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Swami Vivekananda, monje errante

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Mi nombre, Naren, es hindú, una contracción de Narendra (o Narendranath) que tiene su raíz en dos palabras sánscritas: Naran, que significa “hombre”, e Indra, “el Rey de los dioses” en la mitología hindú.

De esta forma, el nombre Narendra quiere decir “el señor de los hombres” o “rey entre los hombres”.

Sin embargo, y para mi tranquilidad, no fue por ese significado ampuloso que dicho nombre me fue dado por mis padres. En realidad, el motivo fundamental fue que Narendra era el nombre de nacimiento de un gran santo de la India del siglo XIX, conocido tanto en Oriente como en Occidente: Swami Vivekananda.

Historia

Si bien su estadía en este mundo fue más bien breve – sólo treinta nueve años (1863-1902) – Swami Vivekananda tuvo una vida llena de intensidad espiritual que lo convirtió en protagonista de innumerables eventos, algunos de ellos fundamentales para la historia espiritual de la India, e incluso el mundo.

Como digo, la vida de Vivekananda, tanto en el ámbito público como en el privado, y su influencia espiritual, es tan vasta que yo soy incapaz de resumirlo en una entrega de este blog. No sólo por su prolífica existencia, sino porque yo no puedo presumir de conocer cada detalle de la misma (para información relacionada ver el antiguo post “Hermanos y madres”)

Sin embargo, hay un evento cardinal en la vida del Swami que es importante destacar y es el encuentro con quien se convertiría en su Gurú, su maestro espiritual: el gran santo bengalí Sri Ramakrishna Paramahansa, considerado por muchos como una encarnación de Dios en la Tierra, de la misma dimensión que Jesucristo.

De esta forma, fue bajo la amorosa tutela de Sri Ramakrishna que Narendranath Dotta (luego conocido mundialmente como Swami Vivekananda), encauzó su tendencia innata de liderazgo, sus elevados conocimientos filosóficos y su profundo anhelo espiritual, hacia la búsqueda de Dios y el servicio a la humanidad.

Lleno de preguntas y dudas, Vivekananda llegó a quien sería su maestro a la edad de dieciocho años, y le inquirió directamente, “Señor, ¿Usted ha visto a Dios?”. La respuesta de Sri Ramakrishna fue una revelación, “Sí, he visto a Dios. Lo vi más tangiblemente de lo que te estoy viendo a ti”.

A partir de entonces, y pasando varias vicisitudes, el joven Narendra no se separó más de su maestro hasta el día de su mahasamadhi, es decir el abandono consciente del cuerpo físico, en 1886.

Entre las palabras dichas por Sri Ramakrishna en sus últimas horas, se registran repetidas indicaciones para Narendra, instándolo a “cuidar de los demás jóvenes discípulos” y “no dejarlos volver a su casa”. Esto se debe a que en sus pocos años de enseñanza pública, Sri Ramakrishna había recibido miles de personas, pero sólo unos pocos jóvenes discípulos habían sido entrenados para la vida monástica bajo los preceptos de “renunciación y discernimiento”.

Ahora, era Narendra el encargado de que la obra de su maestro se mantuviera viva y en pie.

Errante

Los jóvenes que Sri Ramakrishna había preparado para la vida monástica eran diecisiete discípulos que se convirtieron en un ejemplo vivo de las enseñanzas espirituales de su maestro. Sin embargo, después de la muerte del maestro no fue fácil para estos jóvenes permanecer unidos, ya que vivían en una ruinosa casa cerca de Calcuta y tenían problemas para solventar las necesidades básicas de comida y ropa.

En realidad, no fue la escasez material, que de alguna forma siempre era solucionada, sino la ausencia física de Sri Ramakrishna lo que llevó a muchos de estos jóvenes a salir en peregrinación hacia lugares sagrados del país, como una forma de buscar consuelo, y también siguiendo la tradición monástica de la India conocida como parivrâjaka, consistente en errar de un sitio sagrado a otro, en busca de la Verdad.

En su caso, Narendra también salió en peregrinaje en repetidas ocasiones, pero sus obligaciones para con sus jóvenes condiscípulos lo llevaban una y otra vez de regreso, coartando así su deseo de recorrer toda la India. Finalmente, en 1890, partió una vez más con la firme intención de no regresar hasta alcanzar el más elevado Conocimiento. Como un monje mendicante, con otro nombre para no ser reconocido, viviendo de limosnas y con apenas lo necesario, Narendra se dirigió, como primer destino, hacia los Himalayas, con la intención de sumergirse en meditación.

A pesar de la intención inicial de Narendra por alejarse de la luz pública, su destino en esta vida no era el de un contemplativo meditador en una cueva. Es más, sus peregrinajes estuvieron plagados de vicisitudes, enfermedades, altibajos y experiencias místicas profundas. Como monje mendicante, recorrió la India a lo largo y a lo ancho, enseñando y aprendiendo, conociendo la esencia de una tierra inmensa y multiforme.

Cuando regresó de su larga peregrinación, él ya no era Narendra, sino Swami Vivekananda, el santo filósofo que dio a conocer el Hinduismo en Occidente.

Kanyakumari

Durantes esos años como monje errante, Swami Vivekananda recorrió todo el país desde el norte hacia el sur, hasta llegar a la ciudad de Kanyakumari, el punto más sur de la India, del cual hablé en detalle en el post Kanyakumari, la huella del sur.

Cuando el Swami llegó a Kanyakumari traía consigo una disyuntiva sobre el rol del sannyasin, el renunciante, con respecto al mundo y su habitantes. ¿Era suficiente recluirse en meditación y cumplir con la propia misión individual de encontrar a Dios? ¿Qué sentido tenía la vida de tantos monjes y renunciantes que no salían a la calle para ayudar a la humanidad?

Vivekananda ya había encontrado a Dios, era un santo iluminado. Él mismo había querido, sin éxito, recluirse en los Himalayas y gozar en solitario de la dicha Divina. Sin embargo, las intenciones de su maestro de crear una unidad formal de discípulos que ayudaran al ser humano, espiritual y caritativamente, estaban aún frescas en su mente.

Durante su peregrinaje, Vivekananda había descubierto la verdadera India, con sus virtudes y defectos, y se dio cuenta de que dicha tierra no había perdido su espiritualidad. El problema, en todo caso, era que las personas espirituales, por lo general, se mantenían alejadas del mundo y, por ende, la mayoría de los seres humanos desconocían el verdadero significado de la espiritualidad, adhiriéndose más bien a la superstición y al sistema de castas.

Por lo tanto, la intención de Vivekananda era reavivar la llama de la espiritualidad en la India, a través de enseñanzas espirituales, claro, pero también por medio del servicio desinteresado y caritativo, pues las necesidades materiales del país también eran grandes y como decía Sri Ramakrishna, “no se puede dar espiritualidad a los estómagos vacíos”.

Para emprender una tarea semejante, que a la sazón traería un nuevo impulso espiritual a toda la India, hacían falta monjes dispuestos a dar el ejemplo con su propia vida. Justamente, y no por casualidad, Sri Ramakrishna había dejado como uno de sus grandes legados, diecisiete jóvenes renunciantes dispuestos a seguir las enseñanzas de su maestro y la inmaculada guía de su hermano monje, Vivekananda.

Roca

Si bien todos estos pensamientos estuvieron viajando con el Swami durante sus incesantes periplos por la India, sólo encontraron una salida iluminadora cuando él llegó a Kanyakumari, a pie, en la víspera de la Navidad de 1892.

Allí, junto a la costa, habiendo completado su extraordinario viaje, en el sitio sagrado donde se fusionan los tres mares (Arábigo, Bahía de Bengala y Océano Índico), Vivekananda fijó su mirada en la gran roca que sobresale del agua, a unos doscientos metros de la orilla. Sin pensarlo, se lanzó al agua, que se dice estaba colmada de tiburones, y nadó por el bravío mar hasta llegar a sentarse en el islote, en meditación, durante dos días.

Fue allí, en ese elevado estado meditativo, que el Swami llegó a la conclusión de que se necesitaba, para el bien de la humanidad, poner en acción toda la energía espiritual legada por Sri Ramakrishna, a través de sus discípulos monásticos. No sólo con lecturas de las Escrituras sino ayudando a las personas con cuestiones materiales básicas como educación, salud y alimento.

En dicha roca, muchos años después, en 1970, se construyó el Memorial Vivekananda, como homenaje a uno de los hombres santos que había contribuido al renovado auge espiritual de la India a fines del siglo XIX. Allí mismo, también se encuentra el Sri Pada Mandapam, templo dedicado a la Madre Divina en su aspecto de la diosa virgen, Kanya Kumari.

Por estos dos motivos, nos embarcamos, junto a Nuria, en el ferry que nos depositaría en la Roca de Vivekananda; un ferry que demora apenas cinco minutos en llegar a destino, pero cuyo proceso de embarque es largo.

Debido a su doble condición de lugar turístico y de peregrinaje, Kanyakumari siempre tiene visitantes, sobre todo de origen indio. La cola para subir al ferry fue, en nuestro caso, de más de media hora a la ida y de otro tanto al regresar. Pensándolo bien, quizás no es tanta espera comparada con la cola para entrar a algunos museos europeos, por ejemplo. De todos modos, la espera parece larga cuando el paseo en ferry es tan breve.

Meditación

Una vez abandonado el barco, ya con los pies descalzos, dimos un paseo por la gran roca y luego de visitar el templo que contiene la huella de la diosa que da nombre a la ciudad, entramos al Memorial de Vivekananda. Como corresponde, es un edificio austero aunque espacioso, con una hermosa estatua del Swami.

Debajo del Memorial se encuentra la sala de meditación, una habitación silenciosa, donde uno tiene la oportunidad de emular a Vivekananda y disfrutar de un momento de contemplación sobre la roca, aunque por lo general no tenga una duración de dos días, ni venga acompañado de una epifanía.

De hecho, aquella meditación del Swami en Kanyakumari puso fin a sus días como monje errante, a la vez que fue el punto de inflexión para organizar de manera formal la Orden monástica que Sri Ramakrishna había ya delineado. Algunos años más tarde, en 1897, Swami Vivekananda fundaría, inspirada en los ideales de su maestro, la Misión Ramakrishna, conocida en todo el mundo, en la que monjes de la Orden y personas laicas cooperan para realizar diversos tipos de servicio social como parte de su práctica espiritual.

Asimismo, la imagen de Vivekananda inspiró a miles de personas en la India y el mundo. De hecho, en Kanyakumari se encuentra Vivekanandapuram, “una misión de servicio espiritualmente orientada”. Su fundación fue en 1972, y su fundador fue Eknath Ranade, también impulsor del Memorial en la roca dos años antes. Esta misión creada bajo el nombre de Vivekananda se centra en el principio de “Servicio al hombre es adoración a Dios”.

Además de su servicio social y espiritual, este complejo tiene un hermoso y amplio terreno que también linda con el mar. Su playa es un punto privilegiado para ver el amanecer; por alguna confusión, nosotros fuimos al atardecer, y apenas percibimos como el sol se escondía detrás del pueblo…

De todas formas, lo que sí pudimos ver fue el samadhi (la tumba) del fundador, Eknath Ranade, junto a una gran estatua de Vivekananda, todo en un bello jardín al aire libre y con vibración de paz.

Chicago

Por otra parte, aquella meditación en la roca también fue el click para que el Swami se decidiera a viajar al primer “Parlamento Mundial de las Religiones” que tendría lugar en Chicago en el año 1893. Dicho encuentro es considerado el nacimiento formal del diálogo interreligioso en el mundo, ya que se reunieron representantes de las tradiciones espirituales, tanto de Oriente como de Occidente.

El primer día del Parlamento, el Swami dio su primer discurso titulado “Respuesta a la bienvenida” que comenzó con una apertura en apariencia simple “Hermanas y Hermanos de América…”. Luego de lo cual hubo una ovación unánime de dos minutos (según la fuente que se consulte también pudieron ser tres minutos, pero eso no es relevante). Lo que sí es relevante es como una frase tan simple y hasta trillada causó tal efecto.

Para entenderlo mejor, hay que tener en cuenta que estamos hablando de un hecho sucedido hace ciento veinte años, que, además, tuvo como protagonista un representante del Hinduismo, una religión considerada, en el mejor de los casos, como exótica.

Cuando el Swami oriundo de la India, con su clásico turbante, hizo en público esta declaración tan básica para el Hinduismo (como para cualquier religión verdadera), es decir, el reconocimiento de la hermandad esencial de todos los seres, evidentemente tocó la fibra sensible de la audiencia y dio ejemplo empírico de cómo deber ser el diálogo entre las diferentes creencias espirituales.

En virtud de su oratoria, su carismática personalidad y sus clarísimos argumentos filosóficos, el Swami se convirtió en la figura central del Parlamento, lo cual fue continuado por tres ininterrumpidos años de charlas y conferencias en Occidente. Su rol como difusor de la filosofía Vedanta (grupo de principios espirituales para la vida, considerados eternos, que guían al hombre hacia el objetivo principal que es la auto-realización, o la realización que la naturaleza humana es, en realidad, Divina) fue clave.

Esta es la principal razón por la cual se considera a Swami Vivekananda como el introductor de la filosofía espiritual de la India en el mundo occidental.

A partir de entonces, muchas de las malinterpretaciones y confusiones sobre la India fueron clarificadas, ya que si ese país podía producir un hombre como Vivekananda, entonces debía ser muy rico espiritual y culturalmente.

Hermandad

Sentado en meditación en la gran roca-islote de Kanyakumari es inevitable pensar en aquel Swami que, ciento veinte años atrás, recorrió la India de punta a punta para sentarse en ese mismo sitio a sopesar el futuro espiritual de la India y del mundo.

En aquel histórico discurso inaugural de Chicago, Vivekananda dijo, “El sectarismo, la intolerancia y su horrible descendiente, el fanatismo, se han apoderado desde hace mucho tiempo de este hermoso planeta… pero su hora se aproxima y espero fervorosamente que la campana que ha repicado en honor de esta convención, sea el tañido fúnebre por la muerte de todo fanatismo, de todas las persecuciones…y de todos los sentimientos poco caritativos entre personas que siguen su camino hacia el mismo fin”.

Nosotros, que a día de hoy vemos con tristeza como el deseo del Swami todavía no se ha concretado, seguramente podemos hacer algo para ayudar, si es que creemos en esa frase tan aplaudida sobre la hermandad de todos. Una frase que tantos años después suena trillada, pero que en sí misma encierra el motivo de la intolerancia, y el secreto para su erradicación.

Ojalá, de Swami Vivekananda yo no tenga sólo el nombre, y también pueda poseer una pizca de su valor y de su rectitud para entenderse con el mundo y sus habitantes.

Imágenes:

wikimedia-org

writespirit.net

flickr.com

fraternidadmasonica.com

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  1. ¡Qué bueno volver a leerte y conocer un poco más de tanta historia por detrás de tu nombre!
    Cariños desde La Docta, como siempre.
    Mar

    Responder
  2. carlos lopez ruiz

    Buenas Noches, estoy haciendo un trabajo sobre Swami Vivekananda, demasiada informacion por internet, he leido tu articulo, y me ha encantado, sobre todo porque como el swami, lo has vivido y experimentado. Muchas Gracias.

    Responder

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