en su amado, ya que es el único motivo de su vida, de la misma forma el buscador espiritual puede llegar a poner toda su atención en lo Divino y amarlo como la propia vida. Se trata del amor místico.

De esta forma, mientras Kṛṣṇa toca su flauta de bambú y Radhā, al oírle, escapa de su casa por las noches para poder verle, o mientras juntos corretean por el bosque o se columpian bajo un árbol, siempre hay uno o más loros observando los hechos; en muchos casos, se trata de una pareja de loritos disfrutando también del amor mutuo.

Asimismo, se explica que uno de estos loros, testigo permanente de las līlās de Radhā y Kṛṣṇa, luego se encarna en el sabio Sukadeva Goswami, hijo del sabio Vyāsa, para narrar los acontecimientos de la vida de Kṛṣṇa en el Śrīmad Bhāgavatam, uno de los principales Purāṇas y texto fundamental de la tradición vaishnava.

Radhā y Kṛṣṇa, con la pareja de loritos en el ángulo superior derecho de la imagen.

No es casualidad que, también en esta tradición, exista el culto a Vṛndā Devi que es una expansión de la diosa Tulasī (la personificación de la planta llamada “albahaca sagrada“, tan querida por Kṛṣṇa), y cuya representación iconográfica incluye, cómo no, un loro.

Vṛndā Devi.

Finalmente, hay un aspecto menos emotivo y más intelectual por el cual el loro también es bien considerado en la cultura védica. El loro representa la “fidelidad”, no sólo por ser monógamo, sino también porque lo que escucha (o se le enseña) lo repite tal cual sin cambios.

En ese sentido, el loro es un símbolo del mantenimiento de la tradición y de la transmisión del conocimiento espiritual a través de la sucesión discipular (paramparā), especialmente en lo referente a su carácter oral en que el discípulo repite literalmente lo que le enseña su guru, incluso sin saber qué significa.

Mientras que la expresión “repetir como un loro” es, actualmente y para nuestra sociedad, un símbolo negativo, en la cultura védica sería una cualidad positiva, ya que se dice que una vez aprendidas las Escrituras de memoria, su sabiduría se nos podría manifestar, y no al revés. En nuestro sistema educativo actual el aprender de memoria está menospreciado debido a que, al parecer, se hizo abuso de ese método en el pasado, sobre todo sin agregarle “pensamiento crítico”. Sin embargo, aprender algo de memoria nos asegura que ese conocimiento sea nuestro por siempre, y si además lo entendemos, ya podemos decir que es verdadero conocimiento.

Obviamente que teniendo a Google como el nuevo Dios nadie se molesta en memorizar datos, pero es muy importante recordar que gracias al método védico de memorización y repetición literal del conocimiento se pudo asegurar el mantenimiento de la tradición, por lo que a día de hoy podemos escuchar (o leer, claro) los textos antiguos hindúes casi tal cual fueron compuestos hace 3000 años o más.

Después de esta investigación, es posible que, de ahora en más, cada vez que yo escuche el agudo chillido del loro del vecino no quiera cerrar las ventanas y, en cambio, reflexione sobre sus cualidades espirituales y que, al enseñarle nuevas palabras a mi hija, recuerde la importancia de la memoria y de la transmisión oral que, en este caso Dios quiera, tenga algo de conocimiento.

La parábola de la llave rota

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Como resultado de la formación de profesores Vida de un Yogui de Dharma Yoga, ya estoy dando clases de yoga, especialmente en nuestra casa. Sabiendo de mi disponibilidad y deseo de dar clases, un estudio de yoga amigo de Barcelona me ofreció hacer una sustitución y yo acepté encantado. La clase era un viernes por la tarde y yo me presenté con mucha antelación para hacer mi auto-práctica y preparar la sala, ya que ese día no había nadie más porque los dueños del estudio estaban fuera de la ciudad.

Por eso me habían dado copia de las dos llaves necesarias para entrar al estudio: una para la puerta del edificio (“aunque no la necesitarás porque hay conserje y está siempre abierta”), y otra para la puerta del estudio propiamente dicho. En efecto, al llegar, la entrada principal estaba abierta y el portero, enfundado en una bata celeste, leía un folleto promocional de una tienda de electrodomésticos. Subí las escaleras y, disponiéndome a abrir la puerta del estudio, metí la llave en la cerradura.

Como pasa siempre que uno abre una puerta ajena por primera vez, me costó encontrar el punto y tuve que empujar un par de veces. Al girar, la llave se partió en dos y me quedé, atónito, con medio trozo en la mano. Por suerte, la otra mitad no había quedado tan metida y, con la ayuda de un destornillador, pude sacarla. Ahora, el problema era simplemente conseguir otra llave.

Hice un par de llamadas y, para mi alivio, había una persona que tenía copia de la llave; eso sí, en la otra punta de la ciudad. Descartando mi auto-práctica, me subí a mi moto y en hora punta de viernes crucé la ciudad, que está en plenas obras, para reunirme con la llave salvadora.

Al regresar al estudio metí la nueva llave en la cerradura y, una vez más, tuve problemas para que entrara. Esta vez tuve más precaución de no girarla bruscamente y, desconfiando de mi destreza, fui a llamar al conserje para que lo probara por mí. El hombre, que ve esas llaves y esas puertas cada día, vino a mi rescate pero infructuosamente. Él tampoco podía meter la llave y su veredicto fue que “no entraría” y que algo andaba mal.

Por mi parte, en ese momento yo conseguía comunicarme con uno de los dueños del estudio para contarle la situación y preguntarle si la apertura de la puerta tenía algún truco especial. “No”, fue la respuesta. La llave debía entrar con normalidad y, de hecho, ese mismo mediodía la puerta había sido usada sin problemas.

Teniendo en cuenta que eran dos las llaves (la rota y la sana) que no entraban en la puerta y que habíamos sido dos las personas que lo habíamos intentado y fallado, la deducción general fue que el problema estaba en la cerradura. La conclusión fue que habría que ir a buscar un cerrajero, que nos cobraría una pasta y que, para colmo, no habría margen de abrir el estudio a tiempo para la clase, pues ya quedaba menos de media hora para la clase.

En ese momento yo empecé a desear que no viniera ningún alumno, para al menos ahorrarles (y ahorrarme) el mal trago de cancelar la sesión y hacerles venir en vano.

Para ese entonces el portero ya me había abandonado a mi suerte y yo seguía probando abrir la puerta, sin ningún avance visible. Por supuesto, utilicé diferentes métodos tradicionales para estas situaciones: tirar la puerta hacia mí cuando intentaba girar la llave; empujar la puerta hacia el lateral; darle golpes a la puerta; probar la llave de un lado, de otro, más adentro, más afuera, etc. Finalmente, me arrodillé frente a la cerradura y, con fe y esperanza, recité tres veces un mantra de purificación. No funcionó.

A esta altura ya había hablado con varias personas por teléfono, recibido consejos y compasión, y como faltaban cinco minutos para la clase, me había sentado junto a la puerta a la espera de lo inevitable. Quizás por haber pasado varios días escuchando las enseñanzas de Sri Dharma Mittra, logré mantener cierta calma ante la situación y simplemente observaba como un testigo todo lo que ocurría, sabiendo que, aunque lo pareciera, no era una cuestión de vida o muerte. Por algún motivo, la voluntad Divina era que esa puerta no se abriera y yo estaba entregado a lo que sucedía como un simple actor de reparto de un drama superior.

Yo estaba casi disfrutando de esta sensación de aceptación cuando llegó una alumna. Le expliqué la situación, con una media sonrisa, y le ofrecí hacer la prueba de abrir. Ella, ante el callejón sin salida, aceptó y al recibir el llavero no agarró, para mi sorpresa, la llave de siempre, sino que agarró la otra, la “de la entrada principal del edificio”. Con un gesto tan natural como el de abrir la puerta de su propia casa, metió la otra llave en la cerradura, giró con suavidad y la puerta del estudio se abrió burlonamente ante mis ojos.

Una hora y media de ansia y perturbación, de llamadas molestando terceros, de viajes en moto, de perder la auto-práctica, de no poner incienso en la sala, de portero disertando sobre cerraduras y simplemente era la otra llave.

Sí, ya sé que todos están revoleando los ojos ante mi ineptitud; para mi (débil) defensa debo decir que sí probé la otra llave apenas llegué al estudio, pero lo hice tan rápidamente que no me pareció que encajara, y entonces me dediqué a usar la otra llave, la que yo creía que era la correcta. Siempre basado en un prejuicio sin muchos más fundamentos que mi rígida estructura mental.

Inevitablemente, este episodio personal trajo a mi memoria las palabras de un discurso espiritual que dio Sri Swami Premananda durante Mahashivaratri 2009 y que, ante estas circunstancias, parece hecho a medida:

“La espiritualidad es una doctrina secreta. Tú tienes la llave para ese secreto. Puedes desbloquear el secreto porque tienes la llave en tus manos. Ya tienes la llave, sin embargo estás buscándola. La llave está en tus manos pero corres a mí y me pides que abra la puerta y te muestre el secreto. Dios creó nuestros cuerpos y, en algún lugar de tu cuerpo, también puso la llave para que comprendas tu ser interior. Estoy tratando de decirte que busques esa llave. La llave está en tu interior. Ese es el mensaje que te estoy trayendo: ábrete a ti mismo y encuentra la llave que está en tu interior… Incluso si yo te diera la llave y la pusiera en tus manos no sabrías cómo usarla. Es por eso que te pido que busques la llave en ti mismo“.

Actualización: En YouTube hay un fragmento de este discurso de Swami con la opción de poner los subtítulos en español:

Esta historia de llaves me recuerda la famosa y genial viñeta de Mafalda sobre “la llave de la felicidad” (se amplía al clicar):

Y por si a alguien no le ha quedado claro y se pregunta “¿cuál es la moraleja de la historia?”, una posible respuesta que se me ocurre es la siguiente: recitar mantras a la cerradura no sirve de nada si estás usando la llave equivocada.

La importancia de obedecer al Guru

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La semana pasada se celebró Guru Pūrṇimā, el día del maestro espiritual, y el simbolismo y la importancia de este evento anual todavía me están haciendo reflexionar. Si bien es verdad que el día del Guru es una vez al año, la relación maestro-discípulo dura para toda la vida o, en realidad, para todas las vidas, pues se explica que una vez que el maestro acepta al discípulo se hace cargo de su progreso espiritual para siempre, incluso cuando el discípulo se desentienda del maestro o abandone su cuerpo físico.

Como personas occidentales e inmersas en la modernidad, con sus candentes valores de individualismo e igualdad de opinión, nos cuesta aceptar, al menos de forma consciente, que otra persona nos diga cómo vivir nuestra vida. Puede ser que esta temporada, porque alguien a quien no conozco lo dictamina, me deje la barba muy larga, consuma yogur con bifidus o me abra una cuenta en Pinterest, pero de ninguna manera aceptaré que un tercero, por más sabio que sea, me diga cómo ser más feliz espiritualmente.

Al parecer, el psicólogo y escritor Carl Jung dijo que, sobre todo en términos espirituales, “si hay una cosa que el hombre moderno no puede hacer es obedecer”, ya que la consciencia moderna rechaza la fe sin una confirmación empírica. Efectivamente, en nuestros tiempos la fe es considerada casi un “primitivismo”, una cualidad que poseen aquellas personas incapaces de discernir, analizar o generar pensamiento crítico.

Para muchos, la emancipación de las opiniones ajenas (especialmente si son discursos muy jerarquizados como la religión, el régimen político, la estructura familiar) es el gran logro de la modernidad, en que cada individuo, en apariencia, tiene su propia opinión, su conciencia crítica y su libertad de acción.

Siguiendo la línea individualista y auto-suficiente de la actualidad, es muy normal que sean pocas las personas que estén interesadas en tener un guru, es decir un preceptor espiritual, y muchas menos las que, de tenerlo, estén dispuestas a obedecerle. De hecho, hay una frase que últimamente escucho mucho: “El guru está dentro de uno mismo, en el corazón”.

Nadie niega que la frase sea cierta, aunque quizás está algo malentendida y mi pregunta es: “¿Estás seguro de que ese consejero que estás escuchando en tu interior no son tus patrones mentales prefijados, tus hábitos arraigados de años, tus intereses personales, las tendencias arrastradas de otras vidas, tus miedos, tus fantasías, el seductor eco del eslogan que escuchaste en una publicidad de relojes…?”.

Una de las ventajas de tener un guru exterior es que, así, el discípulo “tiene un ejemplo humano y concreto en el que basar su propia vida”. De hecho, la tradición de la India considera que el conocimiento espiritual se transmite básicamente a través de la relación guru-discípulo aunque el verdadero conocimiento espiritual sólo puede ser impartido de forma sutil o psíquica, por la gracia del maestro. Para ello, el estudiante se compromete a seguir las enseñanzas del maestro con sinceridad y gran veneración, con total obediencia.

Para personas occidentales y modernas como nosotros, esto puede sonar demasiado, pues la razón y la lógica son algunos de los pilares de nuestra cultura y, por tanto, nadie quiere “someterse” a ideas ajenas si, antes, éstas no están en consonancia con las ideas propias. Como expliqué la semana pasada, un estudiante sincero, que ha hecho auto-indagación, sabe que la mente tiene muchos trucos y que el laberinto intelectual no siempre tiene salida. Por ello, si quiere avanzar realmente en el sendero, hay veces en que simplemente debe tener fe inquebrantable en las palabras de su guru y seguir sus órdenes o consejos ciegamente.

Cultivar la obediencia al maestro es cultivar la humildad y la gradual disminución del ego-individual. También es atizar el fuego de la fe. A este respecto, me gustó mucho la historia que cuenta Swami Chidanand Saraswati en su boletín de saludo por Guru Púrnima:

“Había un hombre que quería caminar sobre el agua. Le suplicó a su guru que le diera un mantra secreto o un don especial para que pudiera lograr esa proeza tan notable. El hombre era extremadamente pío y devoto y había estado al servicio de su guru por muchos años. Por ende, el guru le dio una hoja, doblada en sí misma muchas veces hasta quedar muy pequeña. Le dijo a su discípulo: ‘Dentro de esta hoja hay una fórmula secreta que te permitirá caminar en el agua. Sin embargo, no debes abrir la hoja porque la fórmula que hay dentro es secreta’. El hombre está de acuerdo, toma con cuidado la hoja doblada entre sus manos y comienza su camino a través del río.

Está caminando bien cuando, de repente, es asaltado por la curiosidad. ¿Qué será esta fórmula secreta? ¿Hay realmente un secreto dentro? ¿Será un polvo o una piedra o habrá un mantra sagrado impreso? ¿De dónde lo habrá sacado el guru? Sus dudas pueden con él y entonces lentamente comienza a abrir la hoja mientras camina, pero con cuidado, no vaya a ser que algo de la fórmula sagrada caiga al agua. Tan pronto como despliega el último trozo para descubrir el secreto, el discípulo se hunde en el agua y se ahoga. Dentro de la hoja estaba escrita una simple palabra: fe”.

Como explica Swami Chidananda, no fue la hoja ni un mantra secreto lo que produjo el milagro, sino la fuerza de la fe en el guru. Tan pronto como su fe titubeó y dio lugar a la duda, el discípulo perdió su vida.

Justamente, estos días leí una frase de Swami Premananda que viene el caso, donde simplemente da el siguiente consejo: “Piensa, ‘mi gurudev es un hombre muy poderoso y me apoya, nunca me hundiré'”.

Obviamente, tener fe total en el maestro es muy difícil. No es una cualidad que venga dada. De hecho, cualquier devoto tiene como uno de sus grandes anhelos el tener fe absoluta en el guru y, en general, realiza prácticas para fomentar dicha fe, pues lo normal es que nos dejemos enredar, una y otra vez, por nuestro ego y por el mundo material y caigamos en el desasosiego y en las dudas.

Para fomentar esa fe, entonces, lo que me parece importante es entender, al menos intelectualmente, que tener fe y seguir las enseñanzas y consejos del maestro es útil para el propio crecimiento espiritual. Ya que somos seres “racionales”, podemos empezar convenciendo a nuestra razón, por ejemplo: “si esta persona ha logrado el gran logro del auto-conocimiento; ha alcanzado la meta máxima de la vida humana; lleva su vida como un ejemplo para la humanidad; sus palabras me reconfortan y ayudan; he sentido en mi interior destellos de su grandeza, pues entonces le voy a intentar seguir e imitar”.

A partir de este proceso analítico lógico, es probable que uno pueda empezar a obedecer al guru sin poner tantas trabas racionales y, de esta forma, la propia fe se vaya acrecentando.

Como consecuencia, el estudiante recibirá la gracia del maestro de forma natural y, casi sin notarlo, su fe seguirá creciendo y, entonces, recibirá más certezas y como resultado su fe continuará ampliándose y cuanto más cerca sienta a su guru más fe tendrá y más cerca estará, curiosamente, de su propio guru interior.

Guru Pūrṇimā 2014 y la Śrī Guru Gītā

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Cada año, con la luna llena de julio (en realidad, del mes hindú de Āṣāḍha) todos los aspirantes espirituales nos ponemos muy contentos porque es el momento de celebrar Guru Pūrṇimā (Guru Púrnima), el día del maestro espiritual. Es un hecho conocido que (casi) nadie nace sabiendo y que para aprender cualquier materia de este mundo hace falta un guía. Por eso se dice que para todos los seres la madre es el primer guru; de la misma forma que al maestro de escuela se le considera un guru y también a aquel que nos enseña un oficio, a tocar un instrumento o a conducir.

Con este criterio, en Guru Pūrṇimā honramos a la(s) persona(s) que nos guía(n) en el camino espiritual, ofreciéndonos así el aprendizaje más valioso del mundo ya que nunca se pierde y porque nos lleva a la felicidad y al auto-conocimiento. Quienes tenemos la fortuna de tener un maestro espiritual, dedicamos ese día especialmente a él o ella; mientras que aquellas personas que no tienen un guru particular aprovechan para honrar a todos los maestros y a pedir, por qué no, por llegar a conocer a su guru en esta misma vida.

Aquí me parecen pertinentes las palabras del yogui Sri Dharma Mittra: “Excepto en el caso sumamente raro en que uno ya nace residiendo por completo en el corazón espiritual, generalmente como resultado de una intensa práctica espiritual en previas encarnaciones, un Guru es una necesidad absoluta“.

Efectivamente, para la tradición espiritual de la India, basada en la transmisión de conocimiento a través de la relación guru-discípulo, el Guru lo es todo. De hecho, como conté el año pasado por estas fechas, el guru se equipara a Dios.

Justamente sobre la naturaleza del guru, la forma correcta de adorarle, el poder de su gracia y la importancia de la relación guru-discípulo habla la Śrī Guru Gītā, un himno sánscrito cuyo título significa simplemente: “Canción del Guru”. La Guru Gītā es atribuida al sabio Vyāsa (el mismo que compuso el Mahābhārata) y se presenta como un diálogo entre el Señor Śiva (Shiva) y su esposa, la diosa Pārvatī (Párvati), que según la mayoría de entendidos aparece en el Skanda Pūraṇa.

Como pasa con muchos textos tradicionales, hay más de una versión de la Guru Gītā: algunos linajes hablan de 182 versos, otros de 216, otros de 352 estrofas y siempre habrá otras opciones, pero sea cual sea la versión elegida, ésta contendrá algunos mantras que destacan con luz propia como mantras independientes sobre el rol del guru (obviamente estos mantras también tienen sus pequeñas diferencias formales según la fuente).

Uno de ellos es el que quiero compartir hoy, en vísperas de Guru Pūrṇimā:

dhyānamūlaṁ gurumūrtiḥ pūjāmūlaṁ gurupadam /
mantramūlaṁ guruvākyaṁ mokṣamūlaṁ gurukṛpā //

Una traducción bastante literal sería:

La raíz de la meditación es la forma del maestro; la raíz de la adoración son los pies del maestro /
La raíz del mantra son las palabras del maestro; la raíz de la liberación es la gracia del maestro //

La palabra sánscrita mūla puede significar “raíz” y también “base, fuente, origen, causa”. Por tanto, uno puede intercambiar cualquiera de estos términos y el mantra seguirá teniendo un profundo sentido.

En su libro El juego de la conciencia, por ejemplo, el famoso Swami Muktananda explica que su “método de meditación” era meditar en el propio Guru, lo cual define como “el camino supremo” que da “el más grandioso de los frutos”. En la tradición espiritual se explica que imitar al propio guru tanto física, mental y espiritualmente es uno de los grandes secretos para que el estudiante llegue a su objetivo de ser auto-realizado.

Swami Muktananda junto a su guru, Bhagavan Nityananda.

La adoración a los pies del Guru puede ser simbólica, aunque en la tradición hindú es más bien literal y se explica en el hecho de que los pies son tradicionalmente considerados como un “terminal de poder y gracia espiritual”, como dice Georg Feuerstein en su libro La tradición del yoga. Asimismo, el hecho de postrarse a los pies del guru también expresa la auto-entrega por parte del devoto. Es decir, es la forma externa de demostrar su devoción y obediencia interna a las enseñanzas de ese maestro particular. Sin genuino respeto y adoración por el propio maestro, el aspirante, en general, no podrá tener esas cualidades esenciales con el resto del mundo.

Las palabras del maestro son sagradas. La tradición considera que incluso cuando el maestro dice algo que al discípulo le parece ilógico, es su deber seguir y obedecer lo que diga el guru. Evidentemente, un maestro genuino fomenta el sentido de la discriminación en sus estudiantes y los insta a reflexionar y analizar, pero también sabe que la mente tiene muchos trucos y que el laberinto intelectual no siempre tiene salida. Por tanto, si quiere avanzar realmente en el sendero, hay veces en que el estudiante simplemente debe tener fe inquebrantable en las palabras de su guru y seguir sus órdenes o consejos ciegamente.

La liberación o moka (moksha) implica salir de la rueda de muerte y nacimiento y estar libre de todo condicionamiento material; es decir, ser uno con la esencia universal que es la misma que la propia. Este maravilloso fenómeno ocurre, únicamente, con la gracia o kpā (kripa)del maestro. Es decir, uno tiene que hacer su parte, su práctica y su esfuerzo, pero para terminar el proceso de liberación total, siempre es necesaria esa gracia espiritual.

Este mantra que acabamos de ver se puede escuchar (en el minuto 2:05) en una hermosa canción de Krishna Das llamada Shiva Puja & Chant:

Este año 2014, Guru Pūrṇimā cae el sábado 12 de Julio. En nuestra familia haremos un par de festejos en Barcelona. Por un lado, por la mañana, mi esposa Hansika dará una clase especial de yoga, una práctica completa de dos horas con āsana, prāṇāyāma y meditación al estilo Dharma Yoga, en honor a nuestro maestro de yoga Sri Dharma Mittra. Si quieres unirte a las pocas plazas disponibles puedes ver detalles aquí.

Por la tarde, haremos una reunión espiritual en nombre del Centro Premananda de Barcelona para realizar una Guru Pāda Pūjā, es decir un ritual a los pies simbólicos del maestro que, en este caso, es nuestro guru Sri Swami Premananda. También habrá cantos y debate de temas espirituales. Es un evento abierto y gratuito en el que todos son bienvenidos. Detalles aquí.

Swami Premananda

De hecho, como suele pasar últimamente en el Sri Premananda Ashram, ha habido un milagro ante la proximidad de Guru Pūrṇimā: una vez más ha salido espontáneamente (el 4 de julio 2014) vibhuti de la estatua de Swami Premananda en el templo del Ashram. Una confirmación más de que el Guru está siempre presente. 

La estatua de Swami cubierta de ceniza sagrada.

Para acabar este post, quiero compartir estas recitaciones de la Guru Gītā en que aparece el mantra explicado más arriba, aunque es apenas un momento más en un largo himno de alabanza que es hermoso y muy meditativo.

La versión del linaje Siddha Yoga de Swami Muktananda:

La versión de la Misión de Amma:

¡Jai Guru!

Vida de un Yogui con Sri Dharma Mittra

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Estoy recién aterrizado en Barcelona después de una estadía de tres semanas en New York City, en donde estuve por motivos yóguicos. Quizás suene contradictorio que esta gran megalópolis, símbolo del capitalismo y del individualismo salvaje, pueda ser un lugar bueno para practicar yoga. Para algunos yoguis tradicionalistas lo peor que podía haberle sucedido a la sagrada ciencia del yoga fue pasar por Estados Unidos, donde se reconvirtió a una disciplina de moda, sin respeto a la tradición y alejada de la esencia espiritual hindú. Para consternación de esos yoguis, otras personas consideran que “la capital mundial del yoga” no está en Rishikesh ni en Mysore, sino en New York.

Yo no pretendo entrar en dicha discusión ahora ni darle una respuesta definitiva, pero sí quiero contar que en pleno Manhattan hay un yogui muy genuino, muy tradicional y, a la vez, adaptado a los tiempos modernos que puede guiar a cualquier aspirante en el camino del auto-conocimiento y la búsqueda espiritual. Su nombre es Sri Dharma Mittra y para poner una etiqueta que dé tranquilidad a la mente racional se le podría encuadrar dentro del Hatha-Rāja Yoga.

En 2011, cuando tuve la fortuna de conocerle personalmente, ya hablé un poco sobre él y su vida. Dharma Mittra nació en 1939 en Brasil y después de una juventud de búsqueda anhelante por Dios viajó, por consejo de su hermano menor, a New York en 1964 para conocer personalmente a un maestro de la India que, finalmente, se convertiría en su Guru: Swami Kailashananda Saraswati (también conocido como Yogi Gupta).

Este maestro fue, después de los famosos Swami Vivekananda y Paramahansa Yogananda, uno de los pioneros en traer la filosofía del yoga a Occidente, en este caso en los años ’50. De hecho, Yogi Gupta publicó en 1958 un muy buen libro llamado Yoga and long life que es un predecesor en temática y estilo, con fotos incluidas, de los famosos Luz sobre el Yoga de B.K.S. Iyengar, de 1966, y Asana Pranayama Mudra Bandha de Swami Satyananda Saraswati, de 1969.

Sri Dharma Mittra a los pies de su guru, Swami Kailashananda Saraswati.

Después de servir a su maestro y vivir en su ashram de Manhattan por diez años, Dharmaji recibió sus bendiciones para dejar la vida de retiro en 1975 y fue así como comenzó su carrera de instructor de yoga en la esfera pública. Desde entonces, su estilo, su forma de enseñar, su compromiso con la búsqueda de Dios y su ejemplo de vida han hecho de Dharma Mittra una leyenda del yoga, que a sus actuales 75 años brilla con luz propia, es decir, con la luz de la auto-realización.

Su amor por el yoga y su interés en ayudar a otros seres hace que, a su edad (y en gran estado de forma), Dharma enseñe en el Dharma Yoga Center cinco días a la semana a todo tipo de estudiantes, repitiendo una y otra vez los consejos y métodos que él mismo ha encontrado útiles y probados en el sendero hacia Dios. Pudiendo retirarse o vivir como un yoga-star de los que pululan en las redes sociales, Dharma elije el perfil bajo, la enseñanza tradicional y el propio ejemplo antes que el popular discurso místico.

Este deseo por difundir las enseñanzas del yoga llevó al Dharma Yoga Center a crear el programa de formación de profesores titulado “Vida de un Yogui” (Life of a Yogi, en inglés), pues el objetivo no es aprender solamente posturas, ajustes o nombres técnicos, sino encaminar o profundizar al estudiante en un modo de vida que implique la filosofía del yoga y lo lleve hacia el conocimiento del Ser.

Para esto, Dharmaji hace hincapié en los yamas y niyamas, las reglas éticas y las observancias para una vida correcta en sociedad y con uno mismo. El yama principal es ahimsā, “no-violencia”, lo cual implica, para empezar, una dieta vegetariana/vegana, pues “nuestra compasión debe extenderse más allá de nuestras mascotas”. La importancia que Dharma da a estas reglas se resume en una frase: “Sin yamas no hay yoga“.

Sri Dharma Mittra

Para Dharma, las posturas (āsana) son una herramienta para mantener el cuerpo sano y fuerte, para así poder avanzar en el sendero espiritual interior y, como explica la tradición, poder mantener el cuerpo en una posición sentada de meditación durante largos períodos. De hecho, las técnicas de concentración y visualización son muy importantes en las enseñanzas de Dharma, pues sólo una concentración prolongada se convierte en meditación.

En cuanto al aspecto físico, Dharma da mucha importancia a la relajación como proceso renovador y revitalizador. Una de sus frases clásicas es: “La relajación es el mejor antídoto para las impurezas“. Por eso, sus clases suelen ser exigentes físicamente pero no excesivamente dinámicas, dejando siempre breves momentos de relajación y haciendo hincapié en la relajación final, que no es sólo un trámite ni un momento para dormir, sino la oportunidad de recargar la energía.

Dharma es famoso por haber creado un poster con 908 posturas de yoga, algunas extremadamente difíciles, al punto de que él tuvo que ayunar por 30 días para hacer algunas de ellas. A pesar de ello, él explica que las posturas básicas son sólo ocho y que el resto son variaciones y, sobre todo en el caso de los estudiantes avanzados, desafíos para que la mente no se aburra y se disperse. De hecho, Dharma es un experto en el paro de cabeza, haciendo decenas de variaciones, incluyendo algunas sin manos, que seguramente es su postura más famosa.

Cualquier sitio es bueno para una postura invertida.

A nivel más filosófico, Dharmaji nunca olvida mencionar que la práctica de āsana debe ser ofrecida sin expectativas a Dios (o al Ser Supremo) de forma que no se trate de una actividad guiada por el ego sino que se hace “porque tiene que ser hecha”. Esta idea se relaciona con el camino del Karma Yoga, del servicio desinteresado, en que uno actúa sin esperar los frutos de sus actos. Obviamente, esta forma de vida no se limita a la esterilla sino a cada momento del día.

Otro pilar filosófico de Dharma es svādhyāya, el estudio de las Escrituras, los textos sagrados, como forma de darse cuenta y de entender, al menos intelectualmente, que uno no es el ego individual, sino que es una porción del Ser Universal. Dharma dice que “creer no es suficiente” y que uno debe experimentar y conocer esa verdad y, para eso, la lectura de textos como los Yoga Sūtras, la Bhagavad Gītā y la Hatha Yoga Pradīpikā es esencial.

En cuanto a sus clases, Dharma fomenta la “mente colectiva”, es decir el movimiento grupal coordinado para poner la atención colectiva en una misma sintonía. Es increíble lo poderosa que puede ser una clase cuando la energía de todos los estudiantes están dirigidas al mismo punto, actuando en conjunto y armonía, y no con cada persona en su mundo.

De hecho, a diferencia de otros estilos, Dharma alienta mirar al estudiante del costado para copiar sus trucos y aprender a mejorar la propia postura. Esta “comparación” es siempre impulsada desde la compasión y no desde la envidia. De hecho, Dharma recomienda que al ver a otra persona que hace una postura que no nos sale, “nos imaginemos que somos esa persona” y disfrutemos a través de ella.

Como Dharma es tan fiel a su guru y logró su rápida evolución espiritual obedeciéndole al pie de letra, él insta a los estudiantes a que obedezcan y respeten al maestro; no a él, sino a la figura del maestro, sea quien sea, como forma de fomentar la humildad y la disciplina en el estudiante. Él explica que, incluso si un profesor está enseñando en clase una postura que nos parece errada, por respeto uno debería obedecer y mantenerla. Como siempre, primero va ahimsā, la compasión, y después nuestro interés personal.

Clase Junio 2014 del LOAY 200h, con Dharmaji en el medio.

Este resumen es escueto y es para dar una idea general de lo mucho que disfruté y aproveché con el curso de formación de 200h de Vida de un Yogui. En realidad, el curso sigue porque para estar certificado en Dharma Yoga hay que tomar ciertas clases específicas, hacer una auto-práctica regular, escribir un par de textos, hacer servicio al maestro y también dar varias clases. De hecho, si estás en Barcelona y te interesa tomar clases de Dharma Yoga conmigo puedes mirar los horarios aquí.

Asimismo, si te interesa disfrutar de una práctica completa de Dharma Yoga, Hansika Yoga dará una sesión especial de 2 horas el sábado 12 de julio (11h). Detalles del evento aquí.

En las próximas semanas espero publicar más información sobre Sri Dharma Mittra y su estilo de yoga que, como digo, es muy tradicional y genuino pero adaptado a nuestros tiempos.

Mientras tanto, con mucha gratitud (a la vida, a Dios, a mi esposa Hansika, a mi hija, a mis suegros y a mis amigos Ale, Jenny y Gaetan) por la oportunidad que tuve de pasar esos días en compañía de Dharmaji, me despido con su frase de cabecera: “Sé receptivo a la gracia de Dios”.

Swami Premananda y cómo ver a Dios

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Estoy de viaje y, por unos días, no tendré tiempo para sentarme a escribir un largo post ni a investigar temas nuevos. Aprovechando la coyuntura, he pensado que los lectores podrían beneficiarse si publico la respuesta de Swami Premananda a, ni más ni menos, la pregunta “¿cómo hacer para ver a Dios?”. Es decir, no nos estamos con rodeos y vamos directo a la pregunta esencial.

No sé si se han hecho esta pregunta alguna vez y no sé si están interesados en “ver a Dios”. Yo sí, y me imagino que cualquier persona que uno pregunte por la calle, creyente o no, también tendría cierta curiosidad. Otra cosa es que esté dispuesta a seguir el método que propone Swamiji que, en este caso, hace énfasis en la auto-indagación y en el proceso de discernimiento entre lo permanente y lo temporario.

Swami es un guru que fomenta los senderos espirituales de la devoción (Bhakti Yoga) y del servicio desinteresado (Karma Yoga), aunque en esta enseñanza nos habla, más bien, del llamado sendero del conocimiento (Jñana Yoga). Si bien este sendero es considerado dificultoso por ser más abstracto que los otros dos y, como tal, se postula como el camino más adecuado para quienes tienen una personalidad “intelectual o racional”, en este discurso Swami también da consejos prácticos que, creo, todos podemos aprovechar.

A continuación publico un fragmento de su respuesta (el discurso completo puede leerse en la edición de abril 2014 de la revista Prema Ananda Vahini, aquí), cuyo final a modo de decálogo espiritual me parece especialmente útil.

Dice Swami:

“Cuando te respondo, estoy seguro de mi respuesta porque siento, tengo la experiencia y entiendo completamente lo que preguntas. Yo no saco mis respuestas de libros ni de Escrituras. Te respondo con el verdadero y supremo deleite de la experiencia espiritual. Pero el oír palabras de mí no es suficiente para ti. Ten paciencia. Siéntate a pensar sobre todo esto por ti mismo. ¡El pensar tampoco es suficiente! Estudia profundamente el significado de mi consejo. No te detengas allí. Disfruta el beneficio de tu auto-indagación. El punto final es ser gozoso y verdaderamente feliz en tu vida.

¡Disipa la oscuridad que hay dentro de ti y tórnate brillante y luminoso! ¡Sé consciente de lo eterno! Aun eso no es suficiente.

Evoluciona y madura lo bastante como para lograr la liberación. ¡Tienes que convertirte en sabiduría pura!

La primera y más importante etapa es hacer germinar el pensamiento y la vigorosa voluntad de alcanzar un elevado estado espiritual. Ese fuerte deseo debe estar presente en ti.

El conocimiento libresco, las Escrituras y las opiniones de diversos santos ciertamente no son suficientes para ti. Discierne profundamente en lo recóndito de tu propia conciencia. Entra a lo profundo de tu corazón. Cava hondo, muy hondo en tu Ser y allí experimentarás la gracia de Dios.

Descubre qué es perdurable y controla el cuerpo para que se ajuste a lo real y a lo espiritual.

Aquieta la mente y llévala a un punto. Es fácil encontrar el camino, pero realmente practicar espiritualidad es lo de mayor importancia. ¿Dónde está el sendero? No está en ningún sitio específico. Está dentro de tu conciencia.

Para recorrer el sendero con seguridad y seguir sus carteles indicadores es necesario cultivar refinamiento de pensamiento. Ilumina tus procesos de pensamiento con la luz del sol espiritual…

Haz tus pensamientos supremamente puros y cristalinos.

Sé muy, muy paciente.

Controla tu mente con firmeza pero delicadamente.

Sé silencioso interiormente.

Reduce el número de tus pensamientos.

Elimina todas las ideas innecesarias.

Trae la gracia divina más y más cerca de tu conciencia.

Contempla eso.

Siente que todo lo que has visto con tus defectuosos ojos físicos no es significativo.

Pon OM en tu mente iluminada.

Oye el canto de la Divinidad con tus oídos internos.

Trae la luz a tus ojos.

Habiendo controlado la mente, ¡hazla divina!

Trae a Dios a la mente purificada y clarificada.

¡Haz todo esto y verás a Dios!”.

Segundo Encuentro de Hindúes de España

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Los días 7 y 8 de junio de 2014 se celebró el 2º Encuentro de Hindúes de España. El año pasado ya hablé del histórico 1er Encuentro de Hindúes y estoy muy honrado por haber sido invitado a ambos eventos. Como el año pasado, el Encuentro tuvo lugar en Madrid, específicamente en el Jhulelal Mandir, un templo hindú que dirige Lal Chandnani y que cedió sus instalaciones desinteresadamente y con toda generosidad, al punto de que la esposa del señor Lal quiso cocinar espontáneamente para los asistentes un plato tradicional hindú (que estaba delicioso).

Una vez más, el encuentro fue organizado por el sacerdote hindú Juan Carlos Ramchandani (Krishna Kripa Dasa), que es un incansable difusor del hinduismo y que por ser hijo de padre indio y madre española representa muy bien este maridaje entre dos culturas. Ser hindú no implica, necesariamente, ser indio o nacido en la India. En España (y también en el resto del mundo) hay varios miles de personas que, sin tener sangre india, se consideran hindúes por el hecho de seguir la filosofía, la moral y las enseñanzas del hinduismo.

Cartel promocional del Encuentro, creado por artista y devoto Hari Das.

Justamente el debate sobre “qué es ser hindú” fue uno de los temas imprescindibles que se trató en el Encuentro y todos estuvieron de acuerdo en que, aunque el hinduismo proviene y está enraizado en la India, muchas personas occidentales siguen actualmente con seriedad ese camino espiritual, por lo cual es necesario distinguir entre hindú o hinduista (seguidor del hinduismo) e indio (habitante de la India, que incluye hindúes pero también musulmanes, cristianos, jainistas…).

Como ésta hubo otras mesas redondas con temas muy actuales y atrapantes como la aparente dicotomía “entre tradición y modernidad” o la situación del yoga en la actualidad, sobre todo en relación a la tradición original. Dichas mesas estuvieron compuesta por personas destacadas, pertenecientes a varias corrientes dentro del hinduismo, por ejemplo: Swami Satyānanda Saraswatī, Omkar Acharya, Javier Ruiz Calderón, Oscar Montero y Álvaro Enterría. También asistieron un total de veinticinco representantes de varias asociaciones llegados de Barcelona, Valencia, Bilbao, Ceuta y del propio Madrid.

Un momento del Encuentro, con el altar del templo al fondo y algunos de los asistentes escuchando con atención.

El hinduismo se caracteriza por admitir en su seno —donde conviven en paz— muchas corrientes distintas, con diferentes concepciones y prácticas pero con visiones convergentes. Esto es lo que se suele resumir como “unidad en la diversidad”, ya que se entiende que todas las escuelas y personas no son otra cosa que diferentes manifestaciones de una esencia compartida. En esta línea, el hinduismo también admite plenamente la validez de las demás grandes religiones como caminos para acercarse a la última realidad o Dios.

Siguiendo este criterio de diversidad, en el encuentro se expusieron cinco ponencias sobre temas muy variados, como la tradición del vaishnavismo gaudiya de Śrī Caitanya Mahāprabhu (Shri Chaitanya Maháprabhu); la historia del sabio y deidad Dattātreya y su linaje de avadhūtas, es decir santos extáticos que están más allá de cualquier norma social; una charla sobre cómo ven los hindúes indios a los hindúes de España; una introducción de nociones prácticas de lengua sánscrita; y una charla sobre el origen y las enseñanzas de la Kumbha Mela, que tuve el honor de dar.

Por otro lado, uno de los temas de debate fue la formación de la federación de entidades y organizaciones religiosas hindúes que se encuentra en estado muy avanzado. Entre los objetivos de dicha federación figuran:

-Obtener el reconocimiento oficial del hinduismo por el gobierno español, junto con el certificado de “notorio arraigo”.

-Ser un punto de encuentro entre los hindúes asiáticos y los españoles.

-Promover una visión correcta sin distorsiones ni prejuicios del hinduismo.

-Crear una plataforma de trabajo común sobre diversos temas relacionados con el hinduismo.

- La publicación de una revista con artículos de expertos dedicada a un público con poco o medio conocimiento de la espiritualidad hindú.

- Fomentar el dialogo intrarreligioso entre las diferentes escuelas del hinduismo, y el diálogo interreligioso con otras confesiones.

En lo personal estoy muy contento con el Encuentro. Aparte de haber tenido el honor de ser invitado a participar y, además, a hablar de la Kumbha Mela ante un público tan distinguido, para mí ha sido muy enriquecedor, tanto a nivel intelectual como espiritual. Ha habido debates muy nutritivos para el intelecto, con mucha información y conocimiento útiles para abordar posibles dudas y preguntas en un tema tan profundo e inabarcable como el hinduismo, a la vez que he recibido mucha inspiración para mi propia práctica espiritual.

Una foto “aérea” que tomé personalmente con la mayoría de asistentes al Encuentro.

Lo mejor, sin duda, ha sido la reunión con otros devotos y el estímulo que ese encuentro me genera para seguir en el camino espiritual con anhelos renovados. Espero con entusiasmo el Encuentro del año próximo.

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