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Peregrinaje, un viaje espiritual

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Como he anticipado en el breve post de emergencia que apareció la semana pasada, en estos momentos estoy en la sagrada tierra de la India. Para satisfacer la demanda de varios lectores que, no exentos de reproche, me han expresado más de una vez su confusión con mi paradero, he decidido actualizar este diario de viaje desde el mismo lugar de los hechos, al menos por las siguientes dos semanas, fecha en que regresaré a Argentina.

Vicisitudes

Nadie dice que las bendiciones de Ganesha no estuvieran presentes en el comienzo del largo viaje que une Argentina con la India; lo que sucede es que probablemente no estuvieran presentes en la forma en que uno esperaba.

Las vicisitudes no tienen que ver directamente con la India en sí misma, ya que los problemas en viaje son comunes a todas las destinaciones, pero quizás sí sea un aperitivo de lo que uno, ineludiblemente vive en la India, como objetivo de peregrinaje.

Para empezar, el autobús desde Villa de las Rosas salió con una hora y media de retraso debido a un temporal, lo cual nos hizo llegar a Retiro, en Buenos Aires, con el tiempo justo para unirnos a las otras personas de nuestro grupo, haciendo un total de doce viajeros.

En el check-in del aeropuerto de Ezeiza (con TAM) hubo confusión de apellidos y las tarjetas de embarque fueron dadas de manera incorrecta, lo cual notamos más tarde. Esto se debe a que además de Nuria y yo, también viajaban mi padre y mi tío con el mismo apellido. A fin de cuentas, esto no nos trajo serios problemas prácticos, más allá de la intranquilidad mental.

El corto vuelo hasta Sao Paulo, Brasil, fue turbulento y el aterrizaje bastante brusco. Otra vez con el tiempo justo llegamos a la conexión de British Airways y nos embarcamos con destino a London. La prisa fue vana, pues una vez dentro del avión, tuvimos que esperar una hora por un problema con el medidor de combustible, y luego otra hora, hasta que la torre de control le diera un nuevo turno de despegue a nuestro vuelo. De esta forma, salimos con dos horas de retraso y sólo logramos recuperar una en el trayecto, por lo que llegamos a London con apenas una hora de tiempo para tomar la siguiente conexión, que como ven era muy ajustada.

No es que yo conozca todos los aeropuertos del mundo, pero sin duda el aeropuerto internacional de Heathrow, en London, es de los más grandes del planeta. En vistas de la situación de retraso, nuestra intención fue salir del avión lo más rápido posible. Además de gigante, el aeropuerto de Heathrow es especialmente puntilloso con las cuestiones de seguridad, por lo que tener prisa allí no es una virtud.

De todos modos, el primer obstáculo fue sobrepasar la cola de personas que esperaban por el primer control de seguridad, y que nos reclamaban en diversos idiomas “respetar la fila”. A toda carrera mi respuesta era siempre la misma, “perdemos la conexión”.

Fue así que pasamos el primer control, un perrito que olfateaba nuestros bolsos de mano en busca de algo sospechoso.

Separación

El siguiente paso era descifrar que rumbo seguir en tanta inmensidad. Hay que decir que los carteles de señalización son generalmente correctos, por lo que el problema mayor no era tanto saber hacia dónde ir, sino recorrer dichas distancias. Para este fin, tuvimos que subir y bajar diferentes escaleras, pasar por varios pasillos y recorrer amplias galerías, y también tomar un tren subterráneo que unía una parte de la Terminal 5 con otra (y digamos que, por fortuna, estábamos siempre en la misma terminal…).

Después de esto, tuvimos que pasar por una especie de fugaz check-in, aunque nuestras tarjetas de embarque ya las traíamos desde Brasil; y por supuesto, un nuevo control de seguridad, incluyendo quitarse el calzado. Luego, yo hice una gran carrera hasta la puerta de embarque correspondiente, con la idea de que “si llega uno, llegamos todos”.

Detrás de mí, llegaron Nuria, mis tíos y otro amigo, pero aún faltaban siete personas del grupo. En el afán de llegar a tiempo, el grupo adelantado había dejado atrás a los demás. Aparte de la velocidad de cada uno, había factores, como aquel tren interno que unía las terminales y que a veces había que esperar, que nos habían separado.

Entonces, los cinco sobrevivientes dijimos y repetimos que ya llegaban los demás, e intentamos mediar a su favor. Sin saberlo, al hacer aquel veloz check-in a la carrera, nosotros ya contábamos como embarcados y no se irían sin nosotros, pero los que venían detrás nunca pudieron pasar aquella frontera. Ingenuamente, creíamos que con la llegada de uno sólo de los miembros hasta la puerta del avión, sería suficiente para detener la partida.

A este respecto, el personal de la aerolínea fue muy claro y hasta conminatorio, o bien subíamos al avión ya mismo o nos dejaban en tierra, con el agravante de que perdíamos nuestros billetes. Las siete personas que quedaban atrás, sí que serían re-ubicadas por la empresa para el siguiente vuelo, pero nosotros ya habíamos pasado el control de embarque, y estábamos entre la espada y la pared.

Al viajar como grupo, nos parecía mal separarnos y, en mi caso personal, yo no quería dejar atrás a mi papá. Sin embargo, la idea de pagar un nuevo billete no era muy atractiva, por lo que subimos con mucha reticencia al avión, todavía en medio de acaloradas discusiones con el personal de British.

Fiel a su tradición inglesa, el avión levantó vuelo con puntualidad y nos separó, al menos por algunas horas, del resto del grupo.

Reencuentro

Si hubiera escrito esta crónica el día después de los hechos, seguramente hubiera aprovechado para expresar todas mis opiniones, no gentiles, sobre el servicio de British Airways. Pero como ya pasaron unos días, me concentraré en la trama principal, y en cómo se resolvió la llegada a la India.

Por nuestra parte, llegamos a Chennai en horario (1am) y supimos que el otro grupo estaba en viaje a otra ciudad de la India, Bangalore, desde donde conectarían con Chennai, para llegar a las 9am.

Por otro lado, en el avión mismo nos habían asegurado que nuestras maletas no habían sido cargadas debido a la falta de tiempo para la conexión en London; por lo tanto, fue una sorpresa grata ver que varias de nuestras maletas aparecían en la cinta giratoria. De todos modos, las maletas de mis tíos no llegaron y, en cambio, sí estaba la de mi padre, uno de los rezagados.

Después de reclamar las maletas faltantes, esperar nuestro taxi y divagar perdidos por distintos barrios de Chennai, llegamos al hotel a las 4am. A las 7am nos levantamos para ir al aeropuerto en busca de los demás, que finalmente llegaron atrasados, pero al menos llegaron.

Una vez todos juntos, y después de tres noches durmiendo en posición no-horizontal, regresamos al hotel para que la mayoría se duchara y se preparara para salir, recién entonces, a ver la India.

Definición

Como dije más arriba, todos los inconvenientes antes citados no son exclusivos de viajar a la India, ya que pueden suceder con cualquier destino, y en cualquier tipo de viaje, ya sea de trabajo, de bodas o de mero turismo. Sin embargo, teniendo en cuenta que nuestro viaje a la India tiene un propósito espiritual, es de esperar que haya situaciones que nos hagan poner en práctica ciertas cualidades (muchas de ellas aún sin desarrollar) que son fundamentales en la vida espiritual.

En estos días, en una vieja revista del Sri Premananda Ashram (cuando la revista todavía se llamaba “Prema Shakti”, en lugar de “Prema Ananda Vahini”), he encontrado un artículo dedicado al tema del peregrinaje.

Uno de sus fragmentos dice (en revista “Prema Shakti”, Mayo 1999):

“Hay una búsqueda eterna en el hombre. Él busca quién es y de dónde viene. De hecho, el hombre está en un eterno peregrinaje en busca de Dios…

El peregrinaje es la prueba del alma, que se limpia y purifica para estar lista para encontrar a Dios. Dios, o el contacto con una realidad superior, es siempre la meta sagrada del peregrino.

Si empiezas un peregrinaje con corazón puro y una actitud de auto-entrega a lo que sea que suceda en el camino, puedes estar seguro de que esta experiencia te llevará en contacto cercano con lo Divino”.

Experiencia

En la misma revista, Swami Premananda habla del tema y dice:

“Muchas personas malentienden el valor del peregrinaje. Un peregrinaje no es un viaje ordinario. No es un viaje mundano. Es un viaje espiritual…

Vamos en peregrinaje para purificarnos y recibir la energía sagrada de un lugar santo. Puede ser la vibración de un río, de una montaña o de un templo. Con frecuencia notaréis que hubo santos que vivieron en dichos lugares, o que sus samadhis (tumbas) están allí.

Las vibraciones espirituales de las personas santas son muy poderosas, y los peregrinos que visitan estos lugares, incluso mucho después de la muerte del santo, se beneficiarán con su energía espiritual. Les ayudará en su desarrollo y les dará paz mental.

Esa es mi experiencia. Para entenderlo por completo, debéis tener vuestra propia experiencia de peregrinaje”.

Justamente, fue para tener mi propia experiencia de peregrinaje (una más) que estaba iniciando un nuevo viaje a la India. De forma inesperada, las pruebas para el alma (y el cuerpo, no lo puedo negar) comenzaron mucho antes de pisar el suelo sagrado.

Veamos ahora, con los pies ya en la tierra, cómo se desarrollan los eventos, y cuántas más pruebas me quedan por enfrentar.

Imágenes:

expomascotas.com.mx
dundee.ac.uk
arteactual.holdworkshop.com
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